Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: ¿Qué no tiene ella y yo sí? (Relato)

29 de julio de 2015

¿Qué no tiene ella y yo sí? (Relato)


Valeria disfrutaba de los mejores cuarenta y dos años que pudiera alguien echarse encima; de una cara bonita debajo de un pelo rubio, más luminoso que el sol de agosto; de un cuerpo espléndido  de medidas envidiables y de un carácter apacible con sus dosis equilibradas de humor y comprensión; asimismo, se sentía orgullosa de su buena ocupación en una revista femenina y de su hija, tan guapa como ella,  quien había comenzado a trabajar de modelo. ¿Qué le faltaba? Ah, pues justo lo que no se ha nombrado en la enumeración anterior. ¿No notan que falla  algo? Claro que sí, el apuesto marido.
Qué pasa con él, se preguntarán; por qué no aparece, se seguirán preguntando ahora que les  he orientado por la senda de las interrogaciones correctas. Pues que el hombre ha levantado el vuelo en una sola dirección y en sentido contrario al que llevaba desde hacía veinte años.  Durante estas dos décadas de concordia matrimonial transitaba por una sola ruta,  teniendo claro cuál era la salida y cuál su meta vespertina. Y nunca se desviaba de ella, aunque tentaciones no le faltaron.  Pero, oh, qué intricado avatar le ha sucedido a este hombre para dejarle tan confundido, como si una ola lo hubiera arrastrado por la orilla colocándolo boca abajo, con las ideas invertidas.
Igual que muchos, en un principio, se condujo en vuelo doble, provisto de dos enormes alas, alerones, uno blanco y otro negro, que le salían del lomo tirando hacia direcciones contrarias. Llevando esta doble trayectoria  probó unos seis meses hasta que, por miedo a que se cumpliera la amenaza del ala más preciada por aquellos días, y se le rompiera, decidió cortar de un brusco tajo la otra. Y eso le ocurrió porque no estaba acostumbrado a las acrobacias, le faltaba pericia para compaginar y sangre fría para disimular; o  le pudo su romanticismo, o  se vio acorralado en su nuevo sentir, en el temor de perder la emoción nueva que, el pobre, creía que iba a ser eterna. 
Carlos estuvo dando bandazos durante el tiempo en el que simultaneó; vivía en un sinvivir, taciturno, robándole espacio a todas las palabras y a todas las imágenes que chocaban en su cerebro para alojar únicamente las dedicadas a Andrea. Por eso, no quedaba ningún lugar para Valeria; no cabía en su cabeza y, lo peor, fue expulsada de sus deseos. De pronto, la belleza nórdica de su mujer le parecía de una insulsez insuperable. Sin embargo,  Valeria era su mundo desde los tiempos de la Universidad y juntos habían configurado una vida conyugal sólida, parecida a la de muchos matrimonios amigos. Si Valeria se sentía satisfecha de su trabajo en la revista, a Carlos, como dentista, le iba requetebién. Y él había sido feliz o, si acaso, nunca reparó en que no lo fuera.
Hasta que la conoció. Muy diferente a lo que sospechaba que sería una mujer atractiva: facciones sencillas, un poco rolliza, morena, de bastante menos estatura que su mujer y que él también, pero de varios años más que ambos; de risa alegre y de andar tranquilo. No era  exuberante, ni provocativa, ni sinuosa, ni tan siquiera distinguida; era solo una señora normal. Se había divorciado hacía poco y llevaba dos años yendo a su consulta, como paciente de él, y últimamente se estaba realizando una endodoncia.
Todo empezó el día en que ella le dijo, hace casi siete meses:
-Ay, qué manos tan delicadas las tuyas. Siempre les tuve mucho miedo a los dentistas. Cuando pequeña me fui a sacar una muela y uno me dio un tortazo porque no me estaba quieta y, sin embargo, desde hace poco no hago sino mirar en mi agenda a ver cuándo me toca de nuevo la consulta. No sé ni cómo recompensártelo, porque el dinero no es suficiente.
Él tampoco sabía, pero algo se le despertó con pujanza en un sitio de su cuerpo y en muchos lados del hemisferio derecho de su cabeza, donde se colocan las imágenes. Solo querían, en un principio, tomarse unos cafés juntos. Pero… ¿para qué se inician estas relaciones nuevas, para beber cafés igual que dos colegas, como si tuvieran temas de trabajo que compartir? Sabía que no era lo usual, pero se dejó conquistar, en la creencia de que sería transitorio, un simple asunto de semanas ¿Por qué no? Apenas supondría una canita al aire, nada más, cosas de hombres.  
