Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Por culpa de Meryl Streep ¿o de Glenn Close? (Relato)

11 de mayo de 2015

Por culpa de Meryl Streep ¿o de Glenn Close? (Relato)



I

 A las afueras del Malvisco se elevan unos coquetos chalets adosados, de color crema, con amplias jardineras flanqueando la entrada a las viviendas y verjas de hierro forjado. Su vista constituye un placer para los habitantes del Malvisco, que ven regocijados cómo su barrio progresa y cómo, por fin, aquellos descampados se han transformado en casas muy bonitas. Los vecinos pasean a diario por estas nuevas calles, comentando la arquitectura de la zona. No obstante, ellos siguen ocupando sus viejas edificaciones, construidas décadas atrás, pero se alegran del lujo ajeno y les basta con que les llegue su estela. 

En una de estos adosados vive Carmina con su marido y su hijo. Hace un año que se trasladaron a este encantador barrio, en diciembre de 1998, recién acabada la construcción de las casas. Fue el mejor regalo de Navidad. Cuando llegaron eran unos desconocidos en la zona, sin embargo, en los meses transcurridos se han integrado a la perfección. Da gusto ver lo bien que se llevan, comentan los vecinos, y, qué amables son los tres. Por la concordia que desprende la pareja, cual anuncio de Coca Cola, es justo que le corresponda ese maravilloso chalet; casi se podría decir que  a esta conclusión llegan, arrobados, los paseantes diarios.
Es cierto que forman una pareja muy unida, con la única salvedad, realmente una minucia, de que Carmina desea tener una inocente contingencia extraconyugal. Lo inaudito es que no se ha encaprichado de otro, ni busca montarse una noche loca por ahí. Qué va. Quiere un amor verdadero, pasional e imposible. Y todo por culpa de Meryl Streep. 
Sus ganas comenzaron el día que fue a ver Los Puentes de Madison. Durante la proyección de la película se convenció de que a su vida le sobraba sosería. Llevaba casada desde los veintidós años, con un hombre a quien consideró entonces el máximo entre los máximos; a divertido, atento y guapo no le ganaba nadie. Eran padres de un hijo tan bondadoso que, si todavía hubiera existido el programa aquel de radio, el de los años 60, lo hubieran llevado: seguro que ganaba el premio. Se llamaba Operación Plus Ultra y homenajeaba a los niños que realizaban proezas altruistas. Vaya, que su familia era ideal para enmarcar, colocar en el mejor rincón de su salón recién decorado y provocar la envidia de los demás. Para colmo de dichas ella no daba golpe; bueno, sí, recientemente se había apuntado a un curso de árabe por correspondencia, tarea que completaba cocinando comida china y fregando los platos del mediodía en una pila española, Roca, para más señas.
 Pero Carmina estaba hasta la coleta de tanto sosiego. En realidad, no se dio cuenta hasta que fue a ver Los Puentes de Madison. Meryl Streep era su actriz favorita y cuando daban una película suya en el cine corría a verla. Le parecía "una mujer de viva sensibilidad que sabía transmitir un amplio espectro de emociones". Esta frase, de la cual se sentía muy orgullosa porque se la había inventado ella sola, se la soltaba a quien quisiera escucharla. Sobre todo, se la repetía a su marido, Gustavo, a quien simplemente "Meryl Streep le resultaba una insípida babosa, relamida y quejica" —éste, también satisfecho de la suya, la repetía a diestro y siniestro. Quizá en el tema de Meryl Streep se cruzaban más pullas que con ningún otro. 
 La noche del estreno salió del cine embelesada por tanto arrebato frustrado. Ni siquiera la amilanaron los bufidos del marido, quien, a su lado, no paró de rezongar durante la proyección del filme. Ese día deseó ser más Meryl Streep que nunca y, en su afán vehemente, vio que la imagen que le devolvía la luna de los escaparates era la de la misma  actriz: el pelo rubio cenizo, los pómulos marcados, la piel blanca, los labios... ¿Cómo son los labios de Meryl Streep? Ni idea, no da con el adjetivo adecuado, pero sí que los suyos eran similares a los de aquélla.
Recrear la imagen de la artista en los escaparates, a la vez que oía a Gustavo despotricar sobre la película majadera que acababa de ver, le extraviaron ligeramente el juicio. De pronto, quiso vivir un delirio extraconyugal como el de la Streep que la dejara igual de perdida. El problema residía en que dónde iba a encontrar ella, a las afueras del barrio del Malvisco, a un fotógrafo de National Geographic atractivo, encantador, interesante, pasional, etc., dispuesto a salvar a una ama de casa de su aburrimiento pertinaz, si los más que se acercaban a su puerta, pillándola desprevenida con un atuendo poco fascinante, era el cartero y el repartidor de gas butano.  
 De sus amigos, ni se acordaba: demasiado socorrido terminar en sus brazos. Carmina buscaba algo diferente y debía desarrollarse en su hogar, con alguien que pulsara su portero: el del ayuntamiento que traía recados de vez en cuando; el que revisaba el contador del agua o de la luz; el inspector que comprobaba la instalación del gas; algún comercial de las nuevas compañías telefónicas; testigos de Jehová o de cualquier otra religión que pretendieran convencerla para abrazar su fe; tal vez los persuadiría de que la abrazaran a ella a cambio, lo malo es que acostumbraban a venir de dos en dos y una pasión doble le parecía un plan muy ambicioso. En fin, con sorpresa comprobó que ante ella se desplegaba un amplio abanico de posibilidades amatorias. Y se puso a hacer planes en la cama, antes de que le hiciera efecto la taza de leche con sus triptófanos conciliadores del sueño.

