Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Por culpa de Meryl Streep ¿o de Glenn Close? (Relato)

11 de mayo de 2015

Por culpa de Meryl Streep ¿o de Glenn Close? (Relato)



I

A las afueras del Malvisco se elevan unos coquetos chalets adosados, de color crema, con amplias jardineras flanqueando la entrada a la vivienda y verjas de hierro forjado. Constituyen un gran placer para los habitantes del Malvisco, que ven con regocijo cómo su barrio progresa y cómo, por fin, aquellos descampados, hace muchos años frondosos de vegetación, pero luego estériles e inseguros para los niños, se han transformado en casas muy bonitas. Muchos vecinos pasean diariamente por estas nuevas calles, comentando la arquitectura de la zona. Lo simpático del gesto es que transitan con orgullo delante de las casitas, como si fueran suyas, aunque ninguno vive en ellas: siguen ocupando sus viejas edificaciones construidas décadas atrás; pero, como no son  envidiosos, se alegran del lujo ajeno y les basta con que les llegue su estela. 

Dibujo con el nombre de Meryl Streep

En una de estos adosados vive Carmina con su marido y su hijo. Hace un año que se trasladaron a este encantador barrio, en diciembre de 1998,  recién acabada la construcción de las casas. Fue el mejor regalo de Navidad. Cuando llegaron eran unos desconocidos en la zona, incluso en el pueblo; pero los meses transcurridos les sirvieron para integrarse perfectamente. Da gusto ver que bien se llevan, comentan los vecinos, y, qué amables son los tres: qué familia tan ideal. Por la concordia que desprende la pareja, cual anuncio de Coca Cola, es justo que le corresponda ese maravilloso chalet, casi se podría decir que  a esta conclusión llegan, arrobados, los paseantes diarios.

Es cierto que forman una pareja muy unida, con la única salvedad, realmente una minucia, de que Carmina desea tener una inocente contingencia extraconyugal. Lo inaudito es que no se ha encaprichado de otro, ni busca montarse una noche loca por ahí. Qué va. Quiere un amor verdadero, pasional e imposible. Y todo por culpa de Meryl Streep. 
Sus ganas comenzaron el día que fue a ver Los Puentes de Madison. Durante la proyección de la película se convenció de que su vida era un asco repleto de sosería. Llevaba casada desde los veintidós años, con un hombre a quien consideró entonces el máximo entre los máximos, pues a divertido,  atento y  guapo no le ganaba nadie. Tenían un hijo y  era tan maravilloso que si todavía hubiera existido el programa aquel de radio, el de los años 60, hubiera debido llevarlo: seguro que ganaba el premio.  Se llamaba Operación Plus Ultra y homenajeaba a los niños que realizaban proezas en bien de los demás. Vaya, que su familia era ideal para enmarcar, colocar en el mejor rincón de su salón recién decorado y darle mucha envidia a los demás. Para colmo de dichas ella no daba golpe; bueno, sí, recientemente se había apuntado a un curso de árabe por correspondencia, tarea que completaba cocinando comida china y fregando los platos del mediodía en un fregadero español.

Pero Carmina se aburría y estaba hasta la coleta de tanto sosiego. Aunque en realidad no se dio cuenta hasta que, repito, fue a ver Los Puentes de Madison. Meryl Streep era su actriz favorita y cuando daban una película suya en el cine iba corriendo a verla. Le parecía "una mujer de viva sensibilidad que sabía transmitir un amplio espectro de emociones". Esta frase, de la cual se sentía muy orgullosa porque se la había inventado ella sola, se la soltaba a quien quisiera escucharla. Y sobre todo, se la repetía a su marido, Gustavo, a quien simplemente "Meryl Streep le resultaba una insípida babosa, relamida y quejica" -éste, también satisfecho de la suya, la repetía a diestro y siniestro. Quizá en el tema de Meryl Streep era en el que más pullas se cruzaban los dos. 
    
La noche del estreno salió del cine embelesada de tanto frenesí frustrado. Ni siquiera la amilanaron los bufidos impacientes de su marido, quien a su lado, no paró de rezongar durante la proyección del filme. Ese día deseó ser más Meryl Streep que nunca y su afán fue tan vehemente que, cuando pasaron por unos almacenes, vio que la imagen que le devolvía la luna de los escaparates era la de la misma  actriz: el pelo rubio cenizo, los pómulos marcados, la piel blanca, los labios... ¿Cómo son los labios de Meryl Streep? Ni idea, no sabe cuál era el adjetivo adecuado, pero sí que los suyos eran similares a los de aquélla.

Y recrear la imagen de la artista en los escaparates, a la vez que oía a Gustavo despotricar sobre la majadería de película que acababa de ver, le extraviaron ligeramente el juicio. De pronto, quiso vivir un delirio extraconyugal como el de la Streep y que la dejara igual de perdida. El problema residía en que dónde iba a encontrar ella, a las afueras del barrio del Malvisco, a un fotógrafo de National Geographic atractivo, encantador, interesante, pasional, etc., que estuviera dispuesto a salvar a una ama de casa de su aburrimiento pertinaz, si los más que se acercaban a su puerta, pillándola desprevenida con un atuendo poco fascinante, era el cartero y el repartidor de gas butano.  

De sus amigos, ni se acordaba: demasiado tópico y socorrido terminar en sus brazos. Carmina buscaba algo diferente y debía desarrollarse en su hogar, con alguien que tocara en su portero: el del ayuntamiento que traía recados de vez en cuando; el que revisaba el contador del agua o de la luz; el inspector que comprobaba la instalación del gas; algún comercial de las nuevas compañías telefónicas; testigos de Jehová o de cualquier otra religión que pretendieran convencerla para abrazar otra fe; tal vez los persuadiría de que la abrazaran a ella a cambio, lo malo es que acostumbraban a venir de dos en dos y una pasión doble le parecía todavía un plan muy ambicioso. En fin, con sorpresa comprobó que ante ella se desplegaba un amplio abanico de posibilidades amatorias. Y se puso a hacer planes en la cama, antes de que le hiciera efecto la taza de leche con sus triptófanos conciliadores del sueño.

