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28 de agosto de 2015

Yo corrompo, tú corrompes, él corrompe... Y ellos más que nadie. (Artículo)


Hace poco, en una red social, apareció un texto en el que se describía,  en  un rápido repaso, la España de estas últimas décadas en relación a la corrupción. Lo bueno es que esa publicación me sirvió de oportunidad para indagar por cuenta propia sobre ese tema. Y es que me llama la atención, de manera positiva, lo sensibilizada que está  la población con los comportamientos indeseables de sus dirigentes. Creo que no debemos concederles más privilegios que a sus gobernados, excepto los absolutamente necesarios para desempeñar sus puestos con eficacia (por suerte, en la España actual existe gente suficientemente preparada para desempeñar cargos políticos sin tantos costes para la población y con mucha más honradez). Asimismo, también me resultan llamativas las pequeñas corrupciones de la vida cotidiana a las que somos tan tolerantes haciendo gala de una moral muy airosa.
Para hacerme una idea objetiva sobre la cuestión, me fui al observatorio que se creó en 1993 para intentar combatirla y que analiza, a la vez, la percepción que existe en cada país sobre ella. Es la ONG Transparencia internacional y en sus páginas vi los datos desde el 2002 hasta la actualidad.  En ese año, en el análisis realizado a 102 países, ocupaban los primeros puestos de menos corruptos Finlandia,  Dinamarca y Nueva Zelanda.  España se situaba en el 20, compartiendo honores con Bélgica y Japón; no es un mal lugar teniendo en cuenta el futuro que le aguardaba. En Europa se colocaba en el puesto 14, por delante de Francia, Portugal o Italia y ese año gobernaba el Partido Popular bajo el mando de José María Aznar. Trece años más tarde vivimos de nuevo gobernados por el mismo partido y lleva la batuta Mariano Rajoy. En medio hemos pasado por la gerencia de José Luis Rodríguez Zapatero.  Y a razón de dos o tres puntos, cada año, se ha enrarecido, desde entonces,  la percepción que se tiene sobre la corrupción española, excepto del 2012 al 2013 que se disparó ¡10 puntos! Mientras que en estos años los mismos que estaban en los primeros puestos siguen en las mismas posiciones,  nosotros hemos descendido del 20 del 2002 al 40 del 2013 (en el 2012 estábamos en el puesto 30). En el 2014, ocupábamos el 37 y me da que en la actualidad,  con tantos asuntos sucios que se han destapados, quizá hayamos superado la posición del 2013. Algo grave ha pasado en España,  y en sus gobiernos,  durante estos años. Lo que estoy diciendo no es nada original y todo el mundo lo sabe.

Podría pensarse que la crisis ha reflotado la figura del pícaro español,  tan popular en la literatura del Barroco; pero,  en descargo de ese personaje,  hemos de advertir que éste actuaba movido por el afán de supervivencia, debido a la extrema pobreza en la que vivía. Sin embargo,  al pícaro actual,  el de las altas esferas,  o el de las medias, que tampoco es necesario subir tanto, no le mueve el mismo afán de supervivencia.  Más bien parece un caso que se ajusta al refrán de cómo la avaricia  rompe el saco y  a alguno de ellos, incluso, deberían de aplicársele la extinta ley de vagos y maleantes.

Este gobierno, supongo que presionado por la oposición, por algunos escándalos intolerables que le alejan de  su electorado, por mejorar su imagen, y, por qué no, porque muchos de sus miembros no verán con buenos ojos esos compartimientos «laxos», ha intentado impulsar una serie de medidas con desiguales resultados.  Entre ellas destacan las siguientes: a) financiación de partidos políticos (se reduce a 50.000 euros el límite anual que pueden donar personas físicas); b) tipificación  de la financiación ilegal (no encontré de qué modo se hará, sí que este delito no existe en el Código Penal, pero los tribunales recurren a otros artículos de la legislación para castigarlos); fundaciones de los partidos políticos (no podrán recibir donaciones de organismos, empresas o entidades públicas; aunque  sí donaciones sin límite de empresas, a diferencia de los partidos); control de gastos de altos cargos (se prohíben las tarjetas de crédito a cuenta de la administración para pagar gastos de representación del alto cargo y este deberá hacer públicas sus declaraciones de bienes e intereses, además, tendrá fiscalizado su patrimonio desde que toma posesión hasta que cesa); indultos (se informará cada seis meses en el Congreso los indultos que se hayan denegado o concedido y comparecerá para ello el ministro de Justicia). El Gobierno, de momento, no acepta la propuesta de la oposición de prohibir por Ley el indulto de cargos públicos condenados por corrupción.