II

 Parada, delante del escaparate de la tienda de lencería, en la mañana de un sábado tonto como muchos otros, sopesó lo que debía adquirir. Consideraba urgente pertrecharse de un buen arsenal erótico para sentirse apetecible. Así que se gastó un dineral en bodys y saltos de cama —cortísimos y llenos de aberturas—, en sujetadores y tanguitas de encajes de mil colores distintos y en camisetas ajustadas. Carmina podía presumir de gozar de un cuerpo exuberante, de formas pronunciadas, n pechos opulentos y nalgas copiosas. Descrito así da la impresión de que era una jamona, pero ni hablar, sus kilos estaban bien repartidos y quién decía que le sobraba algún gramo le movía la mera envidia. Por eso, ella creía que hasta el paño de limpiar el polvo, si se lo colocaba con arte, cumpliría la misma función que la flauta de Hamelín.
Ya en su hogar, extendió el material seductor sobre la cama y comenzó a probarse cada prenda. Se miraba en el espejo para ajustar los sujetadores; bajaba las copas, subía las asillas, estrechaba los tirantes para conseguir mayor realce. Se miraba por detrás y empinaba el culo para comprobar la adherencia de las tangas y cómo resaltaba aquél. Cuánto se alegraba ahora de haber subido tantas escaleras de dos en dos. 
 Al filo del mediodía su marido reparó en que llevaba mucho tiempo sin verla y la buscó por la casa. Se quedó sorprendido cuando la vio ajustándose el tanga. Sintió removerse algo en sus pantalones y se acercó a ella, que para algo se habría vestido así, ¿no? Carmina no se atrevió a enviarlo a la Tierra cuando intentó montarse su sueño marciano con ella y sus nuevas prendas. La culpa fue suya, se reprochó, por no aguantar a probárselas a solas, sabedora de cómo babeaba Gustavo ante unas braguitas de encaje. Sí es que muchas veces se había visto obligada, para estimularlo, a disfrazarse con ligueros negros o rojos, que le apretaban el muslo con crueldad hasta colocarla la borde de la tromboflebitis. El se excitaba como un toro, pero ella parecía un pantano desolado por una implacable sequía. Lo dejó hacer un rato, pero como ni puso empeño ni eran horas —su hijo revoloteaba cerca— se escapó pronto  con excusas varias.
 A solas, seguía pensando que con quien podría compartir el frenesí que buscaba. Repasó en su mente la imagen del cartero y del repartidor de gas butano. A fin de cuentas, eran los más disponibles y, junto con el fontanero imaginario, los más habituales de sus fantasías. De entre los dos primeros  el más adecuado podría ser el cartero: más tranquilo, más tímido, más... Nada más, de pronto no se le ocurrió ninguna idea, excepto la irritación que le producía comprobar sus despistes; no sólo dejaba en su buzón la correspondencia de otros vecinos, además le había extraviado cartas. Pensándolo bien, el chico no estaba mal; hasta buenorro, se podría decir. Era joven, alto, con brazos y pecho musculado y con unos pantalones… Qué pantalones, diossssss. Si le quitaban las gafas –algún día le aconsejaría cristales más reducidos— casi se parecía a Clint Eastwood con muchos menos años, eso sí.  Seguro que tendría más encantos ocultos.
 Para él estrenó una primera bata blanca, semitransparente, que apenas cubría un conjuntito  finísimo, de sujetador y braguitas negros. Encantada del contraste, se vistió así todos los días laborables y a la hora en la que él solía venir, entre las doce del mediodía y las dos menos cuarto. 
Se cansó de esperar. El viernes tiró las prendas ya sudadas al cesto de la ropa sucia (ni el salvaslip diario salvó las braguitas), sin haberle dado el uso previsto, porque para entretenerse mientras lo esperaba se ponía a pasar la aspiradora, a limpiar el polvo, a planchar… En la segunda semana estrenó otra, esta vez negra y con ropa interior rosa, que también siguió el mismo destino. En la tercera, se vistió con una más corriente, de tela más gruesa y color beige oscuro, que  cubría a un body marrón de encaje muy tupido. Había decidido que avanzaría poco a poco para no apabullarlo.
 A mitad de esa semana, sobre las doce y media, hora clave, oyó desde la cocina el ruido de un moto que se detenía en el portal de su casa. Se acercó a la ventana y avistó entre los visillos la cabeza enmarañada del cartero que luchaba con el buzón, en el intento de introducir un enorme sobre. Carmina pulsó el portero electrónico. Él abrió la puerta de la verja y luego se acercó a la entrada de la vivienda. Caminaba con lentitud, ordenando el fajo de correspondencia que llevaba en la mano.
 —Buenos días, has tardado mucho esta vez con el correo. ¿Sigues liado? —preguntó ella desde el umbral con el tono más melifluo que encontró en su almacén de vocecitas.  
 El cartero levantó la vista de las cartas que agrupaba, la miró por encima de las gafas, cuyos cristales recordaban a los de seguridad de las Cajas de Ahorros, y rezongó un murmullo ininteligible. 
 —No es que me importe mucho; comprendo que cuando se empieza en un nuevo trabajo la cosa se hace complicada —siguió ella con dulzura mientras se recolocaba la bata y se apoyaba en el marco de la puerta, preparada para mantener una larga conversación—. A mí me sucedió una vez que trabajaba de...   
 —No, si ya estoy al día —cortó brusco, alisándose los pelos de la cabeza—. Verá que la próxima semana traigo el correo puntual —aseguró, dándole las cartas. 
—Ay, pues te lo agradecería mucho, porque espero un envío importante... —Volvió a interrumpirse porque él ya salía por la puerta de la verja. 

