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19 de septiembre de 2016

Cinco esquinas, de Mario Vargas Llosa. (Crítica)

Vargas Llosa es de sobras conocido, pero expondré una pequeña información. Como datos fundamentales deberíamos ubicar su nacimiento en Perú en 1936. Además de la literatura muestra interés por la política (siendo su ideología la llamada liberal) y por el periodismo (escribe con regularidad en El País). Según la biografía que aparece en el Instituto de Cervantes estudió Letras y Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) y en la Universidad Complutense de Madrid obtiene el título de Doctor en Filosofía y Letras. En 1994 es nombrado miembro de la Real Academia Española y ese mismo año gana el Premio Miguel de Cervantes; posteriormente es reconocido doctor honoris causa por numerosas universidades. El Premio Nobel se lo conceden en 2010. Su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas.

Cinco esquinas arranca con la imprevista pasión física entre dos amigas. Y digo que es imprevista porque son amigas desde hace tiempo, pero nunca se les había ocurrido ir más allá de la simple amistad. Hasta el comienzo de la novela. Les gusta la experiencia y pronto se van a Miami a disfrutar de tres días de amor. Mientras, el marido de una de ellas, que se dedica a la minería, Ernesto Cárdenas, recibe la visita de un periodista, Rolando Garro, sujeto que se dedica a la prensa sensacionalista y a chantajear, de camino (porque hay cosas que deben ir en el mismo "pack", pensará Vargas Llosa). Tiene unas fotos comprometidas de Cárdenas y, aunque le dice que no las va a utilizar contra él, este no se lo cree y acude a su mejor amigo y abogado, Luciano Casasbellas, cuya mujer fue con la que inició amores la de Ernesto y con quien se fue a Miami.

Además de estos personajes destaca una periodista, también dedicada a realizar reportajes sucios, llamada la Retaquita (que tendrá un peso importante en el desenlace); Ceferino, el que realizó las fotos comprometedoras de Cárdenas; Juan Peineta, quien conserva un gran rencor por Rolando Garro: le reprocha que por los textos calumniadores de aquel murió su mujer y se arruinó al ser despedido de su trabajo. El otro personaje mencionable es el Doctor, el segundo de Fujimori.

Y sí, tenía motivos Ernesto Cárdenas para no fiarse del periodista. Recibe una segunda visita en la que le pide que invierta en su semanario Destapes para convertirla en una revista de amplio alcance y poder. El empresario se niega y lo echa del despacho. El otro amenaza, y cumple, con publicar las fotos en el próximo número.

A partir de ahí se desenvuelve la novela en forma de thriller. Y a los forofos del género puede que ésta le guste mucho. Es entretenida, es ágil, es un thriller. Es adecuada si no estás buscando literatura de la buena, la que posee riqueza de lenguaje, personajes sólidos, situaciones y argumentos bien construidos, en la que todos los elementos están porque tienen que estar, para que el puzle encaje perfectamente y te ofrece, además, una visión del mundo. Aquí no encontrarás nada de eso.

Me decepcionó Vargas Llosa en esta ocasión. Guardaba buen recuerdo de La fiesta del chivo y fui a ella creyendo que me encontraría una obra de similar hechura. Pues no. Había escenas y personajes que me resultaron superfluos o no entendía qué pintaban en el desarrollo del argumento central ni el de la novela en general o qué quería transmitir con ellos. Me parecieron de relleno. Por ejemplo, la relación erótico-amorosa entre las dos mujeres (más tarde dejará de ser un dúo) no sé a cuenta de qué venía. Muy planos estos dos personajes (¿o casi todos?). Solo se distinguían por el color del pelo, pues de ninguna expuso un rasgo distintivo de carácter.

Me resultó increíble o de ciencia ficción el modo en que se puede desmontar un régimen y el papel que desempeñó uno de los personaje en ello.

Y el final me dejó con la boca abierta. Un final para que el lector imagine lo que quiera, y si imagina lo más evidente (lo que sugiere el autor) se muestra contradictorio con la presunta psicología que le otorga a ese personaje. Aunque teniendo en cuenta que la personalidad de todos roza la confusión, o así me pareció, tampoco debió de chocarme mucho. Me quedo con la idea de que no sabía cómo resolverlo y se le ocurrió ese como el más oportuno; sin embargo, no creo que haya sido buena idea.