Sin embargo, no podría decirse que mediante estas medidas se hayan obtenido los objetivos propuestos. En el momento en el que escribo este artículo el caso de la Púnica está en pleno apogeo. Se han descubierto contratos municipales amañados, comisiones ilegales, recalificaciones urbanísticas, uso del dinero público para pagar servicios particulares, financiación del partido por empresas que previamente habían obtenidos beneficios en concesiones de obras,…  Están imputados 92 personas, aunque, con la nueva nomenclatura de la reforma de la Ley de Enjuiciamiento criminal no sé si lo adecuado es seguir llamándolos imputados, o investigados –así se les llamará durante la fase de instrucción y  "encausado"  cuando esté clara su implicación. Esta es una manera muy común de resolver los problemas, cambiando los nombres; es mejor esto que destituir a estas personas que todavía siguen ocupando cargos de responsabilidad y manejando dinero público. En fin, vemos que las medidas planteadas no parecen tener demasiado eco en los comportamientos de los políticos ni en aquellas personas que, desde siempre, se han acostumbrado a vivir en la trampa. 

Según la RAE, se define corrupción (entre otras acepciones) como la utilización de las funciones y medios de organizaciones, especialmente  públicas, en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores. Las prácticas más comunes, defino algunas, suelen ser el uso a conveniencia de información privilegiada, el soborno o cohecho (sobornar a un juez o a un funcionario o aceptar estos un soborno), fraude o malversación (apropiarse o desviar fondo públicos), prevaricación (dictar  una autoridad, a sabiendas, una resolución injusta), caciquismo, impunidad, contubernio (un intercambio de favores entre políticos o  grupos de interés), despotismo, nepotismo (abuso de poder en  beneficio de parientes y amigos) o cooptación (nombrar a alguien escogiéndolo entre los miembros presentes ya en funciones sin  recurrir a pruebas o criterios externos). 

Según anunció el periódico El País a principio de este año 2015, se iniciaba enero con 150 casos de corrupción y más de 2000 imputados se encontraban a la espera de juicio. Alguno de los casos más famosos que se han destapado estos últimos años son los siguientes:

Operación Púnica (27/09/2014): su nombre proviene del árbol del granado en referencia a Francisco Granados, principal ¿encausado? Los partidos políticos implicados han sido el PP, mayoritariamente, y el PSOE. El delito principal que cometieron fue otorgar servicios públicos a cambio de comisiones.

Caso Gürtel (se inicia la investigación en 2007 y la Fiscalía Anticorrupción la denuncia en  febrero 2009): se adopta ese nombre por el empresario Francisco Correa Sánchez (por su apellido Correa en alemán), quien lograba sus beneficios mediante sobornos a políticos y funcionarios. El partido implicado es el PP y operaban, sobre todo,  en Madrid y Valencia.

Papeles de Bárcenas: saltó a la luz en enero de 2013 y alude a Luis Bárcenas, tesorero del PP. Se concedieron obras a  dedo a empresas que habían entregado ‘donaciones’ al partido, que sirvieron para pagar sobresueldos a sus dirigentes, los cuales se ocultaron; en medio, Bárcenas aplicaba su famosa contabilidad B.

Tarjetas Black: la Fiscalía Anticorrupción, en octubre de 2014, pidió la investigación de 86 consejeros y directivos de Caja Madrid que cargaban en tarjetas fantasmas, no declaradas, gastos por valor de más de 15 millones de euros. Han sido investigados cargos del PP, PSOE e IU.

Los ERE de Andalucía (se hizo público a finales de 2010): se  acusa a la Consejería de Empleo de la Junta de Andalucía de malversar fondos públicos durante al menos diez años (prejubilaciones a personas que nunca habían trabajado en las empresas a las que le había concedido los ERE o subvenciones a aquellas no lo habían presentado y comisiones a intermediarios entre la Junta y los trabajadores). El fraude se eleva a más 136 millones de euros y el partido implicado, sobre todo, es el PSOE.