III

 Qué desgracia verse obligada a planificar una infidelidad, pensaba con desconsuelo, con lo bonito que es la espontaneidad. La fortuna no la acompañaba. Una vez, a los pocos años de casarse, Gustavo apostó con ella quién de los dos sería el primero en conquistar a un desconocido. Idearon, en silencio, estrategias seductoras. Eso no supondría llevar esas estrategias hasta el final; deberían retirarse a tiempo. Carmina aceptó porque estaba segura de que tendría más suerte que él, tal vez por ser mujer y presuponer que sobraban los hombretones incontinentes.
No fue así. En la discoteca a la que solían ir entonces con varios amigos, observó cómo su queridísimo cónyuge ladeaba la cabeza lanzando miradas, a lo lejos, de ternero apaleado. Ella se reía para sus adentros creyendo que con ese sistema solo ligaría a “Tortícolis”. Asombrada, vio cómo se arrimaba a una mujer y cómo se alejaron ambos a bailar, abrazados como pulpos. Creyó que el asunto se limitaría a un simple baile; ya quedaba probada su habilidad para la conquista, pero al jeta no le pudo echar el ojo encima hasta bien entrada la noche, cuando regresó zumbón y triunfante para llevarla a casa. A Carmina, en cambio, en ese tiempo, sólo se le acercó un tipo  que agarraba a una mujer por la cintura, para preguntar si las sillas estaban libres. Claro, como estaba rodeada de amigas, tampoco se le ofrecieron muchas oportunidades; porque, vamos, si hubiera estado sola, seguro que la discoteca entera se hubiera rendido ante sus tacones. 
 Y vuelta al ataque. A la semana siguiente, el cartero tocó el timbre de la puerta el martes. El día amaneció con sol y a medida que transcurrían las horas la temperatura ascendía cada vez más.
 Recibió un pequeño paquete certificado, la última compra que había efectuado por catálogo: una minúscula plancha de viaje. La ocasión le brindó la oportunidad de acercarse al cartero para firmar en el libro de recibos que éste le tendía. Tanto se acercó, que se le abrió la bata. El hombre ni se conmovió:
 —Mejor apoyo esto en el muro para que firme más cómoda —sugirió alejándose como un rayo. Colocó el libro con las páginas abiertas sobre el murete de las jardineras y señaló donde debía firmar— Perdone, sé que estaba molestándola y no podía escribir.  
 —No, no me molesta. Quizá a ti si te desagrade que te reciba así —inició pronto la ofensiva para obligarle a mirarla, no sea que no reparase en que sus pechos casi se echan a volar sin sujetador—. Nunca me visita nadie y, como aprieta el calor, estoy más fresquita de este modo. Espero no ofenderte.
 El joven se mantenía imperturbable tanto a sus encantos como al tiempo; esa mañana iba embutido en una apretada cazadora y por el cuello y las mangas asomaba un suéter. Le colgaba del hombro la bolsa llena de cartas. Ni pizca de sudor en el rostro. Pese a las alusiones de ella no se molestó en echarle un vistazo a la bata; sólo miraba, señalándolo con el dedo, el recuadro donde debía firmar. Carmina se acercó, cogió el bolígrafo y dibujó su firma con cuidado, sin abandonar la sonrisa. Él continuaba en silencio, hasta que finalmente dijo, mientras cerraba el libro y lo guardaba en la bolsa:
 — ¿A mí porqué va a ofenderme? Me da igual cómo vaya si usted está cómoda. Es más, creo que viste como otras señoras a estas horas. ¿Le cierro la puerta de la verja cuando salga?
 Pedazo de animal. ¿Es que ella no era atractiva? Claro, con los cristales que usaba, seguro que no la había visto; además, tenía la manía de mirar por encima de ellos. Qué indiferencia ante la desnudez de una mujer. A no ser que esta sólo fuese una tapadera para ocultar la timidez que le impedía darse por aludido. Quizá fuera eso; sí, seguro. En tal caso ella tendría que mostrar más habilidad para que él se desinhibiera. Otro día, claro.
 Para resarcirse de la desilusión, se derritió por la noche en mimos con Gustavo. Pero éste,  enfadado, no hacía el menor caso a las carantoñas. La culpaba de perderle las mejores revistas que  llevaba años coleccionando con primor. Él, además de a su mujer y a su hijo, aunque no sabía en qué orden, tenía en gran aprecio una colección de revistas pornográficas. Poseía de diversos tamaños, en varios idiomas distintos y de todas las editoriales que se dedicaban a esta literatura. Las ordenaba por años y las encuadernaba en piel al cabo del tiempo. Pero algunas continuaron sueltas y eran las que le servían en caso de apuro, cuando andaba tenso o aburrido de su mujer o la imaginación entraba en estado de sequía. En alguna ocasión le había rogado a Carmina que esperase unos minutitos de nada a que él las hojeara primero para luego ponerse en marcha. Por eso ahora sufría como si le hubieran cortado parte de la mano, sobre toda la que usaba para aligerar las tensiones. Su mujer no le contó que esa misma mañana una amiga, quien llevaba a su hija al mismo colegio que ellos al suyo, la había avisado de que su inocente retoño, el dulce fruto de sus entrañas, el niño Plus Ultra, se dedicaba a alquilar a los compañeros revistas pornográficas y, además, exigía una fianza previa.