II

Parada, delante del escaparate de la tienda de lencería, en la mañana temprano de  un sábado gris y tonto como muchos otros, sopesó lo que debía adquirir. Consideraba urgente, mientras pensaba quién sería el foco de sus ardores, pertrecharse de un buen arsenal erótico, que a la vez que le subía la moral la hacía sentirse apetecible. Así que se gastó un dineral en bodys y saltos de cama -cortísimos y llenos de aberturas-, en sujetadores y tanguitas de encajes de mil colores distintos y en camisetas ajustadas. Carmina podía presumir de gozar de un cuerpo exuberante, de formas pronunciadas, con pechos opulentos y nalgas copiosas. Descrito así da la impresión de que era una jamona, pero ni hablar, sus kilos estaban bien repartidos y quién decía que le sobraba algún gramo le movía la purita envidia. Por eso, ella creía que hasta el paño de limpiar el polvo, si se lo colocaba con arte, cumpliría la misma función que la flauta de Hamelín.
Ya en su hogar, extendió todo el material seductor sobre la cama y comenzó a probarse minuciosamente cada prenda. Se miraba en el espejo ajustándose con cuidado los sujetadores, bajándolos de algunos lados, subiéndolos de otros, estrechando los tirantes para conseguir mayor realce, mirándose por detrás y empinando el culo para comprobar la adherencia de las tangas y cómo resaltaba aquél con los saltos de cama. Cuánto se alegraba ahora de haber subido tantas escaleras de dos en dos. 

Al filo del mediodía su marido reparó en que llevaba mucho tiempo sin verla y la buscó por toda la casa. Se quedó sorprendido cuando la vio ajustándose el tanga. No recordaba que su mujer todavía estuviera así de buena. Ahora viéndola, se dio cuenta de que aún conservaba parte del atractivo que lo engatusó para llevarlo al altar. Sintió removerse algo en sus pantalones y se acercó a ella, que para algo se habría vestido así. La niña quería marcha y antes de comer; guau. Carmina no se atrevió a enviarlo a la Tierra cuando intentó montarse su sueño marciano con ella y sus nuevas prendas. La culpa había sido suya, que no aguantó a probárselas estando a solas, sabedora ya de cómo babeaba Gustavo ante unas braguitas de encaje. Sí es que muchas veces se había visto obligada, para que a él se le activaran sus  bajos, a disfrazarse con ligueros negros o rojos, que le apretaban el muslo despiadadamente hasta colocarla al borde de una tromboflebitis. Maldita la gracia que le hacía el asunto; él se excitaba como un toro, pero ella parecía un pantano desolado por una implacable sequía. Lo dejó hacer un rato, pero como ni puso empeño ni eran horas -su hijo andaba revoloteando cerca- logró  escapar pronto de sus garras con excusas varias.

A solas, seguía pensando que con quien podría compartir ese frenesí que buscaba. Repasó en su mente la imagen del cartero y del repartidor de gas butano. A fin de cuentas eran los más disponibles y, junto con el fontanero imaginario, los más habituales de sus fantasías porno. De entre los dos primeros quizá el más adecuado podría ser el cartero: más tranquilo, más tímido, más... Nada más, de pronto no se le ocurrió nada más, excepto la irritación que le producía comprobar siempre lo despistado que era; no sólo metía en su buzón la correspondencia de otros vecinos, además le había extraviado cartas y acumulaba un montón de ellas con la excusa de su inexperiencia. Pero bueno, pensándolo bien, el chico no estaba mal; hasta buenorro, se podría decir. Era joven, alto, con brazos y pecho musculado y con unos pantalones… Qué pantalones, diossssss. Si le quitaban las gafas –algún día le aconsejaría cristales más reducidos- casi se parecía a Clint Eastwood con muchos menos años, eso sí.  Y seguro que tendría más encantos ocultos.

Para él estrenó una primera bata blanca, semitransparente, apenas cubriendo un conjuntito  finísimo, de sujetador y braguitas negros. Encantada del contraste, se vistió así todos los días laborables y a la hora en la que él solía venir, entre las doce del mediodía y las dos menos cuarto. Pero se cansó de esperar. El viernes tuvo que tirar las prendas ya completamente sudadas al cesto de la ropa sucia, sin haberle dado el uso previsto, porque para entretenerse mientras lo esperaba se ponía a pasar la aspiradora, a limpiar el polvo, a planchar… En la segunda semana estrenó otra, esta vez negra y con ropa interior rosa, que también siguió el mismo destino. En la tercera, se vistió con una más corriente, de tela más gruesa y color beige oscuro, que  cubría a un body marrón de encaje muy tupido. Había decidido que avanzaría poco a poco para no apabullarlo.

A mitad de esa semana, sobre las doce y media, hora clave, oyó desde la cocina el ruido de un moto que se detenía en el portal de su casa. Se acercó a la ventana  y avistó entre los visillos la cabeza enmarañada del cartero que luchaba con el buzón, en el intento de introducir un enorme sobre. Carmina pulsó el portero electrónico. Él abrió la puerta de la verja y luego se acercó a la entrada de la vivienda. Caminaba con lentitud, ordenando el fajo de correspondencia que llevaba en la mano.

-Buenos días, has tardado mucho esta vez  con el correo. ¿Sigues estando liado? -preguntó ella desde el umbral con el tono más melifluo que encontró en su almacén de vocecitas.  

El cartero levantó la vista de las cartas que estaba agrupando, la miró por encima de las gafas, cuyos cristales recordaban a los de seguridad de las Cajas de Ahorros, y rezongó un murmullo ininteligible. 

-No es que me importe mucho; comprendo que cuando se empieza en un nuevo trabajo la cosa se hace complicada -continuó ella dulcemente mientras se recolocaba la bata y se apoyaba en el marco de la puerta, preparándose para mantener una larga conversación-. A mí me sucedió una vez que estuve trabajando de...   

-No, si ya me estoy poniendo al día -cortó brusco, alisándose los pelos de la cabeza-. Verá que la próxima semana traigo el correo puntual -aseguró, dándole las cartas. 

-Ay, pues te lo agradecería mucho, porque espero un envío importante... -volvió a interrumpirse porque él ya salía por la puerta de la verja. 

El cartero no sólo había ignorado el hombro desnudo que le regaló a sus ojos, es que ni se fijó en sus intentos de ser amable y comprensiva. Tanta espera para cruzar dos palabras mal dichas en menos de cinco minutos. Y Carmina soñando con sostener primero una agradable charla, para luego invitarlo a entrar, tomarse un café o una copa de vino -aunque la hora sea intempestiva- y, por último, envuelta en simpatías y sugerencias, crear en él algún interés hacia ella, colocar las primeras semillas de la seducción. Pero, ni hablar, había escapado ante su primera sonrisa. 

