Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Tocata y fuga del curso 2014/2015 (Artículo)

30 de junio de 2015

Tocata y fuga del curso 2014/2015 (Artículo)


Por fin, vacaciones. Y bien merecidas, aunque a la gente que no se dedique a esto le parezca que los profesores disfrutamos de demasiados días.  No sé lo que yo pensaría desde fuera pero, cuando llega el primero de julio, el agotamiento psíquico es tan grande que dudo de que  en un mes recupere el equilibrio que he ido perdiendo según pasaban las semanas. 

 No voy a exaltar, o victimizar, mi profesión diciendo que es de las más agotadoras que hay; ni tengo demasiados elementos comparativos  (y yo estoy con Gila, que todo depende de con quién  o qué se compare), ni se vive de la misma manera entre todos los profesores (no es igual si impartes Ciclos de FP, si das sólo ESO o Bachillerato, o combinas ambos, como mi caso). Nunca he dicho el tópico absurdo que las comparaciones son  odiosas; al contrario, colocan las cosas en su sitio y dan una amplia perspectiva de la realidad.

Aquí descarto a los de Primaria; siempre interpreté que eran maestros (pertenecen al Cuerpo de Maestros)  y su trabajo todavía me parece más duro y heroico que el mío. Entendí, y entiendo, que los profesores somos los de Secundaria (sin embargo, los medios de comunicación los engloban a todos juntos) y los de Universidad. Bien, ya que no puedo juzgar desde muchos ángulos, sí diré que llego  al 30 de junio pensando que me lo merezco. Descansaré unos meses –no son tres, sino DOS: suficientes- de tener que impedir que Luisito pinte auténticas obras de arte efímero en la mesa; que Manolito se balancee en su silla, se fracture el espinazo o le rompa los nervios a la niña que se sienta detrás de él; que Margarita se pelee con Laurita y le destroce las hojas de la libreta con todos los corazoncitos que dibujó, con mucho esmero, emparejándola con Miguel; que respondan todos al unísono cuando le pregunto a Marcos la cuestión número  tres; que Manolito, cuando cese de balancearse, eleve la mesa a las alturas y la mueva como un poseso a punto de lanzársela a Clementina. Dejará de molestarme que Juanito no abra el cuaderno ni el libro: durmió poco y no tiene ganas;  que Irenita haya hecho la tarea pero no la traiga, porque se la olvidó en su casa; que Carmencita, sin embargo, no la haya terminado ya que tenía examen de otra materia o debía  ir a la romería de la Macarena; que Isabelita se esconda detrás de la mochila para mandar un mensaje por el móvil; que Joselito se suene y alfombre el suelo con sus pañuelos mocosos; que Jaimito esté haciendo aviones, jugando con el balón debajo de la mesa o mandando notitas de contrabando. Este retrato no es el de una clase de Primaria, es un reflejo de una de 1º de ESO a la hora más tonta del día, cuando una se pregunta que qué ha hecho para merecerse eso. Y no es una experiencia exclusivamente propia: ya hay  algún WhatsApp por ahí relatando vivencias  parecidas.  

Descansaré también de  rellenar y rellenar papeles: actas de evaluación final; memoria de tutoría (como lo era de un grupo de Bachillerato me salvé de los informes personalizados que hicieron los tutores de la ESO), comentarios  individuales  de 180 alumnos para la última sesión de notas, valoraciones de materias y de grupos (si tienes cuatro y siete distintos, respectivamente, como yo, fastídiate), análisis de resultados (con doblete: para la memoria final de ámbito y para la evaluación final ordinaria de las materias), indicaciones para las pruebas de septiembre, seguimientos de programación, informes de seguimiento de las ACIs (adaptaciones curriculares). Pero todavía puedo sentirme satisfecha, en un aspecto como mínimo,  de que en mi instituto no haya departamentos didácticos (los recortes los talaron bruscamente y estamos organizados por ámbitos que engloban a más de ocho materias, y  no entiendo su sentido, porque estar configurados de ese modo o no estarlo viene a ser igual, cada uno va de por libre: entre música y filosofía poquita relación hay, excepto la que cada uno ansíe buscarle); en caso contrario,  hubiera tenido que entregar las actas de departamentos impresas (se escribe  una cada semana de curso), el inventario y la memoria final del departamento y la memoria de los resultados finales (según qué instituto, tienes que verter mismos o parecidos datos de mismas o parecidas maneras). Con tanta memoria que exigen, al cerebro le va entrando una amnesia anterógrada mientras echa de  menos otras épocas en los que los burócratas todavía estaban en el jardín de infancia.  Y si hubiera estado en uno de esos maravillosos proyectos que pululan por los institutos –planteados, promocionados y premiados desde la Consejería-,  creándonos la quimera de  que estamos trabajando arduamente en pro del rendimiento del alumnado, hubiera debido redactar su consiguiente memoria. Como todos decimos ya, el papel aguanta lo que le eches sin quejarse ni tantito, todo lo contrario, se va embelleciendo a medida que inventas más. Lo más bonito de este conjunto de tareas bellas es que, el último día de clase, el Jefe de Estudios, quien también debe verse apabullado ante un papeleo interminable, nos lo devuelve, contándonoslo en el Claustro final lo que nosotros ya le contamos a él por escrito: instructivo   feedback. 

