Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Un molesto boletito. (Relato)

14 de abril de 2015

Un molesto boletito. (Relato)


Boleto de la suerte

Doña Ramona vivía encima de la tienda de comestibles de Loreto, pero ésta apenas la veía. La muy traidora solía comprar en un hipermercado que se encontraba a la afueras del pueblo, y únicamente los productos que estaban en oferta. De todos era conocida por su tacañería y su previsión; era ahorradora incluso en el hablar: sólo decía lo justo y necesario en el instante preciso.

Nunca había estado con un hombre. Una vez tuvo un pretendiente, Ramiro, que todos los días iba a pasear por fuera de su ventana: una vez por la mañana, otra vez por la tarde. Ramona no podía entender cómo aquel ser, escuchimizado y ridículo, pretendía de ella algo más que una mirada conmiserativa. Hasta que por fin, harta de su persistencia, pensó en un remedio eficaz para que su enamorado no desperdiciase más su valioso tiempo. Esperó al domingo de Ramos, día en que la calle de su pueblo se engalanaría con los palmitos de la festividad. Exactamente a las cuatro y cuarto de la tarde, veinte minutos después de la salida del santo, éste pasaba por debajo de su balcón. Detrás iba don Ramiro mezclado entre los feligreses; pero él destacaba entre todos: alto y flaco, con un bigotito cubriendo su delgado labio superior y una calva incipiente de pelo ondulado. Llevaba un traje oscuro con una corbata encarnada. Ramona no soportaba esas corbatas que tanto encandilaban su vista y escandalizaban su alma. Pero aquel día, la señorita se encontraba dichosa. Justo en el instante en el que él elevó su mirada bovina hacia la ventana, ella, con una sonrisa alucinada, le arrojó un cubo de agua. Cómo se quedó él, mejor ignorarlo; únicamente sepan que nunca más caminó por la calle de El Malvisco.

Por este suceso tal vez pensemos que Ramona, a partir de ahí, llevaría una vida azarosa, plena de maldades. Nada más lejos de la realidad. Convivió con su madre hasta que ésta murió, y sin salir apenas de su casa, excepto para resolver pequeños asuntillos y para acudir a una academia de contabilidad y taquigrafía, de las que abundaban en los años 70, y que garantizaban una correcta formación para señoritas que aspiraban a algo más. Su anciana madre le dejó a su muerte una pequeña cuenta en el banco, cuyos ingresos se completaron con otros, que Ramona obtuvo dedicándose a copiar cartas, ordenar papeles y sumar y restar números en una gestoría. Así se hizo mayor, inmersa en una rutina en la que se negaba con terquedad a introducir cualquier cambio.

Pero una mañana de abril, triste y borrosa por la neblina, salió a dar un paseo; ella, como odiaba el sol, la playa, los niños, los balones, el olor a tortilla y a crema solar, siempre solicitaba sus vacaciones este mes. Ese día estaba especialmente andariega.  Estuvo caminando durante horas y andaba, andaba hasta cuatro y cinco veces por los mismos lugares; tantas vueltas dio que, por fin, descubrió un puesto de loterías más arriba de su casa. Probablemente, este quiosco, con su vendedora gruesa y ligeramente bizca, llevaba años en el mismo enclave, pero la mirada miope de doña Ramona nunca se había posado en él.

Con cautela, se acercó para preguntar a la dependienta el precio de aquellos papelitos, rojos y verdes, que colgaban dentro. Esta, pacientemente, le explicó que una apuesta valía cien pesetas, dos apuestas doscientas pesetas, tres apuestas trescientas pesetas, etc., y que los podía comprar con todos los números ya colocados en sus casillas. Doña Ramona se sintió temerosa y temeraria a la vez; y con el corazón encogido por su contradicción. Nunca había despilfarrado dinero; sólo creía en la vida repetida y sosegada de su trabajo, de su piso y de sus hábitos regulares; los golpes de suerte no se habían inventado para ella. Sin embargo –con gran audacia la mujer-, se lanzó y compró un boleto de una apuesta; y, muy emocionada, lo llevó dobladito y fuertemente agarrado de la mano en el interior de su bolsillo. 