III

Qué desgracia verse obligada a planificar una infidelidad, pensaba con desconsuelo. Le hubiera apetecido sentirse empujada a ella espontáneamente. Pero la fortuna no la acompañaba. Una vez, a los pocos años de casarse, Gustavo hizo una apuesta con  ella: quién de los dos sería el primero en poner en práctica estrategias seductoras con desconocidos y conquistarlo. Eso no supondría llevar esas estrategias hasta el final. Deberían saber retirarse a tiempo. Carmina aceptó porque estaba segura de que tendría más suerte que él, tal vez por ser mujer y saber que en el mundo abundaban hombretones incontinentes.

No fue así. En la discoteca a la que solían ir entonces con varios amigos, observó cómo su queridísimo cónyuge, delante de sus narices, comenzaba a ladear la cabeza lanzando miradas a lo lejos de ternero apaleado. Ella se reía para sus adentros creyendo que con ese sistema únicamente ligaría una tortícolis. Asombrada, vio cómo se arrimaba a  una mujer y cómo se alejaron ambos a bailar, abrazados como pulpos. Creyó que el asunto se limitaría a un simple baile, pues ya quedaba probada su habilidad para la conquista, pero al jeta de su marido no le pudo echar el ojo encima hasta bien entrada la noche, cuando regresó zumbón y triunfante para llevarla a casa. A Carmina, en cambio, en todo ese tiempo, sólo se le acercó un tipo agarrando a una mujer por la cintura, para preguntar si las sillas estaban libres. Claro, como estaba rodeada de amigas, tampoco tuvo muchas oportunidades; porque, vamos, si hubiera estado sola, seguro que la discoteca entera se hubiera rendido ante sus tacones. 

Y vuelta al ataque. A la siguiente semana recuperó los saltos de cama transparentes, con los que casi se le podían palpar las venas del cuerpo, en un intento de enardecer a aquel cartero inmutable. En esta ocasión, él tocó el timbre de la puerta el martes. Ese día había amanecido con sol y a medida que transcurrían las horas la temperatura iba ascendiendo cada vez más. A media mañana comenzó a levantarse un vientecillo que presagiaba clima africano, con mucho calor y sequedad. Lo que más la molestaba, aparte de la sensación de arena en la boca, era que tendría que lavar las ventanas otra vez, pues se pondrían perdidas de la tierra que arrastraba el viento.

Recibió un pequeño paquete certificado, la última compra que había efectuado por catálogo: una minúscula plancha de viaje. La ocasión le brindaba la oportunidad de acercarse al cartero en el momento de firmar en el libro de recibos que éste le tendía. Tanto se acercó, que casi se le montó encima, logrando que se abriera la bata. Pero el hombre ni se conmovió, más bien la impresionó a ella la demostración de rapidez de reflejos de que hizo gala para eludir situaciones embarazosas.  

-Mejor apoyo esto en el muro para que firme más cómoda -sugirió alejándose como un rayo. Colocó el libro con las páginas abiertas sobre el murete de las jardineras y señaló donde debía firmar- Perdone, sé que estaba molestándola y que le resultaba incómodo escribir.  

-No, no se preocupe; no me molesta. Quizá a ti si te desagrade que te reciba así -inició pronto la ofensiva para obligarle a mirarla, no sea que no se hubiera dado cuenta de que sus pechos casi se echan a volar sin sujetador-. Nunca me visita nadie y como aprieta el calor, estoy más fresquita de este modo. Espero no ofenderte.

El joven se mantenía imperturbable tanto a sus encantos como al tiempo; esa mañana iba embutido en una apretada cazadora y por el cuello y las mangas asomaba un suéter. Le colgaba del hombro la pesada bolsa con las cartas. Pero ni pizca de sudor en el rostro. Estaría malo o algo. Pese a las alusiones de ella no se molestó en echarle un vistazo a la bata; sólo miraba, señalándolo con el dedo, el recuadro donde debía firmar. Carmina se acercó, cogió el bolígrafo y estampó su firma con cuidado, sin abandonar su sonrisa. Él continuaba en silencio, hasta que finalmente dijo, mientras cerraba el libro y lo guardaba en la bolsa:

- ¿A mí porqué va a ofenderme? Me da igual cómo vaya si usted está cómoda. Es más, creo que viste como otras señoras a estas horas. ¿Le cierro la puerta de la verja cuando salga?

Pedazo de animal. ¿Es que ella no era atractiva? Claro, con los cristales que usaba, seguro que no la había visto; además, tenía la manía de mirar por encima de ellos. Aunque hasta un ciego hubiera reparado en su salto de cama transparente; lo hubiera olido, como mínimo. Nunca creyó que nadie pudiera mostrarse tan indiferente ante la desnudez de una mujer. A no ser que su indiferencia sólo hubiera sido una tapadera para ocultar la timidez que le impedía darse por aludido. Quizá fuera eso; sí, seguro. En tal caso ella tendría que mostrar más habilidad para que él se desinhibiera. Otro día, claro.

Para resarcirse de su desilusión, se derritió por la noche en mimos con Gustavo. Pero éste,  enfadado, no hacía el menor caso a sus carantoñas. La culpaba de perderle las mejores revistas que  llevaba años coleccionando primorosamente. Él, además de a su mujer y a su hijo, aunque no sabía exactamente en qué orden, lo que más apreciaba era su colección de revistas pornográficas. Poseía de diversos tamaños, en varios idiomas distintos y de todas las editoriales que se dedicaban a esa clase de literatura. Si a eso podía considerarse literatura. Las ordenaba por años y las encuadernaba en piel al cabo del tiempo. Pero algunas continuaron sueltas y eran las que le servían en caso de apuro, cuando se sentía muy tenso o aburrido de su mujer -situación cada vez más frecuente, a pesar suyo- o su imaginación entraba en estado de sequía. En alguna ocasión había tenido que rogarle a Carmina que esperase unos minutitos de nada a que él las hojeara primero para luego ponerse en marcha. Por eso ahora se sentía como si le hubieran cortado parte de la mano, sobre toda la que usaba para aligerar sus tensiones. Su mujer no le contó que esa misma mañana una amiga, que llevaba a su hija al mismo colegio que ellos al suyo, la había avisado de que su inocente retoño, el dulce fruto de sus entrañas, el niño Plus Ultra, se dedicaba últimamente a alquilar a los compañeros revistas pornográficas y, además, exigía una fianza previa.