Salvaría el penúltimo capítulo. No sé si su estructura es copia o no de otras novelas (yo no recuerdo ahora haber leído ninguna similar en otro libro), el caso es que se entremezclaban, sin transición, las líneas argumentales de todos los personajes. Me gustó por lo novedoso (puede que sea mi ignorancia  la vieja y esto se haya usado ya) y porque se intensificaba el ritmo. Contra lo esperado, no era confuso.

El tema de la novela era denunciar, por lo visto, el papel negativo, y contradictorio luego, de la prensa amarillista. Bueno, tampoco es que haya sido muy iluminador o perpicaz en su enfoque. Ese tema da para una novela más ambiciosa. La publicidad del libro dice que ofrece un mural de la sociedad peruana en las últimas semanas de la dictadura de Fujimori. Si es así, desde mi punto de vista, es una sociedad muy limitada, dado que la reduce a las andanzas de dos parejas bien situadas económicamente y a nombrar a mendigos (a quienes les une el adjetivo de vagos, cosa que me sorprendió, pues la condición de vagos no es exclusiva de aquellos: en todas las clases sociales hay vagos, unos con suerte, y otros sin paraguas que camuflen su holgazanería).

En definitiva, que esta novela es más propia de un autor novel que ha de conformarse con la autoedición del libro y publicarlo en Amazon, que de un Vargas Llosa. Este debería de exigirse a sí mismo, y a su posteridad, mejor quehacer literario. Es lo que tiene de injusta la fama, que entre col y col, nos endilga la lechuga.



8 de septiembre de 2016

A la caravana (relato)

Este relato, o cuento, trata de una pareja que, cada cierto tiempo, se reúne con otras personas para disfrutar de un grato día. Tienen en común que son propietarios del mismo tipo de coche. Organizan desfiles por la isla todos juntos y se lo pasan muy bien. En este caso es un coche, pero también podría ser una moto peculiar; una carretilla es más difícil. Este es uno de esos entrañables días.


¿Si la narradora dice que la mañana se despereza tras la ventana cae en la cursilería o roza el arte poético? Se aceptan todas las opiniones; aunque, lo cierto es que mientras Carmen y José permanecen sumidos en los más profundos sueños, los vecinos han regado las jardineras, comprado el pan y sacado al perro para que haga sus necesidades. Entretanto, el sol se ha encaramado a lo alto del cielo y la luz turbia del amanecer se clarificó. ¿Se despereza, entonces, la mañana?

Esta sí, desde hace rato, sin embargo, ellos todavía duermen como benditos. Y es que después del día que gozaron ayer resulta comprensible el sopor que les inunda ahora. El ritmo social al que se sometieron no todo el mundo lo aguanta de manera tan airosa. Ellos, en cambio, se han quedado con ganas de repetir.

Dejémoslos que descansen, mientras les cuento…

Casi al alba se despertaron por los ladridos del perro del vecino y ya les fue imposible dormir más, probablemente debido a la ilusión que sentían ante la jornada que les esperaba. Habían previsto pasarla con el grupo del Citroën; iban a dar una vuelta alrededor de la isla, los coches juntos en caravana. Deseaban que luciera buen tiempo, aunque la lluvia tampoco debería de afectarles tanto; el único pesar es que si el clima era desfavorable serían escasos los viandantes que admirasen como se desplazaban alineados y no podrían corresponderles con un alegre toque de bocina. Les gustaba ver que la gente se paraba, extasiada ante el paso del desfile. Seguro que murmurarían cuánto les encantaba la procesión. ¡Y es que serían más de cincuenta los automóviles que vendrían de las siete islas! Memorable.

