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5 de mayo de 2015

La noche del baile de magos (Relato)



Ilustración de una noche estrellada para el relato La noche del baile de magos
Elvira todavía no se ha recuperado del susto. Y eso que ya han transcurrido varios años. Cuando deja de nombrar el suceso y sus familiares y amigos creen, aliviados, que ya lo olvidó para siempre y que nunca más les amenizará las cenas, los almuerzos y las meriendas relatándolo, viene otro mes de junio trayendo las fiestas de San Isidro y enfrentándola de nuevo a los recuerdos de aquel día.

Fue la noche del baile de Magos. Era una noche clara y limpia, sin rastros de nubes en el cielo negro abarrotado de estrellas. Ella la predijo al atardecer, cuando a mitad de vestirse con el traje típico, se asomó al balcón y le comentó a su marido que iban a tener  una oscuridad luminosa, ideal para permanecer bailando hasta la mañana siguiente, como solía ocurrir hacía muchos años. Poco podía imaginar en aquel instante que no despegaría los pies del suelo, del suelo de su coche, durante largas horas.

Terminó de almidonar la ropa sobre las siete de la tarde. Dio luego de cenar a sus bulliciosos hijos, quienes no terminaban de creerse que fueran a dormir con la tía Eva: "¡Guau!", exclamaban contentos y revoloteando a su alrededor, "podemos acostarnos de madrugada y ver la tele hasta las tantas y comer golosinas como locos y mañana bañarnos en la piscina de plástico y almorzar papas fritas y hamburguesas y luego..." 

A las ocho Elvira y Agustín se vieron libres para vestirse con tranquilidad. También les dominaba la euforia porque hacía tiempo que no salían a divertirse con los amigos. En los últimos años no habían ido al baile de Magos porque los chicos eran pequeños y no deseaban dejarlos con nadie. Por eso, ahora, dueños de esa libertad provisional que le duraría hasta el día siguiente, se prometieron ver  el amanecer y desayunar chocolate con churros como cuando eran novios. 

Pero no pudo ser. 

Elvira sintió como se esfumaban sus churros, y todos sus esperanzas de permanecer bailando hasta despuntar el día, cuando oyó un fuerte golpe en la puerta delantera del coche y un desconocido se introdujo en el interior, se sentó en el asiento vacío de su marido, giró la llave que se hallaba en el contacto, arrancó con brusquedad y salió disparado como si estuvieran persiguiéndolo. Fue todo tan rápido  y violento que su cuerpo se impulsó hacia delante antes de incrustarse en el sitio. Durante varios segundos se quedó sin aliento y, pronto, antes de darse cuenta de que algo pasaba, el corazón se alborotó dentro de su pecho. Por los espejos se veía al marido, quien, en mitad de la carretera gesticulaba, gritaba y movía los brazos con desesperación mientras contemplaba impotente como su coche, con su mujer dentro, se alejaba velozmente. Elvira, asustada, no emitía ningún sonido. No sabía si era real lo que estaba sucediendo o producto del vino que había ingerido durante la cena. 

Minutos antes Agustín había aparcado el coche en el arcén de la carretera, a escasos metros de la gasolinera. Quería sacar dinero del cajero automático instalado cerca de allí. Elvira se quedó en el interior del coche. Después de cenar con los amigos Agustín se dio cuenta de que le quedaba poco dinero para sobrellevar la larga madrugada. Por el camino encontraron aquella gasolinera y divisaron las luces parpadeantes del cajero. Sólo sería cuestión de breves minutos.   

Lentamente Elvira fue recuperando conciencia de la realidad. Un hombre iba a su lado conduciendo como un loco, sin mirarla y sin pronunciar ni una palabra. El corazón de ella latía con fuerza, las manos le sudaban y las piernas habían comenzado a temblarle. Pero no decía ni pío, sólo miraba al frente, agarrándose con las dos manos fuertemente al sillón, los ojos bien abiertos y las aletas de su nariz dilatadas. Eran las once y veinte de la noche.

