Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: El funeral. (Relato)

20 de abril de 2015

El funeral. (Relato)


”Ramo de flores

Si entramos por la calle principal de El Malvisco, después de abandonar la de la Rosaleda, nos encontraremos con algunos edificios memorables que animan y dan lustre a la vida social del barrio. A la derecha se encuentra el bar de Casimiro, la farmacia de Rosaura y la tienda de comestibles de Loreto. A la izquierda, hallaremos la funeraria de don Arturo, la tiendita de telas e hilos de doña Engracia y enfrente de la plazoleta de  Aguas tenemos el edificio que provoca más orgullo en los vecinos: el cine-restaurante de Malvisco. Justo al lado, en una pequeña casita, bordeada por un jardín muy cuidado lleno de rosas, azaleas y malvaviscos —en esta planta se inspiraron para el nombre de la calle— viven doña Elisenda y don Roque. La fachada de su casa la reformaron hace poco y es la principal causa de alegría del hombre, quien estuvo ahorrando durante años para cumplir su sueño: cubrirla de pequeños mosaicos de diversas tonalidades. Cada tarde, henchido de satisfacción, se sienta en la plazoleta a contemplarla.

 Doña Elisenda y don Roque se encuentran a gusto en este lugar, donde son muy apreciados por todos los vecinos. Forman un matrimonio bien avenido y nunca han provocado ningún suceso que haya salpicado su buen nombre: aquel lamentable incidente que protagonizó doña Elisenda fue en el pueblo vecino, y en su calle jamás se oyó un rumor sobre él;  creo fue a mí a la única que le llegó la anécdota que reconstruyo aquí.


 Se casaron en 1.975, pero no han tenido hijos y ya es tarde para ello. Viven solos, pues; ella, gruesa y rosadita, se dedica al cuidado de su marido y de su jardín; él, flaco y estirado, anda entretetenido como contable de unos almacenes en el centro del pueblo.   Esta pareja tan unida, cuyo nombre sin mácula es pronunciado con reverencia por los lugareños, encuentra la fuente de su amor en una inofensiva afición que ambos comparten desde la juventud. Aunque, es verdad lo que dicen las malas lenguas: apenas hablan entre sí, sólo lo indispensable y… ¡se tratan de usted!; como ejemplo, puede servirnos este diálogo que, de vez, en cuando, no recrea Silvina, la más chismosa de la calle:

 “—¿Cómo ha pasado el día hoy, doña Elisenda?

 —Muy bien, don Roque, gracias. Es usted muy amable por interesarse por mí ¿Y a usted qué tal le ha ido? ¿Desea cenar ya?

 —Hoy ha sido un día provechoso -responde invariablemente-. Cenaré dentro de un rato, gracias; primero hojearé el periódico.”

 O bien este otro, que parece que se desarrolla en los días de fiesta:

 “—Doña Elisenda, ¿desea usted dar un pequeño paseo hasta la plaza de las Ramas?

—Encantada, don Roque. En diez minutos estoy lista.”

  Silvina nos cuenta con malicia esta conversación hipotética. Sin embargo, yo creo que más no necesitan hablar, ¿para qué?, si con la mirada se dicen lo necesario. Y tal vez sea éste el motivo de que entre ellos apenas se produzcan conflictos: el respeto y la cortesía con que se tratan; sus caracteres similares —rutinarios, comedidos—, y una existencia basada, ante todo, en el orden, suelen reprimir cualquier amago de disputa en el matrimonio. No obstante, ellos desahogan sus sentimientos contenidos y lo hacen a través de una costumbre peculiar, la cual les había permitido conocerse hace ya muchos años. 

 Doña Elisenda es muy emotiva, pero esta emotividad que  intenta mantener en secreto —con poco resultado porque en El Malvisco todos la conocen— se desboca los viernes por la noche, al igual que el pesimismo de don Roque, señor exageradamente agorero. Ese día se visten con sus mejores galas, siempre de colores oscuros; se peinan con cuidado, él con gomina, ella con laca; se echan unas gotas de agua de lavanda... Y agarraditos del brazo caminan calle abajo, como si fueran los protagonistas de una canción de María Dolores Pradera. 

