Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: La chica nudista y el admirador de Jean-Paul Sartre. (Relato)

13 de julio de 2015

La chica nudista y el admirador de Jean-Paul Sartre. (Relato)


          Preámbulo


¿Será esto un relato o será una careta de narración con la que he cubierto esta exposición, breve, de Jean-Paul  Sartre? ¿Será una manera de ligar -o seducir- la historia que se narra aquí o será  una excusa de cuento para relatar de otro modo lo que quiero exponer de un filósofo?  Sigue leyendo, a ver qué opinas al final. Y no te extrañes mucho del tipo de conversación que entablan los protagonistas: yo recuerdo que en los años ochenta (imagino que en las décadas siguientes también) se mantenían charlas muy similares con intenciones variadas.   

             Relato-exposición

Alicia se había quedado planchada y sin novio. Juntos habían dado un paseo por el parque hacía unas cuantas horas y juntos, luego, se fueron a tomar una copa a la tasca de siempre.   Una discusión tonta  -y la mayoría lo son, porque las discusiones inteligentes no ahuyentan a los discutidores; al contrario, suelen enredarlos en el entramado de las palabras y  las ideas y, por eso, pierde el nombre de discusión para ser otra cosa- había propiciado que él se marchara. Alicia se quedó sola, pensando si su amadísimo novio provocó la trifulca para pelearse adrede, y tener así la oportunidad de estar sin verla varios días. No era nueva aquella situación, por lo que decidió, al estilo de Escarlata O`Hara, que ya pensaría en ello mañana, si es que llegaba a acordarse de él. Y es que de puro cansancio, las mismas conversaciones, las sempiternas respuestas, con su consiguiente análisis posterior, se le mezclaban en la cronología de su relación y estaban convirtiendo en banal cualquier riña a fuerza de repetirse.
El bar estaba cargado de humo, aunque a aquellas horas ni siquiera quedaba mucha gente. Pero había una atmósfera residual. Era una noche importante, pero ella aún no se había percatado y, en esos momentos, estaba pensando en irse a dormir. Desde que se fue su dichoso, dejándola allí sola, hacía media hora, no se había movido del sitio ni para ir al lavabo. Se impuso calma, aunque eran las once y media, al borde de la medianoche; pero tenía que  beberse la cerveza que ocupaba todavía media jarra.