Ignoraba cómo enfrentarse a aquella situación. Nunca se había  visto  envuelta en líos; sabía eludir perfectamente las dificultades y hasta entonces sólo la habían inquietado pequeñas contrariedades domésticas. Por eso, cuando a su vecina, estando de vacaciones, entraron a robarle y se llevaron toda su ropa, los santos que coleccionaba y el equipo de música, se alegró de haber anulado días antes el vuelo a La Palma que proyectaba realizar con su marido. Apenas salía de viaje y este suceso le confirmó que donde mejor podía encontrarse era en casa. Y cuando su hermana le contó atemorizada que un conductor -la había traído en autostop desde la Universidad- había intentado masturbarse en el interior del coche delante de ella, se alegró de no haber iniciado estudios universitarios, y sobre todo, cuando el individuo en cuestión le dijo a su hermana que le parecía una estupidez que no quisiera presenciar sus actividades masturbatorias, que aquello era lo más normal del mundo. 

Pero ahora era distinto, se estaba viendo implicada en un oscuro delito sin comerlo ni beberlo. Su primera reacción cuando oyó el golpe en la portezuela, antes de ver al inesperado asaltante, fue preguntar airada: “ ¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo?” Pero luego enmudeció del susto al ver a aquel sujeto. En un primer instante había creído que el golpe lo había propinado su marido, quien, algo alegre por los vasos de vino tomados a lo largo de la cena, quería asustarla.

Pero no, era en cambio otro hombre el que llevaba el coche a toda velocidad,  introduciéndose por carreteras secundarias que ella desconocía. Elvira no sabía conducir y normalmente seguía las rutas con indiferencia. Pero sí se dio cuenta de que dejaron atrás las luces del pueblo para enlazar con la autopista en dirección a Santa Cruz. 

Ambos todavía no habían intercambiado ni una frase. Elvira, hundida en su sitio y  con el corazón sobresaltado, miraba hacia delante con empecinamiento. Quería eclipsarse, desaparecer de allí, importunar lo menos posible a aquel individuo que parecía tener claro su objetivo. Sintió miedo de convertirse en un obstáculo para él y que se ensañara en su persona si lo molestaba demasiado. Por eso todavía no se había atrevido a mirarlo. Y es que ella, cuando algo la aterrorizaba, se volvía sumisa, lo mismo para ir a parir que para rellenar un papel en el Ayuntamiento. En todos los casos obedecía las instrucciones escrupulosamente -tanto de las comadronas como de los funcionarios- sin rechistar y con el mejor ánimo posible. Vivía con el convencimiento de que así sería mejor tratada.

“Si lo persigue la policía, yo soy su rehén y si me coge odio me tratará peor; puede que me viole, o que me  mate... ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué me ocurre a mí esto? Si yo siempre me he portado bien con todo el mundo”. A Elvira se le escapó un gemido, que intentó ahogar tapándose la boca con las manos. El presunto delincuente la oyó y giró por primera vez la cara para verla. Ella también giró la suya. Vio a un hombre joven, de semblante hosco, con las mejillas hundidas, muy flaco y moreno. Rondaría la veintena. Vestía ropas baratas y, según observó, tenía toda la pinta de ser un brutal asesino. ”Ay, Dios mío”, se le escapó otro gemido. Ante su mirada se sintió ridícula, vestida de aquella manera, con el justillo estrecho y sus pechos rebozando por fuera del escote de la blusa, la capa colocada de cualquier modo, el pañuelo y el sombrero ladeados estúpidamente, la falda incómoda que la acaloraba y el maquillaje corrido. 

-¿Qué me va a pasar? -preguntó al rato, bajito y tímida. 

Él volvió la vista a la carretera sin responder. A esa hora, las doce menos cuarto, apenas quedaban coches por las vías. La noche seguía estrellada y por las ventanillas entraba un airecillo suave, agradable. Él había aminorado la marcha y ahora conducía más tranquilamente, como el que está seguro de que ha dejado atrás a sus perseguidores, con el brazo izquierdo apoyado en la ventana y la mano sobre el volante mientras la derecha descansaba en la palanca de cambios. De vez en cuando su mirada se deslizaba desde el espejo retrovisor hasta su reloj de muñeca. Pronto enlazarían con la autopista en dirección al sur.