Luego, irían a comer a un restaurante en Granadilla; el fundador del grupo reservó más de cien plazas en un local de carne. La mayoría de los conductores iban acompañados por familiares. Ellos ya habían almorzado allí en otras ocasiones, no con el grupo, sino solos, y habían disfrutado de unos solomillos y chuletones de epopeya a buen precio. Sabían que además de comer bien, se lo iban a pasar de maravilla igual que hacía seis meses (y eso que no hubo chistes ni canciones, como fue el deseo de ambos). En aquella ocasión tocó el banquete en el Norte y no se reunieron tantos porque cayó en diciembre y el clima andaba revuelto. Llovía a destajo y, cuando escampaba, el viento barría las calles desplazando la basura de portal en portal. De modo que apenas hubo espectadores por las calles. En ese sentido supuso una desilusión, no obstante, la comida fue un éxito, pese a que solo acudieron treinta personas.

Ayer, como fue sábado, cerraron la ferretería y dedicaron la mañana a hacer limpieza. Cualquier vecino tempranero podría verlos cómo sacudían las cortinas, fregaban los balcones, las ventanas y el porche del adosado. En esta ocasión adelantaron las faenas un par de horas, por lo que ese vecino curioso tuvo que madrugar si quiso observar los colores de las nuevas alfombras o revisar la pulcritud del porche lleno de begonias florecientes. Gozaban de la suerte, así se decían a cada rato, de no tener hijos; tampoco aspiraban a tenerlos. Las ilusiones que depositaron en montar el negocio, y lograr que alcanzara algún rendimiento, fueron más intensas que las que emplearon en ver retoños alborotando a su alrededor.

Sobre las diez de la mañana salieron para encontrarse con los que venían del norte de la isla. Quien planificó el evento, el bueno de Rafael, un tipo estupendo con gran capacidad organizativa, recomendó que llevaran una prenda que los identificara como grupo: contribuiría a la unión y era más divertido. Nada exagerado, ni ridículo, menos mal, solo un suéter o un polo amarillo. Más tarde, durante la comida, Carmen y José miraban emocionados como el salón se llenaba de camisetas doradas y como filas del mismo color se extendían alineadas en torno a las enormes mesas. Fue una sensación más inefable que la otra vez porque había mayor cantidad de asistentes: “así resulta más bonito”, comentaban ahora. Rafael acertó.

Antes visitaron a la virgen de Candelaria. Se acercaron hasta la basílica después de recorrer las principales carreteras (y sí, el cielo se portó bien, se armó de un color azul brillante que espantaba a las nubes cuando estas se atrevían a mostrarse). La mayoría entró para asistir a la misa y recibir las bendiciones del sacerdote. Solo escasos suéteres amarillos se dispersaron por los alrededores, o bien en los bares de enfrente, para beber las primeras cervezas, o acercarse hasta la cueva del fondo y apreciar la playa y la villa entera desde allí. Ellos no; al contrario, eran de los más satisfechos de que se hubiese instaurado esa costumbre. No tanto porque fuesen unos beatos, que no se consideraban, sino por el placer que les proporcionaban los ritos y la sensación de alianza que se respiraba en el interior de la iglesia. Lo mismo les gustaba la misa que acudir a los mítines del partido. Les daba la impresión de que se crecían en el encuentro con los demás, si eran semejantes a ellos, por supuesto.

Dentro de la basílica trabaron amistad con un matrimonio que había venido de la Gomera para el evento. La pareja mencionaba con frecuencia que era la propietaria del único “dos caballos” que aún circulaba por la isla. Llevaba dos convocatorias sin poder desplazarse a Tenerife; en la última, por el mal tiempo, no solo el barco se negó a salir, además, las calles de San Sebastián se anegaron de agua y fango y le resultó imposible acercarse al muelle; y, hacía un año, tampoco pudo ser, esta vez por la muerte de la madre del marido. A Carmen la mujer le resultó simpática y acordaron sentarse juntas en la comida. Ninguna de las dos conocía a muchas personas, aunque no habría ningún problema; todas eran muy agradables y saldrían a relucir multitud de temas interesantes en las conversaciones, se dijeron al salir de la iglesia. Estaban de acuerdo en que siempre destacaba el buen “rollo” del grupo.