 Ay, qué se le fueron esas mismas cosas de las manos; más bien de los apetitos, que se escaparon de su control y que,  aunque pretendía saciarlos, nunca se calmaban del todo. Si a los pocos minutos le regresaba el ansia renovada, con más ímpetu, no digamos a las horas, cuando estaba una tarde sin verla. Pero eso era enamorarse, ¿no? Así se alojó en una zozobra continua, por las ganas de  tragarse aquel cuerpo moreno y más generoso de lo que él estaba acostumbrado. Dentro de sí estaba enfermo del deseo que no cesaba y del afán de ser mirado de nuevo, una última vez, por aquella mirada devota, amorosa.
Andrea tampoco sabía compaginar, ni quería ni era tan desprendida para transigir en compartirlo, por mucho honor que fuera repartírselo entre la rubia escultural y ella. Estaba más enamorada que nunca y  decidió apostar por algo más que unas endodoncias gratis. Llegó, pues, el momento crucial de las amenazas, de los celos, de las rupturas que no rompen, porque no podía ninguno de los dos, de los alejamientos que regresan,… En seis meses se dejaron para siempre en ocho ocasiones.
Y Carlos, como no tenía pericia, ya les avisé a ustedes, ni sangre fría, ni poseía el pobre ninguna habilidad para mentir, pero sí un gran encoñamiento, de una  forma tan  imprevisible que lo pilló pasmado y lo dejó tonto de capirote,  no pudo más y se desbordó en una tarde sincera y lluviosa. Las tardes lluviosas invitan a la verdad, será porque ambas, verdad y lluvia, son melancólicas; o porque algunas verdades son iguales a los  temporales que anegan los barrancos y destrozan las cosechas, como la de este matrimonio de veinte años, tan fructíferamente  cultivado.   
A Valeria le costó entender de qué puñetas hablaba su marido; no entendía nada de lo que recitaba: ¿Separación provisional? ¿Alejamiento? ¿Las cosas no eran igual que hace años? ¿Tiempo para pensar? Qué eran todas esas memeces que soltaba en letanía.
 Cuando estaba nerviosa, solía apresar la mata de su pelo largo, muy  lacio, y se lo ponía a la derecha del cuello, colgándole sobre un hombro. Y si el nerviosismo la superaba, en vez de dejar que todo el cabello le cayera a un lado, atrapaba un pequeño mechón y se lo echaba a la boca, chupándolo con avidez. Era un vicio secreto que no mostraba a cualquiera, adquirido de niña, y que ella culpaba a su madre de que no hubiera insistido lo suficiente  en erradicarlo. Las madres inconstantes crean hijas burdas, se le ocurrió ahora en un intento de castigarse. A Carlos le resultaba, como a todo el mundo, claro, muy repulsivo ese gesto. Y en ese momento más que nunca, en el que debía observarlo y someterse a la andanada de las preguntas propias, tópicas, derivadas de esa situación… ¿cornuda?    
-¿Por qué me haces esto? ¿Qué te he hecho yo? ¿No eres feliz conmigo? –Y la más esperada de todas-: ¿Quién es ella?
-Nadie, no hay nadie. Lo que me ocurre es que creo que no progreso en nuestro matrimonio. La niña ya vive independiente, tú trabajas la mayor parte del día, yo llego tarde. Apenas nos vemos. 
-Pero qué boberías dices, cómo que no hay nadie. ¿Por quién me tomas? –se iba enardeciendo a medida que le reprochaba- ¡Mentira! ¿Quién es ella? –Terminó gritando-: ¿Tu enfermera? ¿Esa gorda tontorrona?
-¿Quién? ¿Isabel? Si le llevo por lo menos diez años y tiene novio. No hay nadie.
-¿¡Que quién es!? ¡Imbécil! ¿Te crees que soy estúpida o qué? –se había levantado y daba vueltas de un lado a otro, ora acercándosele amenazante, ora yéndose desesperada.
-En serio, Valeria, no hay nadie; lo único que sucede es que siento que nuestro matrimonio no va a ningún lado. Pero yo creo que este alejamiento mío será provisional. Solo deseo estar a solas, saber en qué consiste eso y como ya casi lo estamos... Llevo toda la vida contigo, y solo busco un tiempo para mí; incluso para llegar a echarte de menos. Te prometo que no hay nadie.
- ¡Mentira, mentira! ¿¡Pero quién te crees que soy yo!? Qué coño vas a querer estar solo. Además, eres idiota, tío. Si me lo propongo, ¿cuánto tiempo supones que tardaré en enterarme de con quién andas?
La miró a la cara, vio las puntas de su cabello húmedas y se derrumbó. Mientras se lo confesaba todo, se le mezclaba la rabia, por la rabia que mostraba ella, y la pena, por la pena que se  deslizaba por el rostro de su mujer -todavía seguía siéndolo, aunque le extrañó pensarlo-, por la cara que mostraba  mientras relataba lo relatable y, sobre todo, por su vida juntos; porque sabía que, a medida que continuara hablando, más rápido se desmontaba su familia. Pero siguió adelante, con el estómago encogido mientras  Valeria, antes vociferante de pie, ahora abatida,  se había sentado en el sofá; enfrente de él,  contemplaba a los lejos las flores del jardín, apenas vislumbradas a través del ventanal.