Alicia era lo que se consideraba en aquella época, según qué círculos, una chica progre, y eso significaba independiente, con ideas propias, ideología de izquierdas, avanzada en costumbres  y que, si tu novio te dejaba plantada en un bar, no te ibas a ir con el rabo entre las piernas en pos de él; o, si a última hora, se rajaba y no te acompañaba a la playa nudista a la que habían acordado ir en la reciente Semana Santa, tú, hacías de tripas corazón, te envalentonabas y tenías que ir sola a desnudarte allí -porque siempre lo hacías, y así debía ser, acompañada o no, según los mandamientos de la Santa Biblia de la Progresía, porque practicabas nudismo por convicción propia, o eso querías creerte-, aunque luego no te pusieras boca arriba en la toalla, ni un solo segundo, para no darle gusto al avispero que se había creado a tu alrededor. Eras progre y debías aguantar el tipo, pero con matices.
Analizando la cuestión de los matices vio cómo se le acercaba a la mesa el último solitario del bar. Semejaba el triste de la noche.  No tenía mal aspecto, excepto el semblante ensimismado, por lo que no le puso ninguna cara de contrariada. Además, le sonaba de algo su rostro, su fisonomía, su modo de caminar, pero no se acordó de qué; quizá de verlo en aquel bar alguna otra vez, o de la Universidad, o de la Plaza (había  muchas plazas en el pueblo, pero sobre todo una en especial, La Plaza, donde se reunía todo el mundo, el de 16 a 26 años; el resto, como no era mundo, no existía). De cualquier modo, lo reconoció como a un igual: alto, flaco, barbita de días,  suéter holgado y, a simple vista,  tan progre como ella.  Sin pedirle permiso, ocupó el sitio abandonado por su novio y se quedó mirándola, mientras apoyaba su jarra en la mesa. Alicia  no lo interpeló; únicamente levantó las cejas e hizo una mueca inquisitiva, esperando.
-Hola, debería preguntarte si estás con alguien aquí; pero sé que no -indicó tras varios segundos-. Llevo viéndote desde hace un rato y pensé que quizá no te importaría acompañarme hasta que acabe el ron. ¿Te molesta que me haya sentado? -ante el movimiento negativo de ella, continuó-. Ando medio meditabundo y agradezco un poco de compañía. Hoy es para mí  una noche importante. ¿Sabes qué día es?
-¿15 de abril? -respondió con obviedad, aunque indecisa; no sabía si era  la respuesta acertada-. ¿Martes, 15 de abril de 1980?
-Esta noche acaba de morir Jean-Paul Sartre. La noticia se publicó antes en Francia, sobre las once de la noche de allí. Me llamó a casa un amigo que vive en París para comunicármelo y me vi impulsado a salir a la calle; necesitaba hablar con alguien. Ha muerto un gran filósofo -anunció el chico en un tono solemne, tristón.
-¿? -volvió a elevar las cejas.
-¿Lo conoces? ¿Te gusta la filosofía?
-Ni idea -se quedó primero callada, pero se obligó a hablar más para no parecer estúpida-. Apenas sé quién es; en clase, una vez, leímos fragmentos de alguna obra de teatro suya, pero nada más. Y en bachillerato intenté siempre escaquearme de las clases de Filosofía; me las daba una mala profesora que las convertía en insoportables. No sé ni cómo la aprobé. Pero no me agradó esa asignatura.
-Quizá no te guste, porque no te has metido a leerla, como tú dices. Sin embargo, tienes pinta de que no te da miedo pensar.
-¿Miedo a pensar? -preguntó extrañada-. ¿Qué ocurre, pensar muerde o qué? Me gusta leer; de hecho estudio filología. Y si te gusta leer te gustará pensar, reflexionar, supongo.
-No es tan sencillo; hay gente a quien parece que además de morderle le deja heridas profundas. La filosofía de Sartre, por ejemplo, es una filosofía que molesta o que molestó. Yo la he estudiado en la facultad y hoy, precisamente hoy, qué casualidad,  terminé de redactar un trabajo sobre una pequeña obra suya “El existencialismo es un humanismo”. Tuve que hacer un resumen y un comentario crítico para entregar el próximo viernes y me resultó muy interesante.
Alicia todavía no sabía qué pensar de aquel  tipo. Tenía un rostro agradable y una voz grave, como a ella le gustaban; no sólo se acercaba al estereotipo de hombre atractivo sino  estaba logrando que se le despertara algo su intriga. Y como no tenía ganas de irse exageró su atención; sería una victoria decirle a su novio  Ismael, el Rajado, que  permaneció en el bar hasta las dos o las tres de la madrugada; que él se enterara de que, por fin, se podía buscar la vida solita, a ver si así no la descuidaba tanto. El hecho de que fuera martes,  que tuviese clase al día siguiente y que no soliera trasnochar entre semanas eran factores disuasorios, pero ya se vería si la oportunidad iba a merecer una excepción.
-¿Por qué?  ¿Qué dice tan interesante?
-Dices que estudias filología, ¿has dado el existencialismo en literatura?
-Bueno, sé lo mínimo. Que era una corriente pesimista, que planteaba dilemas morales a los que el individuo tenía que enfrentarse en soledad. Que estás tú creando tu existencia, je, je, de ahí la palabra existencialismo, me imagino, y que no podías aferrarte a nada o nadie -se esforzó en recordar sus apuntes amarillentos para lucirse y no parecer borrica-.  Sé que Dostoievski con Crimen y Castigo expuso un desafío que se decía que era existencialista; que Unamuno refleja en algunas de sus obras parecida visión y que Kafka, cuando enfrenta a sus personajes a situaciones absurdas, ¿leíste La metamorfosis?, también se muestra existencialista.
-¡Vaya, cuánta sabiduría! -exclamó él, mirándola a través de una expresión nueva.
-Estudio Filología hispánica y tengo optativas de literatura universal, que me encanta.  No me interesa, por ahora, la filosofía, pero sí suelo estudiar lo que me agrada. Si te soy sincera, no sé, con exactitud, en qué consiste el existencialismo ni porqué esas obras se consideraban que lo eran -no quiso parecer una enterada; sí deseaba, en cambio, confraternizar con él y alentarlo a que hablara-. Me defiendo en las vaguedades. Si quieres ilustrarme un poco más, te doy carta blanca; pero hazlo entretenido, eh, que es muy tarde y la atención decae mientras avanza la noche. No me importaría que me hablaras de Sartre y de su teoría;  pero antes dime,  puesto que vas a ser mi profesor durante un ratito,  cómo te llamas y sí es correcto lo que te dije de Unamuno y los otros.
-Sí, sí lo es.  Lo expusiste bien, como introducción vale -hizo una breve pausa y sonrió leve, mientras fijaba su vista en la de ella- . Luego te digo mi nombre y no es necesario que me indiques el tuyo; sé que eres  Alicia... No te sorprendas; te explicaré en otro momento porqué me lo  sé.
-¿?-no dijo nada. Aparte de que no sabía el qué, intuía que sobraba cualquier comentario; se había quedado atada a los ojos negros y risueños que la miraban directa a los suyos. Y muy intrigada, está claro.
-De acuerdo, te cuento un poco. Pero si te aburro o no entiendes algo, párame. Pestañea tres veces mientras arrugas la naricita y lo entenderé, je, je. Bueno, corrientes existencialistas hubo varias. De hecho, los autores que nombraste -Dostoievski, Unamuno, Kafka- son anteriores al auge  del pensamiento de Sartre. La filosofía  de éste pertenece a lo que  se llamaría existencialismo ateo.  Pero la corriente surgió en Alemania hacia 1930 con filósofos como Jaspers o Heidegger y de allí se extiende al resto de Europa, sobre todo a Francia. Tuvo un antecedente en el siglo XIX, el primer considerado existencialista, aunque cristiano, de hecho era teólogo, el danés Soren Kierkegaard. ¿Te suena alguno de estos últimos que he nombrado?
-No -pensó mentir, pero para qué. Ya había intuido que no debía presumir todo el rato. Además, iba a permitirle que se luciera él, a ver hasta qué cotas llegaba.   
-Bueno, te confieso que yo tampoco sé muy bien de qué van; no los he estudiado en profundidad. Del existencialismo sartriano, ¿a qué te suena pedante esto último?, es para no repetir su nombre a cada instante-se disculpó guiñándole un ojo, el más festivo de los dos, puesto que la cara circunspecta que traía con él había desaparecido, como por arte de magia- , tendría que comenzar diciéndote que se desarrolló después de la Segunda Guerra Mundial. Surge a modo de respuesta ante la barbarie de la guerra; ante los crímenes cometidos y como una llamada ética, así lo vi mientras leía el libro, para que la gente asumiera su libertad y las consecuencias terribles que supone el mal empleo de ésta.
-¿El mal empleo de la libertad? -sonrió irónica- ¿eso a qué se refiere, al libertinaje del que me hablaba el cura orondo de mi bachillerato, previniéndome contra ella? La libertad que yo buscaba se convertía en la boca de aquel sacerdote, embutido en su larga sotana negra, en un monstruo que nos acechaba con mil peligros; sobre todo, a las vírgenes jovencitas. Desde entonces, la palabra libertinaje me repele.
-Ja, ja, no se trata de eso. Y sé que cura dices. A mí también me dio clases. Don Nicasio se llamaba.
-Ah, con que estudiaste donde yo. Pues no me acuerdo de verte.
-Claro, te llevo como dos o tres años.  Y como cosa rara, se ve que no te fijabas mucho en los chicos mayores; aunque, como siempre estabas rodeada de amigos, amigas también, a lo mejor no te alcanzaba el tiempo para echarle una ojeada a nadie más -volvió a picarle el ojo-. Volviendo al tema, el concepto de libertad del que habla Sartre es distinto. Sé a qué te refieres con la expresión de libertinaje, sin embargo, no es la que él describe. Pero déjame que vaya poco a poco. Y lo primero es contarte quién fue este  hombre, ¿verdad?