IV

Para Carmina el enfado de Gustavo era como fuegos artificiales. Sabía que, a los pocos días, él se acercaría a ella cachondo, con algunas tanguitas negras en el bolsillo de su pantalón y una sonrisa libidinosa en su boca. No valía la pena pensar en esas contrariedades domésticas y sí en el asedio a su incorruptible cartero. El asunto ya se le estaba complicando mucho y dudaba de cómo vestirse en la próxima ocasión para que éste se rindiera ya de una vez por todas. Como vislumbraba que debía dejarse de sutilezas, pensó que lo idóneo sería esperarlo desnuda envuelta en una toalla. ¡Qué atrevida! Y probablemente ésta se caería en algún descuido.

Y así fue. El viernes siguiente estaba preparando la comida cuando el timbre la sacó de su ensimismamiento. Corriendo, se despojó de los vaqueros, la camiseta y la ropa interior. Se enrolló alrededor del cuerpo la toalla ya preparada sobre una silla del comedor, se ahuecó el pelo, se roció  eau de toilette hasta confundirse con el olor de su propia casa perfumada con un Ambi-pur de rosas salvajes y salió a la puerta. Con su expresión más esplendorosa dejó transcurrir breves minutos en saludos y comentarios sobre el clima. El joven, como siempre abstraído en sus asuntos, no parecía prestarle demasiada atención.

Hasta que la toalla aterrizó en el suelo: ella no tuvo otra opción que soltar sus manos de la punta que sujetaba para coger el fajo de cartas. Y completamente desnuda en el quicio de la puerta, miraba alternativamente la tela que descansaba en el piso y el rostro del cartero, quien, ciego a todo estímulo, seguía extendiéndole el resto de la correspondencia. 

- ¡Oh, la toalla! Lo siento -se lamentó tímida y avergonzada, aunque no se agachaba a recogerla -No puedo sostener todo a la vez.

Dibujo con el nombre de  Glenn Close


El cartero paseó una mirada impasible y lenta por todas sus desnudeces. Se detuvo especialmente en los pechos y en las curvas de sus caderas. Se tomó un tiempo interminable en contemplarla con calma, con bastante calma. Y esta vez la miró tanto con los ojos cubiertos por los cristales de las gafas como por encima de ellos. Carmina estaba ya sonrojándose y a punto de agacharse, cuando él cogió del suelo la toalla y se la tendió.

- No se preocupe, usted tranquila. Arréglese con calma que yo aguanto el correo. 

-Oh, muchas gracias. Hace tanto calor y como acabo de darme una ducha… ¿No te parece que el tiempo está un poco asfixiante? Uff, qué sofoco. ¿Desearías tomar un café o un refresco conmigo? -preguntó impulsivamente, alentada por sus miradas- A esta hora ya debes de estar agotado. Con este bochorno...

Su atuendo era igual al de días atrás, la misma cazadora y el mismo suéter y sin gota de sudor en el rostro. ¿Cómo lo conseguiría? Si continuaba el mismo clima  sofocante y pegajoso. A Carmina de solo verlo –y para ser sinceros, también de imaginárselo- le chorreaba el cuerpo.

-Qué va. No puedo retrasarme más, si no tardaré varias semanas en traerle de nuevo la correspondencia y a usted le urge, según dijo el otro día -contestaba con lentitud, sin dejar de observar cómo ella se tapaba con la toalla. Luego, desvió la vista hacia la cartera, la colocó mejor sobre el hombro y se dirigió hacia la verja. Pero a mitad de camino se detuvo y regresó de nuevo hacia Carmina que seguía en la puerta- Perdone la confianza, pero... ¿puedo ser sincero con usted? 

Ella  asintió, con la sonrisa recuperada bailándole en la cara, llena de esperanzas.

- Sé el esfuerzo que está realizando, pero… -titubeó, respiró hondo y se decidió a seguir como si tuviera un gran deber que cumplir-Yo entraría  y me tomaría con usted ese café, pero no puedo. Me caso esta semana y tengo una novia muy celosa que, como se entere de cualquier mínima distracción mía, y más antes de casarme, es capaz de cortarme el pescuezo. Por cierto, llevo desde hace días con la misma obstinación en la cabeza, desde que vi la película hace unas semanas. ¿Conoce usted a una actriz rubia, americana, de cara chupada, mucho pómulo,…? 

- Ah, sí. ¿Meryl Streep? Sí, sí… Me encanta. Me parezco a ella, ¿verdad? Sobre todo cuando era joven. Todo el mundo me lo dice. Y qué apasionada estuvo en Los Puentes de Madison. Me  dejó enamorada esa película. Es mi favorita. Aunque en realidad me parezco más a la actriz en Memorias de África, porque, la verdad, en Los Puentes de Madison está más madurita. Y yo no soy tan mayor –acabó con una risa cascabelera, movimiento de melena mecida al viento y caída sinuosa de párpados. 

- ¿Meryl Streep? No, no, no… -movía la cabeza con el ceño fruncido-. Nooo, yo digo otra. Una que trabajó con Michael Douglas. Pobrecito, sí que le amargó la vida. Se le metió en su vida, la muy fiera, y luego no hubo manera de quitársela de encima. Daba miedo la mujer. A mí me dejó impresionado. Ahora caigo, sí, sí.  Glenn Close se llama, ¿la conoce?

A Carmina se le había cuajado la sonrisa. Ahora mismo no recordaba quién era ésa, pero no le sonaba bien lo que le estaba diciendo el cartero. Para disimular, y sin hacerse todavía cargo del rechazo que estaba sufriendo, preguntó intentando parecer interesada:

-¿A Glenn Close? Ahora mismo no me doy cuenta de quién es. ¿Trabaja bien?
-Oh, sí, es buenísima. Y vaya sí se le parece usted; como un calco -aseguró alejándose ya hacia la puerta mientras hacía un gesto vago de saludo.

V

-El cartero es marica -le confirmó esa noche a su marido.

-¿Quién? ¿El nuevo? -preguntó Gustavo distraído, tumbado en el sofá y mirando en la tele cómo el terrorífico asesino hostigaba a la torpe, pero, bellísima protagonista.

