Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Platón me toca las narices. (Artículo)

12 de junio de 2015

Platón me toca las narices. (Artículo)

Quiero contarte Platón -y más filósofos en  post posteriores- de manera coloquial, cercana, desmitificando y criticando lo que me parece criticable. Deseo  que, si no sabes nada de ellos, después de esta lectura se te queden algunas ideas, se despierte tu curiosidad y  te sirva de acicate para buscar más información. No tengo intención de agotar todo el pensamiento  del autor en cada artículo, porque te perdería de puro aburrimiento. De antemano aviso que, aunque no estoy de acuerdo con mucho de lo que han dicho algunos pensadores, reconozco su legado y ratifico la importancia de la filosofía -sin la cual no habría ni ciencia ni cultura-. Soy consciente de la trascendencia  de algunos pensadores, pero no tenemos porqué postrarnos ante las ideas de nadie. Todo pudo haber sido mejor. Y voy a comenzar por uno de los más conocidos. Al final de la exposición, en la que intentaré combinar rigor y amenidad –dime en algún comentario sí me acerco a esa intención- expondré mi crítica y parte de mi pensamiento. Éste  tiene algunas constantes que, irremediablemente, puede repetirse en otros artículos.

Platón me toca las narices


Sí, sí, un poquito. A ver, digo un poquito por si acaso hubiera algún fundamentalista leyendo y piense que a los filósofos hay que reverenciarlos por encima de todo; pero, realmente me las toca bastante. Como tengo la mente díscola me cuesta venerar. Y, respecto a Platón,  me inspira mucha desobediencia e incredulidad. Reconozco su gran influencia sobre nuestra cultura occidental, y lo siento, pero me lamento de ella; la cual, por desgracia, ha sido enorme pese a los dislates que dijo. Y ya verán ustedes si están de acuerdo conmigo cuando les exponga  alguno de ellos.

Primero, lo ubicamos. Y para ello nos vamos a Atenas –o a Egina, porque no está muy claro el dónde- sobre el 428 o 427 a. C para verlo nacer en el seno de una familia aristocrática,  por lo que tuvo una educación privilegiada. No se llamaba Platón, sino Aristocles y  Platón fue un apodo que le adjudicaron por tener unas anchas espaldas, anchos hombros o ancha frente, según diversas versiones. Y sus anchas espaldas supongo que le habrían servido  de utilidad para defenderse durante las veces que estuvo preso o fue vendido como esclavo. Que el hombre no se dedicó sólo a pensar y charlar en el ágora; correteó bastante por ahí y eso tuvo sus riesgos. Y vio el fin de su vida sobre el 347 a. de Cristo. Con todo, gozó de vida larga para la época, alcanzó los 80 u 81 años.
A los veinte años pasó a ser alumno de Sócrates y de éste se le debieron de pegar algunas ideas muy discutibles, como lo que se llamaría luego intelectualismo ético –la unión entre la inteligencia y el bien- . Se ve que en estos tiempos no existían ni algunos de nuestros políticos ni tampoco, yendo ya más lejos, psicópatas inteligentes, porque no me explico yo  la identificación entre conocimiento y hacer el bien. Esta teoría supone que el que sabe lo que es lo bueno, lo honesto, lo aplicaría en su práctica diaria  y el que hace el mal es porque es un ignorante; ¡ja! Volviendo a los psicópatas –me obsesionan-,  como se nota que en esos tiempos no se hacían las estadísticas fantásticas –ahora se hacen para cualquier tema- que nos informan que el uno por ciento de la población  tiene los rasgos  de aquéllos  –manipuladores, fríos, poco empáticos- . Menos mal que luego llegó Aristóteles y, como era más sensato que su profe, rectificó esta teoría y otras más.  Pero antes de esto Platón ya había fundado a las afueras de Atenas, en unos jardines donde había una estatua del héroe Academos (Hekademos) una escuela y, desde ahí, tenemos  el vocablo Academia para designar a un centro educativo. Así, a lo bobo,  surgen las palabras.