La mitad del almuerzo transcurrió sin contratiempos. A veces, José acuciaba a Carmen para que hablara menos con su vecina (que escuchara menos, más bien) y atendiera a los entremeses, dado que el hombre de enfrente practicaba magia con ellos: visto y no visto. Lo mismo ocurrió con la carne y las papas fritas. El tío disfrutaba de excelente “saque”, aparte de ceguera hacia el apetito ajeno. Quizá pensaba que venían todos comidos de casa, excepto él, quien, por las trazas, daba la impresión de que no había ingerido alimentos en un mes, y no porque su aspecto fuera escuchimizado, al contrario. Era un hombre ancho y robusto, al igual que su esposa, una rubia de pelo estofado, la cual, entre sorbo y sorbo, se reía a mandíbula desencajada por los chistes que le contaba el compañero de su derecha.

Carmen y José la miraban perplejos. Debido a la bulla que se había montado en el salón no se enteraban de qué la hacía reír tanto; por eso les admiraba, e intrigaba, su vitalidad. Con cada carcajada los hombros oscilaban de un lado a otro, y los pechos de arriba a abajo. El marido, en cambio, apenas hablaba con nadie, y mucho menos se movía. Él, muy serio, ocupado en tragar sin ahogarse. Seguro que asumió a sangre y fuego el refrán aquel cuya advertencia rezaba así: “quien come y habla juicio le falta “.

Puede que fuera un error que la carne viniera en bandejas colectivas y no en platos individuales. En cuanto se acabó la primera, casi tan pronto como la trajeron, imaginaban que vendría otra. Fue comentado solo entre ellos, porque la pareja con quien trabaron amistad en Candelaria se sentó lejos. Llegó más tarde al bar y a Carmen le dio vergüenza reservarle el sitio a su lado. Se la encontraron casi al final del almuerzo y la mujer les contó que se perdieron por el camino al repostar gasolina. Gracias a que se acordaban del número de móvil de Rafael.

Hacía mucho calor y ruido allí dentro. La acústica era mala y las voces retumbaban. No trajeron más bandejas de comida, pero la bebida corría alegremente. El postre también llegó en platos grandes para compartir pequeñas porciones. Esta vez José se dio prisa en coger un trozo para él y otro para Carmen. Esta lo miró alelada cuando le tocó el brazo para señalarle el pedazo de tarta de arándanos y queso. Estaba tan ensimismada en la charla de la mujer de al lado que apenas reaccionó ante el postre que había delante. Acababa de saber que su vecina de mesa estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte hacía menos de un año; le habían extirpado el útero y los ovarios en un cáncer doble. Todavía acudía a quimioterapia y se sospechaba que el pulmón quizá estuviese afectado. La señora era muy buena narradora y relataba su enfermedad con profusión de detalles, para ella y otras dos que la escuchaban con atención. Carmen intentó en alguna ocasión cambiar de tema, de sitio, de oradora,… pero no se atrevió a moverse ni a pronunciar palabra; no le quedó más remedio que oír la novela oral de la señora. Se le encogió el estómago y el apetito se esfumó. Menos mal que escaseaba la comida.

A la derecha de José se sentaba un guardia municipal retirado, quien, entre bocado y bocado (también era de rápido engullir) despotricaba de la situación política española y del partiducho ese, el de los populistas que querían mamar más que nadie y colocar aquí el mismo régimen que ya había fracasado en tantos lugares.

—¡Ni que fuéramos bobos, los españoles! Es verdad que algún tonto sí que hay. Aunque yo no me dejo embaucar como otros. ¡Hay que saber a quién se vota, quien ofrece garantías! Es verdad que siempre hay algún grano podrido, incluso entre los más capaces, pero, que levante la mano quien nunca se ha llevado nada si unos tontorrones se lo ponen delante: que nadie es de piedra, ¡joder!; porque, no nos engañemos, son los que han levantado este país después de que el otro lo dejara en ruinas, preocupado por pendejadas, que si el matrimonio de maricas, que si la memoria histórica, ¡a él sí le daba yo un buen repaso histórico! Menos mal que ya se fue. —Los oyentes asentían entre risas y José no se atrevió a decir que formaba parte de las listas del partiducho. Bueno, tampoco iba de los primeros.