Elvira no se atrevió a preguntar de nuevo. Se hundió aún más en su asiento, con los dos brazos encogidos sobre su pecho y la boca tapada por sus manos. Tenía la vista puesta en la carretera, pero no veía nada. Los ojos estaban anegados de lágrimas. A través de ellas logró vislumbrar la imagen de sus hijos correteando por el parque. Probablemente ya no los besaría nunca más. Vio al más pequeño dar sus primeras brazadas en la piscina a la que asistía para aprender a nadar y cómo sacaba sus manos del agua para saludarla contento por sus progresos. Su imagen se mezcló con la de Isabel, inclinada sobre su mesa de escritorio, realizando ensimismada sus deberes mientras se apartaba el pelo con una mano para que no le cayera sobre el cuaderno. Se superpuso luego la del mayor, Ismael, tan alto y guapo, constantemente abrazándola y dándole besos. Vio a su marido arreglando concienzudo la plancha y un pinchazo de arrepentimiento y nostalgia le encogió el estómago. Anoche había ignorado sus caricias con la excusa de que era tarde. Y ya no los vería más, ¡ay! No pudo sofocar su llanto. Lo inició primero con lentitud, despacio, pero luego se desbordó. Lloraba convulsivamente, con energía, moviendo todo el cuerpo, mientras pasaban por delante de sus ojos recuerdos de su vida anterior.

-¡Cállese! -gritó áspero al cabo de un rato- ¿A qué viene ese histerismo? Pórtese bien o tendrá problemas.

-¿Qué me va a hacer?- preguntó Elvira entre hipidos, intentado parar el llanto y mirándolo de soslayo.

- ¡Nada, no le voy a hacer nada! -respondió malhumorado, incrementando la velocidad y dando un viraje brusco en una curva. Elvira enmudeció. Miró a su alrededor en un intento de reconocer el lugar por dónde iba. Creía que acababan de sobrepasar Granadilla. Era casi la una menos veinticinco y él seguía apretando el acelerador. Transcurrieron unos minutos de silencio, en los que sólo se oía el motor del coche. Pero pronto disminuyó la velocidad, se metió en un carril de desaceleración y salió de la autopista. Elvira vio un cartel a un lado de la carretera pero los ojos empañados no captaron lo que anunciaba. Una pendiente pronunciada les esperaba después de las primeras curvas.  
Para tranquilizarse intentó recordar la cena, copiosa, tanto en comida como en bebidas. El ambiente entre sus amigos había sido relajado y alegre. Incluso habían bromeado sobre la posibilidad de que el baile se chafara de alguna manera. Empezó alguien imaginando la noche aguada por una repentina tormenta de verano y a la gente  corriendo despavorida, y tropezando entre sí, para resguardarse bajo los balcones de las casas; otro pensó en un apagón generalizado que impidiera a las orquestas iniciar la música; le siguió el que aseguró que lo más contundente sería el anuncio de bombas colocadas estratégicamente en distintos puntos del pueblo. Así siguieron durante largo rato, ideando cada vez una posibilidad más disparatada que la anterior. Pero a nadie se le ocurrió que a alguno de ellos se le chafara la noche en particular; ninguno, pues, concibió que podría ser secuestrado.

Él conducía con el ceño fruncido, mirando la carretera con hostilidad. Elvira iba encerrada en un mutismo expectante, de vez en cuando interrumpido por sus hipidos. Al poco rato el coche se metió por una vereda estrecha y poco iluminada. Circularon unos doscientos metros por un camino lleno de piedras y curvas. Y cuando ella comenzaba a creer que aquella ruta, que seguramente la transportaría al infierno, iba a prolongarse el resto de la noche, el conductor detuvo el coche con un frenazo repentino.