Platón tenía muchas pretensiones y una de ellas era crear una comunidad  perfecta gobernada  por un rey-filósofo que se supone que la dirigiría con justicia, que para eso había estudiado.  Claro,  como creía que si eras sabio ya eras automáticamente bueno,  pensaba que el filósofo era el más dotado para mandar. Confieso que cuando les imparto Platón a mis alumnos, siento pudor siempre que tengo que indicar eso. Luego lo intento suavizar un poco afirmando que en el proyecto político que planteó, en un principio, la educación era común para todos (incluso para hombres y mujeres: avanzadillo que estaba el señor en este punto), pero que,  mientras que los que no destacaban demasiado por sus dotes reflexivas se iban quedando por el camino, dedicados a otras actividades,  los empollones de la clase se afanaban hasta los 35 años en actividades como el ejercicio del diálogo y luego, los más escogidos, hasta los 50, ya se empleaban, en el último período de su instrucción, en la experiencia de gobernar para regir más tarde los destinos de la gran Atenas. Imagínense esta época en la que la esperanza de vida era muy inferior a la nuestra y Platón proponía  dedicarse más de la mitad de la vida a estudiar astronomía,  música, matemáticas, dialéctica (arte de la conversación inteligente),...

¿Quién trabajaba,  entonces?  Pues los esclavos, claro está, que para algo era tan estupenda  la democracia griega,  para que éstos  trabajaran, los ciudadanos pensaran y las mujeres parieran y ninguno se quejara, porque hasta a los sabios filósofos les parecía esto natural. Aquí nunca se hubiera dado, entre muchos otros motivos,  problemas con el fondo de la seguridad social o el pago de las pensiones: eran más lo que trabajaban -los esclavos- que los que no, aunque no cobraban, claro. Platón también concedía,  en su ciudad perfecta, un lugar en la sociedad según las aptitudes que se demostraran, así todos tranquilitos, dedicados a las actividades más propias según el tipo de alma que se tenga.  Porque ésta no era igual para todo el mundo; por supuesto que no.  Cada uno en su sitio y el Estado en  el de todos (como todavía el hombre occidental no se había inventado al dios monoteísta, aunque ya quedaba menos, y nuestro Platón estaba allanando el camino, el papel de aquél casi podría estar en el Estado). Así,  por ejemplo,  a los guardianes o guerreros como  le adjudicó un alma irascible, en el pecho -qué agudeza perceptiva más grande-debían dedicarse a la guardia y vigilancia de la ciudad mostrando su virtud más propia que sería el valor; a los pobres artesanos y labradores -que se ve que tendrían que ser todos unos salidos; en lenguaje culto, unos  libidinosos- Platón le colocó su alma en el abdomen y la llamó concupiscible, y su virtud, por supuesto, la contención; vamos, que los señores labradores, pese a esa alma tan sucia que poseían, podrían hacer méritos si reprimían sus bajos instintos.  Y a los señores filósofos  les endilgó, cómo no, un alma racional, inmortal -cómo va a morir el alma de un sabio tan excelso- situada en el cerebro y con la virtud de la prudencia. Es decir, separó a la gente por almas, ocupaciones, virtudes y, de este modo, habría una sociedad armónica, equilibrada, sin que nadie protestara pues cada uno curraría contento según su espíritu o esencia, que para eso la tenía. Esto se garantiza, además, porque  las dos clases superiores, guerreros y filósofos no tendrían bienes que tienten su ambición: estarían a salvo de dobles contabilidades, evasión de impuestos, blanqueo de capitales, tarjetas black,…  Esta medida sí que fue un punto a su favor (aunque sí se hubiera aplicado, ¿hubiera habido sabios deseosos de llegar hasta la instrucción final?). Asimismo, la formación de los hijos, en todos los aspectos,  estaría a cargo del Estado, el cual mete sus narices en todas las actividades de sus armoniosos ciudadanos. Se ve que Platón no tenía en muy alta estima la vida familiar; será porque su madre se casó dos veces y él o no la aguantaba mucho o no soportaba a sus hermanos o a su padrastro. Puede ser que el hombre pensara que para familias como aquélla mejor se estaba en manos del Estado, sino no se explica.