IV

 Para Carmina el enfado de Gustavo eran fuegos artificiales. Sabía que, a los pocos días, él se acercaría a ella cachondo, con algunas tanguitas negras en el bolsillo de su pantalón y una sonrisa libidinosa en su boca. No valía la pena pensar en esas contrariedades domésticas y sí en el asedio a su incorruptible cartero. El asunto ya se le complicaba mucho. Como vislumbraba que debía dejarse de sutilezas, pensó que lo idóneo sería esperarlo desnuda envuelta en una toalla. ¡Qué atrevida! 
El viernes siguiente estaba preparando la comida cuando el timbre la sacó de su ensimismamiento. Corriendo, se despojó de los vaqueros, la camiseta y la ropa interior. Se enrolló alrededor del cuerpo una toalla, se ahuecó el pelo, se roció eau de toilette hasta confundirse con el olor de la propia casa perfumada con un Ambipur de rosas salvajes y salió a la puerta. Con la expresión más esplendorosa dejó transcurrir breves minutos en saludos y comentarios sobre el clima. El joven, como siempre abstraído en sus asuntos, no parecía prestarle demasiada atención.
 Hasta que la toalla aterrizó en el suelo: ella no tuvo otra opción que soltar sus manos de la punta que sujetaba para coger el fajo de cartas. Desnuda en el quicio de la puerta, oscilaba la mirada entre la tela que descansaba en el piso y el rostro del cartero, quien, ciego a todo estímulo, le extendía el resto de la correspondencia. 
 — ¡Oh, la toalla! Lo siento —se lamentó avergonzada, aunque no se agachaba a recogerla —No puedo sostener todo a la vez.
El cartero paseó una mirada impasible y lenta por las desnudeces. Se detuvo en los pechos y en las curvas de las caderas. Se tomó un tiempo interminable en contemplarla con calma, con bastante calma. Esta vez la miró tanto con los ojos cubiertos por los cristales de las gafas como por encima de ellos.  Luego, se inclinó, recogió del suelo la toalla y se la tendió.
 — No se preocupe, usted tranquila. Arréglese con calma que yo aguanto el correo. 
 —Oh, muchas gracias. Hace tanto calor y como acabo de darme una ducha… ¿No te parece que el tiempo está un poco asfixiante? Uf, qué sofoco. ¿Desearías tomar un café o un refresco conmigo? —preguntó impulsiva, alentada por las miradas— A esta hora ya andarás agotado. Con este bochorno...
 Su atuendo era igual al de días atrás, la misma cazadora, el mismo suéter y sin gota de sudor en el rostro. ¿Cómo lo conseguiría? Si continuaba el mismo clima sofocante. A Carmina de solo verlo le chorreaba el cuerpo.
 —Qué va. No puedo retrasarme más, si no tardaré varias semanas en traerle de nuevo la correspondencia y a usted le urge, según dijo el otro día —contestaba con lentitud, sin dejar de observar cómo ella se tapaba con la toalla. Luego, desvió la vista hacia la cartera, la colocó mejor sobre el hombro y se dirigió hacia la verja.  A mitad de camino se detuvo y regresó de nuevo hacia Carmina— Perdone la confianza, pero... ¿puedo ser sincero con usted? 
 Ella asintió, con la sonrisa recuperada bailándole en la cara, llena de esperanzas.
 — Yo entraría y me tomaría con usted ese café, pero no puedo —titubeó, respiró hondo y se decidió a seguir como si tuviera un gran deber —. Me caso esta semana y tengo una novia celosa que, como se entere de cualquier distracción mía, y más antes de casarme, me cortaría el pescuezo. Por cierto, llevo desde hace días con una obstinación en la cabeza, desde que vi la película hace unas semanas. ¿Conoce usted a una actriz rubia, americana, de cara chupada, mucho pómulo,…? 
 — Ah, sí. ¿Meryl Streep? Sí, sí… Me encanta. Me parezco a ella, ¿verdad? Sobre todo, cuando era joven. Todo el mundo me lo dice. Qué apasionada actuó en Los Puentes de Madison. Me dejó enamorada esa película. Es mi favorita. Aunque en realidad me parezco más a la actriz en Memorias de África, porque, la verdad, en Los Puentes de Madison está más madurita. Y yo no soy tan mayor –acabó con una risa cascabelera, movimiento de melena mecida al viento y caída sinuosa de párpados. 
 — ¿Meryl Streep? No, no, no… —movía la cabeza con el ceño fruncido—. Nooo, yo digo otra. Una que trabajó con Michael Douglas. Pobrecito, sí que le amargó la vida. Se le metió en su vida, la muy fiera, y luego no hubo manera de quitársela de encima. Daba miedo la mujer. A mí me dejó impresionado. Ahora caigo, sí, sí.  Glenn Close se llama, ¿la conoce?
 A Carmina se le cuajó la sonrisa. Ahora mismo no recordaba quién era esa, pero no le sonaba bien lo que le estaba diciendo el cartero. Para disimular, preguntó:
 —¿A Glenn Close? Ahora mismo no me doy cuenta de quién es. ¿Trabaja bien?
  —Oh, sí, es buenísima. Y vaya sí se le parece usted; como un calco —aseguró alejándose ya hacia la puerta mientras hacía un gesto vago de saludo.