A la hora del café, el vino fue sustituido por ron, coñac, ginebra y licores. La gente estaba dispersa por cualquier esquina, en la barra, en la terraza fumando, o repartida en grupos por la amplia sala del restaurante. Carmen y José, ya recuperados de las conversaciones que habían mantenido, observaban la alegría general, que iba en aumento, y luego se miraban entre sí, sonriendo. Tomaron solo un licor de moras, y con prevención; no solían beber nada aparte de vino en las comidas y una cervecita de aperitivo los domingos.

La tarde iba languideciendo y ellos seguían sentados en las sillas, si acaso se habían rodado un par de sitios para charlar con una pareja que había adoptado una niña chinita hacía unos cuatro años:

—¡Más rica y espabilada que es! —afirmaba la madre y asentía el padre, después de narrar todos los avatares que sufrieron durante los trámites de la adopción, el dinero que habían gastado y los viajes que hubieron de realizar—. Ahora se quedó con los abuelos, pero me costó dejarla: ¡es muy madrera!—aseguró la mujer, encantada de haberse conocido.

Justo en ese momento, un estrépito que provenía de una esquina de la larguísima mesa la detuvo de la ensoñación maternal. Los cuatro miraron en esa dirección, aunque no se apreciaba bien lo que sucedía. Solo se escuchaba un ruido confuso. Los comensales habían formado un círculo en ese lado. El adoptante de la niña chinita también se levantó y les dijo que esperasen, que iba a ver qué había sucedido. No fue necesaria la recomendación; Carmen y José, aunque curiosos, eran discretos. Debido al trabajo en la ferretería oían los más variados chismes de los clientes, y les daban incalculable valor; así se mantenían al día de las novedades del pueblo, no obstante, debían aparentar que no les iba la vida en conocerlos. Para inspirar confianza, pensaban.

A los diez minutos regresó el adelantado investigador. Su mujer, antes de que se acercara del todo a la mesa, lo interrogó impaciente.

—Una pelea. Parece que desde la reunión del pasado año uno le debía dinero a otro. En esa ocasión éste le pagó los gastos del día porque aquel se dejó la cartera en un pantalón viejo. Ahora volvió a pedirle al mismo para abonar la comida (por cierto, son cuarenta y cinco euros por cabeza); esta vez confundió las billeteras, dice que tiene varias iguales… Pero, con las prisas, agarró la que no tenía tarjetas bancarias ni dinero en efectivo. Solo llevaba cinco euros en el bolsillo. No sé qué habrá de cierto en la historia… Solo sé que quien le prestó el dinero dijo que no se creía nada y que estaba hasta los cojones del tío (perdónenme las señoras, que yo solo repito). Vaya, que lo llamó gorrón y se montó una buena. Ya los separaron.

—¡Dios mío! ¡Ay, qué cosa más fea! Con lo unidos que hemos estado siempre. ¡Cuarenta y cinco euros! Imposible, será un error, si solo comimos una chuleta. Claro, tantas bebidas... —se sucedieron las exclamaciones entre los oyentes. No se supo exactamente qué les afectaba más, si la pelea o lo que debían pagar por el almuerzo.

Carmen y José apoquinaron los noventa euros con cierto dolor. Nunca les había salido una comida tan cara ni habían acabado un almuerzo con más hambre que al comenzarlo. No adivinaron si eran los únicos hambrientos, lo que sí captaron es que el ambiente pareció ensombrecerse de pronto. Se tardó una hora en recaudar el dinero, y para cuando se logró ajustar el último céntimo de la cuenta eran casi las ocho de la tarde, o de la noche. Los primeros autos iniciaron la marcha y algunos ni siquiera esperaron por los demás para ir en caravana.

Ellos sí, y fue de la última satisfacción que gozaron, del toque de bocina y la contemplación de los transeúntes con expresión de asombro al paso del desfile, ¡tan bonito!, de todos los Citroën 2cv juntos. Antes, se despidieron de los demás, y, tras un cálido apretón de manos él y de un beso ella, le aseguraron a Rafael que había sido una jornada estupenda, que por días como aquellos merecía la pena vivir y que habría que repetirla desde que pudieran, puesto que no era necesario aguantar seis meses para reunirse de nuevo.

Claro que sí, hay que repetirla cuanto antes. ¿Acaso se debe de atrasar lo bueno, si no hay impedimentos? Por supuesto que no. Y con ese idea regresaron a casa, agotadísimos.