-Ya está. Ya he llegado. Ahora yo me bajo del coche y la dejo a usted tranquila para que pase la noche en calma. Un poco sola sí que va estar, en medio de esta oscuridad -ahora, sorprendentemente, él hablaba con amabilidad -. Pero tranquila, nadie la molestará y mañana los dueños de la casa aquélla que se ve a lo lejos, ¿la ve usted allá?, la encontrarán y la llevarán a donde les indique. 

-¿Eh? -Elvira no daba crédito a lo que oía. Seguramente la conmoción había perturbado su juicio.

-Que le digo que aquí se acaba mi camino. Ahora yo seguiré andando y usted pasará la noche aquí, resguardada dentro del auto hasta que mañana den con usted. No la dejo en el arcén de la carretera por si acaso pase algún maleante, por aquí hay a montones, y la tome con usted. Lamento haber cogido el coche prestado pero han sido las circunstancias -él seguía sentado en su sitio, con una mueca en la boca, ligeramente culpable, y que quería parecerse a una sonrisa. 

-¿Qué dice? ¡No entiendo nada! ¿Se está burlando de mí?- A Elvira se le estaba yendo el miedo. Sus ojos lo miraban iracundos.

-Mire, siento mucho haberle fastidiado la noche. Pero tengo que ir a buscar a mi chica antes de la una. A esa hora sale del bar donde trabaja y si no estoy fuera esperándola como un clavo me mandará a hacer puñetas. Ya me dio el último aviso anoche; todo un ultimátum. Y lo peor ni es eso; sino que tiene que darme algo muy importante esta misma noche y luego tengo que llevárselo como un rayo a alguien en la otra punta de la ciudad. De veras que siento haberle hecho esto; pero consuélese, a mí hoy me han robado el coche, la policía me trató como si yo mismo fuera el ladrón, los negocios que tenía pendientes se me fueron al garete;  luego, cuando venía para acá, se me escapó la última guagua y casi estoy sin un duro en el bolsillo –de repente, aquel individuo se había vuelto parlanchín. Su lengua desatada corría el maratón más largo de la carrera de La Estupidez-. Ande, no se cabree que yo no tengo culpa de nada. Le repito que a mi hoy todo me ha salido de puro asco. Bueno, le aseguro que aquí no le va a suceder nada. Abríguese con la capa, duerma tranquila y alégrese, que pudo haber sido peor. Así tendrá algo que contarle a sus nietos cuando sea  vieja, o a sus amigos en sus próximos tenderetes. Puede denunciarme, pero salgo a mañana a primera hora de viaje… Muy lejos. Y no sé si volveré alguna vez. Le dejo las llaves del coche…, ¿no sabe conducir? Ah, pues muy mal. En eso sí que no tengo nada que ver. 

Él seguía hablando mientras salía del coche. A Elvira, en cambio, el estupor la impedía continuar oyéndolo. Permaneció muda, ciega y sorda durante unos minutos sin percibir nada, rodeada de una oscuridad débilmente iluminada por tenues estrellas y por una luna menguante y amarillenta. El cielo comenzaba a cubrirse de nubes. 

Lo vio escabullirse corriendo, figura pequeña a lo lejos, pero ni se atrevió a gritar o llamarle. El sopor y la tensión la habían enmudecido. Al rato, subió los cristales de las ventanillas,  aunque el frío se colaba por la mínima rendija que dejó abierta. Miraba hacia al frente y no distinguía nada. Poco a poco comenzaron a caer  débiles gotas de lluvia sobre los cristales. “Vaya, estoy en el sur, es casi verano, aquí nunca llueve…excepto hoy”. Un sofoco de rabia, de impotencia empezó a subirle desde abajo, hasta que se instaló en su pecho, en sus sienes, en su frente. Las lágrimas volvieron a humedecerle el rostro. Ahora sí podía llorar con ansia, con desespero. Podía llorar todo lo que quisiera, en el culo del mundo, porque a un imbécil la policía no lo había creído. Y su novia tampoco. Dios, y encima no llevaba móvil.  Escudriñaba la oscuridad pero ésta parecía volverse más insondable.  Seguía llorando, pero ahora en débil gemido. Estaba agotada, agotada, agotada. Movió la ruedecilla del asiento hasta colocarlo casi horizontal, se arrebujó bien dentro de la capa, se secó las lágrimas con el borde de la tela y se rindió ante las circunstancias.