-Bien, bien… Antes, ¿pedimos otra cerveza? ¿Tú qué estás bebiendo?
-Un cubata, pero me apetece ahora una cervecita -Jesús levantó la mano y cuando obtuvo la atención del camarero, éste se acercó hasta ellos. Le pidió dos cañas y una tapa de aceitunas y, mientras se alejaba el barman, se entretuvo en observarla. “Y de qué modo contempla, si es de esos hombres peligrosos, que te envuelven entera con los ojos, sin prisas, como si te acariciara con ellos”, se le escaparon estos pensamientos a la chica. Él, ajeno a lo que pasaba por la cabeza de ella, pero no inocente del todo, respiró hondo y comenzó:
-Jean-Paul Sartre fue de amplios intereses. Aparte de filósofo,  escribió obras de teatro, novelas, artículos periodísticos y debido a él se acuñó el término existencialismo. Nació  casi con el siglo, 1905, en París, y allí estudió en la Escuela Normal Superior. Dos décadas más tarde, en 1929, conoció a Simone de Beauvoir, seguro que has oído hablar de ella, también escritora, filósofa, feminista, autora de El segundo sexo, y  compañera que permaneció a su lado durante toda su vida, aunque no compartían casa y cada uno disfrutaba, simultáneamente, de sus propios, y abundantísimos, escarceos sexuales aparte. Sí, no pongas esa cara: modernos que eran; practicaron el amor libre antes que los hippies y no tuvieron una relación normal en esa materia. Parece que fueron muy promiscuos y las malas lenguas rumoreaban que se intercambiaron amantes. Nada, algunos filósofos  creando caminos.
-Qué encantadores.
-Sí, pero siempre me digo que en cuestión de artistas, escritores, cantantes, filósofos, si es posible, mejor desligar sus vidas privadas de sus obras, aunque en este caso ellos no fueron muy cautelosos.
-Estoy contigo. La obra de un escritor puede ser muy admirable, aunque el tipo en cuestión, en su vida personal, sea un indeseable o muy vulgar en sus aspectos más cotidianos. Mejor no mitificar al personaje que escribe o publica cosas que nos puedan parecer bellas o interesantes porque, como ser humano, ha de tener las mismas servidumbres que cualquier otro individuo -enmudeció bruscamente mientras el camarero colocaba en la mesa las cervezas y la tapita-. Gracias, Gabriel -se lo agradeció antes de que fuera.
-Vaya, ves qué filósofa eres -y  qué guapa también, se dijo, de cerca más que de lejos, tal y como él suponía. Le gustaba su pelo largo, ondulado, casi rozándole el principio de algo que le encantaría tocar; sus ojos, pese a lo morena que era, tenían el color de la uva moscatel, por lo menos así le parecían dentro del bar; y su boca era roja, sin pintura, de labios no muy  gruesos pero sí bien dibujados. Tenía cara simpática, fresca, alegre. Y su cuerpo…Ya sabía cómo era su cuerpo, desnudo, sin ninguna ropa, aunque ella eso lo ignoraba. Y nada le gustaría más que  acariciarlo, despacio, a su antojo. Se esforzó por  volver a la conversación y escucharla con atención.  
-¿Eso es filosofía? Es una perogrullada; reflexión elemental -oyó que afirmaba, a la vez que veía cómo mordisqueaba despacito la aceituna verde, grande y apetitosa que tenía entre los dedos. Él se las comía de un bocado,  pero ella se entretenía jugando con calma, chupando y mordiéndolas poco a poco-. Me da miedo la gente que tiende a mitificar enseguida a cualquiera. El mismo afán que les conduce a elevar a alguien a las alturas es el que les impulsa luego a despreciarlo si se sienten desilusionados. Hay mucha irracionalidad, mucho pensamiento mágico, en la mitificación; y me dan pánico las conductas irracionales, temo que se vuelvan contra mí. Pero continúa, por favor.
-Ambos sacaron las oposiciones a la vez y ocuparon destinos en centros educativos distintos hasta que él ingresó en el ejército, a comienzos de  la II Guerra Mundial. Antes había publicado su primera novela  La náusea, que le trajo la fama. Fue prisionero de los alemanes durante un año, colaboró con la Resistencia francesa y, cuando acabó la guerra, fundó con Simone de Beauvoir y otros más la revista política, y literaria, Los Tiempos Modernos; no te lo digo en francés porque lo pronunciaría fatal. Ese mismo año dio una conferencia sobre El existencialismo es un humanismo, que publicó al siguiente y se convirtió en la obra de divulgación más conocida del existencialismo francés.
-¿Esa es la que me nombraste antes, no? De la que escribiste un análisis para este viernes.
-Cierto, ¿te quedan ánimos para que te la resuma?
-Claro que sí. Ya decidí que mañana no iré a la Universidad. ¿Para qué, si ya estoy recibiendo mi dosis educativa ahora,  sin tener que desplazarme ni hacer autoestop hasta La Laguna, aguantar el frío, o la majadería de los profes? Quién sabe si a partir de ahora comenzará a interesarme la Filosofía.
-Visto así es ventajoso esta clase con una cervecita delante. ¿Entonces, no te estoy cansando? -preguntó casi preocupado, aunque en realidad no lo estaba ni lo más mínimo, porque percibía su atención. Lo dijo más que nada para aparentar que no era un egocéntrico interesado en soltar su rollo -. No me gustaría aburrirte.
-No, en serio que no. Hasta ahora me has entretenido. Sigue hablándome de él. Y come de vez en cuando alguna aceituna; están buenísimas.
-Sí, sí, ya como. Sartre fue un filósofo muy implicado en cuestiones políticas. Hacia 1950 se afilia, durante unas semanas,  al Partido Comunista Francés. Luego se decepciona más tarde y llega a criticar las intervenciones militares soviéticas en Hungría  y  Checoslovaquia. En 1964 rechazó el Premio Nobel de Literatura, con la idea de que si lo aceptaba sería incoherente con su postura de escritor comprometido. Se opuso a la Guerra de Vietnam y organizó un tribunal para exponer los crímenes de guerra de Estados Unidos  junto a otros filósofos, como  Bertrand Russell. No pongas esa cara de extrañeza, te prometo no nombrar a más pensadores, no sea que se te haga un baile de nombres -Alicia asintió antes estas palabras con cara reconcentrada-. Durante el mayo francés de 1968 apoyó a los estudiantes y coqueteó con  la izquierda «maoísta». Hace unos nueve años, entre 1971 y 1972, comenzó a publicar El idiota de la familia  sobre  Gustave Flaubert, ¿lo conoces?, el de Madame Bovary, a quien identifica como su contrario y le realiza una interpretación existencialista. Y en los últimos tiempos ha estado casi ciego y aislado de la vida pública.
-Me leí Madame Bovary hace unos cuantos años. Me gustó mucho; de hecho, pasé a ella después de leer La regenta de Clarín y después de aquélla acabé en la  Ana Karenina de Tolstoi.  Las tres, más o menos, tratan el mismo tema: la infidelidad en el matrimonio y sus consecuencias terribles. Al final extraes la conclusión de que las esposas insatisfechas deben quedarse tranquilitas en sus hogares porque, si levantan el vuelo, les va a  ir peor. De todos modos, en aquella época, mejor destino no podría depararle a la mujer infiel. Ah, hay otra parecida, El amante de Lady Chatterley, pero ésa era más festiva y erótica.      
-Ajá, yo no me he leído ninguna. De literatura de ficción no sé gran cosa, pero ya me irás tú introduciendo poco a poco. ¿Fumas? ¿Quieres un cigarrillo? -En los años ochenta  la actitud hacia el tabaco era diferente a la de hoy en día. Fumaba casi todo el mundo y en todos los sitios: en los bares, en los cines, en las aulas, en las guaguas, por las calles. Había quien comenzaba antes de la secundaria y quien se iniciaba en los años del instituto; los más tardíos en la Universidad, de manera  paralela al consumo de marihuana. Aparte de ser una costumbre entre aquellos que aspiraban a ser tratados como adultos, entre los que tenían mucha prisa por independizarse, era un rasgo distintivo de un tipo de juventud femenina. Para las chicas suponía un modo más de diferenciarse de las más tradicionales; de las que se consideraban más buenas niñas, cuyo destino principal era ser una perfecta  madre y esposa. Las cajetillas todavía no venían ilustradas: no llevaban ningún aviso, con ninguna imagen morbosa, sobre  los peligros que entrañaban para la salud.
-¿Yo te voy a iniciar? Sí, dame uno- no sabía si recoger la alusiones a lo que él le acaba de proponer de que ella lo introduciría en la literatura; o, hacerse la loca para no forzar la situación; o, dejarla en suspenso todavía; pero no pudo resistirse y le preguntó, arrepintiéndose luego, de inmediato-. ¿Y eso?
-Claro, yo te voy explicando  cada día filosofía y tú a mí  literatura -se lo dijo mientras le aproximaba el cigarrillo, esperó a que ella lo asiera entre los labios y luego le acercó el mechero  prendido, mirándola a los ojos, siempre contemplándola. Alicia llevaba un rato percatándose de su manera de fijar la vista; también de su sonrisa,  de sus dientes  parejos y blancos; de sus manos grandes de uñas muy pequeñas,  rentes a las yemas del dedo, como le gustaban. Y como no, también había comenzado a notar, como mínimo desde hacía casi un cuarto de hora, desde que él arrojara las primeras miguitas que mostraban su  solicitud hacia  ella, emitida ésta a cuentagotas, que aquel hombre se le estaba empezando a enredar en su mente y en sus ganas. Alicia estaba  aprendiendo que la curiosidad que nos despierta el otro y la consciencia, asimismo, de que incitamos su interés, podía sentar los primeros posos de la atracción.