 Media hora después, entran en el velatorio del pueblo para acompañar al difunto del día y a sus familiares. Los sepelios, como ustedes ya saben, es imposible que se celebren únicamente los viernes, pero como ellos se prohibieron abusar de esta costumbre se reservan este único día para desfogar todas sus inquietudes acumuladas. Doña Elisenda y don Roque saben que allí pueden dar rienda suelta a las emociones que han reprimido durante la semana: ella debido a su hipersensibilidad y él a su desilusión irremediable.

 A doña Elisenda cualquier suceso, por nimio que sea, la coloca al borde de las lágrimas. Si va a la tienda a comprar y le cuentan el caso de aquel chico cuya novia perdió la mano abriendo unas latas; si se entera del premio de redacción que le concedieron a la hija del director en vez de a la de la mujer de la limpieza, con lo aplicada que es la pobre; si le dicen que al bombero que vive detrás de la plaza Los Almendros se le ha quemado la casa... y él llegó tarde para sofocar las llamas, se le forma una bola de angustia en el estómago que asciende lentamente hasta posársele en la garganta y empañarle la mirada. Pero ella nunca llora, retiene sus lágrimas a la espera de desahogarlas el viernes, en el duelo.

 A don Roque, en cambio, los sucesos en sí lo mantienen inalterable; lo que le causa una profunda desazón es la condición humana. En sus reflexiones, siempre llega a consecuencias lamentables sobre ella; pero él no se da por vencido y cada día establece una intensa lucha entre lo que él opina que debería ser "el hombre" y lo que realmente percibe que es: embustero, rapaz e inmoral. Tal vez comprenderíamos sus angustias si supiéramos que es un caballero con un profundo sentido del deber y, de camino, un filósofo  frustrado, todo hay que decirlo, pues no pudo pasar del primer año de carrera. 

 En esta cruzada redentora, de sepelio en sepelio, conocer al difunto es solo una minucia: ellos afirman que el dolor es universal y que cualquiera puede participar de él. Se comprende que así también lo entienden los familiares de los fallecidos, pues, suelen acoger encantados a aquellos amigos tan entrañables de su finado. Y nunca son suficientes los que se lamentan en estos tiempos por los difuntos queridos.

 Así transcurren apacibles sus años, de duelo en duelo, en una afligida monotonía, y sin que ningún suceso varíe sus costumbres. Sólo hubo un hecho, que ocurrió hace ya algún tiempo, que los trastocó durante unos días. Fue un dichoso viernes de diciembre. Para esa ocasión se habían acicalado como de costumbre y se habían dirigido, más compungidos que nunca, a velar al recién fallecido. La casa mortuoria más cercana estaba cerrada y hubieron de trasladarse al pueblo vecino. Como otras veces, allí ofrecieron sus condolencias a los afectados y se sentaron en unas sillitas de enea próximas al féretro. Al muerto no pudieron verlo, estaba cubierto por una fina sábana de algodón de color beige claro; pero sabían que era un hombre de mediana edad, cuyo fin se había producido mientras trabajaba en la construcción de un bloque de apartamentos.

 En aquel momento, la sala estaba concurrida y los ánimos de los fieles allí congregados permanecían en calma; pero, gradualmente, a medida que la tarde declinaba y, mientras estaban sirviendo el café y el coñac, unos leves gemidos, que primero se oían en susurros, fueron elevando poco a poco su intensidad. Los sollozos en ascenso se estaban mezclando con los olores de las lacas, los perfumes, los sudores, el tabaco, el café, y el cansancio –porque el cansancio tiene un olor espeso, acre. En esta atmósfera densa, cada vez más pastosa, el tiempo se había detenido y las respiraciones de los asistentes también. La luz mortecina del sol, la del atardecer, penetraba colándose por unas cortinas amarillas, descoloridas, con un débil brillo que chocaba en las baldosas del suelo. Finalmente, sólo se oían aquellos lamentos cada vez más desgarradores.