-Sí, el nuevo. No me ha dicho nada, pero camina y gesticula de modo sospechoso. Oye, ¿sabes quién es Glenn Close?

Gustavo no contestó. Absorto, captaba las escenas finales de la persecución y el canal auditivo destinado a su mujer estaba obstruido. Carmina esperó unos segundos la respuesta, pero en vista de que ésta se demoraba, se levantó a preparar la cena. Por el camino intercambió su interés en la Glenn Close dichosa por su adorada Meryl Streep. Se fue al espejo y se recogió el pelo igual que como lo llevaba la actriz en una revista que vio recientemente. Se miró el perfil derecho, luego el izquierdo y lo confirmó. Claro que se parecía; sí tenía la misma dulzura que la actriz mostró en La decisión de Sophie aunque la verdad que esa película tampoco le hizo tanta gracia. Al rato, oyó a su marido que gritaba desde la sala, recordándole que el fontanero por fin vendría el lunes a arreglar el desagüe del lavabo.

¿El fontanero? ¡El fontanero! Qué poético sería recitar que un rayo de esperanza rasgó el velo invisible de sus ojos iluminándolos con fulgor; pero lo cierto es que ocurrió lo contrario: se nublaron tanto que creyó estar poseída por un ataque de cataratas. Una vez, hacía más de seis años, habían llamado a uno. Ahora mismo no recordaba para qué, pero le sonaba que guardaba relación con su hijo, con la época en la que al pobre le dio por tirar todo lo que pillaba a mano por el váter -al angelito le encantaba ver como desaparecían las cosas por el sumidero-; aunque ahora no sabía exactamente qué papel jugaba el fontanero en aquello. Bueno, igual no fue un fontanero, igual fue el psicólogo al tuvo que llevar a su hijo para tratar al dichoso niño de esa manía y de otras más. El asunto es que apareció por su casa un tío enorme, de ojos verdes y cálidos, que nunca se hartaba de mirarla con delectación. Sí, conservaba buen recuerdo del fontanero y quizá el de ahora se parezca a aquél.

Pasó el fin de semana en un estado de zozobra; sucedía con frecuencia que cualquier mínima variación en su rutina le alborotaba la cabeza enviándola al país de Nunca Jamás o algún otro similar de los cuentos. Se pegó, pues, todo el sábado y el domingo, proyectando su fuga con el hombre maravilloso -protector, apuesto y galante-, el hombre de antiguas leyendas, el hombre de las novelas rosas, el Hombre Recuperado, que la rescataría de su vida anodina. 

El lunes, sobre las once de la mañana, se presentó por fin el Gran Macho. Carmina lo oyó anunciándose por el portero y, con gran alborozo, se dirigió hacia la puerta. Allí lo recibió parapetada en una malla de lycra negra y una camiseta ajustadísima de tirantes, que entrecortaba de tal modo su respiración, que el fontanero le echó una ojeada extrañado. Ella se alegraba de la elección de su vestimenta, pues si se inclinaba para alcanzarle algo, por ejemplo, unos alicates, le ofrecería una hermosa visión de los atributos que el cartero había desdeñado impunemente. 

En el umbral de la puerta estaba el Varón Codiciado. Encontró a un sujeto algo más alto que ella, pelirrojo, de ojos azules; un cuerpo robusto  dentro de un mono azul con  manchas negras y  adornado con una gorra en la cabeza, por la que asomaban cabellos de color calabaza. La gorra, seguramente, se la había prestado su hijito pequeño; tal vez prometió al tierno infante que la usaría en el trabajo, y papá siempre cumple las promesas. El rostro estaba taladrado de pecas y movía los hombros nerviosamente. En una mano llevaba la caja de herramientas y en la otra un papel con la dirección de ella apuntada. Los ojos refulgían de tan azulados y sus dientes blancos le daban atractivo a la cara o así se lo quiso parecer a Carmina.     

Ella, convencida como siempre de que nunca se sabe dónde se encuentra la perla escondida, ejecutó su trabajo de pinche con absoluta diligencia. No cesó en todo el rato de alcanzarle objetos o de hacerle sugerencias y preguntas; en fin, de hacerle más llevadero su tarea. Tanto colaboró que, súbitamente, se vio obligada por el calor y el agotamiento a quitarse la malla que la aprisionaba y a cambiar la camiseta por otra aún más fina y transparente.

Cuando el fontanero sacó la cabeza debajo del lavabo dio un respingo al verla ataviada tan ligera de ropa.

- Ya esto está... arreglado... -balbuceó al tiempo que se incorporaba y sin cesar de echar ojeadas a las transparencias de ella. Se notaban sus esfuerzos por disimular porque las contemplaba con la mirada huidiza y la cara colorada, puede que del trabajo o  del sofoco que le estaba ocasionando la señora.

- Qué alivio; hacía más de dos semanas que no usábamos este lavabo. Y es que ustedes se prodigan caro, ¿eh? Ahora ha de estar exhausto de tanto trabajar -Carmina hablaba revoloteando alrededor del hombre hasta que propuso obsequiosa- ¿Quiere una taza de café?

- No sé, quizá se me haga tarde... Vale, sí, me vendrá bien- aceptó sin despegar la vista de las protuberancias de la mini camiseta de ella y moviendo los hombros intermitentemente: bajaba uno, subía el otro, bajaba uno, subía el otro... Estaban sincronizados.

Carmina se dirigió a la cocina precedida por él, satisfecha de que supiera apreciar los encantos que ella le regalaba. El hombre recorría su cuerpo con una mirada saltarina, pues parecía que, además de no creerse lo que estaba viendo, no sabía bien en qué parte de esa anatomía esplendorosa detenerse. La mujer confiaba en que el nerviosismo de él amainase a medida que ella mostraba su predisposición. No fue así. Sentado a la mesa de la cocina, cuando se veía obligado a mirarla, daba sobresaltos a la vez que se le esfumaba la mirada de carnero y la sonrisa melosa del rostro. No se le esfumó, en cambio, el movimiento de los hombros; todo lo contrario, se le acentuó y Carmina creyó que arrancaría a bailar él solo, sin unos míseros compases de acordeón para marcar el paso. 

-¿Te resulto fea? -preguntó ella, entre asustada y coqueta, al advertir su reacción desmesurada. 