Todo esto se realiza después de haber practicado la evaluación auténtica en Proideac (en favor de la Integración del Diseño y Evaluación de los Aprendizajes Competenciales, según las siglas). La evaluación aplicada a las anteriores generaciones han sido falsas: están todos ustedes mal calificados;  la auténtica evaluación se está efectuando ahora. En estos momentos tan cruciales de nuestra educación canaria se enseña para la vida (y antes para… ¿saber, tener un título y buscar trabajo?). Si ustedes no han estudiado mediante  situaciones  de  aprendizaje, ni se les ha calificado con rúbricas según los criterios de evaluación, ni se les  ha tenido en cuenta el grado de adquisición de sus competencias (comunicación lingüística, matemática, conocimiento e interacción con el mundo físico,  tratamiento de la información y competencia digital, aprender a aprender, cultural y artística, social y ciudadana y autonomía e iniciativa personal) es que no han aprendido .  

Ah, pero a mí no me ha importado, nada, nadita, nada, ¿habrá alguna canción con este título?, que en un grupo de 1º de ESO (al que le di Lengua castellana, aunque soy de Filosofía) haya tenido que rellenar 182 Competencias, siete por cada alumno y calificar  10 criterios por cada uno de los 26 niños que tengo en ese grupo, lo que da una cantidad de 260 ítem que he tenido que apuntar (442 en total, que por  los dos grupos de 1º de ESO que tuve, arrojaron un fabuloso resultado de 884 notas: parezco la azafata de “Un, dos, tres…” ). ¿Y por qué no me importó?, decía, pues porque lo he hecho muy contenta, satisfecha de saber que mis alumnos ahora sí están bien calificados, pese a que  esto no aparezca en sus boletines (las competencias sí pero globalizadas), y todos estos números vayan al Departamento de Datos Inútiles de la Consejería de Educación (situado en el inframundo del Pincel ekade). Sí así se logra resolver el fracaso  escolar de Canarias, bienvenido sea; no obstante, hay escépticos, a los que no hay que darles ningún crédito, eh, que afirman que esto  es como las cifras del paro: “Si la realidad no puedes cambiarla, modifica el modo de contarla”. 

Ahora lo que me falta es convertirme en mejor profesora: para ello tengo que ser  “dinamizadora de aprendizajes” y olvidarme de mis creencias antiguas. Éstas me orientaban a  que lo fundamental para ser buena en esta profesión era tener un adecuado material didáctico, organizado, resumido (hasta imágenes le añadía para que mis alumnos no se murieran de pena al ver tanta letra seguida); explicar con detalle y combinar entre el clima de silencio en las exposiciones y las intervenciones de los alumnos en los debates, a los cuales les otorgaba gran importancia; atender y resolver las dudas que se tuvieran y calificar según lo acordado desde el principio, con la máxima transparencia. Siempre quise alejarme de algún profesor de ésos, que todos padecimos, quien no se levantaba nunca de su silla, recitaba la lección en voz baja, en tono monocorde, mirando la punta de sus zapatos o sus cuartillas descoloridas; y que, como nunca pedía la tarea, yo nunca resolvía nada, así luego en los exámenes todo  me sonaba a recién inventado, adrede, seguro que únicamente para fastidiarme. Ahora hasta ese modelo de profesor  triunfaría si aprueba al 70% de su alumnado: las cifras son muy significativas para ajustarse a los estándares de calidad, ¡ja!

En estos momentos lo trascendental  es que los chicos trabajen en grupo, aprendan lúdicamente, consulten mucho Internet –uso de las Tics-, hagan situaciones de aprendizaje (que capten, por ejemplo, en Ética, que no se debe discriminar a la mujer; y, para ello, se lo inculcaremos a través de una obra de teatro que, entre prepararla y estudiarla, llevará un mes; analizarlo a través de un texto de una o dos páginas, en una hora o dos,  ya no es viable: aprendizaje anquilosado, antiguo, inútil);  hay que idear proyectos, PowerPoint, entrevistas... Y no es que me oponga a las obras de teatro y a los otros recursos; al contrario, pero si se impartieran todos los contenidos así se darían dos temas en durante todo el curso y para eso no hace falta ser profesor. Tampoco estoy de acuerdo en que el uso de todas estas estrategias suponga la panacea del fracaso escolar. No obstante mi opinión, está claro, que para ser buena en el desempeño de mi trabajo, se me debe meter en la cabeza que he de hacer cosas prácticas, ante todo: moverme, entrar, salir, dejarme ver, empapelar el hall con sus  obras  y mirar mucho cómo trabajan y limitarme a darles indicaciones para no ser muy directiva (¡mal!); debo ser  dinamizadora de aprendizajes. 

