Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: El sentido de un final, de Julian Barnes. (Crítica)

22 de julio de 2015

El sentido de un final, de Julian Barnes. (Crítica)


Me gusta este autor; he leído otras dos novelas suyas y hasta ahora no he sufrido ninguna decepción. Me pasa que, aunque llegue a la última página del libro, siento que no está acabado realmente. Se me queda el poso ahí y el resto del día ando removiéndolo. Porque no se conforma con entretener, que lo consigue, con su estilo directo; tampoco con contar una buena historia, lo que ya sería un objetivo suficiente y  encomiable; además, plantea temas, visiones o puntos de vista de la realidad, y no le basta uno solo.
Lo que me sorprende es como se me ofrecen las oportunidades. Hace unos días acabé un relato sobre Sartre y el existencialismo. Una de las ideas centrales de esta corriente es la libertad, la responsabilidad y la angustia derivada de esta (ya no deben acentuarse los demostrativos y se me hace difícil la nueva norma). Volviendo, precisamente este es uno de los temas conclusivos de la novela. La idea vendría a ser que se debe tener mucho cuidado con los actos que realizamos, sobre todos los hechos a tontas y a locas, porque  sus efectos no se quedan solo en nosotros. Tienen repercusiones en los demás y debemos asumirlos en consecuencia. Y la manera de encajar esta responsabilidad es la que lleva a la angustia, a la desesperación, al ser consciente de que tus actos, afectarán, quieras o no, a los otros.  Cuidado con ellos, pues.
Me veo limitada en su exposición porque me gustaría que se leyera (vale muchísimo la pena); y, analizarla implica desvelar su final y eso sí que no debería adelantarlo. Sí podría avanzar que el título del libro ya nos da una gran pista: El sentido de un final. ¿Qué habrá motivado a uno de los protagonistas, al amigo de juventud del narrador, Adrián, a acometer su final? Aquí es donde cabe la interpretación existencialista: la responsabilidad y la angustia; o, más bien la angustia no resuelta que deviene en suceso trágico. Ay, perdónenme la pedantería de esta última frase, pero es breve y exacta. El autor ya nos avisa de la influencia existencialista del protagonista no narrador, de su amigo, cuando este menciona una frase de Albert Camus: “El suicidio era la única cuestión realmente filosófica”, la auténtica, remacha Adrián, de la que dependen todas las demás. 
Pero no debo ser mal educada (esto es como hablar inglés entre dos habiendo un tercero presente desconocedor del idioma) e informar primero sobre el autor y la obra de manera general. Miro la cara de Julian Barnes en Google, leo su biografía y simpatizo con ambas. Nació en 1946 y además de lexicógrafo, me entero de que ha sido crítico de cine y editor literario.  Aparte de sus novelas firmadas con su nombre ha escrito también de temática policíaca utilizando de seudónimo el apellido de su mujer. De su biografía (me basta la de Wikipedia, por ahora)  me llama la atención que su mujer, Pat Kavanagh, lo abandonara durante un tiempo en los años ochenta y que mantuviera una relación amorosa con Jeanette Winterson, escritora inglesa. Luego regresó con el escritor y murió en 2008 de un tumor cerebral. Como siento bastante desconfianza de la fase “enamoramiento” del amor y sí tengo en gran estima a la del apego y el cariño (tan poco reivindicados  frente a la  amplitud de obras literarias y cinematográficas que abundan ensalzando la pasión amorosa, muy efímera, y tan errónea para medir el amor en sí a través de ella), mis simpatías aumentan cuando sé del gran dolor que le causó la muerte de su esposa. Pero mi agrado hacia este hombre se incrementa mucho más en el momento en el que me informo de sus miedos, que serán suyos, pero algunos también míos: en su caso a la muerte (en el mío a una enfermedad que me deje boba perdida) en medio del  insomnio nocturno; y,  a ambos, me da la sensación, se nos desdibujan los límites de la realidad en nuestros pánicos (a mí, a veces hasta en su interpretación, si me paso contemporizando).
Por este libro le dieron el premio Man Booker en 2011, tras haber sido finalista en tres ocasiones anteriores. Anagrama lo editó en papel en 2012 y consta de 192 págs. El argumento resumido, y a mi manera, es el siguiente: tres compañeros, entre ellos el protagonista Tony, contador de la historia, acoge a un nuevo amigo, muy inteligente, muy filósofo, Adrián, y la relación de todos  gravita sobre este nuevo compañero. Acaban los estudios en el colegio (similar a nuestra secundaria) e ingresan en la Universidad, cada uno en diferentes carreras. Toni se echa una novia, Verónica. Aquí he de decir que me sorprendió la manera fría en la que describe esta relación de su pasado; más que de novios cómplices, parecía que se trataba de contrincantes juveniles. Luego se dejan y tiempo después Adrián inicia amores con ella y avisa a Toni de ello. Este responde con una carta muy ofensiva cuyo recuerdo se le quedó bastante deformado en la memoria. Después de acabar la carrera se va durante seis meses a Estados Unidos. Cuando regresa a su casa se entera por su madre de que Adrián se ha suicidado. Ella cree que se suicidó porque era muy inteligente; afirma que si  se es tan inteligente hay que andar con cuidado por si acaso algo te desquicie. Al cabo de cuarenta años, Toni, el narrador, vuelve a indagar en esta historia después de recibir una extraña herencia. 
En la novela hay varios temas: por un lado, los engaños de  la propia memoria en el proceso de reconstrucción de nuestra biografía personal. Algo lógico, pues si nuestras percepciones presentes de la realidad más inmediata son engañosas, cuánto más no lo será la rememoración de nuestras vivencias lejanas en el tiempo. Toda autobiografía es una completa mentira, porque quien la  reconstruye no es ya, andando los años, la misma persona que vivió los hechos, por lo que los interpreta de distinto modo (y el recuerdo tiene mucho de interpretación). Nuestro afán por recordar  difumina unos sucesos, otros los exalta y los últimos los embellece. Es como si la memoria  utilizara una caña de pescar en un mar revuelto, y en ese afán por retrotraerse hacia el pasado, solo pillara lo que puede, en muchos casos desechos. Así, no me extraña la definición que realiza Adrián de la historia: “es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación”. La memoria imperfecta, desdibujada, desmemoriada, se mezcla con la ausencia de los datos objetivos e inventa o crea lo que puede o le es oportuno. 
Otra idea que me suscitó su lectura y en el que suelo caer cada cierto tiempo es si, como los delitos financieros, los errores morales prescriben del mismo modo. Pienso en ello por la mala conciencia y por el sentimiento de culpa que me sobreviene, de vez en cuando, si echo la mirada atrás y repaso situaciones que ahora exigirían de mí un comportamiento distinto. Me pregunto que qué tengo que ver con aquella individua de hace veinte o treinta años que cometió tal estupidez o trató a aquella otra persona con tanta necedad. Me cuestiono hasta dónde alcanza la responsabilidad de los actos del yo de hace cuarenta años. Y es que éstas son otras ideas de la novela: la responsabilidad, la angustia, el suicidio. Tema grande este del suicidio, más que un tema es todo un bloque complejo. 