-No, no, para nada. Es que te pareces mucho a otra persona. Ahora mismo no caigo en quién es. Tal vez una actriz o algo así. No sé, no sé... -la observaba con atención.

-¿Ah sí? ¿Una actriz? Dicen que me parezco mucho a Meryl Streep. -En realidad no lo decía nadie, pero todos ya se darían cuenta con el tiempo de que era una copia de la actriz.

-¿Meryl Streep? ¿Esa quién es? No, no, esa no debe ser, porque yo no la conozco -aseguraba mientras apuró el café de un trago.

- No sé, tal vez Glenn Close –sugirió resignada, como si no le importara ya que el río bajara cargado de piedras. Ya no podría bañarse en él, por lo visto.

- ¡Glenn Close! -le alcanzó un fogonazo de lucidez-. Cierto; pasaron una película suya por la tele hace unas semanas y me dejó amoscado durante varios días. Pues sí, ¡es verdad!; se parece mucho a ella. ¿No la vio? -ante su negativa se la recomendó mientras se levantaba de la silla-. Pues no se la pierda que es muy realista. Y casi parece su gemela la mujer esa. Bueno, yo ya me voy, que me espera mucho trabajo. Aquí tiene la factura -ahora era preciso recuperar el tratamiento de usted.

-¿Ya se va? ¿Tan pronto?- preguntó desconsolada contemplando cómo éste se le escapaba también.  
   
-Sí, lo siento mucho. Otra vez será. El día se me ha liado de mala manera -comentó mientras recogía todos los bártulos que había esparcido por el suelo del baño. 
Cuando lo vio cerrar la puerta, Carmina soltó un hondo suspiro, pero no quiso que el desánimo la abatiera. Lo único que había ocurrido es que se había equivocado de presa. Ya vendría la adecuada. Probablemente se habría sentido superado por lo que tenía delante; pero, ella no era culpable de ser tan hermosa, tan vistosa, tan rubia... Nada, ni un segundo más lo dedicaría en pensar sobre ello. 

No obstante, esa noche, antes de dormirse, repasó su situación de presunta infiel. Nunca habría sospechado las dificultades que entrañaba ponerle los cuernos al marido. Cuando era soltera por menos querían asaltarla; con sólo enseñar el dedo meñique, por ejemplo, ya se abalanzaban con el cuento de que los provocaba y ellos, como eran muy machos y siempre estaban en ebullición, no podían reprimirse. Y ahora se le resistían continuamente.

VI

¿Qué debía hacer? Tras darle muchas vueltas, llegó a la conclusión que su sino quizá estuviera en el repartidor de gas butano. Poco a poco comenzó a animarse. Sonrió esperanzada, pensando que aquél no era tan animal como parecía. Su brutalidad puede que no fuera sino fortaleza, hombría... Sí, es verdad; tal vez su rudeza ocultaba una ternura insospechada que ella debía hacerle aflorar. ¡Qué palabras más bonitas se le ocurrían! Seguro que era el destino quien la empujaba a los brazos de este hombre, tosco en apariencia pero dulce y sensible en su interior. Seguro que también había sido ese mismo destino quien la había apartado de los otros, por ser inadecuados para ella. ¡Qué casualidad que la botella del gas estuviera casi gastada! 

-Buenos días, ¿puede enviarme una bombona a la calle Sor Tormento de los Dolores, nº 5?- solicitó al día siguiente, con el corazón retozándole tan inquieto que se olvidó de la vergüenza que le producía el nombrecito de la calle- Sí, a las afueras del barrio del Malvisco.

-Enseguida vamos -respondió una voz desde las catacumbas, agonizando de aburrimiento.

Pronto, debía inmediatamente resolver su vestuario para la ocasión. Estaba claro que Carmina basaba su éxito seductor en la ropa, más bien, en su ausencia.  Por eso, cuando media hora más tarde, el repartidor de butano tocó el timbre, ella le acogió deshecha en sonrisas y con el salto de cama que reservaba para anular la Máxima Voluntad, en caso de que ésta también se le resistiera. Inútil describir la cara del hombre: habría que verla. Aun así, Carmina dudó de si el hilillo de baba, que comenzó a correrle despacio por la barbilla, era debido a los 20 kilos de la bombona o a sus pechos zalameros.

El repartidor soltó la carga en el suelo y se los quedó mirando pasmado, a los pechos, está claro. ¡Cuánta saliva segregaba aquel hombre!

-¿Por qué va vestida así? -le espetó brutal, sin ni siquiera saludarla.

-Es que me acabo de duchar y hace mucho calor -respondió casi azorada- Y yo soporto muy mal los calores. Me agobian muchísimo -hizo el gesto de abanicarse y luego le preguntó provocadora- ¿No querrá beberse un refresco conmigo?

El repartidor era un cacho hombretón, robusto, velludo y muy moreno; con una nariz recta y una barba que ocultaba unos dientes que se pelearon bastante entre sí, en su momento, para alojarse en aquella boca de labios carnosos. Tenía su puntazo el hombre. Mirándolo bien, si le quitaran la barba, quizá hasta un soplo de aire a Clint Eastwood. Sí, sí, también. Aunque los extremos del bigote estaban húmedos: continuamente se los chupaba con la punta de la lengua. Ahora la miraba con una sonrisa lasciva, la cual fue aún más elocuente que su respuesta:

-Mujer, con la indumentaria que lleva... Dan ganas de beberse con usted el mar entero, con oleaje incluido.

-¿Sí? ¿El mar entero? ¿Está seguro? -Inquiría mimosa. ¡Y qué rápida estaba saliendo su conquista! Al final sus desvelos daban resultados. Aunque este hombre era más tosco, y sudoroso, de lo que imaginó que sería nunca su amante, el contraste con su consorte la excitó. Tal vez sea bruto, pero quizá más lleno de vitalidad y tal vez exhiba sus deseos con más ímpetu, pensaba.
-Claro. ¿No se vistió así por mí? No me dirá que espera a todo el mundo de esta manera. ¿A qué quiere jaleo, eh?

Así le gustaba a ella, que fuera al meollo de la cuestión.

- Ja, ja, ja, qué directo eres. Por supuesto que no recibo así a nadie. Sabía que venías a traerme la bombona -el tuteo se impuso y se arriesgó yendo al grano directamente, no sea que se le escapara también-. Desde el día que me trajiste la primera bombona me fijé en ti y me resultaste muy atractivo -se vio obligada a adornar un poco el asunto.