Por eso, ahora duermen tan felices.

1 de septiembre de 2016

Impresiones viajeras (por Francia)


Tren turístico de Vendôme

De una canaria en otro país, que, aunque permanecí solo un par de semanas, me llamaron  la atención algunas costumbres. Y eso que no me fui a las antípodas.
Estas impresiones se basan en catorce días, por lo que pueden pecar de generalizaciones precipitadas. Para conocer el país, sus gentes, y extraer conclusiones correctas sabemos que este tiempo es insuficiente.
De entrada, decir que los franceses tienen un país precioso. Estuve por varias zonas, todas por el oeste y debajo del valle del Loira. París me la salté (ya fui hace unos pocos años). En las regiones visitadas se repetían tanto las bellezas de las ciudades como la de los paisajes (campos, campos y campos, de girasoles, de viña, de maíz,…) y, por supuesto, la de sus “château”.

Castillo de Chenonceau y castillo de Chambord

Abundaban las carreteras secundarias sin tráfico y en los pueblos las calles solitarias. Me sorprendió que la misma campiña se repitiera a lo largo de 500 km. En España, el paisaje de Salamanca no tiene nada que ver con el de Soria, ni con el de Aragón o Galicia. Ni tampoco sus viviendas, ni el clima. Dicen que el carácter tampoco. (En Canarias las siete islas son muy distintas entre sí y, aunque no sea perceptible para el foráneo, el acento tampoco es igual). En Francia no vi tanta diferencia, cultivo de girasoles tanto hacia el sur como en el centro. Pero no resultaba monótono. En medio de los campos había abundantes zonas muy tupidas de bosque impenetrables. Creo que era para preservar el hábitat de los animales.