-¿Cómo es ella? Guapa y, sin duda, más joven, ¿verdad? ¿Qué te da? Dime, anda, suéltalo todo. ¿Cuántos niños más tendrás con ella? ¿El segundo que yo no quise darte o qué? Veinte años, treinta… Me usas, me tiras cuando ya soy mayor. 
-Tiene cuarenta y nueve años.
Ella se le quedó mirando extrañada, fijamente, buscando la mentira. Al rato se echó a reír, primero en una risa lenta, tranquila y luego brutal, escandalosa, chirriante.
-¿Esto qué es? La tragedia de Ladi Di y Camila Parker Bowles… ¿Eres tú el  narizotas del príncipe? Qué ridículo, qué vergüenza.
-Camila le llevaba  más de doce años a Diana de Gales; ella solo es siete años mayor que tú.
Valeria se le quedó mirando con cara incrédula. No lo reconocía, ni tampoco las pendejadas que se le escapaban.
-No seas idiota, chico; o es que te has vuelto bobo de repente –entre ellos nunca había habido insultos, ni siquiera en los peores cabreos, pero a Valeria ahora las ganas de ofenderlo y de arrojarle algo a la testa la cegaban-. ¿Qué me dices? ¿Qué es lista, ingeniosa, qué quieres ser su tampón para estar dentro de ella todo el rato, como le escribió el príncipe a la otra? Hay que joderse, me dejas por una vieja menopáusica.
-No es necesario herir ni que te rebajes. Tú tienes más clase –expresó en voz baja, pues no tenía intención de defenderse, prefería que ella se desahogara todo lo que quisiera: para él era un modo de liberar en algo su culpa; lo peor sería que ella se echara a llorar, y él entonces se conmoviera y diera marcha atrás en su decisión. Pero no mostraba aspecto de que fuera a hacerlo; la rabia la desbordaba demasiado de indignación para emitir ningún sollozo.         
-Pues venga, dime ya, ¿qué tiene ella que yo no tenga? –sus ojos lo miraban desencajados y el pelo le cubría una mano, enrollado a su alrededor.
-Nada, no tiene nada mejor que tú. No es tan joven, ni tan guapa, ni tan alta, ni tan rubia, ni tan ingeniosa –enumeraba resignado, en tono quedo, y mirando la pintura de la chimenea  se le cruzó la idea de que debía arreglarla antes de irse-. Ni tan delgada, ni tiene un trabajo tan apasionante como el tuyo –sentía mucho pesar por todo aquello. Ser abandonada era terrible, su estabilidad se desmoronaba, la reglas de siempre dejaban de serlo y para la autoestima suponía el golpe más atroz que se pudiera recibir; pero ser el causante también implicaba lo suyo: era el responsable de romper un mundo estable y, de aliado y protector de su mujer, de aquella preciosa rubia con quien tanto tuvo, se convertía en su peor enemigo, el que más daño podía infligirle. Los remordimientos no le permitían expresar nada.
-Entonces, ¿cuál es el problema? ¿He de cuestionarme qué cualidades me sobran a mí y a ella no? ¿Es esa la pregunta exacta? Porque da la impresión de que soy  un catálogo de perfecciones; y, no obstante, me cambias por otra.  Necesito una respuesta, si no todo es absurdo; todo es un desatino, mi vida, mi esfuerzo por arreglarme, por cuidarte,…
-Su mirada; su manera de verme –espetó hastiado-. Es diferente. Me enganchó su modo de abarcarme con sus ojos, porque solo quepo yo en ellos. Y me siento querido –intentó tragarse la vergüenza al decir eso-. Me mira a mí, me ve a mí solo; no hay nadie más, únicamente estoy yo reflejado en esos ojos y no puedo dejar de desear seguir reflejándome en ellos. Lo siento mucho -terminó en un murmullo inaudible y derrotado.
Valeria enmudeció. Qué gilipollez le estaba contando aquel zoquete. Poco a poco la ira iba evaporándose. Ella no quería que se le esfumara, porque intuía su  concatenación, pero estaba embotada, fatigada, y solo aspiraba ahora a dormir un sueño largo. Las sienes le latían desde hacía rato y un nudo asfixiante se desplazaba hacia arriba hasta llegar a sus ojos. Temía derrumbarse y, sin mirarlo, se repitió por última vez:
-Esto es de chiste, hace una rato creía que el quid de la cuestión radicaba en todo lo que me sobraba a mí; pero no, resulta que tampoco es exacto: estoy llena de virtudes, excepto de La Mirada; tiene gracia, carajo. Vaya si la tiene.