- ¿Ah sí? -preguntó desconfiado y vanidoso a la vez- Pues lo siento, yo siempre voy doblado como un mulo y de poco me doy cuenta. Pero eso lo remedio yo enseguida -aseguró agarrándole las nalgas con sus zarpas. Ella notó sus manos húmedas de sudor a través de la fina tela - ¿No vendrá tu marido a pillarme desprevenido, eh?

Ella negó con la cabeza, meneando su cabello rubio con desparpajo.
- ¡Qué fuerte eres! -exclamó luego extasiada, y satisfecha de que se le hubiera ocurrido tal elogio: a los hombres les encantaban esas alabanzas, pensaba.

- ¿Sí? ¿Te lo parezco? Oye, y tú qué pechugona y qué cachonda... -se supone que la estaba piropeando porque el tono de la voz, a medida que se le acercaba, era más ronco. Ella aspiró olor a sudor, y adivinó que  si le pasaba la lengua por cualquier parte del tremendo cuerpo  aquel estaría muy salado. 

Cuando se le pegó por completo, Carmina consiguió apartarlo unos milímetros para ver su cara. Él la rodeaba con firmeza, intentando manosearla, a la vez que procuraba bajarse la cremallera del pantalón. A ella le parecía bien que las demostraciones pasionales del repartidor discurrieran rápidas, pero tanta velocidad la desconcertaba. Quería ir al grano en palabras, no tanto en actos; estaba segura de que los preámbulos eran necesarios para aderezar el romance. Y nada más oportuno que una amena conversación entretanto se hacían caricias preparatorias. Así que comenzó a hablar de lo primero que se le ocurrió:

-Eres el único que últimamente no me dice que me parezco a alguna actriz.

-A una actriz... ¿Qué actriz? Como si yo tuviera tiempo para ver actrices ¿A qué viene eso?- verdaderamente este hombre era un poco bestia. 

-No, es que dicen que me parezco a Meryl Streep -ya se darían cuenta todos con el tiempo de que ambas parecían calcadas, opinaba Carmina confiada.

-A Meryl Streep... ¿Y ésa quién es? -preguntaba intentando ahora ser amable, mientras le toqueteaba el cuerpo y le mordisqueaba los labios. Ya la camisa estaba fuera de los pantalones y estos enrollados sobre los tobillos. A ella ya le había desanudado el único lazo del salto de cama.  
-La protagonista de Los Puentes de Madison, ¿no has oído hablar de esta película? 

-No. ¿Y a qué viene hablar de cine en este momento? ¿No estamos en otro asunto? No te rajarás ahora, ¿eh? Anda, vamos a tu habitación. 

Hablaba cada vez más enronquecido. Pero Carmina en lo único que reparaba era en las manos pegajosas y en el fuerte olor que comenzaba a marearla.

-Espera, ahora vamos -utilizó un timbre de voz firme, el que usaba para lidiar con los funcionarios del Consorcio del tributos-. No me estoy arrepintiendo, pero no me gusta ir rápido. Primero nos tomamos una copa, para ambientarnos, ¿vale? -acabó susurrante, mirándolo casi con afecto-. Siéntate aquí, a mi lado.

El del gas se encogió de hombros, aflojando sus manos del cuerpo de ella.

- Ya yo estoy ambientado, pero puedo esperar, si no tardamos mucho que tengo que seguir trabajando. Y así no me vas a dejar, ¿verdad? Porque mira cómo me has puesto -le señalaba sus parte pudendas, ahora bastante impúdicas, a la vez que se subía los pantalones- Y lo que se empieza, se acaba, ¿eh? Calentonas, no.

- Sí, no te preocupes, ¿quieres una cerveza? -mientras la servía, continuó con la pelotera del cine-.  Entonces, no conoces a Meryl Streep. ¿No te gusta ver películas?   
 
Él emitió un suspiro de resignación, cogiendo la lata de cerveza. No quiso que ella vertiera el líquido en una jarra.

-No, suelo llegar cansado a casa. Sólo veo el fútbol. La última película que vi fue hace unas cuantas semanas y me dejó sin ganas de ver más -hablaba sin mirarla, con brusquedad.

-¿Sí? ¿De qué trataba? -preguntó Carmina, muy interesada.

El del gas la observaba ahora de reojo, con cara de fastidio. Llevaba la camisa desabrochada y una tremenda mata de pelo negro le cubría el pecho, desde la garganta hasta el comienzo de los calzoncillos marrones, de flores oscuras, los cuales se veían por la bragueta del pantalón que se había dejado abierta. Seguro que tenía pelos en la espalda y en los hombros, pensó Carmina inquieta.

- Pues de una loca que no paraba de acosar al querido. La muy… lo lía hasta que se lo lleva a la cama.  El pobre  tipo estaba  felizmente casado con otra  y esa chiflada lo persigue porque  quiere que abandone a su familia por ella. Como él se niega, la muy zorra le amarga la vida de mala manera. La película me dejó de malhumor y si algo me la recuerda todavía me cabrea. Parece increíble que existan mujeres así. Y seguro que las hay, las muy lobas.

Carmina se estaba alegrando. Por fin conseguía que aquel hombre se relajara y hablara de una película. Estaba segura de que con nadie solía hacerlo y, si era casado, seguro que ni con su mujer. No tenía la apariencia de ser alguien que se explayara en charlas, ni siquiera con sus allegados.   

-¿Cómo se llamaba la actriz? -preguntó, considerada.

-Espera, a ver si me acuerdo -ahora él la miraba con una atención excesiva, chupándose los bigotes, meditabundo-. Tengo su nombre en la punta de la lengua y eso que yo nunca me aprendo como se llaman los artistas -se calló un instante, examinándola con detenimiento. Al cabo de un rato continuó, cuando Carmina ya empezaba a ponerse nerviosa de tanta observación-. La película se llamaba algo así como Atracción Fatal. Oye, y tú te pareces mucho a ella. Sí, sí, sí; es verdad, eres clavada a esa tipa -repitió iluminado-. Pues mira, la mujer esa no me gustó nada. Desde entonces no quiero verla ni en revistas. Me da mala espina. Oye, eres idéntica. ¿No conoces a esa fulana?

A Carmina le estaba fastidiando la insistencia con su parecido. 

