Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Poder del grupo (Artículo)

1 de mayo de 2015

Poder del grupo (Artículo)

“Una tontería, aunque la repitan millones de personas, no deja de ser una tontería” Anatole France

Frase de Anatole France

Me apasiona el poder de los grupos y deseo entender cómo, mediante la influencia que ejercen sobre los individuos, pueden llegar a anularles  su sentido crítico y fomentar su conformidad. El caso es que esto no se produce exclusivamente entre personas incultas o poco preparadas.  Lo he visto en todos los contextos. En mi profesión, se da sobre todo a principio y a final de curso. He visto cómo nos imponen programas, proyectos, organizaciones y tareas absurdas,  sin ninguna objeción. He visto como  equipos directivos –no todos ni todos sus miembros- actúan como si los Centros escolares fueran sus feudos particulares en los que ellos no tienen que rendir cuentas ni de sus horarios privilegiados ni de sus tareas  ni del incumplimiento de sus deberes y, todo ello, sin ninguna objeción pública por parte del profesorado (sí murmuraciones por detrás).  Pero bueno, no me voy a liar ahora con el funcionamiento de algunos equipos directivos porque eso merece un capítulo aparte. 

Está claro que somos individuos sociales y que sin la sociedad seríamos seres humanos incompletos. Y concretando más, a priori, formar parte de un grupo no tiene por qué ser perjudicial. Evidentemente, si  practicamos alguna actividad que es compartida por otras personas y decidimos organizarnos en grupo sabemos que éste  la refuerza, la motiva y nos entretiene más. El problema surge cuando el grupo nos despersonaliza o anula nuestro sentido crítico.

Se abre el telón: el escenario es una cafetería; hay una barra a la derecha abarrotada de clientes y mesas a la izquierda. En una de ella hay seis personas de distintos sexos y con cierto nivel intelectual. Comparten trabajo y, en ese momento, cafés y desayunos. En medio de una charla intrascendente, Manolito Pérez suelta una opinión trascendente, aunque disparatada; pero con gracia, porque es simpaticón el hombre. Los demás como no saben en ese momento qué pensar -no han tenido tiempo- se callan, desconcertados. Tímidamente, al rato, Juanita Hernández, que es más sensata -pero algo plasta- muestra su disconformidad con esa opinión. El resto del grupo sigue callado, esperando. Tras el cuarto sorbo de café, ay, ante las miradas incómodas de los “compis”-qué cursi esta palabra, por Dios- se establece  un debate entre ambos y poco a poco sube la temperatura, a la vez que el desacuerdo. Manolito Pérez, simpaticón él, y sin saber muy bien como escaparse del sesudo debate que ya le está hartando, y para el que ni su naturaleza ni sus estudios le prepararon, busca con chascarrillos, bromitas y miradas  la complicidad del grupo. Entonces, Felisita Moreno, empatizando ella,  interviene reinterpretando, suavizando, lo dicho por Manolito para que Juanita Hernández ¡comprenda! su opinión.  Pero esta obcecada se resiste: ¡qué mujer pesada, empeñada siempre en argumentar! Es que es una dogmática,  gritan con la mirada Margarita Flores, Carlitos García y Pepita Rodríguez.  Y Juanita Hernández, desalentada, se calla por fin; ya ha entendido  que ganó la mirada cómplice del simpaticón, y sin argumentos, que para qué coño le hacen falta con la gracia que tiene ese tío. Y todos con cierto -¿incierto?- nivel intelectual.
  
Sobre la influencia de los grupos se han realizado una serie de experimentos (también por  los americanos, quienes no paran de experimentar, por lo visto) que confirman el poder pernicioso que pueden tener sobre algunas personas.

A principios de los años 50, siglo pasado, Solomon Asch  quería probar en qué circunstancias conservamos una opinión independiente y en cuáles el grupo nos absorbe  por completo.  Para ello solicitó estudiantes que pudieran participar en un examen de visión. La prueba era sencilla: únicamente tenían qué señalar  entre dos tarjetas qué línea de la segunda tarjeta era igual al de la primera. En ésta solo había una línea vertical y en la otra tres líneas de distintos tamaños ( una  igual a la de la primera).  