Caso Nóos (saltó a la luz en 2010): en este asunto están afectados el marido de la infanta Cristina, Iñaki Urdangarin, la misma infanta (su implicación ha estado en un tira y afloja) y el socio Diego Torres y su mujer. Se les acusa de malversación de fondos, blanqueo de capitales, prevaricación y estafa.  Aparte de estos miembros de la Casa Real (ya no pertenecen a ella) está implicado el PP balear.

Bien, no son estos los únicos casos. Hay muchos más, pero cansaría si sigo exponiéndolos. Hay tantos que casi se pondría desconfiar no solo de la clase política sino de la honestidad de la sociedad en general. No obstante,  reconozco mi sorpresa de que hubiera una vez en que los españoles nos percibimos como poco corruptos. Siempre creí que era un mal endémico nuestro,  como el tajinaste del Teide, que esa manga ancha que teníamos para perdonarnos nuestros pecadillos y los ajenos, si el que los comete reluce por su simpatía, era un rasgo propio de nuestra idiosincrasia española, mediterránea o latina.

No sé si habrá estudios sociológicos, además de políticos, que midan la moral honrada de los pueblos. Está claro que las culturas del Norte, como Finlandia o Dinamarca, no incurren tanto en los delitos que he nombrado. No sé si guarda exclusiva relación con el saneamiento y control de sus instituciones políticas o si la negación de esas conductas corruptas sube desde abajo hacia arriba. Es decir, de un pueblo poco corrupto, con una moral educada en la responsabilidad y lo lícito, es lógico que surjan dirigentes a la medida de la sociedad que les eligen. Desconozco el carácter de los finlandeses y a qué se debe la eficacia de sus instituciones. En cambio, si veo a mi alrededor como nos compartamos los españoles y soy consciente de las picarescas que nos envuelven. Ya no me refiero a los políticos sino a mí, a ti, a los compañeros de trabajo, a la gente en general. 

Me voy a plagiar a mí misma y voy a copiar aquí la reflexión que redacté en respuesta a la publicación que mencioné al inicio de este artículo. Escribí que siempre  me había  preguntado si no habría algo en nuestra educación o nuestra forma de ser que nos induzca a la corrupción en la vida cotidiana. Percibo comportamientos  censurables en mi trabajo, en la calle, en la consulta del médico, en las oficinas…; en fin, en el espacio público. En mi profesión es usual ver cada año como hay algunos compañeros (sin embargo, no tantos como nos adjudican quienes no se dedican a esto) que se escaquean de sus funciones (la realización de sus guardias, por ejemplo), o elevan sus calificaciones de manera arbitraria (se supone que para favorecer al alumnado al que le imparte clase, sin caer en la cuenta de que, con ese procedimiento, perjudican a otros que luchan por una plaza universitaria y que quizá tengan más méritos). He sabido de compañeros que  no se preparan nunca sus clases y aprueban masivamente para evitar las quejas y seguir actuando del mismo modo. He percibido, asimismo, que a los más simpáticos se les perdona con frecuencia su poca profesionalidad y me he quedado muy sorprendida cuando veo como se les llena la boca, a unos y a otros, de críticas hacia los comportamientos condenables de miembros de algunos partidos. He visto como cargos directivos actúan casi de manera despótica, disculpando las negligencias de sus acólitos –porque hasta en la enseñanza pública los hay- o ridiculizando a quienes ven más débiles y, lo peor, luego observo como contemporizan con ellos quejándose de la situación política tan corrupta.  Asimismo, son aquellos que se conceden la mejor franja horaria o los mejores grupos, a ellos y a quienes van a rogarle a sus despachos. Esto es un ejemplo de lo que ocurre en mi profesión, pero no se da solo en ella estas pequeñas conductas reprobables. Entre mis amigos, no dedicados a mis tareas, muchos tienen también jefes arbitrarios,  rencorosos, incapaces de dialogar o de reconocer sus errores, que sojuzgan al más débil, mientras perdonan, misteriosamente, a otros que cometen más fallos.  Estos mismos amigos observan, con asombro, como luego estos jefecillos se indignan por las políticas corruptas o cómo se declaran votantes de partidos que promocionan la justicia social; sin embargo, ellos son incapaces de aplicarla en el día a día. Y en otras situaciones: ¿No está aquel que se vanagloria de que en la consulta del médico pasa delante de los otros pacientes, porque el facultativo en cuestión es amigo suyo? ¿O el que obtiene documentos  oficiales, DNI por ejemplo, saltándose las molestas esperas, gracias al amigo que trabaja en esa oficina? ¿Y qué me dicen del que obtiene una plaza escolar para el hijo, cuando no quedaba ninguna, haciendo una simple llamada a la amiga quien, a su vez, es hermana del director? Pequeñas trampas de la vida cotidiana; servidumbres y amparos, que nosotros disculpamos en nuestros actos y en los de nuestros amiguetes.