-Ah,… -hizo una pausa larga y dio una calada profunda al Coronas que presionaba entre los labios.- ¿Entonces? ¿Por qué el existencialismo es tan fabuloso? Anda, cuéntame el libro, que  la intriga me come.
-¿Intriga? De acuerdo, mi querida impaciente de ojos lindos -se atrevió y parece que no estuvo muy errado-. En 1945 Sartre dio una conferencia que fue bastante comentada días después y que dio pie a que al  año siguiente se publicara como obra escrita. El libro comienza intentando dar respuesta a una serie de críticas que había recibido; por un lado estaban los comunistas que le reprochaban que el existencialismo fuera una filosofía pasiva que no atendía a la solidaridad humana: se centraba en el hombre aislado y le hacía incapaz de captar a los demás. También estaban los que le acusaban de que mostraba lo más mezquino que anidaba en la naturaleza humana; otros, que era una filosofía que invitaba al  pesimismo. Y algunos  cristianos  argumentaban  que  si desaparecía el concepto de Dios y de eternidad, cada uno haría lo que quisiera (todo valdría) y el ser humano sería  incapaz de valorar los actos de los otros.
-Vale, entonces comienza la corriente sacudida por las críticas. ¿Tan polémico es lo que dice?
-Hay algunas ideas que chocan con la mentalidad cristiana, como ahora verás.
-Ajá, entonces Sartre lo que pretendía  con la publicación de este libro era responder a todos los reproches que había recibido.
-Exacto. Para los que identificaban al existencialismo con fealdad o con que reflejaba el lado malo de la naturaleza humana, les hace una comparación con el naturalismo. En literatura, esta tendencia refleja ese lado oscuro del ser humano; sin embargo, no parece asustar como las lecturas existencialistas.
-Es cierto que la literatura realista, dentro de ella está el naturalismo, suele representar una realidad no muy agradable. En las novelas que yo he leído, de Galdós o Emilio Zola, muchas veces se coloca como protagonista  a una persona llena de miserias y de rencores en medio de  una situación de pobreza; vaya, en un contexto no muy halagüeño. Son entretenidas, pero me deprimen.
-Ya, Sartre también nombra a Zola, y por eso es por lo que descarta esas críticas y sugiere que si en fondo no se rechazará su filosofía porque da a entender que el hombre tiene muchas elecciones a la hora de construir su vida y eso a algunos no parece gustarles -bebió un sorbo de cerveza y se echó a la boca una aceituna-. También afirma que la palabra se ha choteado demasiado; muchos ansiosos de novedades  se unieron a  “la moda existencialista”,  aunque en realidad no les iba a aportar nada en cuanto a escándalo. Según él, es la teoría menos escandalosa que existe.
-La verdad es que yo he oído muchas veces el término y aplicado siempre a situaciones  pesimistas, trascendentales, pero nunca he sabido exactamente qué significa.
-Sí, la palabra se oye mucho. Y supongo que si no se ha estudiado Filosofía  no se sabe qué quiere decir con precisión. También es porque se dieron varias tendencias. El mismo Sartre distinguió entre los  cristianos de confesión católica (Jaspers y Gabriel Marcel) y los ateos, entre quienes incluyó a Heidegger y a él mismo. Todos coincidían en que  la existencia es anterior a la esencia y que hay  partir de la subjetividad. Pero Sartre desarrolla esta idea desde presupuestos ateos. 
-¿Qué significa eso de que la existencia es anterior a la esencia? Esa expresión  durante un tiempo me intrigó. Y todo viene de una  vez que fui con mi grupo de amigos a una bodega y se unió a nosotros un par de tíos, amigos de otros que, en medio de una conversación, bastante alocada, y estimulada con los vasos de vino  y las costillas fritas, nos preguntó que si creíamos que la esencia era anterior a la existencia.
-¿Y qué le respondieron ustedes?
-No quedamos patidifusos. Uno que estaba comenzando Filosofía, al igual que tú, le exigió que se explicara, pero aquél respondió de modo confuso. O yo no le entendí nada. De todos modos, luego comentamos que lo que pretendía el pedante ése era sacarnos de nuestras casillas.  No venía a cuento la pregunta y menos en aquel sitio. Pensé que el tipo se la había inventado y con el tiempo supuse que no tenía ningún significado especial.
-Pues sí, posee uno específico. Antes  de explicártelo, dime: ¿tú crees en Dios?-le hizo la pegunta casi con cariño, suave, con la expresión franca. Y ella reparó en que le agradaba su manera de interrogar. No era incómoda como lo es cuando se elaboran preguntas desde la curiosidad malsana, inquisitiva o juzgadora; como aquéllas que buscan el fallo o la fractura que pueda haber en la vida de alguien, en su carácter; las que hurgan en su vulnerabilidad para dejarla desnuda o expuesta. Éstas parecían, más bien,  que deseaban conocer para confirmar desde   el aprecio o la sintonía previa. Eran del tipo, así lo transmitía su  leve sonrisa cómplice, de las que daba igual lo que se  contestase porque la simpatía no se iba a quebrar. Aun así, ella sólo hizo un gesto con los hombros, que él no supo interpretar  si  de duda o  de negación, pero prefirió dejarlo en el aire  y continuar con su discurso-. Te lo pegunto para ver si no te asustabas con lo que sostenía Sartre. Para él  Dios no existe y el hombre no posee una esencia innata, porque no hay ningún Dios para concebirla. Esencia es lo propio, lo permanente de cada uno. Por eso  afirma que "la existencia precede a la esencia”:  quiere decir que el hombre primero nace, se mueve en el mundo y poco a poco se va definiendo con todo lo que él haga consigo mismo; es el único que  tiene a su cargo su propia existencia y  el responsable de realizarla. Como si fuera un proyecto que se programa, que está bajo su exclusiva realización y nada hay  antes de ese proyecto.  ¿Comprendes, preciosa?
-Sí, sí, es facilito.  Y me parece lógico. Uno va creando su carácter y su vida con las experiencias que se reciben del entorno, de la educación, de la familia. Vamos, sencillo de asimilar y nada nuevo por ahora. 
-Bueno, no se refiere a eso, según me pareció entender. Sartre hace  más hincapié en la individualidad y en sus propias decisiones  más que en su entorno social o la educación recibida.  Insiste en que el ser humano  será  lo que él haya proyectado de sí mismo,  a través de cada uno de sus actos, de los que ha de ser muy responsable, y no la concepción previa que  ideó.
-Vale, evidente. ¿En qué se diferencia eso de lo que dije? -Frunció el ceño, y desde la mirada intensa de él, ese entrecejo arrugado fue percibido como un mohín encantadoramente sugestivo-. A ver, yo de pequeña quise ser arquitecta, pero si todo lo que hice en mi vida iba  en dirección contraria a ese deseo, no podré  serlo, sino bombera, si me dedicaba exclusivamente a apagar  incendios. ¿Qué tiene eso de raro?
-Ja, ja, en que, por ejemplo,  tendrás que presentarte a las pruebas para que te admitan de bombera, y si es eres mujer quizá lo tengas difícil, ¿no? Sartre pone el acento en lo que llama elección, decisión. Y la primera decisión que debe adoptar el ser humano es hacerse cargo de su proyecto. ¿Qué significa esto, me preguntarás? Que su vida no la puede poner en manos de nadie ni confiarse en nada porque depende de él; tiene que crearse a sí mismo, como si de una obra de arquitectura se tratara, pero, ¡ojo!, siempre teniendo en cuenta a los demás, porque en sus elecciones individuales compromete a toda la humanidad.  ¿Comprendes la diferencia? Para Sartre todo el peso recae en el propio individuo, no tanto en las influencias que ejercen quienes le rodean. Por eso asegura que a  través de los actos de cada uno se va formando un tipo de persona; de igual modo, escogiendo esto o aquello, se afirma el valor de lo que escogemos. Por ejemplo, como tú has elegido estudiar Filología hispánica, tú has convertido esa carrera en valiosa de cara a los demás. Cuando haces algo que es público exportas su valor; cuando te viste de una determinada manera o consumes un tipo de música o tabaco, los conviertes en apreciable para el que te ve. Ten, pues, mucho cuidado con tus acciones, porque eso afectará al resto de la humanidad.
-¿Ah, sí? Qué exageración. ¿Y cómo les afecta? Cuenta, venga. Tú sí que me estás afectando a mí: esta noche dormiré menos. ¿Pedimos otra cerveza?
-Por mí, bien. Aunque dentro de poco nos echan -levantó la mano y se le acercó de nuevo Gabriel, el camarero- Dos cervezas más y otra tapa. ¿Tienes algo más consistente que las aceitunas?
-¿Ensaladilla rusa?  Me parece que para un platito queda. También hay salpicón de pulpo.
-Yo prefiero  ensaladilla, sí a ti también te gusta. La preparan  muy bien aquí- aseguró Alicia, tomando el último sorbo de cerveza que le quedaba en la jarra.
-¿Y si trae de las dos tapas? -pidió su conformidad y ella asintió con un gesto.
-Todavía no me sé tu nombre y llevamos más de una hora hablando. ¿Será éste el momento en el que me desveles esa gran incógnita? Esta canción sí que me influye positivamente. ¿Te gusta?
-Sí, mucho: me encanta Old man. Habla del cuidador de su rancho, un hombre mayor, de quien dice que sus necesidades humanas, en el fondo, son iguales a las del músico, y a las de todo el mundo, vaya: muy buen tema. Y no, no, lo  voy a dejar en el misterio. Para que te inventes mi nombre. Anda, es broma, me llamo Jesús.