©Ángeles Impíos, julio 2015

12 comentarios:

  1. Ángeles, soy Jabu. Me maravilla la agudeza de tu mirada. Como le ocurre a ese marido, somos sinceros porque no sabemos hacer nada mejor. En vez de asumir las complejidades por las que podemos pasar, como la de tener cónyuge y amante a la vez, queremos simplificarlo todo a lo bruto, hablando sobre lo que es preciso callar, sin saber el daño que hacemos y nos hacemos, y ello por no tener ese espíritu equilibrado y maduro que sí tenía la amante del protagonista de Up in the Air, la película de G. Clooney.

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    1. Hola, Jabu, tarde pero respondo. A ver si me enmiendo y respondo a vuelta de comentarios. Vi Up in the Air, pero no me acuerdo ahora mismo de qué iba, No tengo claro hasta qué punto la sinceridad es buena, o mala; no lo sé. Me imagino que todo dependerá del tipo de pareja, de su fortaleza como tal por encima de otras consideraciones, de la madurez que tenga,,... Tengo que seguir escribiendo para seguir aclarándome.

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  2. De nuevo felicitarte por esta nueva entrega de relato tan ameno, con esa manera de escribir tan clara y directa. Ya sabes que admiro tu forma de contar historias. Me gusta!!! Por cierto también me gusta mucho el nuevo diseño del blog, es más luminoso!

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    1. ¿Anónimo?, creo que eres Candi, de cuando todavía no sabías manejarte bien con los comentarios. El blog lo tengo más luminoso, me lo aconsejó una exalumna, y creo que fue bueno hacerle caso. Un abrazo.

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  3. Me gusta tu forma honesta de retratar la realidad. Tus relatos son como lupas que muestran todas las arrugas, pero lo haces con la tersura de una pluma ligera, como no queriendo decir nada, diciendo mucho. Mezcla de humor, imágenes literarias ocurrentes e historia, no por cotidiana, poco interesante. Enhorabuena. Espero el próximo.

    Ama-amater

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  4. Muchas gracias por estos comentarios. Me estimulan bastante para seguir escribiendo más historias.

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  5. Oye, hay un comentario que no entró. Dije que me encanta el dibujo. Mi aplauso al dibujante.

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    1. Muchas gracias por tu doble comentario; no sé si es honesta mi manera de retratar la realidad, lo que intento es no condenar, comprender y no posicionarme. El dibujante se hace de rogar, pero vamos consiguiendo que ayude. Un beso-

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  6. Manuel Melguizo30/7/15 19:16

    Es el segundo relato tuyo que leo y seguiré leyendo más. La explicación que da el marido (lo de la mirada) me ha dejado helado, en el reflejo de un pensamiento que muy bien podría haber sido mío.
    Me gusta tu frescura al escribir.

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    1. Gracias Manuel, puedo comprender que haya muchos motivos, en un momento dado, que impulsen a muchas personas a tirarlo todo por la borda. Por que te miren diferente, si se está necesitado, podría ser uno de ellos.

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  7. Enhorabuena.El párrafo donde da las razones de su elección genial!!!

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    1. Gracias, Caty, ¿te refieres al párrafo de la mirada? Siempre pensé para enamorarnos de alguien solo basta un detalle, si estamos predispuesto al amor. Muchas gracias por acercarte a mis relatos.

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