V

 —El cartero es marica —le confirmó esa noche a su marido.
 —¿Quién? ¿El nuevo? —preguntó Gustavo distraído, tumbado en el sofá y mirando en la tele cómo el brutal asesino hostigaba a la torpe, pero, bellísima protagonista.
 —Sí, el nuevo. Camina y gesticula de modo sospechoso. Oye, ¿sabes quién es Glenn Close?
 Gustavo no contestó. Absorto, captaba las escenas finales de la persecución y el canal auditivo destinado a su mujer estaba obstruido. Carmina esperó unos segundos la respuesta, pero en vista de que ésta se demoraba, se levantó a preparar la cena. Por el camino cambió el interés en la Glenn Close dichosa por la adorada Meryl Streep. Se fue al espejo y se recogió el pelo igual a como lo llevaba la actriz en una revista. Se miró el perfil derecho, luego el izquierdo y lo confirmó. Claro que se parecía; sí tenía la misma dulzura que la actriz mostró en La decisión de Sophie aunque la verdad que esa película tampoco le hizo tanta gracia.
Al rato, oyó a su marido que gritaba desde la sala, recordándole que el fontanero por fin vendría el lunes a arreglar el desagüe del lavabo.
¿El fontanero? ¡El fontanero! Qué poético sería recitar que un rayo de esperanza rasgó el velo invisible de sus ojos para iluminarlos con fulgor; lo cierto es que se les nublaron tanto que creyó estar poseída por un ataque de cataratas. 
Una vez, hacía más de seis años, habían llamado a uno. Ahora no recordaba el motivo, pero le sonaba que guardaba relación con su hijo, con la época en la que al pobre le dio por tirar todo lo que pillaba a mano por el váter —al angelito le encantaba ver como desaparecían las cosas por el sumidero—; aunque ahora no sabía exactamente qué papel jugaba el fontanero en aquello. Bueno, igual no fue un fontanero, igual fue el psicólogo que trató al dichoso niño de esa manía y de otras más. El asunto es que apareció por su casa un tío enorme, de ojos verdes y cálidos, que nunca se hartaba de mirarla con delectación. Sí, conservaba buen recuerdo del fontanero y quizá el de ahora se parezca a aquél.
 Pasó el fin de semana en un estado de zozobra.  Permaneció el sábado y el domingo proyectando la fuga con el hombre maravilloso —protector, apuesto y galante—, el hombre de antiguas leyendas, el hombre de las novelas rosas, el Hombre Recuperado, quien la rescataría de su vida anodina. 
 El lunes, sobre las once de la mañana, se presentó por fin. Carmina oyó el saludo por el portero y, con gran alborozo, se dirigió hacia la puerta. Allí lo recibió parapetada en una malla de lycra negra y una camiseta ajustadísima de tirantes, que entrecortaba de tal modo su respiración, que el fontanero le echó una ojeada extrañado. Ella se alegraba de la elección de la vestimenta; si se inclinaba para alcanzarle algo, por ejemplo, unos alicates, le ofrecería una hermosa visión de los atributos que el cartero había desdeñado impune. 
 En el umbral de la puerta estaba el Varón Codiciado. Encontró a un sujeto algo más alto que ella, pelirrojo, de ojos azules; un cuerpo robusto dentro de un mono azul con manchas negras y adornado con una gorra en la cabeza, por la que asomaban cabellos de color calabaza. La gorra se la habría prestado su hijito pequeño; tal vez prometió al tierno infante que la usaría en el trabajo, y, está claro, papá siempre cumple las promesas. Sobre unos hombros que movían con nerviosismo destacaba un rostro taladrado de pecas. En una mano llevaba la caja de herramientas y en la otra un papel con la dirección de ella. Los ojos refulgían de tan azulados y los dientes blancos le otorgaban atractivo a la cara o así se lo quiso parecer a Carmina.     
 Ella, segura de que nunca se sabe dónde se encuentra la perla recóndita, ejecutó el trabajo de pinche con diligencia. No cesó de alcanzarle objetos o de proponerle sugerencias y preguntas para que la tarea le pareciese al hombre llevadera. Tanto colaboró que, de súbito, se vio obligada por el calor y el agotamiento a quitarse la malla que la aprisionaba y a cambiar la camiseta por otra aún más transparente.
 Cuando el fontanero sacó la cabeza debajo del lavabo dio un respingo al verla ataviada tan ligera.
 — Ya esto está... arreglado... —balbuceó al tiempo que se incorporaba, sin cesar de echar ojeadas a las transparencias de ella. Se notaban los esfuerzos por disimular porque las contemplaba con la mirada huidiza y la cara colorada.
 — Qué alivio; hacía más de dos semanas que no usábamos este lavabo. Ustedes se prodigan caro, ¿eh? Estará exhausto por el trabajo. —Carmina revoloteaba alrededor del hombre hasta que propuso—: ¿Desea una taza de café?
 —No sé, quizá se me haga tarde... Vale, sí, me vendrá bien— aceptó sin despegar la vista de las protuberancias de la mini camiseta de la mujer y moviendo los hombros: bajaba uno, subía el otro, bajaba uno, subía el otro... Andaban sincronizados.
 Carmina se dirigió a la cocina precedida por él, satisfecha de que supiera apreciar los encantos que le regalaba. El hombre recorría su cuerpo con la mirada saltarina; parecía que, además de no creerse lo que estaba apreciando, no sabía en qué parte de la anatomía detenerse. La mujer confiaba en que el nerviosismo de él amainase a medida que ella mostraba predisposición. Sentado a la mesa de la cocina, de tanto en tanto, daba sobresaltos a la vez que se le esfumaba la mirada de carnero. Ni se le atenuó el movimiento de los hombros; Carmina creyó que arrancaría a bailar él solo, sin unos míseros compases de acordeón para marcar el paso. 
 —¿Te resulto fea? —preguntó ella, entre asustada y coqueta, al advertir la reacción desmesurada. 
 —No, no, para nada. Es que te pareces mucho a otra persona. Ahora mismo no caigo en quién es. Tal vez una actriz o algo así. No sé, no sé... —la observaba con atención.
 —¿Ah sí? ¿Una actriz? Dicen que me parezco mucho a Meryl Streep. 
—¿Meryl Streep? ¿Esa quién es? No, no, esa no debe ser, porque no la conozco. —Apuró el café de un trago.
 — No sé, tal vez Glenn Close –sugirió resignada, como si no le importara ya que el río bajara cargado de piedras. Ya no podría bañarse en él, por lo visto.
 — ¡Glenn Close! —le alcanzó un fogonazo de lucidez—. Cierto; pasaron una película suya por la tele hace unas semanas y me dejó amoscado durante varios días. Pues sí, ¡es verdad!; se parece mucho a ella. ¿No la vio? —Ante su negativa se la recomendó al levantarse de la silla—. Pues no se la pierda que es muy realista. Casi parece su gemela la mujer esa. Bueno, yo ya me voy, que me espera mucho trabajo. Aquí tiene la factura —ahora era preciso recuperar el tratamiento de usted.
 —¿Ya se va? ¿Tan pronto?— preguntó desconsolada.    
 —Sí, lo siento mucho. Otra vez será. El día se ha liado de mala manera —comentó mientras recogía todos los bártulos que había esparcido por el suelo del baño. 
  Cuando lo vio cerrar la puerta, Carmina soltó un hondo suspiro. No quiso que el desánimo la abatiera; lo único que había ocurrido es que se había equivocado de presa. Ya vendría la adecuada. Probablemente se habría sentido superado por lo que tenía delante; pero, ella no era culpable de ser tan hermosa, tan vistosa, tan rubia... Nada, ni un segundo más lo dedicaría en pensar sobre ello. 