Y para no ser dura  en Bachillerato he de concederles -aunque no todos tienen las mismas exigencias,  por suerte- que se cuenten su historias personales  mientras estoy explicando; permitirles el uso del móvil si les ha entrado un mensaje urgente del WhatsApp (tienen que responderlo ya, ya);  que trabajen otras materias en mi hora de clase si tienen tareas pendientes; que se duerman y se recuesten en la mesa si están muy cansaditos, pobres;  que no traigan material ni lo saquen si no les apetece; que no dé clase  cuando tengan exámenes de otras asignaturas, total, para qué, si no me van a prestar atención; y  he de admitirles  que se examinen días después de que lo hayan  hecho los demás: él o ella tiene su propio ritmo y está agotado de las recuperaciones a las que se ha presentado. Si no actúo así seré muy estricta, y eso ya no se estila, pues  si a la señorita   Rottenmeier no la aguantaba ni Clarita ni Heidi en el siglo XIX, cómo van a soportar estos querubines del siglo XXI a su alegoría reencarnada en profe de Filo. Insisto, corren tiempos duros para lo que antes se consideraba buen profesor; ya no sirve las destrezas de toda la vida. Habrá que adaptarse a los nuevos en los que abundan  padres permisivos fabricando adolescentes exigentes.

Bueno, como sé que si me limito a quejarme  exclusivamente no arreglo ningún problema, y como pienso que ya que estoy  la mayor parte de mi tiempo en el trabajo o con asuntos que traten de él; además, acordándome de Marx y su concepto de alienación –a la cual quiero evitar a toda costa-, no tiro la toalla, pues ha habido años, cursos, en los que me he sentido una privilegiada por tener esta ocupación. Por eso me he propuesto,  mediante un proyecto personal con el que no obtendré remuneración extra, ni puntos, ni enganche en un destino cerca de casa, modificar todos los autores de Historia de la Filosofía para crear relatos, cuentos, en lo que se exponga suavemente la Filosofía de todos los pensadores que están en los planes de educación, y sirva de estímulo para que se elija,  puesto que la materia se quedará en el limbo de la optatividad (va a generar un desgraciado mercadeo entre asignaturas)  con la nueva ley de educación, y me parece penoso que haya  universitarios que nunca hayan oído hablar de Aristóteles, Kant o  Nietzsche o que ignoren los fundamentos ideológicos que están en la base de nuestra cultura. Soy consciente de que tengo que buscar motivaciones y reciclarme. Espero que este propósito no sea como los fuegos artificiales de las fiestas de pueblo, que inauguran el verano, y  no se me quede en una declaración ingenua de intenciones. 

Por si le sirviera a alguien, adjunto una escala, publicada por el periódico El País la semana pasada, en la que aparecen las características mejor valoradas para ser considerado buen profesor. Sólo una mínima observación: me resultó inexplicable que se valorara tanto el título de doctor para impartir clase en secundaria.  

¡Feliz verano, 2015!

                                                          ©Ángeles Impíos, junio 2015. 







6 comentarios:

  1. Sé que han pasado ya varios años de este artículo, más tiempo ha pasado desde que compartimos el aula, usted en calidad de profesora y yo de alumna. Era una clase desastrosa y pocos éramos los que prestábamos atención, sé que se fue de ese instituto, o al menos de esa clase, con un sabor agridulce.
    Pues bien, creo que lo bueno que una persona nos aporta ha de ser reconocido aunque tarde, quizás, en este caso.
    Cursaré este nuevo año el segundo curso en la Universidad y nunca, jamás hubiese imaginado que todo aquel temario de 1º de Bachillerato, que me parecía enorme, me fuese, en estos momentos, tan útil.
    Me di cuenta que no es tanto el qué sino el cómo, y usted supo perfectamente combinar ambos para que aún estando en la Universidad recuerde sus clases, con mucho cariño, y los conocimientos que nos impartió.
    Todos merecemos un elogio y aunque años más tarde le quiero decir: gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué pena que no hayas dejado tu nombre y el instituto. Del IES La Victoria me fui con ese sabor agridulce que nombras y no sé si serías alumna de ese Centro. No importa; solo decirte que tu comentario me ha emocionado mucho y alguna lágrima se me escapó. Muchas gracias a ti por darme este momento.

      Eliminar
  2. Efectivamente, ese es el centro!. Soy Laura Castilla, del entonces 1° de Bachillerato. Me alegro muchísimo, un saludo :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Más me alegro yo por tu comentario. Un fuerte abrazo.

      Eliminar
  3. Buscando un reflexión que me sonaba haberte leído . Me he encontrado esta grata sorpresa. Ángeles, disculpa mi atrevimiento.Pero ha podido más la alegría que he sentido por el comentario de esa alumna tuya, que otra consideración.
    Repito, no sabes cuánto me alegro de esta casualidad.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, hice esta reflexión hace dos años. No me ha importado tu atrevimiento, no me lo parece, porque al ser mi blog público se puede comentar. Para mí también fue un grata sorpresa el comentario de esta alumna, Laura. Me acuerdo de ella muy bien. Y, por lo menos, limpia un poco el recuerdo que tengo del alumnado de ese Centro. Normalmente por donde he ido noto el aprecio de algún estudiante, pero en este instituto la antipatía al final era mutua. Un abrazo, Miguel.

      Eliminar