 La viuda del muerto no quería beber nada, pese a los requerimientos de sus convecinas de que un poquito de café con unas gotas de coñac la haría sentirse bien. Su mirada vidriosa llevaba largo rato posada con insistencia en aquella señora que gemía furibunda. Minutos antes, contagiada por el plañir de la desconocida, había reanudado su llanto con bríos, aunque no llegó a alcanzar la intensidad de la doliente mujer, sentada enfrente de ella. Ya la sospecha se había  adueñado de la viuda desde hacía un rato. Por lo que, súbitamente, cortó en seco su llanto presa de los celos:<<¿Qué le pasa a ésa?, ¿a qué viene semejante alboroto?, ¿será ésta la querida de Ramón?>> pensaba indignada la mujer.<<¡Qué desfachatez, venir aquí a pregonar su dolor, aquí, delante de mí, delante de mis hijos¡ ¡Que se vaya a otro lado a armar escándalo¡ ¿Qué estarán pensando los vecinos? ¡Qué vergüenza, qué vergüenza,...!>>

 Esto fue lo peor: adivinó los pensamientos de todos los presentes y no pudo contenerse. Se levantó de un salto, llegó hasta donde estaba doña Elisenda y le gritó que se fuera, que pendones como ella en ese lugar sobraban. La pobre doña Elisenda no comprendió nada, no entendió qué mal había hecho. Es verdad que ese día estaba más triste que otras veces y la culpa la había tenido Rosaura, la farmacéutica, quien por la mañana le había contado el caso de la niña asesinada por sus padres adoptivos. Este suceso la había afectado más que ningún otro y había acudido al velorio muy apesadumbrada; pero, con sus mejores intenciones, sin deseos de dañar a nadie. Sin embargo, sus explicaciones fueron tan turbias que, aunque don Roque intentó interceder por su mal comprendida esposa, la viuda no retrocedió en sus exigencias de que se marcharan inmediatamente.

Flores
A ambos no les quedó otro remedio que salir de aquel lugar. Con la cabeza gacha y agarrados del brazo, como siempre, desfilaron cuesta abajo por la calle cubierta de pequeños y desiguales adoquines. Ese día parecieron más avejentados que nunca y sus aspectos insignificantes se menguaban, cómo no,  a medida que descendían por la pendiente. 

 Pero no nos entristezcamos, esto sólo supuso un pequeño bache en sus hábitos, del cual se recuperaron a la semana siguiente: los familiares del nuevo fallecido los acogieron con tanta amabilidad que, pronto, nuestra pareja perdonó el comportamiento de aquella viuda, la cual, por otro lado, sirvió de oportunidad para corroborar la opinión tan desfavorable que mantenía don Roque sobre el género humano  y para llorar con más ímpetu en el nuevo velorio.

                                               
  29 de agosto de 1994

©AngelesImpíos





10 comentarios:

  1. No hay como las aficiones compartidas para mantener una relación. Otra sonrisa en tu haber. Y van...

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    1. Y yo también estoy de acuerdo contigo. Las aficiones compartidas unen, aunque sean algo extravagantes como estas. Muchas gracias por acercarte a mi casa más apreciada, por ahora.

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  2. Una maravilla de pulcritud estilística y anímica.

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    1. Muy agradecida por lo de pulcritud estilística y anímica. En esta última no sé si es bueno la pulcritud, en la primera sí, sin duda.

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  3. Ana Linares Luis24/12/15 17:51

    Leído gustosamente, lo recuerdo; me gustó en su momento y me sigue gustando. Una historia entañable,sencilla y conmovedora.

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    1. Es una historia sencilla, cierto, y, sin embargo, esas primeras me costaban más que las de ahora, Las revisaba y revisaba... Un abrazo.

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  4. Qué original, Ángeles, el tema y tu enfoque, además de muy bien escrito. Te deja muy bien después de leerlo. Es Como que me cae muy bien esa pareja, será que me recuerda tantas parejas de mi pueblo, cuya evocación me place en un día como hoy. Eres muy buena en ese estilo qu yo prefiero llamar cotidianista (más que costumbrismo). Un abrazo y enhorabuena.

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    1. De acuerdo, es más cotidiano que costumbrista; e indagando en las personas o, por lo menos, ese es mi deseo. En esa manera de escribir es en la que me siento más cómoda y me sale más espontánea. Es como si fuera una especie de realismo psicológico. Muchas gracias, mi querida Balbi.

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  5. Muy buena esa manera tuya tan particular de describir y saber transmitir lo cotidiano. Un relato que leí hace años y que me sigue pareciendo impecable.

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    1. Lo cotidiano es inacabable; siempre hay una material valioso sobre el que trabajar. Quizá sea por mi empeño en entender la realidad que nos rodea. Un beso y muchas gracias, Candi.

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