- Mira qué bien. Perfecto nombre para un ateo.
-¿Ateo? ¿Quién te dijo que soy ateo?
-¿Ah, no? ¿Pero no eres un seguidor de Sartre?
-Me puede resultar interesante su pensamiento, pero no comulgar con todo lo que afirma- sonreía burlón.
-De acuerdo, ¿entonces tú sólo comulgas en las iglesias?
-Puede ser. Me preguntaste antes que en qué afectaba tu decisión de estudiar filología en los demás- no se lo preguntaba, lo estaba afirmando y ella lo corroboró con la cabeza-. Sartre afirma “eligiéndome, elijo al hombre” y esto supone una gran responsabilidad; ésta, a su vez, genera angustia.
-¿Angustia? -interrumpió sorprendida- ¿No es un poco exagerado? ¿Por qué se sufre esa angustia?
-Sí, quizá sea extremista este concepto. Surge porque, según él, nos damos  cuenta de que no solamente tenemos que decidir realizar el programa que nos hemos querido dar a nosotros mismos sino, además, comportarnos como legisladores que debemos tener claro lo que está bien para, en consonancia, juzgar a los demás. Además de a nosotros elegimos a la humanidad  entera y, como somos conscientes de que nuestras decisiones la compromete, nos entra un  sentimiento de responsabilidad y  angustia por ese deber tan grande que se nos echa encima. La angustia es el peso de la responsabilidad; el miedo a no estar a la altura; el desasosiego ante la equivocación. No obstante, no todos la sienten. Algunos, incluso, la enmascaran o huyen de ella -volvió a detenerse para que el camarero, mientras servía, no oyera su charla. Regresó a su disertación, después de que se alejara con las jarras vacías -. En cada elección hemos preferido una opción frente a otras  posibilidades y, si ésta es errónea,  no podemos refugiarnos en nadie para eludir ese error. ¿Y esto qué nos supone? Que en la soledad en que nos encontramos, estamos desamparados ante nuestras decisiones y las consecuencias que implican éstas. Afirma luego que quien se fabrica un Dios, o echa la culpa de sus acciones a su esencia previa, o a sus pasiones, será un hombre de mala fe. Y ésta es una mentira cobarde porque trata de disimular la libertad total del hombre en sus compromisos. Funciona como defensa, si  disculpamos nuestros fallos pretextando que hay valores anteriores a nosotros que se nos imponen obligatoriamente, o que el ser humano tiene una esencia que le obliga a actuar en una dirección determinada.
-Respira, y tranquilo, despacio, que ahora estás nombrando otra cosa y se me escapan los conceptos. ¿Mala fe? ¿Eso qué es? ¿La cobardía del que se refugia en excusas porque no quiere asumir las consecuencias de sus actos?
-Sin duda. Si Dios no existe no podemos protegernos en él. Esto implica que el hombre está solo y es libre porque todo le está permitido. Ahora bien, esto no significa, como muchos han creído, desmanes a diestro y siniestro. Es todo lo  contrario, saber que sólo nos tenemos a nosotros mismos nos crea un sentimiento de responsabilidad trágica si somos  conscientes de que somos libres y de que no hay ningún ser superior que nos  indique el camino. Desprotegidos, libres y morales, en definitiva.
-Luego, no existe Dios. Entonces acerté cuando dije que no comulgabas con Él.
-Ja, ja. Lo quieres saber todo en una sola noche. Despacio. Te decía que estamos arrojados a la existencia, al mundo real, y  “condenados a ser  libres" por lo que siempre estamos construyéndonos. Incluso en las circunstancias más extremas, desde que haya más de una opción, aunque éstas sean terribles, hay un margen de libertad. En palabras de Sartre “el cobarde se hace cobarde, el héroe se hace héroe; hay siempre para el cobarde una posibilidad de no ser más cobarde y para el héroe la de dejar de  ser héroe”. Lo que cuenta, pues, es el compromiso total en el conjunto de nuestras acciones. Bueno, ¿y qué opinas hasta ahora?
-Lo de condenado a ser libre… Siempre pensé que la libertad era un privilegio, una ventaja. A ver si te entendí; me invento un ejemplo para aplicarlo: estoy prisionera junto a un ser querido y me dicen que sólo  uno de los dos puede salvarse y que la decisión recae en mis manos; yo elijo liberarme a mí…
-Y ésa sería la mejor decisión del mundo.  Yo la aplaudiría hasta la eternidad.
Alicia otra vez no quiso darse por aludida, aunque le agradó el comentario; sin embargo,  ahora  la mirada directa y prolongada de él hacia todo su rostro la estaba inquietando un poco,  la estaba poniendo nerviosa. Se le mezclaban dos sensaciones contrapuestas; por un lado, se sentía muy a gusto a su lado: tranquila, aceptada previamente; pero se daba cuenta de que se estaba exigiendo a sí misma estar a su altura. Quería gustarle, agradarlo, ¿enamorarlo?
-Yo elijo  liberarme a mí, por lo que la persona que me acompañaba en la cárcel, muere por mi decisión. ¿Cuándo salga me podrían reprochar mi elección porque tuve la libertad de escoger entre dos opciones y pude haberlo hecho  de otra manera? ¿Me podrían censurar que, habiendo elegido la salvación de él, haya votado por la mía, pese a que los márgenes de libertad de los que disponía eran muy estrechos?
-Por supuesto que sí, preciosa -segunda vez que la llamaba preciosa-.  Él tiene una concepción muy dramática o radical, si quieres, sobre la libertad. Sartre insiste en que si bien es posible elegir en una dirección, no es posible no elegir: siempre escogemos incluso cuando no lo hacemos. Si tú decides quedarte en la inacción, ya has decidido, ¿comprendes? De ahí el cuidado que implica lo que hacemos, bajo el peso de las circunstancias, sabiendo cómo afectarán  a los demás. Oye, me encanta la ensaladilla.  Y no has comido nada de salpicón. Está muy sabroso también.
-Sí, pero no tengo mucha hambre. Escucha, hay ideas con las que no estoy muy de acuerdo. A ver si las expreso con claridad y me entiendes. Vale que utilizar excusas para protegerte de tus errores o de tus malas acciones no sea correcto, pero eliminar todas las determinaciones es una exageración. Se puede aceptar que somos libres y que, incluso, en condiciones extremas, siempre hay un camino; pero, no creo que todo el mundo  construya su vida en las mismas condiciones y que las opciones sean iguales de amplias para toda la humanidad. Mientras unos pueden disfrutar de múltiples expectativas y pueden asumir en mejores circunstancias las repercusiones de sus actos, otros tienen unos márgenes de acción mucho más restringidos. A mí me parece que hablar de libertad, de decisión, de actos, de compromiso, de mala fe, sin tener en cuenta las diversas situaciones, algunas muy dramáticas y  frustrantes, en las que se pueden encontrar muchas personas (estoy pensando en el Tercer Mundo o, sin irme tan lejos, en personas gravemente enfermas, como mi hermana, que tiene un enfermedad degenerativa) cuando viven en un entorno hostil, que no han querido, parece que es pensar desde el  punto de vista de quien se encuentra en un contexto privilegiado.  Hay gente que vive en condiciones tan malas, y sus límites de libertad tan cortos, que hasta parece un abuso exigirle una gran responsabilidad cuando comete un disparate. ¿El tipo de sociedad en la que vivimos no tiene parte de culpa en lo que somos?
-Tienes parte de razón, mi pequeña filósofa. La relación entre sociedad e individuo es compleja. Es cierto que hay situaciones tan determinantes que no dejan mucho margen para la libertad ni para elegir si quieres levantarte por la mañana.  Lo siento por tu hermana, ¿de qué está enferma?
-Algún día te lo cuento con mucho detalle, ¿vale? Ahora acábame  Sartre que nos están cerrando.