Vamos a ver, algo tendrían que tener los filósofos que no poseían los demás y que los hacía tan aptos para gobernar. Ah, amigo, lo que les distinguía es que habían llegado al  conocimiento de las Ideas y sobre todo a la máxima Idea de Bien. Y eso no lo hace cualquiera. En primer lugar para aspirar al conocimiento de las Ideas debes creerte el cuento de la doble realidad,  es decir, todo lo que hay -visible e invisible- se divide en dos. Sí, sí, dos realidades: una, que se compone de todas las cosas que vemos, tocamos, en fin, percibimos. Pero ¡ojo!, esta realidad, aunque sea la que tú ves y te la tengas que sufrir no es la auténtica. ¡Es falsa! Es sólo la copia de otra que es más real, más eterna. Además, ésta que tenemos delante  está llena de errores porque aparte de que consta de cosas que son  efímeras o se corrompen,  es captada por los sentidos y estos nos llevan a engaño: no son fiables y sólo nos sirven para tener creencias, opiniones, conjeturas. A esta realidad equivocada Platón la llamaba Mundo Sensible. Pobre gente que se quedara en este mundo, ofuscados por sus sentidos. Sólo podrían optar a ser artesanos, y tendrían un alma mortal y las pasiones del cuerpo corrupto los dominarían. Metafóricamente, no saldrían nunca de la famosa caverna platónica, pobres, viendo sombras todo el rato, enfermos de cataratas prematuras.

Ah, ¿y cuáles es la otra realidad buena, cómo se llama, cómo se alcanza, de qué se compone, cómo la capto, yo puedo acceder a ella? Tranquilo. No, probablemente no puedas acceder a ella. Tú no, ni yo tampoco, ni nadie. Es puro invento. Es la realidad real idealizada de Platón más falsa  que una chapa de latón. Se llama Mundo Inteligible; claro, porque consta de Ideas incorruptibles, formas eternas, conceptos abstractos, auténticos entes (pero  no como las pelis de marcianos). Es una realidad de esencias inmutables que está oculta tras las falsas apariencias de lo que vemos.  Posee formas inteligibles  que son captadas por la razón o inteligencia y son los modelos de todo lo que hay en el Mundo Sensible, no de las cosas despreciables o ridículas, sino de, por ejemplo, los objetos de la naturaleza, los conceptos abstractos o, incluso, los matemáticos. Es como si en el Mundo Sensible estuvieran las cosas y seres comunes y múltiples (observados sólo por los sentidos) y en el Mundo Inteligible su correspondiente nombre propio y único. Esto significa que los árboles, ríos, las personas justas o buenas cogen un poquito, en otras palabras, participan o copian el modelo único que existe de Árbol, Río, Justicia, Bondad. Insisto, porque tiene miga esta manera de ver la realidad. Si vemos a alguien bello y lo reconocemos como tal es porque ya teníamos el concepto de Belleza en nuestra alma de tiempos pretéritos  y cuando nos quedamos obnubilados por ese ángel bello que nos enamora y no nos deja dormir, sencillamente, así de fácil, es que recordamos el concepto de Belleza que teníamos. Porque nuestra alma es inmortal y ya vio las Ideas o estas Formas en una primera vida, en una especie de Cielo o Hades y luego elige el cuerpo donde instalarse y si este individuo se consagra al conocimiento -dichoso el que puede dedicarse a eso y no a las minas de plata de Laurión, cuyas condiciones eran penosas -, y frena sus pasiones, puede recordar esas Ideas porque para nuestro autor el conocimiento es recuerdo (y dialéctica que es la labor más propia del filósofo: ejercicio del diálogo, reflexión o discusión intelectual). ¿A que es arrebatadora esta teoría? Sencillamente, fantástica. Si corres el riesgo de tener mal ojo a la hora de elegir el cuerpo, ya te fastidiaste para siempre. Bueno, pero aquí ya muchos nacían fastidiados de entrada, como ahora, pero más.

A su doble realidad le falta un elemento conector importante: el Demiurgo, que es el productor o fabricante de las cosas naturales. Como se ha quedado tan flipado contemplando las Ideas en el  Otro mundo quiere reproducirlas en la materia física de Éste. El Demiurgo es el artesano divino y es lo que les faltaba ya a mis alumnos para que piensen que tanto Platón como yo estamos pirados; yo, como embajadora de él en este mundo sensible, y dentro de mis aulas de bachillerato, no me salvo por exponerles muy seria que este mundo fue fabricado por un artesano divino. Suavizan un poco el diagnóstico de locura que me han ofrecido  cuando les comparo  esta teoría del demiurgo fabricante  con la del  Dios creador cristiano, con la salvedad de que a Éste  los judeo-cristianos le dieron todos los poderes; en cambio, para Platón es sólo un obrero replicante, aunque divino.