Las mismas calzadas se estrechaban de igual modo algunos metros en los  pueblos para que la gente redujera la velocidad (aquí tenemos los llamados “guardias muertos”; allí, un saliente peligroso de la acera que te estampas contra él si no disminuyes el cuentakilómetros para rebasarlo con cuidado).
En todas las gasolineras que repostamos debía uno servirse. No veo la ventaja de tal cosa, excepto para el dueño. Yo las evito y a la gente que conozco no parecen agradarle; allí es lo normal.
 Las ciudades, grandes y pequeñas, tienen gran encanto. Las que no están llenas de palacetes poseen casas terreras con ventanas de colores, con sus jardines abarrotados de flores. No sé si toda Francia será así, o es que taparon las zonas feas o las eliminaron rapidito para que estos canarios se sorprendieran.
Tres rincones de Brantôme, Francia
Pero no todo es fantástico, pese a sus ríos, sus puentes, sus casas del año catapum, me parecieron algunos lugares sin alma: no había nadie, ni por la calle, ni por sus plazas, ni acodado a la ventana, regando las plantas o limpiando el coche. En la península también se encuentran pueblos así, sobre todo los más azotados por el sol. En Canarias es raro, aunque hay excepciones. No había dos o tres viejos sentados en un banco, ni niños jugando ni vecinas conversando en la puerta de alguna casa. Eran (los que no recibían tanto turismo) bellos y fantasmales lugares. Me recordaron a uno de Lanzarote, Teguise. La primera vez que fui, allá por el año 1994, me asombró que ni siquiera circulara camuflado el espíritu de algún lanzaroteño por el aire: no había ni un alma. Sin embargo, era precioso. Acudí más veces, diez años más tarde, especialmente a su mercado, donde sí encontré vida visible.
En los pueblos franceses con más afluencia turística sí se observaba gente, pero tampoco de manera amontonada. Estarían los millones de visitantes, que recibe el país cada año, atrapados en la cola del primer piso de la Torre Eiffel o en la fila para entrar al Palacio de Versalles (ambas experiencias las viví en otra ocasión, con cara de tonta y cuerpo agotado).
Tres imágenes del castillo de Cheverny (Francia)
No vi en ellos, tampoco, pequeñas tiendas de comestibles, ni bares abiertos a horas raras con hombres tomándose la mañanita. Eran como lugares en retirada, incluso a veces nos deteníamos en las fachadas de inmobiliarias a ver precios, y observamos que algunas casonas con mil metros de terreno las querían ventilar a 100 o 150 mil euros, algo impensable en Tenerife. El éxodo a las ciudades lleva al malvivir, está claro, pues son pueblos de gran belleza. Ya me gustaría comprarme un palacete de esos y mudarme allí. Si supiera algo de francés y pudiera acostumbrarme a la hora que almuerzan.
Dos cosas se me resistieron: la primera, el café (confunden el expreso con un balde lleno de agua marrón y si les marcas en una taza que te lo pongan a la mitad, te dicen que no porque siguen la medida de la máquina, ¡cómo si no pudieran retirar el café antes!: un poco cuadriculados); la segunda, y más importante, los horarios. 
Al almuerzo cerraban los restaurantes a las dos, o la una y media, al contrario que en España (hora a la que abren).  En un pueblo turístico, precioso como todos, habían colgado en un bar el cartel de Completo a la una y diez. Miré dentro y vi varias mesas libres. Seguí de largo muerta de risa. Era de los últimos días y ya me había acostumbrado a cómo funcionaba. Dado que cerraban a la una y media no querrían tener que aguantar a nadie que les hicieran retrasarse. Es curioso, cómo un país tan sobresaliente en turismo se adapta tan poco al extranjero. Lo mismo, en idiomas. La carta de los restaurantes, en muchos, solo en francés. Y en una oficina de turismo podías encontrarte que quien te atendía no tenía idea de inglés (bueno, español ya era impensable, excepto en los pueblos cercanos a la frontera). 
Tres vistas del pueblo de Montrésor (Francia)
Decía que ya al final no me extrañaba el horario, porque días antes estaba en un supermercado comprando un par de boberías, agua y yogures, a las siete y veinte, cuando dos cajeras desesperadas comenzaron a llamarme desde lejos: ¡Madame, madame! Estaban apagando las luces y temían retrasar su salida dos minutos. Cierran a las siete y media y desde las y cuarto ya van “recogiendo, que nos vamos”. 
Me acordé de los pobres trabajadores de Alcampo, La Villa: laborando hasta las diez y aguantando al rezagado que acude a esa hora. ¿Qué castigo divino hemos de cumplir nosotros que nos obliga a trabajar más? En este sentido, alabo la sabiduría francesa.
Otro elemento que me asombró fue la inexistencia de contenedores de basura orgánica en las calles. Cada casa poseía un cubo propio, que colocaba por fuera, pero no capté ninguno grande para la comunidad. Sí había para vidrios, plástico o papel. 
En honor a ellos, he de decir que son muy amables y educados (los que me tropecé). El “bonjú” y el “bonsuá” no faltaban y era un requisito para luego continuar la conversación. Y si preguntabas las indicaciones de un lugar, se desvivían por dártelas.  
Tres vistas del pueblo Salies-de-Béarn, Francia
Algo también admirable es la vida en las ciudades; más organizada, por lo menos en cuestión de aparcamientos. Veníamos de San Sebastián, con mal recuerdo por el caos circulatorio de allí (era la segunda vez que estábamos y la experiencia nefasta se repitió), aunque no es solo problema de San Sebastián, aquí, en Canarias, también sucede. Encontrar aparcamiento gratuito en la primera hora es imposible, y en San Sebastián ni en el parquin (o completos o desviado el tráfico y no puedes entrar, por lo menos, ayudado por el gps). En Burdeos, Tours, Blois, Amboise, Orleans… sin problemas, y sin pagar, en numerosas ocasiones.
Sobre la comida me quedé con una sensación ambivalente. Si pagas, comes muy bien; es cierto que fuimos a algunos sitios cuyos precios no eran muy abusivos (tres personas por 80 euros con vino incluido: entrante, plato principal y postre) y comimos de fábula, tanto en calidad como cantidad. En algún otro, nos fue regular. Tripadvisor es de excelente ayuda para buscar restaurantes aceptables, pero a veces se equivoca. No quiero pecar de patriotera pero creo por la misma cantidad en la Península y en Canarias se come mejor (tanto pescado fresco, del que soy una forofa, como carnes, si te preocupas por localizar los sitios buenos, porque aquí también hay fraude). Una comida más sofisticada sí sale a una precio similar, tanto allí como en Tenerife. Probé los vinos (incluso fui a una cata en el Loira) pero a mí me gustan los tintos carnosos y los que bebí eran ligeros, de 12 grados y medio. No me enamoraron.
Para concluir, diría que los franceses viven con más calma, de puertas para dentro, por lo menos en los pueblos, y con tiempo para ellos. Y te adaptas a su vida y a sus horarios o te vas. Y eso, en el fondo, es una buena idea. Si sales fuera de tu casa no es para reproducir la vida que tenías allí: es para conocer otra, que, aunque choque, no es peor. Por ejemplo, su jornada laboral más corta no parece que les perjudique, todo lo contrario. Además, creo que gestionan mejor el turismo y los recursos humanos. No han destrozado sus ciudades ni las han llenado de hoteles (bloques de hormigón espantosos) como ha ocurrido en algunos lugares de mi turístico Tenerife. Y que los dioses se apiaden de nosotros ahora que se ha acabado la moratoria que limitaba la construcción de hoteles. 
La belleza de Francia resultó fructífera en fotos. Saqué muchísimas y las que he ido exponiendo son una muestra. Me he centrado en las más turísticas y espero que sean gratas a la vista. 
Saludos calurosos a todos los que me lean: ¡hasta la próxima semana!