Aquí me voy a permitir una anécdota: Me acuerdo de que en una de las pruebas de mi oposición a la enseñanza me tocó La libertad. En la exposición oral que tenía que realizar delante del tribunal, profesores de filosofía, me pidieron que ejemplificara el tema con una actividad concreta en el aula. Se me vino malamente a la cabeza la película Thelma y Louise, mencionada en un libro de actividades didácticas justo para La libertad y, ufana de poder rescatarla de mi memoria, la solté muy chula, creyendo que me dejarían tranquila, pese a que yo ni me acordaba bien de qué iba. Uno del tribunal pensó que me había pillado y quiso acorralarme: “Pero, ¿y cómo concilias  el final con el tema de la Libertad y cómo se lo plantearías al alumnado?”. Sopla, ¿y de qué carajo iba el final?: No me acordaba. Bien, pues seguí chulita (yo iba convencida de que mis respuestas iban a ser como la de los políticos, siempre para delante, aunque no tuviera ni puñetera idea): “Yo lo dejaría abierto, para que el alumno pudiera analizar y debatir las múltiples posibilidades que pudiesen darse en relación a la libertad”. Nuevo disparo de mi funcionario filósofo, un poco exasperado: “¡Pero es que la película acaba en un suicidio!”. ¿Ah, sí, termina en suicidio?; pues qué bien, me quedé pensando y concluí, lanzándome al precipicio: “Claro, el suicidio se relaciona directamente con la libertad. Ante él se pueden tener diversas posturas, la del que cree que es la expresión de la cobardía porque ve que la vida le supera y no tiene las fuerzas necesarias para afrontar sus avatares y la del que lo asume como un acto de tremenda libertad, en el sentido que tú decides acabar con ella, en la plenitud de tu conciencia. La vida nos las han dado sin uno elegirla pero la muerte la decides tú, ejerciendo tu libertad. Esta dualidad del concepto abre muchas posibilidades para el debate”. 