En su casa desdobló el resguardo, lo miró con detenimiento, le dio la vuelta y leyó las instrucciones y todas las bases de letra menuda que pudo encontrar. Luego revisó los números ya marcados: once, catorce, veintiuno, treinta y dos, cuarenta, cuarenta y cinco; pero ninguno le gustó: sus preferidos habrían de acabar en siete o nada. Comenzó a desconfiar de su suerte, y un profundo arrepentimiento por el despilfarro cometido le provocó un fuerte dolor de estómago. Se había malgastado cien pesetas en una absurda lotería que no iba a proporcionarle ninguna ventura ni aventuras que no querría.

 Se dio cuenta de que se había comportado como una estúpida al no revisar los números en el momento de coger la primitiva. Con ese dinero, ¡cuántas cosas hubiera comprado!: un paquete de azúcar, o de leche, o cien gramos de carne jamonada; incluso, doce huevos bien frescos. Habría obtenido muchas cosas útiles a cambio de aquel majadero boletito que únicamente le proporcionaba ilusiones vanas.

Pero, ¿y si se lo sacaba? De repente, reparó en que esta posibilidad era mucha más espantosa que la otra. No, no, no, Ramona no podía ni debía cambiar brutalmente sus costumbres. ¿Y cuánto le dijo la embaucadora aquélla que ganaría si acertaba todos los números? ¡Trescientos millones! Vamos a ver, ¿para qué querría ella tanto dinero? Tendría que pagar muchísimo a Hacienda; se convertiría en la tía preferida de sus sobrinitos; debería obsequiar a su empresa y a sus compañeros con regalos de toda índole; se vería obligada a donar a la iglesia del pueblo, detestable y fea, unos cuantos millones para remozar su fachada; a la Asociación de Vecinos para ampliar el local; y al asilo de ancianos para mejorar las instalaciones... Le lloverían por doquier homenajes de agradecimientos por su magnanimidad; la invitarían a almuerzos, meriendas, cenas, bautizos, bodas, inauguraciones... No, ¡qué horror!¡Basta!

En un deplorable estado meditabundo, como loca en trance, permaneció varias horas de esa tarde de aquel aciago abril. Desalentada, miraba y remiraba el boleto, lo doblaba, lo olía, hizo un barquito, un avión y, de pronto, se acordó de la venturosa determinación que había tomado años atrás con su obstinado don Ramiro. Una luz de esperanza iluminó la faz de su rostro y, con sumo deleite, dividió el papel en cien trocitos bien contados, los metió en un tarro de mermelada, lo tapó, le echó sal -no sé para qué, tal vez alguna antigua superstición- y lo colocó dentro de una jardinera de la terraza, dispuesta a no abrirlo hasta la próxima primavera.

¿Se enteró doña Ramona si salió premiada su lotería? No, nunca supo cuánto le hubiera tocado; pero, créanme, nunca se arrepintió. Y es que su historia se ajusta al refrán aquél que decía: "Dios le da pan a quien no tiene dientes".  


Registrado en








18 comentarios:

  1. ¡Vaya con doña Ramona! Que historia más triste... Le podía haber regalado el boleto a la pobre Loreto. Claro que la absurdez del género humano no tiene límites en la vida real, así que tampoco tiene porqué tenerlos en la ficción, ¿no?

    ResponderEliminar
  2. Cierto lo que dices, el género humano es absurdo e imprevisible. Este relato está inspirado en una tía mía, que nunca compró lotería, pero estoy casi segura de que si lo hubiera hecho, al final, o la hubiera perdido o roto. Muchas gracias, Manuel, como siempre.

    ResponderEliminar
  3. Ana Linares Luis26/11/15 20:08

    Que bien diseñado está el personaje de la protagonista,es como si la estuviera viendo;en realidad ,veo todo el relato-Me gustó muchísimo, siempre digo lo mismo pero es bien cierto que me encantan tus relatos,besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Quizás ves el personaje porque nos suena. Parte de lo que hizo, arrojarle agua al "pretendiente" lo tomé de mi tía Manuela, que parece que hizo lo mismo. Creo que ver un relato es buena señal. Ojalá sigas viéndolos. Un beso.

      Eliminar
  4. Hola, Ángeles. Yo voy a seguir fiel a mi costumbre, que ya no está uno para cambiar nada. Hay una frase que me chirría, no le encuentro el sentido, creo que hay una doble negación, pero todo puede ser que a estas horas (por no decir edad) ya se mezclen los sentidos. La frase es: "Se había gastado cien pesetas en una absurda lotería que no iba a proporcionarle ninguna ventura ni aventuras que no querría". Un saludo.