30 de junio de 2016

Vacaciones de verano


Queridos amigos y amigas: me voy a tomar un descanso. Pensaba coger solo el mes de agosto pero me veo ya sin fuerzas. Comencé el blog en abril del año pasado y he estado a entrada semanal, más o menos. En un principio publicaba con frecuencia, pero luego lo espacié para no estresarme, no redactar vaciedades ni abusar de la buena voluntad de los seguidores. Sería vanidosa si creyera que todo lo que escribo pueden seguirlo los lectores como si yo fuera un mesías o la tía más inteligente del mundo con cosas importantísimas que exponer siempre.

27 de junio de 2016

Advertir o informar: ¿Queísmo o dequeísmo? (Aprendo Lengua)

Imagen creada para ilustrar un artículo sobre dequeísmo y queísmo en advertir e informar
Me preocupa la Lengua española. Porque cometo fallos y porque escribo. Y lo lógico y deseable es que me preocupe, claro que sí, pero no que cometa errores.

En Facebook (lo expliqué en la página que creé para alojar todas las entradas de ese tipo) tenía un grupo que pretendía alimentar con dudas y cuestiones lingüísticas, pero ese grupo no prosperó. Éramos muy poquitos y como quizá no tenían mis preocupaciones, no se generaba debate. Ojalá aquí surja o como mínimo, ayude a alguien y a mí también. Y si no surge nada, no importa, pues sirve para aclararme.

20 de junio de 2016

Relato: Como una destiladera

Este relato trata del amor, del matrimonio, del rencor o del perdón no resuelto. Se ambienta en un bar con parral incluido, donde una destiladera canaria ocupa un lugar simbólico. 


Foto artísitca de una destiladera canaria
Íbamos con frecuencia a cenar allí. Era un restaurante modesto, en realidad un bodegón, cuya cocina se basaba en cinco o seis platos, pero con la garantía de que eran frescos; además, ofrecía buen vino servido en el patio y debajo del parral. En la esquina de aquel, en un brasero de obra a modo de chimenea, solía tostarse a fuego lento un costillar que inundaba de su olor toda la casa y la huerta que la rodeaba. Hasta la calle llegaba el aroma. Parecía un grato espectáculo, estimulante del apetito, contemplar cómo el dueño, Roberto, daba vuelta a la carne entregado a la tarea, con el vasito de vino al lado y del que de vez en cuando se echaba un sorbo. Nos agradaba y animaba verlo. Hasta ansiábamos ser bodegueros en aquellos momentos.
El restaurante, o la casa, dado que servía de vivienda, albergaba en el interior una sala mayor, con capacidad para más comensales; nosotros preferíamos sentarnos fuera. Incluso en invierno resultaba soportable el sitio; las noches frías se calentaban al hogar de la estufa que creaba el asador debajo del emparrado.