Como a Platón le gustaban mucho las divisiones, a parte del dualismo ontológico (así se llama a la división que estableció entre la realidad Ideal y la Sensible) concibió otro antropológico (concepción del ser humano) y otro epistemológico, que se refiere a la manera de conocer y crear ciencia, la cual sólo se puede practicar usando la razón en vez de los  sentidos, porque el mundo empírico no tiene valor ninguno. Por eso la mejor ciencia eran las matemáticas, compuesta de entes eternos, los números; en cambio, en las otras, sus objetos envejecían nada más comenzar a estudiarlas.

Según él (mismo pensamiento recogido por el Cristianismo, inspirado en Platón vía San Agustín y por intermedio de los neoplatónicos) el ser humano tiene una parte loable, que es el alma inmortal, la sede de lo bueno, de las Ideas eternas, de la actividad racional y se encuentra alojada en la cabeza (supongo que en el cerebro, aunque dudo si Platón utilizó este término exacto). Y una parte mala, el cuerpo, que se enferma, se llena de pasiones innobles y  está dominado por los sentidos. Igualito a lo que pensaba el Cristianismo; así, algunos fieles imbuidos de esta creencia, han privado a ese cuerpo de todo placer para ganar los puntos más pronto en la carrera hacia el Paraíso gozoso. Como este mundo sensible es sólo una copia, para qué vamos a disfrutar aquí de manera tan lasciva y sucia, si podemos estar en el cielo todos contentos saltando y tocando el arco iris con nuestras manos.

Platón, para demostrarnos la cárcel en la que se encuentra el ser humano, inventa un mito que adoptará el nombre de Mito de la Caverna y que antes nombré. Aludiendo a ella, nos dice que unos individuos se encuentran desde niños prisioneros en su interior, detrás de un pequeño montículo  que tapa un pasillo por el que caminan unos individuos cargando objetos de todo tipo. De estos prisioneros, encadenados sin poder girar ni siquiera la cabeza, se escapa uno, sube por un camino escarpado y sale al exterior. Allí debe acostumbrase poco a poco a las cosas reales que contempla y, una vez  haya aprendido todo lo que realmente hay, debe regresar y liberar a los prisioneros. Estos, llenos de prejuicios y errores, como están acostumbrados a su mundo de sombras –insisto,  percibidas por los sentidos engañosos-, no se creerán al desertor. Pero éste no debe desesperar. Su deber será instruir y guiar, aunque se le resistan los ensombrecidos. Porque el escapista simboliza al rey filósofo que, como ha aprendido, debe luego enseñar a los incrédulos, o a los atados a su mundo pequeño por los sentidos, ¡qué bonito!, y guiar a su pueblo ignorante. Y así volvemos otra vez al punto de partida: son los sabios-filósofos  los más aptos para  dirigir  tanto los asuntos privados como los públicos de la ciudad, y podrán actuar en justicia porque como han destacado en sus capacidades morales e intelectuales  conocen la Idea de Bien;  la  primera de las ideas  que es la causa de todo lo que existe. Si pudieras llegar a alcanzar el Bien –que no podrás, desengáñate-,  sabrás unir los placeres del alma, ojo, sólo los del alma, usando la inteligencia - los del cuerpo ni hablar: ¡contrólate, alma lasciva!-, y podrás llevar así una vida completa que te permitirá gobernar la ciudad sin errores.

Y con esto se acaba lo más relevante del pensamiento platónico, que si sigo más nos puede explotar la cabeza. Ahora critico un poco, porque no puedo aguantarme.




Yo no sé  si estarás de acuerdo conmigo, pero a mí me parece que la concepción que tiene  Platón sobre la justicia en la ciudad no tiene ni pies ni cabeza. No sé si en esa época tendría sentido, pero concebir distintos tipos de almas para distintas clases sociales con ocupaciones definidas expresa un pensamiento rígido y clasista. Sí se podría creer que en cada persona puedan predominar unas inclinaciones específicas, pero que esas aptitudes correspondan a  almas estancas que permanezcan incomunicadas entre sí es una concepción que sólo puede partir de quien se adjudica el mejor  puesto en el ranking  de las almas. Se puede admitir también  que en  aquella época los cambios sociales no se producían con la misma celeridad que en ésta, por lo que quizá las generaciones perduraran más en su estamento que en la actualidad. Platón no estaría en condiciones de advertir que la  movilidad social no sólo se produce  constantemente a lo largo de la historia sino que es deseable  para revitalizar las comunidades. Por otro lado,  por mucho cuento que le eche nuestro pensador a su rey-sabio hay mucho parecido entre este Estado perfecto con un Estado totalitario –o una especie de despotismo ilustrado pues él optaba porque gobernase una aristocracia del saber- y esto me crea rechazo. Me da igual que  gobierne un rey filósofo que busque el Bien y la Justicia, pues siempre será su Bien y su Justicia. Y es que, menos mal, para muchos, la libertad resulta un valor insustituible por encima de cualquier otro e, incluso, por encima de un Estado en paz.  
 