Se fijó en que el camarero había colocado algunas sillas sobre la mesa y tenía la fregona preparada y  apoyada en una esquina. Apenas quedaban clientes y las luces se habían atenuado. El reloj marcaba las dos menos diez y había bajado casi al mínimo el volumen de la música.
-¿Nos vamos? ¿Vives muy lejos? ¿Te acerco a tu casa?
La pillaron desprevenidas las preguntas; sin embargo, en situaciones parecidas ella se había conducido como una experta jugadora de ajedrez, adelantándose a las posibles estrategias  del contrincante; en prevención a escenas incómodas, solía  avanzar minutos antes lo que se sería su comportamiento futuro, con la intención de escaparse con soltura, sin quedar en el ridículo. Esta vez, él se le adelantó y Alicia se quedó sopesando las connotaciones de “llevar a tu casa”. No quería, por ahora, verse enredada en ningún tipo de avatar sexual; le gustaba demasiado aquel chico y las tres cervezas no le nublaron tanto el juicio  como para rendirse por completo a su encanto promisorio e inmediato. Se puso a analizar para sus adentros cómo se comportarían ambos en el interior del coche. Menos mal, se tranquilizó  de pronto, al darse cuenta de que no llevaba ninguna minifalda que ascendiera peligrosamente   por el muslo, mientras se acomodara a su lado o cerrara la portezuela. Usaba un pantalón largo y  un suéter holgado; pero, por experiencia, sabía que ese atuendo no supondría ningún obstáculo si las intenciones eran lo suficientemente lúbricas. Iría sentada a su lado, ¿callados? ¿Seguirían hablando de  Sartre? Su casa estaba a dos kilómetros y  solía regresar en taxi. Antes de llegar, en la misma carretera general, había un descampado, ¿y si a  Jesús se le ocurría detenerse? No, ella no deseaba nada de sexo esa noche: él le gustaba mucho.  ¿Se atrevería  a ponerle alguna excusa si pretendía intentarlo? Pero si se negaba a que la llevara sería vista como ñoña  o absurda. Qué pretexto podría inventar  para decirle que iría en taxi o qué actitud adoptaría en el coche para que notara que ella, esa noche, no iba a tener sexo con él. Cómo negarse sin parecer una estrecha. Intentó ganar tiempo para fabricar una buena respuesta.
-¿Tienes coche? Qué suerte. Yo siempre voy en autoestop a todos lados.  Sobre todo a la Universidad. A mi casa suelo ir en taxi si es muy de noche.
 -Pobrecita que no tiene quien la lleve, ¿Te queda mucho para terminar la carrera?
-Estoy en cuarto. ¿Tú acabaste ya, no?
-Casi, voy por quinto; perdí un año porque antes comencé Químicas y allá, por enero, me di cuenta de que los gases nobles no me tiraban tanto como para estar cinco años con ellos. Ahora, estoy con muchas ganas de acabar; un poco harto de algunas cosas. Sin embargo, me he enganchado más que en cursos pasados. Ha habido muchas optativas cuatrimestrales y he ido eligiendo las que me van dando más posibilidades de crítica.
-Muy bien. ¿Y luego, doctorado, enseñanza?
-Uff, no sé. ¿Llevarte a ti a la facultad? ¿Esperarte en la cafetería o la biblioteca hasta que salgas? ¿Qué me aconsejas?
-Ah, que me esperes en la biblioteca reuniendo notas para mis trabajos, leyendo La Regenta de Clarín o Fortunata y Jacinta de Galdós. Así, cositas flaquitas y muy amenas. Y después todos sus Episodios Nacionales, que voy a redactar la tesina sobre ellos.  
-¿En serio?
-Muy, muy en serio. Entusiasmadísima que ando por devorarlos. ¡Más de cuarenta libros! ¿Has visto algo más apetecible? Y la investigación lo mismo me sirve para Hispánicas que para Historia de España (dos por una). Pero mira -intentó volver a un tono  más formal -, todavía no sé porque dices que el existencialismo es un humanismo.
-Ah, todavía tienes más ganas. Buena alumna.  Porque se centra en el ser humano -hizo una pausa larga mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla, le ofreció otro a ella que rechazó con la cabeza, y después lo encendió con parsimonia-. Éste está siempre proyectándose y saliendo fuera de sí para realizarse como persona. Sartre  hasta nombra una condición humana que poseemos, o unas características  comunes que todos compartimos, como son estar arrojados al mundo; tener el  deber de trabajar;  vivir en medio de los demás y ser mortales (por mucho que no nos guste e inventemos cómo no serlo, esto lo añado yo). También dice que el problema no reside en la existencia o no de Dios sino en que  el hombre se encuentre a sí mismo y se dé cuenta de que no hay nada que pueda salvarlo de él, de su libertad y de las repercusiones que tienen sus decisiones en los demás.
-Por lo me dices continuamente la filosofía de Sartre siempre tiene en cuenta a los demás, ¿correcto? Pues ya tengo algo claro.
-Sí, por supuesto. Según él, los otros pueden ser  el infierno si nos niegan o nuestra  salvación si nos aceptan.
-Explícame  un poco, así evito precipitarme interpretándolo.
-Significa que a través de la conciencia del “nosotros” descubrimos a los otros como  diferentes y como seres libres también. Nos damos cuenta de que sin la existencia de los demás,  nosotros no somos nada: ellos son necesarios, si me reconocen y me aceptan, para que yo me descubra y pueda ser yo mismo. Ah, pero los otros son libres de hacerlo o no.  Si me niegan, me condenan; si se comunican conmigo, me salvan.  Como ves, es una filosofía atea, pero muy moral.
-Okey. Choca un poco con la idea de individualismo y avance propio, independiente,  que circula tanto por ahí, sobre todo, entre nosotros, los jóvenes. Creo que tenemos bastante en cuenta  a los demás pero no nos gusta reconocerlo.
-Exacto. Por eso a nuestra edad hay otro filósofo que suele tener más adeptos.
-¡Nietzsche! -lo interrumpió brusca, pero contenta, satisfecha de acordarse, y un punto   zalamera, a esas horas.
- Sí, mi nena. ¿Pero no dices que no te gustaba la filosofía? Qué no sabías nada... Pero si eres una empollona.  
-No, pero de ése si me acuerdo un poco. Y en la carrera se nombra. Tampoco sé de qué va. No sé si es el que dijo que la religión es el opio del pueblo.
-Casi, casi. Esa frase es de Marx. Nietzsche hablaba de la muerte de Dios.
-¿Muerte de Dios? Bueno, eso para otro día. Todavía tengo que digerir al tal Sartre éste.
- Muy bien, señorita. Yo a su completo servicio. Este domingo, si quieres, continuamos la clase. Podríamos ir a la playa,  luego vamos a picar algo por ahí y nos seguimos ilustrando mutuamente. ¿Cómo lo ves?- por fin se lanzó. Es lo que había planeado desde el principio, pero tanteando, y a lo tonto, le había costado todo un filósofo. Y todavía no tenía claro si tan bien se lo había pasado él en aquella exposición. A ver los frutos.
-¿A la playa? Estos días ha hecho buen tiempo; pero creo que está cambiando -No, no quería ir a la playa con él. Alicia practicaba  nudismo y no deseaba que la viera en cueros tan pronto. Estaría muy incómoda, pensando en sus defectos bajo una luz demasiado intensa, la del sol, y a  la hora menos propicia para que sus desnudeces se recubrieran  con el velo del deseo que perdona hasta unos pechos pequeños o un culo no demasiado prominente. O por lo menos, ella, al mediodía, tenía una visión de la realidad muy cruda. Y le parecía precipitado  mostrarse ya. Si Jesús no le importara le habría dado igual. Pero, de pronto, tenía vergüenza anticipada y no sabría muy bien cuál sería su conducta  con él a solas exhibiéndose completa, vulnerable y acomplejada. Fue ahí cuando se dio cuenta de que la atraía muchísimo. En biquini, sí podría lucirse, sabía que estaba muy guapa con uno  amarillo y marrón que utilizaba cuando iba a la piscina con su sobrina. Pero no iría a su playa, ya había estado bastante allí, incluso sola, hacía unas semanas,  durante la Semana Santa-. ¿Y a cuál iríamos? ¿Te parece al Bollullo? El restaurante está cerca y podemos comer allí si nos llueve.  
No era el Bollullo el objetivo de sus propósitos. No precisamente. Solía estar lleno de gente, críos, padres y madres de familia. Tenía muy claro que de la chica le gustaba su físico; la conocía de vista, de oídas, de tropezársela, de referencias, de su hermano también, desde hacía años. La había visto por la Universidad cargada de libros, la había divisado en conciertos, cantando y bailando muy animada, y la había observado desnuda, muy desnuda, en la playa de Los Patos, con aquel novio suyo, que tenía aspecto de pasar de ella. Y conocía su  cuerpo precioso; una figura esbelta, de redondeces justas, y que había contemplado como había podido desde varios ángulos, con disimulo, confundido entre los amigotes. Ella nunca se había dado cuenta, pendiente tanto de las amigas con las que solía ir  como del suertudo novio; o prestándole atención a sus libros, a las pelotas y raquetas que solía llevar. Tampoco se enteró  la última vez  que estuvo sola, boca abajo, casi sin levantarse de la toalla. Y su hermano Javier, hace unos años, lo había mareado lo suficiente como para que a él se le despertara el interés. Estuvieron ennoviados, hacía mucho tiempo, en el instituto, y sólo durante unas semanas. Ella lo dejó y  él anduvo desconsolado unos pocos meses, hasta que la sustituyó por su novia actual, con quien  llevaba cuatro años. Seguro que ya la  había olvidado por completo, pero a Jesús, sin embargo, se le quedó la curiosidad y, cuando la veía, según de qué modos, el apetito.  
-De acuerdo, donde tú quieras. Yo suelo ir mucho al Bollullo. Aunque nunca me he tropezado contigo por allí.  Es buena idea y es cierto que está el restaurante cerca -se podía dar por  satisfecho de haber conseguido una cita, así a lo bobo, sin planificarlo mucho. Ya habría días para ir a Los Patos. Aunque vio con pena cómo volaba de su imaginación la parte más lejana, y  aislada, de la playa, a que no solía adentrarse nadie. Pero reconoció que no era conveniente la precipitación; aunque si esa noche se daba la oportunidad… Entonces sí que no habría que ir a juguetear con la arena a la orilla de ningún mar.
-Últimamente no voy mucho a la playa. Oye, yo tengo novio. No sé qué tal le sentará a él que vaya con otro por ahí o quede para comer. ¿Tú cómo ves eso? ¿Te parece bien?
-Bueno, sólo vamos de manera amistosa. Para compartir sol, conversación y libros, nada más -“y lo que se tercie si te convenzo y te dejas”, se le completó en el pensamiento y esperó que no se le notara la apetencia en el gesto o en su arrobo hacia ella -¿No te deja tener amigos?-  Decidió apostar con riesgo; había captado que la audacia verbal, hasta un punto, no la hería- ¿Y qué más da que se entere si no vas a durar mucho con él? Lo vas a dejar en los próximos días.