    ResponderEliminar
  5. Pedro, te estás convirtiendo en el azote de mis relatos. Me gusta, porque es cierto que para mejorar no bastan los comentarios elogiosos de mis amigos. Pero ya te dije, creo, que me gustan las críticas honestas y que aporten algo; y creo que prescindes por completo de los argumentos de mis relatos. Parece que estás con lupa buscando el fallo en una oración, en una falta de tilde o en su exceso y del resto, del corazón del relato, prescindes. Entiendo, pues, que no te gusta ninguno y, en ese sentido, también me gustaría saber por qué (salvando los gustos particulares). Por otro lado, pienso que para que la crítica sea constructiva debe ser segura, y si se duda se debe comprobar antes de emitirla. Así pues, no logro detectar la doble negación. Te dejo este enlace, por si te sirve de consulta:http://www.rae.es/consultas/doble-negacion-no-vino-nadie-no-hice-nada-no-tengo-ninguna

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En ningún momento pretendo molestar. Paso a aclarar algunas cosas. No estoy de acuerdo con lo de "azote", no voy buscando el fallo, ellos saltan a mis ojos,de hecho hay algunos otros a los que no he hecho mención, aparte de lo que depende del gusto de cada uno. Cuando hago mención a esa frase es porque me chirría y prefiero decírtelo porque creo que tu visión, saber lo que tú quisiste decir es más importante que lo que me diga la RAE o cualquier otro manual. No se trata tanto de técnica como de saber la intención del autor. También te digo que puede ser que el problema sea mío. Siempre he dicho que aparte de ser un escritor mediocre soy un pésimo lector. Es cierto que prescindo de lo que llamas el corazón del relato, creo, que eso es totalmente prescindible. Si tú lo escribiste porque te gustó, si a ti te gusta lo que cuentas, ¿por qué habría yo de discutir o apoyar eso? Pero dado que veo que para ti es importante, procuraré no pasar de ello. Creo que te equivocas al pensar que el silencio en cuanto al corazón del relato significa que no me gusta. Intento explicar esto. Creo que es un error sacar conclusiones. No sé exactamente debido a qué mecanismo, cuando nuestra mente saca conclusiones siempre tiende a irse al lado negativo. Lo más acertado sería entender que mi silencio a hablar de algunas cosas significa que guardo silencio con respecto a algunas cosas, ¿el motivo? pregunta antes de sacar conclusiones, sobre todo si son conclusiones que me pinten mal o que menosprecien tu trabajo. Por motivos que ahora no vienen al caso he leído muchíiiiiiiisima basura y todavía me siguen llegando cosas para que las valore, te puedo garantizar que si sigo leyendo cuando veo que publicas algo es porque quiero leerlo, si supiera o temiera que fuera algo más de esa basura de la que te hablo, seguro que no volvería. Sí considero que necesitas algo de instrucción, ya te dije lo de asistir a un taller, aunque también puedes hacerlo sola. Creo que necesitas hacer prácticas de narradores, de cambiar tiempos, de abusar y de prescindir de los adjetivos, de montón de cosas, pero eso no significa que lo hagas mal, eso significa que lo puedes hacer mejor, que no es lo mismo pareciendo igual. En el próximo prometo hablarte más del relato, ahora es tarde. Elena Alonso Fraile, en un taller que compartimos me dio algunos consejos, te repito uno de los que más me gustó, me dijo: "Pedro, tienes que matar más"; por otro lado, la que fuera la jefa en una editorial con la que colaboré durante algunos años, no paraba de repetirme: "Sé sádico con tus personajes, no sufras por ellos, son de papel". ¿A qué viene esto? Pues a que veo a través de tus relatos que eres buena gente, y eso es algo imperdonable en un escritor. No me refiero a ser buena gente, claro que no, me refiero a lo de que se adivine cómo eres por lo que escribes. Un saludo. (Me gusta también el que me digas lo que piensas o te moleste)

      Eliminar
    2. Pedro, tanto tú como yo debemos seguir progresando, y, aunque detectes tanto los fallos de los demás, estos también seguro que te los ven a ti. Puede que se lo guarden o te lo digan aparte. Coincido contigo en que el abuso de adjetivos es nefasto para una buena redacción; en mis escritos y en los tuyos, o los adjetivos redundantes en los que podemos caer, del tipo "niños audaces y temerarios" o "miedo oculto e invisible". Está claro, debemos seguir escribiendo, cada uno las historias que le tiran más, y seguro que, entonces, mejoraremos. Un saludo afectuoso.