VI

 ¿Qué debía hacer? Tras darle muchas vueltas, llegó a la conclusión de que su sino estaba en el repartidor de gas butano. Sonrió esperanzada; quizá aquel no fuese tan animal como parecía. Su brutalidad sería de fortaleza, hombría... Sí, es verdad; su rudeza ocultaría una ternura insospechada que ella debía hacerle aflorar. ¡Qué palabras más bonitas se le ocurrían! Seguro que era el destino quien la empujaba a los brazos de este hombre, tosco en apariencia, pero sensible en su interior. Seguro que también había sido ese mismo destino quien la había apartado de los otros, por ser inadecuados. ¡Qué casualidad que la botella del gas estuviera casi gastada! 
 —Buenos días, ¿puede enviarme una bombona a la calle Sor Tormento de los Dolores, nº 5?— Solicitó al día siguiente— Sí, a las afueras del barrio del Malvisco.
 —Enseguida vamos —respondió una voz desde las catacumbas. agonizante de aburrimiento.
Cuando media hora más tarde, el repartidor de butano tocó el timbre, ella le acogió deshecha en sonrisas y con el salto de cama que reservaba para anular la Máxima Voluntad, en caso de que ésta también se le resistiera. Inútil describir la cara del hombre: habría que verla. Aun así, Carmina dudó de si el hilillo de baba, que comenzó a correrle despacio por la barbilla, era debido a los 20 kilos de la bombona o a sus pechos zalameros.
 El repartidor soltó la carga en el suelo y se los quedó mirando pasmado, a los pechos, claro. ¡Cuánta saliva segregaba aquel hombre!
 —¿Por qué va vestida así? —le espetó brutal, sin ni siquiera saludarla.
 —Es que me acabo de duchar y tengo mucho calor —respondió casi azorada— Soporto mal las altas temperaturas. Me agobian muchísimo —esbozó el gesto de abanicarse; luego, preguntó provocadora—: ¿No querrá beberse un refresco conmigo?
 El repartidor era un cacho hombretón, robusto, velludo y moreno; con una nariz recta y una barba que ocultaba unos dientes que se pelearon bastante entre sí, en su momento, para alojarse en dentro de aquella boca carnosa. Tenía su puntazo el hombre. Mirándolo bien, si le quitaran la barba, hasta un soplo de aire a Clint Eastwood. Sí, sí, también. Aunque los extremos del bigote estaban húmedos: a cada rato se los chupaba con la punta de la lengua. Ahora la miraba con una sonrisa lasciva, la cual fue aún más elocuente que su respuesta:
 —Mujer, con la indumentaria que lleva... Dan ganas de beberse con usted el mar entero, con oleaje incluido.
 —¿Sí? ¿El mar entero? ¿Está seguro? —Inquirió mimosa. ¡Al final sus desvelos darían resultados! Aunque este hombre era más tosco, y sudoroso, de lo que imaginó que sería nunca un amante, el contraste con su consorte la excitó. Tal vez sea bruto, pero quizá lleno de vitalidad y puede que exhiba sus deseos con más ímpetu, pensó.
  —Claro. ¿No se vistió así por mí? No me dirá que espera a todo el mundo de esta manera. ¿A qué quiere jaleo, eh?
 Así le gustaba a ella, que fuera al meollo de la cuestión.
 — Ja, ja, ja, qué directo eres. Por supuesto que no recibo así a nadie. Sabía que venías a traerme la bombona —el tuteo se impuso—. Desde el día en que me trajiste la primera me fijé en ti y en tu atractivo.
 — ¿Ah sí? —preguntó, con la ceja enarcada— Pues lo siento, siempre voy doblado como un mulo y de poco me doy cuenta. Pero eso lo remedio yo enseguida —aseguró agarrándole las nalgas con sus zarpas. Ella notó las manos húmedas de sudor a través de la fina tela — ¿No vendrá tu marido a pillarnos, eh?
 Ella negó con la cabeza, meneando su cabello rubio con desparpajo.
 — ¡Qué fuerte eres! —exclamó extasiada, y satisfecha de que se le hubiera ocurrido tal elogio: a los hombres les encantaban esas alabanzas, pensó.
 —¿Sí? ¿Te lo parezco? Oye, y tú qué pechugona y cachonda... —Se supone que la piropeaba porque el tono de la voz, a medida que se le acercaba, enronquecía. Ella aspiró olor a sudor, y adivinó que  si le pasaba la lengua por cualquier parte del tremendo cuerpo sabría salado.  
 Cuando se le pegó por completo, Carmina consiguió apartarlo unos milímetros para ver su cara. Él la rodeó con firmeza, intentando manosearla, a la vez que procuraba bajarse la cremallera del pantalón. A ella le parecía bien que las demostraciones pasionales del repartidor discurrieran rápidas, pero tanta velocidad la desconcertaba. Quería ir al grano en palabras, no tanto en actos; estaba segura de que los preámbulos eran necesarios para aderezar el romance. Y nada más oportuno que una amena conversación entretanto se acariciaban para preparar el terreno. Así que comenzó a hablar de lo primero que se le ocurrió:
 —Eres el único que no me dice que me parezco a alguna actriz.
 —A una actriz... ¿Qué actriz? Como si yo tuviera tiempo para ver actrices ¿A qué viene eso?— En verdad que este hombre era un poco bestia. 
 —No, es que dicen que me parezco a Meryl Streep.