Un último pensamiento pasó antes por su consciencia: a ella, con lo que le gustaba hablar, ya tendría una importante historia para resarcirse de su mala suerte en las próximas reuniones sociales; en su próximo baile de magos… Para contárselo a sus nietos, también. Esperaba que confirmaran lo absurda que era la mala suerte.  





                                                  ©Ángeles Impíos    30 de julio de 2001





12 comentarios:

  1. Recuerdo este relato como uno de los que más me han gustado tuyos. Creaste una atmósfeea que me envolvió, chiquilla,y me transportó por todas aquellas carreteras intrincadas,para no caer, y muy acertadamente por tu parte, en el típico y trágico final. Así que no entiendo por qué no te lo comenté aquí. Será que aún no era conciente de la importancia que tiene para un bloguero que dejen en el blog sus comentarios. Un abrazo, cielo, y que reviva esta historia. Se lo merece.

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    1. Gracias, Balbi, es una historia sencilla y sin más trascendencia que la de entretener y, desde entonces, cuando lo leíste, quizá haya escrito mejores historias. Recuerdo que te gustó mucho, por tus comentarios, Carta de Lluvia, y algunos otros relatos más. Sí, ambas sabemos de la importancia de dejar un comentario en el blog, tú lo tienes al final de la entrada y yo al final del blog. Un beso, y ahí seguimos.

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  2. Qué bonito relato Ángeles.
    Me ha encantado, la descripción de los personajes, lugares, la trama y los pensamientos de Elvira.
    Historia original y lectura muy entretenida.
    Besos.

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    1. Muchas gracias, Ana, es una simple cuento que, espero pese a su simplicidad, esté bien construído. Un abrazo.

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  3. De nuevo me ha encantado leerlo!!! Muy bien escrito. Fluido y ameno!!! Como dice Balbi es envolvente! !! Y además te deja con buen sabor de boca y con ganas de saber qué ocurrió al día siguiente! !!

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    1. Al día siguiente, probablemente, iría a la Romería Chica y se lo contaría a todo el mundo. Muchas gracias, amiga, no me canso de decirte que gracias por estar ahí. No te canses tú de leerme. Muchos besos.

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  4. Se lee rápido y despierta el interés por saber cómo acaba la cosa. El desenlace tiene su punto de sorprendente y, además, cosas más absurdas pasan en la vida real y a veces con consecuencias más fatales. Lo de aprovechar un hecho insólito (a veces desagradable) para narrarlo una y otra vez... todos lo hacemos, creo. A mi una vez me pasó que...

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    1. Me alegro de volver a encontrarte en mi blog. Me imagino que dentro del realismo y lo cotidiano me gusta el punto absurdo, sin exagerar porque no sería creíble, además, como tú sabes, en la realidad hay muchas oportunidades para pillarle ese punto. Muchas gracias, Manuel. Un saludo cariñoso.

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  5. Intrigante, y divertido... Gracias al final feliz... Muy bien construido. Besos desde Gran Canaria.

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    1. Gracias, Carlos. Lo de bien construído me gusta. Sé que es un relato sencillo, sin ninguna pretensión, pero hasta los de este tipo, deberían estar bien armados y eso es lo que busco. Si lo consigo me puedo sentir contenta. Un abrazo.

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  6. Ana Linares Luis13/3/16 17:37

    Me gustó mucho.Muy ameno, entretenido e intrigante.Sigue deleitándonos, un beso.

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    1. Gracias, mi niña, querida amiga, por comentarme con lo liada que estás, y comentarme en todos lados. Un abrazo.

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