      Eliminar
  6. Muy entrañable, buena descripción del personaje. He tenido la impresión de estar leyendo parte de una novela muy bien ambientada en esa época del tardofranquismo que vivimos siendo niñas, no??? Me ha encantado!!!

    ResponderEliminar
  7. En ese entonces me preocupaban mucho los personajes. Ahora también, además de que se cuente una historia, que me parece fundamental. A propósito de lo que dices del tardofranquismo, recuerdo que hace años, hubo alguien que me dijo que no le gustaba el relato porque le recordaba a Camilo José Cela (ojalá, pensé yo, soñando con La Colmena), y no le pegaba en mí ese costumbrismo (estaban de moda las masturbaciones literarias surrealistas y yo no entraba en el canon); bueno, hay críticas muy raras y debo acostumbrarme. Lo importante es que te haya encantado y que te transporte a otras épocas. Un abrazo, mi amiga.

    ResponderEliminar
  8. Así, como sabes hacerlo tú tan bien, paso a paso, regodeándote en los detalles, hay que contar las cosas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Gengis Kant, (te envidio el nombre: me gusta más que Ángeles Impíos), no sabía que me regodeara tanto en los detalles, pero sí creo que hay que contar historia y enganchar al lector. Y sí tú crees que sé hacerlo bien, bienvenido sea.

      Eliminar
  9. Hay héroes, o heroínas como doña Ramona, de la repetición. Que cambie de vida el que no tenga los tranqulizantes a mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tienes razón, hay héroes de todo tipo, hasta de la rutina y repetición. Estos personajes me intrigan mucho, por eso me gusta escribir sobre ellos, para descifrarlos.

      Eliminar
  10. Siempre me imagino a un currante típico premiado con el gordo. Ha abandonado a la familia, tal como ha soñado siempre, y se ha ido a vivir al hotel más caro de la playa más exclusiva, allá en Las Maldivas. Pasadas las primeras semanas, aburrido de un sitio donde nadie muestra ningún interés en conocerlo, harto de tomar el sol en la puta playa durante el día y de darle la lata al camarero por la noche, no le queda otra que ver por internet los partidos del equipo de su pueblo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cierto, para determinadas personas un premio de este tipo puede ser un auténtico trastorno porque conlleva más desventura que otra cosa, como, por ejemplo, convertirte en la tía preferida de su encantadores sobrinitos. Pobre Ramona, y pobre currante, que pese a toda la pasta que tiene, debe ver los partidos de su pueblo por Internet porque ya no se atreve a regresar al pueblo, no sea que lo acosen por lo que se sacó. Gengis Kant, encantada de que te acerces a mi casa, a comentar mis obrillas. Un saludo.

      Eliminar
  11. Querida, Ángeles. Sabes que yo huyo de la teoría literaria y la crítica lingüística. De modo que me limitaré a decirte que lo que sí tengo claro es lo que me gusta y lo que no. Que me gusta lo que escribes y cómo lo escribes. Me encanta que nos hables de esos entrañables y tristes personajes paridos por el tardofranquismo, como apunta, Candi. Que me da igual que mates a tus personajes o que les perdones la vida. Que me da igual que te muestres desnuda, cual Hera, en el juicio de Paris, entre los velos de tu relato, o que te cubras, como Atenea. Me da igual. Disfruto con lo que escribes y vale la pena leerte. Y me envuelven los hilos de tus historias y te mando un gran abrazo de admiración.

    ResponderEliminar
  12. Me parece bien que huyas de la teoría literaria y la crítica lingüística, puesto que yo también, y ni siquiera escribo para ningún crítico, sino para la gente que se emociona y me dice que espera un relato mío cada semana. De todos modos, considero que las criticas que me han hecho hecho aquí son más bien intuiciones subjetivas de mis lectores, algunas a mi favor y otras en contra, pero todas subjetivas. Lo más importante, que disfrutes con mis historias que, como ya sabemos, nos animan a seguir. Un abrazo.

    ResponderEliminar