-¡Vaya, no me digas!- la expresión de asombro los sorprendió a ambos.  Ella, como no se esperaba esa observación,  se dio cuenta de que le había salido un tono un más agudo de lo habitual. A él porque en su inseguridad, temió ser demasiado chulesco, pero ya estaba dicho. Ahora le tocaba ser chulo con gracia. La estaba viendo y aprendiéndola. Y quien más pronto conoce, más pronto vence-. ¿Y en qué te basas para decir eso?
-En que no está aquí contigo, por ejemplo -“Y en que te ha dejado ir sola a la playa, a exponerte delante de muchos lobos”, continuó pero no dijo, expulsando despacio una bocanada de humo hacia un lado y acercándole la cajetilla que ella observaba y hacía  el gesto de coger -, en que no hace buena pareja contigo. ¿Y qué quieres que más te diga? ¿Qué serás mi mujer, la madre de mis hijos y a mí sí que no me gustaría que tuvieras novio mientras estés casándote conmigo? -le aproximó al rostro el mechero, para que prendiera el cigarrillo, y los  ojos negros fijos, de modo casi hipnótico, en los verdosos.  ¿Quién dijo aquello de que París bien valía una misa? Y es que en aquel instante se casaría con ella, por supuesto que sí. Frente a aquella boca roja no era consciente de que el mañana, con las luces turbias del amanecer, o los ojos empañados por las legañas, ya hablaría, o le aullaría, más bien, con fuertes alaridos. Pero quién iba a acordarse en aquel instante de otras noches ni de otras bocas, pasadas, e igual de rojas y jugosas a la que tenía delante.  
-¡Guau! -sólo le salió esa exclamación; luego se calló. Aquello merecía una contestación irónica, más bien mordaz, pero no se le ocurrió ninguna aguda en aquel momento y no iba con ella  deshacerse en aspavientos timoratos o expresiones de sorpresa indignados.  Es verdad que llevaba un tiempo que pensaba que su amor por Ismael estaba muriendo poquito a poco. Era ella la que solía empeñarse en casi todo lo que había formado su pareja. Excepto el proceso de conquista,  que fue iniciado por él hacía ya unos dos años, todo el peso consiguiente de la relación recaía en sus espaldas, una vez se hubo rendido a su seducción. Las primeras semanas fueron dichosas pero, a medida que iban transcurriendo los meses, se encontraba con más frecuencia en el rol de ser la animosa,  la más entregada de la pareja; esto contribuía a que su orgullo se resintiera un tanto. Además de que continuamente tenía que vencer la desgana y la apatía de él ante todo lo que ella proponía, debía, y eso era lo peor, silenciar las voces de los celos que la acuciaban con persistencia. Sin embargo, a veces no podía acallarlas, porque las voces se convertían en rugidos ante los hechos evidentes que le contaba una amiga caritativa, o que ella veía. Era consciente de quién amaba más; él, sencillamente, se dejaba querer, aunque tampoco siempre. Por eso aprovechaba cualquier excusa  para disfrazarse de indignado y provocar la ruptura. Y solía ser ella la que después de unos días lo llamaba, o se hacía la encontradiza en los bares que frecuentaban y lo enredaba para enamorarlo de nuevo. Aunque decir enamorarlo era echarle mucho romanticismo al asunto, más bien enredarlo en triquiñuelas eróticas. Él se dejaba hacer y luego ya permanecía a su lado, hasta la próxima vez. Estas escenas llevan tiempo repitiéndose; aunque las primeras veces la dejaron seca de lágrimas, con la autoestima resquebrajada, ahora cada vez le importaban menos y tardaba más en buscarlo.  Por eso, las palabras de Jesús se asemejaban a un bálsamo reparador. No obstante, decidió no darse por aludida ante lo que él estaba diciendo. “Dejarlo estar, cambiar de tema, saltarme la respuesta; así no sabrá si me agradó o no. Tampoco yo lo sé del todo”, concluyó.
-¿Y el profesor ya acabó la clase? Tengo una duda, ¿Sartre dice algo de cómo se crea ese proyecto de vida que propone? -preguntó al tuntún sin tener muy claro si le interesaba mucho la respuesta. Pero sí que debía salir de aquel  embrollo.
-Queda poquito. A ver,  me olvido de tus  turbadores ojos verdes, me concentro y acabo ya. Pero vamos saliendo del bar. Creo que ya no podemos estar más aquí. Te lo cuento por el camino.
En efecto, ya la puerta de la tasca estaba cerrada y la música de Neil Young, que les había acompañado durante toda la conversación, sólo a ratos intercambiada por la de Van Morrison, había cesado por completo. Las luces de la barra estaban apagadas y Gabriel había colocado la mayor parte de las sillas sobre las mesas. Se despidieron de él dándole las gracias por aguantarlos tanto y salieron al comienzo de la madrugada fría del 16 de abril de 1980. Como si tuvieran claro la trayectoria a seguir, ambos se dirigieron hacia la plaza principal, la que se mencionaba en mayúscula, caminando despacio. El bar se encontraba en una callejuela estrecha, llena de casas pequeñas antiguas. La calle era de una sola dirección y para ir hacia La Plaza debían subir unas escaleras, que daban a un puente y pasaban desapercibidas porque se habían aprovechado como parte de la calzada  de la avenida principal del pueblo. A la mitad de ésta, otras escaleras, pequeñas, de cuatro o cinco peldaños, ascendían  comunicando con la plaza principal. Él había aparcado el coche en un extremo de ella. Pero todavía no habían llegado hasta allí. Fue saliendo de la callejuela estrecha, la del bar, cuando Jesús continuó la exposición:
-Para él ese proyecto  se ha de construir, una y otra vez, eligiendo y entendiendo los de los demás, con independencia de la época en que se hallen.  Siempre teniendo en cuenta que, como no hay un guía que nos marque el camino, las elecciones morales que decidimos las realizamos sin valores preestablecidos con antelación. Sartre piensa así porque no cree en el progreso humano. Dice que el progreso es una mejora, pero la persona, genérica, se entiende, siempre es la misma, lo que cambia son los diferentes escenarios con los que se tropieza a lo largo de la historia y el modo en que los afronta. Estas elecciones han de ser valoradas, en consecuencia, dentro del  ambiente en que se han producido. Y, me repito, si sabemos ya que nos elegimos frente a los otros, en una situación libre, actuaríamos de mala fe si  justificamos nuestros actos recurriendo a los pretextos de las pasiones o los determinismos. Como te dije, la libertad se busca a sí misma en relación con cada circunstancia particular, porque a la vez que la mía depende de los demás, la de éstos depende de mí. Bien, creo que he acabado lo más fundamental, aparte de que me parece que ya estás un poco cansadita -era evidente los esfuerzos de ella para ahuyentar el cansancio, mientras subía la escalera que daba a la  Avenida. Aun así no pudo reprimir el bostezo, aunque también fue expulsado un poco desde la mala uva; de pronto, le dieron ganas de bajarle algún humo que había percibido que se le elevaba de vez en cuando, además de comprender la conveniencia de aparentar algo de indiferencia -¿Qué te ha parecido? Lo entendiste bien, ¿verdad? ¿O te doy la clase de recuperación  otro día?
  -Espera, déjame hacer los resúmenes y los esquemas en casa primero. Y el examen que sea de completar, ¿eh?- suspiró, exhaló la última bocanada del cigarro antes de tirarlo al suelo y pisarlo con su botín- Ahora, en serio, nunca había pensado en la idea de que si existe Dios no puede existir el hombre. Bueno, en realidad el tema de un Creador nunca me ha preocupado mucho. Antes me preguntaste si yo creía. Pues no lo sé. En mi casa apenas me dieron educación religiosa, sólo la necesaria para cumplir con las ceremonias. Sólo he visto ir a mis padres a misa en las ocasiones señaladas y siempre ha sido un tema al que no le he dedicado mucha atención. Un profesor que tengo de la facultad afirmó una vez que él era agnóstico y me convenció el término, es más diplomático que ateo y, bueno, en realidad, no lo he visto pero no sé si lo veré algún día, y entre que me interesa poco el asunto, pues quizá sea agnóstica. Lo que me llama la atención de lo que dice Sartre es, evidentemente, que si Dios no está, sólo existe el ser humano, su vida y lo que quiera hacer él con ella.  Si Dios es omnipotente y omnisciente para el juicio final por qué no lo fue para la planificación del mundo y del hombre originario. ¿A cuenta de qué inventarse a alguien tan imperfecto en un mundo tan lleno de catástrofes si se pudieron evitar? ¿A qué comportarse igual que mi primo con sus muñequitos de Playmobil cuando está enfadado? Y a mí lo del libre albedrío no me cuadra. Me parece un apaño para salvar el concepto de Dios. ¿Qué culpa tiene la gente que lo está pasando mal del albedrío de quien se lo pasan de aúpa  pisoteando a los otros?
-Muy de acuerdo contigo, sin duda. Yo pienso que la idea de Dios puede dar tranquilidad y confianza a un ser desvalido; afirmar su  existencia  implica que parte del azar y de la incertidumbre de los asuntos humanos se reducen. Pensar que existe Dios proporciona confianza al que cree y le sirve, además, para delegar responsabilidades y para crear una autoconciencia poderosa en la que nos atribuimos una importancia desmesurada. Sirve para colocarnos por encima de todo lo que hay en el Universo e intentar someterlo a nuestro control. Porque no solo nos creemos de lo mejorcito que ha habido  sobre la Tierra, sino nos arrogamos todos los derechos a dominar a todos los demás seres y esos privilegios nos lo han concedido las religiones, al darnos el papel de amos y señores de todo lo que hay. Y puede que la religión tuviera su función en otras épocas en la que no había ciencia que explicara el mundo o el surgimiento de la vida. ¿Pero ahora? En el caso de nosotros, los hombres concretos,  también la religión nos dio el poder sobre la mujer. Dios está hecho a imagen y semejanza del varón ¿o era al revés? Somos muy autocomplaciente y vanidosos.
-¿Tú eres autocomplaciente? ¿Eres vanidoso?
Él la miró de manera oblicua. Qué significaba esa pregunta. Esperó un rato sin contestar, pero ella lo miraba. Calibró qué debía responder. Intuía que ella lo estaba analizando y quería acertar en la diana con  la respuesta. Despacio, siempre mirándola, contestó:
-A veces soy vanidoso y otras veces muy humilde. Según las circunstancias, según lo que sepa, según con quien esté, según el día, según lo crecido o lo hundido que me encuentres. ¿Y tú?
-También. Lo has expresado bien. ¿Sueles estar hundido muchas veces?
-Ja, ja, a veces.
Semejaban dos contrincantes jugando al juego del amor: una del enamoramiento; el otro de la seducción. Me gustaría saber quién ganará, pero este relato está acabando.
-¿Y te sientes solo cuando estás así?
-¿Me siento solo? ¿Por qué esa pregunta? ¿Te gustaría acompañarme cuando me encuentre así? A mí sí me gustaría que lo hicieras.
Ella no contestó. Estaban entrando a La Plaza; entonces, lo miró sonriendo y le preguntó:
-¿Qué? ¿Entonces me llevas a mi casa?





