25 de abril de 2015

Celebraciones varias (Reflexiones)



 

 Este jueves se celebró en mi instituto el día del libro. Suelo ser muy escéptica con este tipo de actos porque desconfío muchísimo de los beneficios culturales que le procurarán a  mis alumnos. Ese día  se acortó en cinco minutos cada sesión de clase para ganarle media hora más al recreo y poder hacer el acto correspondiente con motivo de la celebración del día del libro. Como cada año, se nombró a Cervantes  y a Shakespeare y esta vez también a Günter  Grass y Eduardo Galeano. Se les quiso hacer un pequeño homenaje con motivo de sus muertes recientes. Se leyeron frases de ambos y entre esto y una breve visión en diapositivas de la obra de una ilustradora local se cumplió con el acto. Luego ya en clase, a la siguiente  hora, le pregunté a los alumnos -es verdad, con malicia- que de qué autores se habían leído los fragmentos. Pues ni idea. A uno le sonaba que el nombre de uno de los autores era Enrique o algo así.
 
     Siempre me han parecido estas celebraciones actos  superficiales: el día contra la violencia de género; el día de la Paz; el día de la alimentación; el día de Canarias... Se llenan los institutos de pancartas  conmemorativas y nos da la falsa sensación de que "algo se mueve" culturalmente y de que en los alumnos se está creando conciencia moral. Pero no es cierto; generalmente ese día no contribuye a nada a nivel profundo. Son actos que como distracción van bien o  como excusa para sentir que un aire cultural-o ético- se ha respirado en el hall o en el salón de actos. También sirve para tranquilizar la conciencia de las autoridades académicas que, a través de los equipos directivos, promocionan estos días, para que todos nos creamos -ellos los primeros- que estamos formando transversalmente a nuestros alumnos en valores éticos. Así se confían, por ejemplo, en que por un día de celebración con la lectura del manifiesto de turno y el lazo del color correspondiente, se evitará la violencia de género entre los jóvenes. Es pura hipocresía: no se quiere invertir directamente en  formación ética o social  (esta materia se queda con la nueva ley en optativa de una hora  a la semana)  porque es más cómodo el acto aparente y mensual  -luce más-; como tampoco se quiere invertir en una formación lectora seria; a los institutos se les encomienda un plan lector que en la mayoría de los Centros se queda en un parche o en un apaño de una hora semanal completamente infructuosa. Si realmente se quisiera  que el alumnado leyera el compromiso y el esfuerzo debería ser mayor. Quizá debería pensarse en un programa  de lectura a diario (dedicarle una sesión de las seis que se tiene en la mañana), obligatorio para todo el alumnado desde 1º de primaria a 2º de bachillerato. Ya que se nombra tanto la educación en competencias, la función que cumple la lectura desde pequeños en la creación de ciudadanos competentes es inestimable. Por ello, no se debe dejar su implantación al buen criterio del director de turno de cada instituto. Pero claro, la situación  que tenemos está a la altura de quienes nos gobiernan -estos y aquéllos-; a la altura de las cortas miras éticas y lectoras de nuestros dirigentes.  Si a estos, y a aquéllos también,  estas cuestiones les resbalan, se comprende entonces que sólo les interese cumplir con las apariencias. Y como vivimos en la cultura de la imagen, de la representatividad y de la careta; como vivimos en la invasión del homenaje y de las galas a juego lo que cuenta es la pantalla exterior.  



     Menos mal que entre tanta machangada veo luego otro tipo de actitudes que me maravillan por la generosidad que demuestra el que las ha llevado a cabo. Este jueves tuve la suerte de que me tocara ir con mi grupo de 4º de ESO al salón de actos para que un profesor, el vicedirector para ser más exacto,  hiciera de cuentacuentos. Lo más admirable es que llevaba seis horas sin parar narrándoles historias a los alumnos. No las leía, sino de pie, a la mitad del escenario las recitaba gesticulando, cambiando voces, alternando los tonos; y siempre de memoria. Cuántas horas habría invertido este hombre en su casa para que sus relatos salieran tan bien. Nos contó historias muy entretenidas, algunas cómicas, otras más dramáticas, y las últimas más picantes, con alusiones sexuales que a los alumnos encantó. Nos reímos, disfrutamos del momento y me quedé maravillada por la generosidad de este hombre que sin cobrar nada, fue capaz de entretener con su voz, sus gestos y su memoria a todo un instituto durante seis horas sin descansar (pues fue también él quien presentó el acto -prescindible- del recreo por el día del libro), sin mostrar agotamiento y dando lo mejor de sí para que otros disfrutaran. También una compañera del instituto en el que estuve el año pasado demostró similar generosidad en su trabajo. Esta mañana  me envió las fotos de unos murales que realizó con los alumnos sobre fragmentos de autores seleccionados por tipos de literaturas. Me parecieron preciosos. Sé que todo esto implica un gran esfuerzo, que se realiza con dedicación, y que no se suele reconocer lo suficiente. Y el objetivo prioritario de ambos no  parece que sea figurar o ponerse medallas sino que los chicos, modestamente, aprendan algo o comiencen a engancharse un poco a la literatura. Bien a través de la oralidad, bien a través de citas o fragmentos para que en algún alumno -está claro que en una alumna también: utilizo el genérico)  surja algún  interés por seguir buscando más obras del autor en cuestión.  Labores como las de estos profesores me estimulan para seguir adelante cuando siento que mi ánimo decae. Aquí muestro, sin haberle pedido permiso todavía, parte del trabajo que realizó mi compañera con sus alumnos. Y si hubiera grabado al otro profesor también lo hubiera expuesto aquí , con su permiso claro, para que quien me leyere lo disfrute como yo lo hice.