 —A Meryl Streep... ¿Y ésa quién es? —Preguntó, mientras le toqueteaba el cuerpo y le mordisqueaba los labios. Ya la camisa estaba fuera de los pantalones y estos enrollados sobre los tobillos. A ella ya le había desanudado el lazo del salto de cama.  
 —La protagonista de Los Puentes de Madison, ¿no has oído hablar de la película? 
 —No. ¿Y a qué viene hablar de cine en este momento? ¿No estamos en otro asunto? No te rajarás ahora, ¿eh? Anda, vamos a la habitación. 
 Hablaba cada vez más ronco. Pero Carmina en lo único que reparaba era en las manos pegajosas y en el fuerte olor que comenzaba a marearla.
 —Espera, ahora vamos —utilizó un timbre de voz firme, el que usaba para lidiar con los funcionarios del Consorcio del tributos—. No me arrepiento, pero no me gusta ir rápido. Primero nos tomamos una copa, para ambientarnos, ¿vale? —acabó susurrante, mirándolo casi con afecto—. Siéntate aquí, a mi lado.
El del gas se encogió de hombros, aflojando sus manos del cuerpo de ella.
— Ya yo estoy ambientado, pero puedo esperar, si no tardamos mucho que tengo que seguir con el trabajo. Así no me vas a dejar, ¿verdad? Mira cómo me has puesto —le señalaba sus parte pudendas, ahora bastante impúdicas, a la vez que se subía los pantalones: se dejó la bragueta abierta — Y lo que se empieza, se acaba, ¿eh? Calentorras, no.
 — Sí, no te preocupes, ¿quieres una cerveza? —mientras la servía, continuó con la pelotera del cine—.  Entonces, no conoces a Meryl Streep. ¿No te gusta ver películas?   
  Él emitió un suspiro de resignación, cogiendo la lata de cerveza. No quiso que ella vertiera el líquido en una jarra.
 —No, llego cansado como un burro a casa. Veo fútbol. La última película que vi fue hace unas cuantas semanas y me dejó sin ganas de ver más —hablaba sin mirarla, con brusquedad.
 —¿Sí? ¿De qué trataba? —preguntó Carmina, muy interesada.
 El del gas la observó de reojo, con cara de fastidio. Llevaba la camisa desabrochada y una tremenda mata de pelo negro le cubría el pecho, desde la garganta hasta el comienzo del calzoncillo marrón, de flores oscuras. Seguro que tiene pelos en la espalda y en los hombros, pensó Carmina inquieta.
 — Pues de una loca que acosaba al querido. La muy… lo lía hasta que se lo lleva a la cama.  El pobre  tipo, felizmente casado con otra, cae en las garras de una chiflada que lo persigue para que abandone a su familia por ella. Como él se niega, la muy zorra le amarga la vida de mala manera. La película deja a uno de malhumor y, si algo me la recuerda, todavía me cabrea. Parece increíble que existan tías así. Seguro que las hay, las muy lobas.
 Carmina se alegraba. Por fin conseguía que aquel hombre se relajara y hablase de una película. Segura de que con nadie solía hacerlo y, si era casado, ni con su mujer. No aparentaba ser un individuo que se explayara en charlas cinéfilas.   
 —¿Cómo se llamaba la actriz? —preguntó, considerada.
 —Espera, a ver si recuerdo —ahora él la observaba con una atención excesiva, chupándose los bigotes—. Tengo su nombre en la punta de la lengua y eso que yo nunca me aprendo cómo se llaman los artistas —se calló un instante, y la examinó con detenimiento. Al cabo de un rato continuó, cuando Carmina ya empezaba a ponerse nerviosa—. La película se llamaba Atracción Fatal. Oye, tú te pareces mucho a ella. Sí, sí, sí; es verdad, clavada a esa tipa —repitió iluminado—. Mira, la tía esa no me gustó nada. Desde entonces no quiero verla ni en revistas. Me da mala espina. Oye, eres idéntica. ¿No conoces a la fulana?
 A Carmina le fastidió la insistencia con el parecido. 
 — Sí, sí la conozco y vi la película hace tiempo – mintió para no hablar más del tema dichoso y de la actriz en cuestión—. ¿Ya te bebiste la cerveza? ¿Estás bien? ¿Te enseño mi casa, mi  habitación…?
 Volvió el silencio. Él la contemplaba mientras hacía un rizo con uno de los pequeños mechones chupados del bigote. Al rato, estrujó con sus manos la lata de cerveza y se levantó.
 —No, lo siento. Se ha hecho tarde —respondió con el gesto adusto. De pie, se abrochó los botones de la camisa, la introdujo dentro del pantalón y se subió la cremallera de la bragueta. Luego se sacudió con una mano algunas motas imaginarias de su ropa. La expresión de su cara era contrariada, y daba la impresión de que había olvidado por completo a la mujer que, enfrente de él, lo miraba con los ojos redondos como dos chapas, sin poder articular las palabras del pasmo que le sobrevino. Cuando se repuso lo bombardeó a preguntas:
 —¿Pero qué haces? ¿Adónde vas? ¿Qué es lo que no te ha gustado? ¿Qué te molestó?
 —No, no ha pasado nada. Pero lo siento, tía, otra vez será. Ahora me recuerdas mucho a la loca aquella de la película y ya dije que esa historia me dio mala sangre.
 Carmina alucinaba. Si ella a quien quería parecerse era a Meryl Streep; a ninguna otra. 
 —¡Pero sí es sólo una película! —exclamó con desespero, detrás de él, quien ya se dirigía a la salida como si huyera de la misma Glenn Cose en persona. 