Se escogieron a varios estudiantes; unos serían los sujetos del experimento y otros los cómplices del psicólogo, aleccionados por éste para equivocarse adrede y ver cuál era la reacción del sujeto sometido a prueba.  De cada grupo –aproximadamente entre 7 o 9 chicos- uno era el inocente que no sabía que los otros estaban compinchados para mentir sobre el tamaño de las líneas. Al principio todos respondieron correctamente; pero, a partir de la tercera prueba los cómplices dieron tamaños incorrectos. El sujeto, que comenzó dando la respuesta correcta, pasó pronto de mostrarse sorprendido a estar francamente incómodo a medida que seguía acertando, a diferencia de los otros. Muchos sintieron un gran malestar cuando su respuesta no concordaba con los demás y un 33% adoptó la misma perspectiva mayoritaria en contra de su propia visión, la cual era correcta sino estaba bajo la presión del grupo.  Detengámonos ahora: un 33% afirmaba adrede lo mismo que los demás. La cifra me parece exagerada. Indica que si tres de cada diez personas es capaz de mentir o anular su propio juicio objetivo (las longitudes de unas líneas es un hecho objetivo) para acomodarse  a los demás y no ser considerado un rarito, a qué porcentaje se elevarían si los juicios se basaran en opiniones políticas, religiosas, valores, personas… Tremendo.

Ya anteriormente Muzafer Sherif, en 1935, intentó también probar la influencia del grupo en el juico personal.  En este caso un individuo, a solas,  tenía primero que ubicar un punto luminoso en el espacio; luego se colocaba al mismo sujeto en un grupo para que entre todos se llegara a un acuerdo sobre la ubicación del punto. Lo curioso del experimento es que aunque el sujeto discrepara inicialmente  del grupo, una vez se realizaba el acuerdo entre todos, el individuo ya no recuperaba su punto de vista inicial, aunque fuera diferente del grupo.  Ahora prevalecía la opinión de éste.

Estos experimentos se realizaron entre desconocidos, entre los que no había ninguna influencia emocional y tenían que responder a preguntas objetivas en una situación de laboratorio en la que, en principio, habían sido convocados para dar respuestas perceptivas exactas; sobre todo en el experimento de  Solomon Ash.  Supongo que en la vida real, en la que la coacción es mayor porque hay más juegos de intereses  entre las personas,  la influencia debe ser mayor. Hay más presiones por las simpatías, por las concurrencias de ideologías, por los corporativismos, por la necesidad de ser aceptado; o, simplemente, por la debilidad de carácter que lleva a aceptar lo que dicen los demás sin mayor complicación. Por eso debería imponerse la prudencia a la hora de aceptar las opiniones del grupo; por eso no debería avergonzarnos de discrepar de una amplia mayoría. La falacia ad populum ya está diagnosticada y es un mal que nos puede acechar en algunas de nuestras conversaciones, creencias y actitudes.

El grupo amorfo





Otro texto relacionado con este artículo en el blog y que ayuda a completar estas ideas: 

Sentimiento grupal y autoridad 











2 comentarios:

  1. ¿Se podría, de cierto modo, asemejar este debate a lo ocurrido durante el Nacismo? Pues si todas las personas se hubieran parado a pensar en vez de dejarse llevar por las ideas de sus alrededores quizás no hubieran ocurrido este tipo de catástrofes.

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    1. Hola, Francisco. Tienes razón. Este texto tiene relación con lo sucedido durante el nazismo; de hecho, tengo otro texto que trata sobre los grupos y la autoridad que relata un experimento que hizo un profesor y se relaciona bastante con lo sucedido en esa época. Voy a poner el enlace debajo de este texto. Muchas gracias por comentar.

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