Respecto a la división que hace entre cuerpo y alma, adoptada por el Cristianismo –y que tanto pesar ha causado en los cuerpos  de nuestra civilización occidental a lo largo de su historia-  no puedo estar más en desacuerdo.  Me cuesta concebir un alma inmortal, que transmigre y desee purificarse de un cuerpo mortal y corrupto tal y como pensaba este hombre.  Menos mal que, en la actualidad,  incluso entre los considerados creyentes, se percibe al ser humano como una unidad. Vemos en la publicidad, en las modas, en los gimnasios abarrotados, en las playas, en las concepciones estéticas, que se  le mima con afán y se le considera que forma una unidad indisoluble con el alma, incluso para quienes creen en ésta. También  las corrientes más espiritualistas le atribuyen al cuerpo un papel primordial en unión con un alma, que según las distintas creencias tendrá más o menos importancia. Y, desde otra postura más materialista, en la que se ubicaría la humilde autora de este texto, el alma se ve como otro invento más del ser humano, como las Ideas o los conceptos inmutables del platonismo. Para esta materialista  todas las funciones del alma están en el cerebro, parte física. Y cómo éste tiene todas  las funciones de aquélla, la deja anulada despojándola de significado y referencia. Por el contrario, el cuerpo, la materia, sería lo único que existiría; precisamente, lo que Platón rechazaba.

Está claro que a él le pudo el  Idealismo. Lo desbordó hasta límites insospechados. Es cierta, y en eso sí estoy con él, en que el ser humano tiene una  naturaleza idealista.  Esto se observa tanto en la vida cotidiana -en los pensamientos que expresa la gente- como en los  movimientos filosóficos, políticos, artísticos y de toda índole que se han sucedido a lo largo de los tiempos. Esta naturaleza idealista es la que nos lleva a crear mitos, dioses, concepciones o ideas alejadas de la realidad tangible -este Mundo Sensible- y es la que nos impulsa a empecinarnos en que esta realidad se acople  a las ideas que hemos concebido. Muchas veces aquéllas tienen más peso que nuestra realidad inmediata y llegamos a falsear ésta,  o negarla,  para que, por ejemplo, pueda ajustarse perfectamente  a la Idea: Mundo Inteligible.

Pero hemos también de conceder la parte positiva que tiene esa misma naturaleza idealista. De todos es sabido que una utopía de hoy puede ser una realidad del mañana y es que las ideas sirven de pértiga para lanzarnos hacia el futuro. Gracias a determinadas  visiones sociales o imaginativas  se ha logrado modificar una realidad despreciable. Sin embargo, tiene la contrapartida de que a veces la pértiga se lanza tan lejos que se sale de lo circunscrito y, llevado de un idealismo acrítico, convertimos a seres humanos, guiados únicamente por nuestra necesidad y  por alguna cualidad sobresaliente de los susodichos, en dioses o  articulamos nuestra vida en torno a un sistema de creencias inventado, basado en ideas que no tienen referentes claros ni un soporte material.  Veo claro que nuestra existencia se llena de representación (el lenguaje ya lo es) como  seres simbólicos que somos, y como tales, creamos conceptos y mitos. Por ello el Idealismo platónico se emparenta tanto con nuestra naturaleza humana  que nos lleva, a veces, a  defender ideas como si fueran más  fiables que su correspondiente realidad. Y hemos de distinguir, sin perder perspectivas, entre las que son buenas porque modifican una existencia susceptible de ser mejorada de aquellas otras que nos colocan vendas y nos inducen al fanatismo o a la intransigencia. Que nuestra naturaleza sea idealista no quiere decir que todas las ideas que salgan de nuestras mentes tengan entidad real como si fueran cosas objetivas.