Epílogo

Jean Paul Sartre antes se impartía en nuestro sistema educativo, en COU. Luego desapareció, pero a mí siempre me pareció muy grave que el último autor que se diera de manera oficial, por lo menos en Canarias, fuera Nietzsche, quien murió en 1900. Es necesario ofrecer al alumnado, y al mundo,  pensadores tanto del siglo XX  como de éste. Que no crea la gente que la Filosofía se reduce a  Platón o a Aristóteles y que, por eso,  ya murió.  Se sigue pensando, claro que sí, y siempre, mientras exista el ser humano. Acercar la filosofía a personas que no la han estudiado en profundidad, pienso que es un esfuerzo que redunda en beneficios de todos.

Bibliografía:

Sartre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo. Barcelona editorial Edhasa, 1989.

Pinchando en la siguiente web, está el texto en pdf:  

Para otras consultas:

Fidalgo, Feliciano. Murió Sartre, filósofo, escritor y hombre de acción. París, 16 de abril de 1980. Disponible en: http://elpais.com/diario/1980/04/16/sociedad/324684001_850215.html
Abbagnano, Nicolás.  Historia de la Filosofía. Barcelona. Horas, S.A., 1982.
Cohen-Solal, Annie. Sartre. Barcelona. Edhasa, 1990.
Echegoyen Olleta, Javier. Historia de la Filosofía. Volumen III. Madrid. Enidumen. 1997. Disponible en:

La siguiente web también ofrece buena información: http://www.alcoberro.info


Angeles Impíos, julio 2015                            





8 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena, me ha encantado!
    -He descubierto con tu relato que Erich Fromm era existencialista o Sartriano...Me leí "El Miedo a La Libertad" allá por los años 80 y fue cuando por primera vez descubrí ese interesante concepto de 'la libertad'. Recuerdo además, fíjate qué casualidad, tener una conversación interesante sobre el tema, en un bar emblemático -¿el benjamín?-, con un chico que, ligando torpemente, acababa de confesarme un delito, afirmando que no le quedó otra opción...
    Y... ¡qué curioso!, acabo de comprobar que ambos autores murieron el mismo año, 1980. Sartre nació en 1905 y Fromm en 1900.
    Pienso como tú que sí que es una pena que se haya suprimido este autor del currículum. Siempre estamos perdiendo en el ámbito de las humanidades en aras de la vacuidad.

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  2. Cuánto me alegro de que te haya gustado. Estaba muy insegura con él(y con todos); además, cuánto más corregía más errores veía (muchos de despistes). Yo también recuerdo ir al Benjamín a comer una tapa de ensaladilla y a oír a alguien hablándome de Herbert Marcuse (y yo preguntándome qué mal había cometido para recibir tal castigo). ¡Muchas gracias!

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  3. Anónimo26/7/15 0:24

    Ya lo había comentado, pero no lo veo, estará en el planeta Bit?, me gustó el relato en las partes de los pensamientos, sobretodo los femeninos en situaciones como esas. Algo larga la parte de filosofía de Sartre ( me cae mejor Simone), y la ambientación de lugares me gustó, cercana y cotidiana. No sigo, me niego a comentar dos veces lo mismo.... U beso y felicitaciones. Ricardo

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  4. Muchas gracias por tu comentario y siento que se hayan borrado los anteriores. Sé que es una lata, por eso valoro mucho tu esfuerzo en insistir. La parte de Sartre es larga porque es el objetivo principal, pero si no te cae bien lo entiendo.Un abrazo.

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  5. He hecho un esfuerzo, me lo he leído y ha valido la pena. Lo que más me ha gustado han sido las imágenes. Se nota que el dibujante que las hizo es muy bueno.

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    1. Y que le faltan las abuelas desde hace rato también se nota. Me alegra que tu esfuerzo haya servido para admirar ambas obras: la escrita y la pictórica. Un beso, pequeñín y sigue con ese tremendo esfuerzo.

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  6. Muy bueno el texto.
    Había estudiado brevemente a Sartre en Introducción a la Filosofía, y lo había entendido a medias. Tu explicación es mucho más clara que la de los profesores, aunque dudo si es por la explicación en sí, o por el toque erótico que hace que uno se enganche más en lo que se está leyendo.

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    1. Muchas gracias, Maxi. Me alegro de que mi explicación te haya hecho más sencillo Sartre. Los profesores a veces no nos sabemos explicar bien oralmente, necesitamos hacerlo por escrito. Un saludo.

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