- Sí, sí la conozco y vi la película hace tiempo – mintió para no seguir hablando más del tema dichoso y de la actriz en cuestión-. ¿Ya te bebiste la cerveza? ¿Estás bien? ¿Te enseño mi casa, mi  habitación…?

Volvió el silencio. Él seguía contemplándola pensativo mientras se hacía un rizo con uno de los pequeños mechones chupados del bigote. Al rato, estrujó con sus manos la lata de cerveza y se levantó.

-No, lo siento. Se me ha hecho tarde -respondió con el gesto adusto. De pie, se abrochó los botones de la camisa, la introdujo dentro del pantalón y se subió la cremallera de la bragueta. Luego se sacudió con una mano algunas motas imaginarias de su ropa. La expresión de su cara era contrariada, y daba la impresión de que había olvidado por completo a la mujer que, enfrente de él, lo miraba con los ojos abiertos y redondos como dos chapas, sin poder articular las palabras del pasmo que le sobrevino. Cuando se repuso lo bombardeó a preguntas:

-¿Pero qué haces? ¿Adónde vas? ¿Qué es lo que no te ha gustado? ¿Qué te molestó?

-No, no ha pasado nada. Pero lo siento, tía, otra vez será. Ahora me recuerdas mucho a la loca aquella de la película y ya dije que toda esa historia me dio muy mala sangre.

Carmina alucinaba. Si ella a quien quería  parecerse era a Meryl Streep; a ninguna otra. 

-¡Pero sí es sólo una película! -exclamó con desespero, caminando detrás de él, que ya se dirigía a la salida como si huyera de la misma Glenn Cose en persona. 

-Ya lo sé, no soy idiota -replicó agresivo, echándose al hombro la vieja bombona que le esperaba detrás de la puerta-. Pero es que ya esto- señaló su entrepierna- no me va a funcionar. Se acabó el encanto y el cuento. Bueno, ya basta de charla, lo siento, tengo prisa. Adiós y muy buenas.

Cogió la vieja bombona, se la puso al hombro y salió delante de ella, dando un portazo en sus narices.

- De la que me he librado... -iba murmurando por el camino.

El estrépito le hirió los oídos. Pero más heridas se quedaron sus ilusiones: permanecieron largos minutos moribundas y apoyadas detrás de la puerta de la vivienda. Vaya, ésta sí que era buena. La dejaban plantada, ¡una vez más!, porque se parecía a la psicópata de una película. Nunca a su imaginación se le hubiera ocurrido una excusa igual para que la rechazaran. ¿Pero, quién carajo sería la dichosa Glenn Close?

Esa noche, logró por fin que su marido le prestara atención, cuando le preguntó insistentemente que quién demonios era la tal actriz esa. 

-¿Glenn Close? Ah sí, esa es la protagonista de Atracción Fatal -ante el gesto interrogante de ella siguió explicándole-. El otro día, cuando tú te fuiste a dormir pronto, la echaron  por la tele. Había un programa sobre mujeres psicópatas y pasaron esa película -Gustavo movió la cabeza con impaciencia: odiaba contar los argumentos- Sí... Trata de una chiflada que se enamorisca de  un fulano que está casado con otra. Para él ella es una simple canita al aire; pero la tía  quiere una relación duradera, por eso no lo deja luego ni a sol ni a sombra: le amarga la vida de mala manera, a él y a todos los suyos; lo atosiga incansablemente, persigue a su familia en plan bestia, y finalmente intenta matarlo. En la escena más apoteósica, ella resucita del interior de una bañera llena de agua, para atizar el golpe de gracia final; lo sorprendente, es que llevaba un buen rato sumergida, casi muerta. Antes se había enfrascado en una pelea atroz con la mujer del fulano, Michael Douglas. 

Respiró profundamente y siguió hablando:

-La película no está mal, entretenida. Me gustó más que Los Puentes de Madison -esto último se lo decía burlón, intentando picarla-. A continuación, pasaron dos documentales de mujeres que, como no se resignaban a ser abandonadas, cometían barbaridades para no perder a sus hombres. Lo cierto es que viendo  aquello, y sobre todo la película, se le quitan a uno las ganas de tener un lío con una desconocida, no sea que resulte una loca que luego no te deje en paz nunca. Y dime, ¿por qué te interesa tanto ahora Glenn Close? -le preguntó, mirándola sonriente- Oye, ¿y sabes una cosa? Sí es que tienes hasta un aire a ella. Ja, ja, ja. Cuidado, eh. No sea que alguien te confunda con la trastornada esa. 
Carmina lo miró con furia; cogió un cojín y  se lo lanzó en toda la jeta a la vez que salía de la habitación. Fue a la cocina, lleno un vaso con agua y subió con él a su dormitorio. Por la escalera, ya su mente remontaba el vuelo en su avioneta particular, surcando el aire, rastreando otros continentes, descubriendo insólitos vericuetos. Después, se quedó murmurando como una zombi:

-Tengo que ir a la peluquería. Voy a cambiar el color del pelo y hacerme un corte nuevo. Necesito un cambio radical de imagen. También debo ir a la playa para ponerme morena o si no una cabina de rayos uva. Lo que sea, pero este aspecto mío debe cambiar. Urgente. De ello depende mi matrimonio. 






                                   18 de junio de 2001








8 comentarios:

  1. ¡ Jaja! Divertido y con la carga justa de ironía.

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    1. Muchas gracias. Espero que hayas aguantado hasta el final sin aburrirte, porque me salió largo. Se agradece el comentario; siempre ayuda a saber cómo se está haciendo.

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  2. Qué va, tiene la suficiente carga de intriga para no querer abandonar - a pesar del sopor de mi sobremesa- hasta llegar al final. Ya digo, creo que mantiene un equilibrio en todo. Enhorabuena.

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  3. Muy entretenido. Hasta el final te mantiene en vilo!!! Muy buena la impronta irónica de tus relatos!!!

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  4. ¡Hola!, ya te echaba de menos...Qué bueno que te parezca entretenido. Besos y, ya sabes, muchas gracias por tu comentario.

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  5. Anónimo7/6/15 21:01

    Hola, me ha gustado. Al principio irónico, luego me he reído y de ahí hasta el final a ver que pasaba. Ahora he visto el último que colgaste y ya me dan ganas de volver a ver que pasa en ese barrio de Malvisco. No sabía de esta habilidad tuya. No me sorprende. Besos.

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  6. Muchas gracias por tu comentario. Besos.

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