Estos ejemplos pueden parecer incomparables con los hechos por los políticos que meten la mano; pero pienso que solo los son en la medida en que esta gente tiene menos responsabilidad. Si llegaran a ocupar un puesto público su forma de actuar sería la misma, o peor, porque tendrían más poder y más libertad para ejercer a su antojo. Creo, fundamentalmente, que es un problema de actitud moral, psicológica  o cívica  la que hay en juego y que es compartida por unos y por otros. Esto es algo que se aprecia en nuestro entorno de manera continua. El amiguismo, los favores compartidos o el desprecio al deber están a la orden del día. Tanto el que se escaquea en sus funciones públicas como el que lo protege o lo disculpa está aplicando para sí mismo una vara de medir muy diferente a la que usa para condenar a sus representantes políticos. No obstante, si hacemos la vista gorda o disculpamos la ineptitud a sabiendas, ¿qué nos diferencia? Esta conducta se acomoda al conocido refrán que alude a estar en misa y repicando a la vez; es decir, si se premian actitudes en el día a día deshonestas no nos podemos quejar luego de que de nosotros, ciudadanos comunes, salgan tales gobernantes. Los políticos son un reflejo del pueblo que le vota: de este surgen.

 Veo, pues, este problema, además de político, principalmente educativo y de valores. Yo imparto Ética y Filosofía y el tema de la corrupción aparece todos los años. Y en cada curso compruebo como algunos alumnos (y según qué cursos, muchos) están a favor del  engaño si con ello escalan posiciones en la sociedad. Me afirman, y discuten,  que nos les importarían publicar en YouTube vídeos de un novio o novia, en situación comprometida, por venganza o a cambio de una recompensa; les parece lícito enriquecerse a través de la publicación de sus intimidades o la de sus familiares; copiarían en los exámenes sin ningún sentimiento de culpa y, en cambio,  delatarían a un compañero si las notas estuvieran en liza; falsearían su currículo si con ello obtuvieran un mejor escalafón; ocuparían a su hermano o primo antes que a otros, por muchos méritos que estos últimos demuestren; chantajearían o pagarían favores, si pudieran,  a cambio de beneficios y sin mayor cuestionamiento. Y yo, por mucho que intente disuadirles de lo equivocado de estas conductas, siempre me quedo sin argumentos o hablando sola. Únicamente  me queda esperar que estos alumnos –y reconozco que sus comportamientos son un reflejo del ambiente general- no ocupen nunca ningún cargo público o que sea solo una purgación adolescente. También saco la conclusión que no dejan de ser estas actitudes productos de la educación familiar. La familia es la principal encargada de la transmisión de valores y si esto es lo que me encuentro en las aulas, fácil es inferir que lo mismo es lo que hay en los hogares que constituyen nuestra España; igual de fácil es concluir que nuestra vida cotidiana es corrupta y debemos plantearnos si tenemos los políticos  que nos merecemos, y, si no es así, cómo cambiamos esta situación. También es verdad que estamos en la era de “porque yo lo valgo”: este lema de una campaña de publicidad ha prendido en nuestras mentes de manera tan inexorable que estamos convencidos de que nos lo merecemos todo, y si para hallarlo debemos recurrir a malas artes esto es solo un detalle ínfimo.