Bien, se quedó callado mirándome atravesado, pero lo ignoré a favor de la sonrisa burlona, más bien pícara, de otra componente del tribunal, que me pilló pero me entendió. Y Julian Barnes lo expresa así, coincidiendo, qué casualidad, con mi visión atrevida: “la vida es un don otorgado sin que nadie lo pida; que una persona racional tiene el deber filosófico de examinar tanto la naturaleza de la vida como las condiciones en que se presenta; y que si esa persona decide renunciar al don que nadie ha pedido, es un deber moral y humano aceptar las consecuencias de tal decisión”. Sé que el suicidio debe tratarse con mucho cuidado y, aunque no soy religiosa, sí supersticiosa y la propia muerte provocada por uno mismo me parece la más dramática, no solo para el causante sino sobre todo para su entorno.
El tema de la angustia, generada por la responsabilidad, está en relación a un hecho del que se ve responsable Adrián y que resuelve recurriendo al suicidio. No lo voy a contar porque esta obra es muy recomendable y cada uno debe sacar sus propias conclusiones. No debe ahuyentar al posible lector con el prejuicio de que es pesada o excesivamente filosófica. No, es sencilla de leer y hasta incluso refrescante, aunque esté mal decirlo por la temática compleja que toca. La he leído y la he releído con sumo gusto y aconsejo que le den una oportunidad.

©Ángeles Impíos, julio 2015


   

5 comentarios:

  1. Me resisto a creer que nadie que no conozca a este autor se resista -valga la redundancia- a leerlo después de tan magnífica exposición y argumentación de tu predilección por este autor. De esta tarde no pasa. Iré a la librería a comprarme el libro. Me has puesto la miel en los labios. A ver si me aporta algo diferente al Sísifo de Camus, que intenté hace años...
    Una vez más mi aplauso.

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  2. Por cierto, el dibujo, los dibujos, magníficos.

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  3. Muchas gracias de nuevo, mi fiel amiga recién descubierta, por todo el aliento y ayuda que me prestas. Le diré al autor de los dibujos que te gustan, a ver si lo estimulo y me los sigue haciendo.

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  4. Ángeles. Empiezo diciéndote, que es más interesante comentar sobre una reseña, cuando puedes hacerlo sobre la autora que lo realiza y,el libro que nos propone;si previamente( y es mi caso ),lo has leído antes .Y la verdad, es que me ha venido como anillo al dedo (por la edad del protagonista).
    La verdad, es que he tenido suerte, porque es una reseña que no conocía ( todas las del 2015 ).
    Cada uno tiene una manera de decir si un libro es excelente. La mía, es ir apuntando el numero de la página- y el parrafo- que me ha interesado mucho, para luego volver otra vez a ella.En este caso han sido muchas las páginas.
    Empezando por tu reseña,creo, que es la que más contundente que te he leído. Tus argumentaciones son muy precisas. El tema desde luego se las trae. Tu anécdota, es muy acertada,a la vez que muy divertida-- mira que no acordarte del final--, y ya ves que en ese caso que nos cuentas,tu memoria no deja de de ser precisa.
    Desde luego , la novela la tengo que volver a leer otra vez. El final me ha dejado muy confuso,y a la vez , asombrado.
    Nada que decir con el enfoque sobre el suicidio, que tiene la novela ( curioso lo que digo,no ),no tengo argumentos claros sobre el suicidio. Me sobrepasa ese tema,y todo el sentido que tiene la vida.Creo,que también se lo está preguntando todo el tiempo , su protagonista.
    Me gustaría apuntar tantos párrafos, que ya más que un comentario, parecería otra reseña.
    Uno por lo menos ( en tono de humor que tiene un montón esta novela),por lo que me toca, es la relación del alcohol con la calvicie, pag. 117. Genial¡¡
    Aprovecho, para preguntarte sobre un libro ( si lo has leído ), " El sentido de la vida " Gustavo Bueno. Me parece que esta dentro de su Filosofía Materialista.
    Como la reseña era un poco larga, ya ves que mi comentario también lo es, jeje.
    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Uf, no sé por dónde empezar. Siento tardar tanto en contestar. Casi se me pasa.
      Como veo coincidimos en este libro. Me alegro de que te haya gustado tanto como a mí. La anécdota (tuve que leer cuál era porque no recordaba a qué te referìas) fue verídica. De la película no me acordaba, pero la experiencia de pasar por mis oposiciones (menos mal que fue solo esa vez) la tengo bien grabada.
      El tema del suicidio es complicado. Como dices, es un tema que sobrepasa.
      No sabía que apuntaras las páginas que te llaman la atención. Yo a veces también lo he hecho. De este libro seguro que hay párrafos o frases que llaman la atención.
      No conozco ese libro de Gustavo Bueno. Puede que lo busque para ver qué tal.
      Bueno, Miguel, muy buenas noches y muchísimas gracias por leerme y comentar.
      Un abrazo.

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