No obstante, y conociendo esta parte irremediable de nosotros -la tendencia a idealizar-, podemos utilizar el sentido común para darnos cuenta de que El Mundo Inteligible de Platón no puede tener la consistencia que él le otorga. Ese Mundo es inventado por el ser humano, en su afán de buscar lo  Inmutable, lo Único, lo Perfecto, Dios. Las Ideas son creaciones  y, como tales, perecederas como el mismo hombre. Como no nos gusta que nuestra existencia sea tan efímera, nos  aferramos  con obcecación a lo eterno y, no sería raro, que le otorgáramos a los conceptos  puros como el Bien, la Belleza, la Justicia, la Verdad  cualidades de preexistencia o de inmutabilidad. Quizá por eso triunfó el pensamiento platónico. Sin embargo, el más consistente y el más real es el Mundo sensible  que Platón despreció como imperfecto. Éste nos proporciona la vía principal para observar, experimentar y entender el mundo arrancando de los sentidos. Es verdad que  también  usamos la razón para abstraer, generalizar, sinterizar, sacar conclusiones; en definitiva, para pensar y conocer. Pero no sólo partimos de los sentidos, también ha de ser un punto de llegada continuo, pues la realidad y la experiencia sensible siempre nos debe acompañar para contrastar en cada momento nuestras conclusiones y nos desviarnos y encerrar nuestro pensamiento en sí mismo, en volverlo vacío y estéril.

Al negar los conceptos ideales de Platón se descartan también las esencias. Éstas se considerarían productos, también, de la mente humana. Se llamaría esencia aquello que buscamos siempre igual en sí mismo, con cualidades que suponemos invariables y que definen lo sustancial de cada ser u objeto. Para Platón eran, como sabemos, las Ideas y para cualquiera de nosotros la parte única que tenemos y permanece en nosotros igual por muchas experiencias que nos azoten; porque a veces las experiencias no suceden, sino azotan duramente. Si creyéramos en esencias estaríamos concibiendo  un ser humano  ahistórico, descontextualizado, fuera del mundo real, impasible, sin nada que le afecte y le forme como persona (puesto que ya tiene una esencia inmutable que le configura). Estaríamos apostando por un individuo que no es humano, porque si algo nos define como personas es que somos históricos,  sociales y versátiles; puesto que  evolucionamos, transformamos nuestra vida y construimos mundos y sociedades distintas en función de nuestras experiencias y desarrollo. Si tuviéramos esencia no tendríamos ni oportunidades ni libertad, pues nuestra esencia ya nos marcaría  al definirnos inexorablemente. Y concebir una esencia modificable es absurdo, pues contradice el mismo concepto de esencia.

Por último,  si pensamos que el mundo es historia,  cambio y creación continua de nuevas formas de vida, no se puede pensar que existan las verdades absolutas que  concebía Platón. Cada individuo es fruto de la época  que le ha tocado vivir, de tal modo que la posición desde la que contempla la realidad depende del lugar que ocupa, por eso es más factible, en algunos aspectos, aceptar las verdades relativas de los sofistas –pese a su mala fama posterior, también dijeron algunas verdades- ,  y creer que hay acuerdos que son fruto  de los convencionalismos de cada momento  histórico o que depende de las perspectivas de cada cual, por  más que deseemos que algunas verdades se conviertan en absolutas.

Bibliografía:

Para hacer este texto me basé en los recuerdos almacenados tras muchos años impartiendo Platón en Bachillerato. Comprobé las  fechas -soy malísima para recordarlas- y consulté el trabajo de los  esclavos en la minas de plata. Pero los apuntes que yo he manejado en mis clases son deudoras de las siguientes páginas, muy buenas para hacerse una idea de lo qué es la Historia de la Filosofía:

http://www.webdianoia.com/platon/platon_fil_cono_2.htm

http://www.boulesis.com/didactica/apuntes/?a=185

http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiagriega/Platon/Principal-Platon.htm


Y en libro impreso el manual de COU de César Tejedor Campomanes de la editorial SM, así como La historia de la filosofía de  Nicolás Abbagnano, de la editorial Hora, o la monumental de Frederick Copleston, de la editorial Ariel, me fueron de gran utilidad para hacerme unos apuntes propios cuando el uso de Internet era inexistente.

©Ángeles Impíos, junio 2015 

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