Para leer más, de primera mano, y constrastar algún dato:


6 comentarios:

  1. Una vez más, Ángeles, un análisis concienzudo de los elementos que conforman nuestra realidad socioeconómica, y quién sabe si nuestra idiosincrasia, y con esa lupa tuya tan minuciosa y equilibrada. Un tema más complejo de lo que a priori podría parecer. Y desde luego el título es excelente, lo dices todo con él, y por si no quedara claro a alguien, lo aclaras en todo el artīculo. Yo lo '*corrompboro' jjj. Enhorabuena. Un besazo.

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    1. De acuerdo contigo, la corrupción está en nuestra educación y costumbre y, como muchas otras coas, nos la perdonamos, porque los pecadillos los cometemos nosotros. Me alegro de que lo "corrompbores". Besos

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  2. Muy buen análisis de la corrupción; sencillo y clarito.
    Ana Linares Luis.

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    1. Qué bueno que así te lo parezca. Los artículos deben ser sencillos y claros para que lleguen a mucha gente y no se quede en literatura elitista. Un beso.

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  3. Manuel Melguizo29/8/15 18:59

    Está claro que nadie es inmune a la corrupción, pero eso no justifica el saqueo de un país ni la condena a la miseria y la exclusión para cientos de miles de personas.
    Personalmente creo que el problema de la corrupción política no es dicha corrupción en sí misma, sino la impunidad que el pueblo percibe en quienes la practican.La sensación de falta de justicia social y el hecho constatado de que en este país hay ciudadanos de segunda, tercera y hasta cuarta clase es para mi lo más grave que nos está ocurriendo como presunto estado democrático.
    Eso no quita para que tu análisis de las pequeñas corruptelas diarias en nuestras vidas cotidianas sea tremendamente perspicaz y acertado.

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    1. Primero, muchas gracias por tus comentarios y por los de Alma-amater y Ani Linares. En segundo lugar, hay partes de lo que dices con las que estoy de acuerdo y otras las matizaría. Coincido contigo en que hay gente en la pobreza y en que hay ciudadanos de distintas categorías. También, observo que desde las escuelas, nunca se han invertido tanto en la educación de los más favorecidos como en estas últimas décadas (a través de programas de refuerzo, de pt, de diversificación, de promeco, de diversos proyectos). Entre 10 y 15 alumnos, que suelen provenir de las clases más desfavorecidas, tienen a su alrededor todo un equipo educativo que intenta salvarlos y, en cada clase de los primeros cursos de la ESO, los estudiantes con más problemas acuden a refuerzo. De acuerdo, a veces son parches porque no se enfocan bien. Poco se consigue con ellos y, probablemente, estos formen la capa más miserable de la sociedad (a menos estudios, menos posibilidades). Respecto a las clases más desfavorecidas, quizá el problema que les afecte, más que la corrupción, sea de cómo se puede invertir de manera más eficaz para corregir las inferiores oportunidades que ellos traen consigo y que les llevará a formar parte de esos ciudadanos de tercera o cuarta que nombras. Imagino que, además de los recursos que se destinan en la enseñanza pública a corregir esas desigualdades, sería necesario unas políticas sociales de barrio más eficaces que conciencen a las familias del valor de la educación, del esfuerzo, de la mejor utilización de sus recursos. También es cierto que hay mucha gente cualificada que se encuentra en el paro, que no tienen trabajo o que deben salir fuera para buscarse la vida. Esto lo veo más como un serie de problemas de gestión política, estructural, de pobre diversificación económica y nula inversión en tecnología y ciencia ( aunque me consta que en estas últimas también se da la corrupción, no se gestiona bien los recursos y se cometen injusticias dentro de la investigación, al margen de los políticos: el mamoneo es frecuente).Por otro lado, también coincido contigo en que no es bueno que el pueblo perciba la impunidad en los actos corruptos. Crea sensación de injusticia, impotencia y sirve de contagio. Por último, mi idea es que no debemos ser tolerantes ni siquiera ante las pequeñas corruptelas del día a día, porque los políticos somos nosotros y nosotros somos los políticos. Y sí no es así, debemos cuestionarnos qué tipo de democracia tenemos, y si concluimos que esta es imperfecta y no nos satisface, puesto que no nos sentimos representados por nuestros políticos, quizá sería cuestión de dar un paso más allá y comenzar a defender y difundir la idea de la democracia directa. Acabo Manuel, dándote las gracias por tu comentario. Un cordial saludo.

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