23 de abril de 2015

Carta de lluvia (Relato)


¡Qué extraño escribir de nuevo! Retomar el hábito perdido. No creas, resulta complicado, pero pensé que una ocasión especial como ésta merecía una última carta, aunque vaya en contra de toda lógica ¿Recuerdas la fecha? Hoy hace treinta y cinco años que nos casamos. Increíble... Cuánto ha sucedido desde entonces.

Sin embargo, aún me acuerdo de la tarde en que nos conocimos, como si no hubiera transcurrido ni un solo día. Acababas de estrenar tu flamante coche negro, ése que continúa brillando en el garaje aunque ya no circule, y yo iba camino de la academia, bajo una lluvia atroz. El agua discurría implacable por la calzada formando charcos caudalosos. Te acercabas de frente, a bastante velocidad; y, antes de que pudiera guarecerme en cualquier portal, me vi bañada de arriba abajo. Tu rostro se quedó clavado en mi retina y, pese a que era muy modosa, mis insultos te acompañaron hasta que perdí de vista el auto.

  A la semana siguiente volvimos a vernos, también otra tarde mojada por el agua. En esa ocasión iba cargada de paquetes y no sabía cómo cruzar la riada en que se había convertido la calle. Esta vez, tú caminabas por la acera, cobijado en un enorme paraguas de color rojo intenso, y ante mi desconcierto por ese río desbordado, detuviste tus pasos inmediatamente. Yo te miré con ira, preparándome para recibir una andanada de burlas. "Vamos, que te ayudo a cruzar el Amazonas", dijiste en cambio, mientras  cogías  mis  regalos con  una mano  y  con  la  otra  me  agarrabas  del  brazo  para  ayudarme a saltar. Vi cómo hundías en el lodazal, sin ningún  cuidado, tus zapatos  nuevos que se empaparon por completo. Ya en la  acera, estuve mirándote un  rato tras los cristales mojados de mis gafas; pero apenas distinguía tus facciones, desdibujadas por las gotas que te resbalaban del pelo. Hasta que me di cuenta de que el papel de los paquetes se estaba desgarrando y salí a escape, balbuceando "gracias, muchas gracias".  Y te hiciste grande; así, tan fácil, de una vez y media (porque la vez que me echaste el coche encima te la conté como media).

 Tardé tiempo en volver a encontrarte, pero siempre que llovía igual que aquella vez recuperaba tu presencia en mi mente. Imaginaba que saltábamos juntos en los charcos de las plazas que se hallaban a nuestro paso; íbamos calzados con botas de agua y corríamos desde lejos, tomando impulso como si fuéramos unos críos. Imaginaba que salía bruscamente del supermercado, tropezaba contigo y se esparcían por el suelo los comestibles. Tú me ayudabas a recogerlos, ambos ahogados por la risa. Por imaginar, y relacionarte con el agua siempre, hasta vi cómo sorteábamos, a bordo de una frágil canoa, los rápidos del Niágara; pero no sentía miedo, porque iba a tu lado. Eran imágenes ideales; como debían de ser en aquellos momentos, como las que conservo ahora de ti: las mejores de todas o las más limpias. 

 A los pocos meses nos presentaron, en la boda de mi prima Luzbel, ¿recuerdas? No conocías a casi nadie y paseabas tu soledad por la estancia. A duras penas, conseguí sacar al novio del jolgorio que le habían montado para que nos presentara. Pronunció nuestros nombres de mala gana, nos soltó el chiste rapidito que acababan de contarle y salió como un rayo en busca de los amigotes. Nosotros nos dimos un beso, volvimos a repetir los nombres y luego enmudecimos. Eso sí, te miré mucho a lo largo de la noche. Pero no hablábamos de nada. Apenas lo hacíamos, ¿verdad? Ni durante el noviazgo ni en el matrimonio, ambos silenciosos y tranquilos. Tú fuiste siempre muy callado y yo, con los años, también me volví muda. Pero de otra manera sí conversábamos, hasta desbordarnos; ése era nuestro secreto. ¿Sabes que rompí la promesa de no contárselo a nadie? Te traicioné con las amigas. Y es verdad lo que decías que no iban a entenderlo y que se burlarían de nosotros. Entre carcajadas, comentaban que era de lo más ridículo que habían oído nunca. Me ponía triste, pero no desconfié de lo nuestro, aunque no paraban de repetirme que ésa no era una relación normal. ¿Qué sabían ellas?

 Fuiste tú el que tuvo la buena idea, como siempre. Llevábamos unos cuantos años casados y una mañana, en la que yo te creía en el trabajo, llegaste de improviso y me encontraste sentada a la mesa de la cocina, revolviendo una y mil veces la taza de café que tenía delante. Permaneciste parado en el quicio de la puerta, observándome, y mi rostro debió de ser tan delatador que a los pocos días recibí la primera carta. Lamentabas no poder expresar de viva voz lo que yo deseaba oír de ti, y me lo escribiste repetidas veces, con trazo grueso y en letras distintas. De inmediato, recuperé la alegría y redacté varias páginas en las que te detallaba todo lo que me había guardado en los pocos años de matrimonio. Esperé tu respuesta inquieta, temerosa de que la correspondencia acabara ahí, pero no, me devolviste todavía una carta más larga que metí en mi bolso y paseé por todos lados. En cada esquina la releía. Las cuartillas terminaron ajadas y sucias, pero aún las conservo en el mismo lugar.

 Cada mañana, después de que te fueras a trabajar, anotaba el recuento de mi jornada anterior y cada tarde, antes de que regresaras, leía ávida tus mensajes. Casi todos los días recibía una carta; incluso enfadado lo hacías, emborronando los papeles con signos de exclamación y frases tajantes, en mayúsculas. ¡Qué raros debíamos de parecerles a los demás!

 Pero ahora ya no tengo a quien escribir. En otro día de lluvia, bajo un cielo roto por los relámpagos, terminó la correspondencia. Se me quedó un hueco dentro; contigo desapareció medio yo, como si en vez de haberte ido tú, hubiera perdido el brazo derecho. Porque, aunque me lo avisabas en las últimas cartas, aunque recorrimos infinitos médicos, no me preparaste lo suficiente. O será que para las ausencias y la soledad  apenas hay preparación.

Ahora sólo tengo tu mejor foto grabada sobre un trozo de mármol a la que le llevo flores cada sábado: claveles y crisantemos. También me queda la canción de Cecilia, la del ramito de violetas, la que decías que era similar a nuestro amor. Y las cartas, todas las que me enviaste durante más de treinta años. Lo que no sé es si el tiempo esperará por mí a que termine de releerlas;  todas de nuevo, siempre una vez más; y siempre desde la primera.


                                                                  (©Ángeles Impíos. Octubre-2001)