 —Ya lo sé, no soy idiota —replicó agresivo—. Pero es que ya esto— señaló su entrepierna— no va a funcionar. Se acabó el encanto y el cuento. Bueno, basta de charla, lo siento, tengo prisa. Adiós y muy buenas.
 Cogió la bombona, se la puso al hombro y salió delante de ella, dando un portazo en sus narices.
 — De la que me he librado... —Iba murmurando por el camino.
 El estrépito le hirió los oídos. Pero más heridas se quedaron sus ilusiones: permanecieron largos minutos moribundas y apoyadas detrás de la puerta de la vivienda. La dejaban plantada, ¡una vez más!, porque se parecía a la psicópata de una película. Nunca a su imaginación se le hubiera ocurrido una excusa igual para que la rechazaran. ¿Pero, quién carajo sería la dichosa Glenn Close?
  Esa noche, logró por fin que su marido le prestara atención, tras preguntarle insistente quién demonios era la tal actriz esa. 
 —¿Glenn Close? Ah sí, la protagonista de Atracción Fatal —ante el gesto interrogante de ella siguió explicándole—. El mes pasado, una de esas noches en las que te vas a dormir pronto, la echaron por la tele. Había un programa sobre mujeres psicópatas y pasaron esa película —Gustavo movió la cabeza con impaciencia: odiaba contar los argumentos— Sí... Trata de una chiflada que se enamorisca de un fulano que anda casado con otra. Para él ella es una simple canita al aire; pero la mujer quiere una relación duradera. No lo deja ni a sol ni a sombra: le amarga la vida,  a él y a todos los suyos; persigue a su familia en plan bestia, y finalmente intenta matarlo. En la escena más apoteósica, ella resucita del interior de una bañera llena de agua, para atizar el golpe de gracia final; lo sorprendente, es que llevaba un buen rato sumergida, casi muerta. Antes se había enfrascado en una pelea atroz con la mujer del fulano, Michael Douglas. 
 Respiró y siguió hablando:
 —La película no está mal, entretenida. Me gustó más que Los Puentes de Madison —esto último se lo decía burlón, para picarla—. A continuación, pasaron dos documentales de mujeres quienes, no resignadas a ser abandonadas, cometían barbaridades para no perder a sus hombres. Lo cierto es que viendo aquello, y sobre todo la película, se le quitan a uno las ganas de entrar en líos con desconocidas, no sea que luego resulten unas locas que no te dejen en paz nunca. Y dime, ¿por qué te interesa tanto ahora Glenn Close? —le preguntó, sonriente— Oye, ¿y sabes una cosa? Sí es que tienes hasta un aire a ella. Ja, ja, ja. Cuidado, eh. No sea que alguien te confunda con la trastornada esa. 
 Carmina lo miró con furia; cogió un cojín y se lo lanzó en toda la jeta a la vez que salía de la habitación. Fue a la cocina, llenó un vaso con agua y subió al dormitorio. Por la escalera, ya su mente remontaba el vuelo en su avioneta particular, surcando el aire, rastreando otros continentes, descubriendo insólitos vericuetos. Después, se murnuró como una zombi:
 —He de ir a la peluquería. Cambiaré el color del pelo y me peinaré con un corte nuevo. Necesito un cambio radical de imagen. También debo broncearme, ir a la playa, o si no a una cabina de rayos uva. Lo que sea, pero mi aspecto ha de cambiar. Urgente. De ello depende mi matrimonio. Mi autoestima y aburrimiento está en juego. ¿Y para querer, hay que quererse, no?






                                   18 de junio de 2001













































































                                   18 de junio de 2001








8 comentarios:

  1. ¡ Jaja! Divertido y con la carga justa de ironía.

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    1. Muchas gracias. Espero que hayas aguantado hasta el final sin aburrirte, porque me salió largo. Se agradece el comentario; siempre ayuda a saber cómo se está haciendo.

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  2. Qué va, tiene la suficiente carga de intriga para no querer abandonar - a pesar del sopor de mi sobremesa- hasta llegar al final. Ya digo, creo que mantiene un equilibrio en todo. Enhorabuena.

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  3. Muy entretenido. Hasta el final te mantiene en vilo!!! Muy buena la impronta irónica de tus relatos!!!

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  4. ¡Hola!, ya te echaba de menos...Qué bueno que te parezca entretenido. Besos y, ya sabes, muchas gracias por tu comentario.

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  5. Anónimo7/6/15 21:01

    Hola, me ha gustado. Al principio irónico, luego me he reído y de ahí hasta el final a ver que pasaba. Ahora he visto el último que colgaste y ya me dan ganas de volver a ver que pasa en ese barrio de Malvisco. No sabía de esta habilidad tuya. No me sorprende. Besos.

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  6. Muchas gracias por tu comentario. Besos.

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