Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Historia de una caída o de cómo se evapora un viaje. (Relato)

3 de septiembre de 2015

Historia de una caída o de cómo se evapora un viaje. (Relato)

  
La primera noche de sus vacaciones en la isla de “enfrente” se le truncó el ánimo y se le esfumaron las expectativas de visitarlo todo, de fotografiar algunos paisajes y de escribir un poco sobre ellos. Tuvo que masticarse sus ganas -frustradas a lo bobo y por una mala pisada- de mirar cuanto se le colocaba delante, de tragarse con los ojos los lugares recomendados por las guías turísticas y descubrir otros, más bellos quizás, y obviados por estas; su intención era representarlos luego en letras, al anochecer, tranquila en su habitación mientras los revivía  de nuevo.



¿Cómo se asimila un accidente en el que ves, aparte de las estrellas que se salían de las viñetas de los cómics,  como vuelan las dunas, los  roques famosos, los barrios con solera, las rutas por la naturaleza, las comidas opíparas,…? Pues se asimila por comparación con otros, siempre por comparación: para ella era la única manera de ubicarse en el mundo, pensando que lo peor que le podía suceder no era aquello.
Se le resistía a Ángela esta isla, Gran Canaria. De jovencilla, a finales de los años setenta, solía ir con su tía Dora a Arucas donde residía la hermana de esta, su marido y sus cuatro hijos. Allí transcurrieron varios veranos a disgusto; era adolescente, por lo que casi todo la irritaba,  y no recordaba apenas nada de ese lugar (alguna catedral, una romería, el aeropuerto como un chamizo, el agua de Firgas y un barrio de chabolas). En su mente se le quedó enorme este último, el poblado hecho de chapas de uralita, que su memoria a largo plazo ubicaba hacia la salida de Las Palmas, en una gran planicie, dentro de un barranco y al borde de la carretera, saliendo de la ciudad en dirección a Arucas. Y el aeropuerto, que según le indicaba la misma memoria, poseía una fachada  construida de cañas pequeñas y apretadas. No sabe ahora si esos recuerdos se corresponden con alguna realidad pretérita o fue fruto de su invento por el cabreo que llevaba encima. Por eso ella, ya en su madurez,  era más sabia y no daba ni un euro por sus memorias: nunca las escribiría con sinceridad. De mayor ya supo que su antiguo disgusto de jovencita era provocado por las burlas frecuentes de sus  tíos hacia su persona. A Ángela ahora no le extrañan esas chanzas, porque se reconoce en su hijo impetuoso y tajante en sus informaciones, a quien dan ganas también, aparte de revolverle el pelo, de embromarlo constantemente. Desde entonces, desde sus presuntuosos dieciséis años, no regresó más. Sin embargo, tenía su destino definitivo, como funcionaria del Estado, en esa isla; pero nunca había ocupado la plaza. Entre distintas comisiones de servicio se había salvado de alejarse de su familia y conservado su permanencia  en Tenerife. Llevaba años posponiendo un viaje por esas tierras con el temor de que quizá tendría que realizarlo de manera forzosa alguna vez, el día que no le adjudicaran más comisiones. Pero, por fin, pensaron que sería aquel verano una buena ocasión. En mala hora; aunque nunca se sabe dónde se encuentra la oportunidad fallida y en qué noche las ilusiones se convierten en humo y se escapan  sobrevolando las palmeras.
Eso es lo que le pasó a Ángela en su primer día de vacaciones. Llegaron sobre las siete de la tarde al complejo en el que habían alquilado las viviendas. En una hora estiró el tiempo de modo inconmensurable:  saludó a los dueños y se extrañó, para sus adentros, del físico del hombre (de cabello largo, blanco, muy corpulento y con aspecto de fauno); se quitó de encima el vestido largo y los zapatos de tacón que la traían ya muerta, ¡qué alivio usar tenis!; sacó una mínima foto de la vista que se divisaba desde la casa rural, un palmeral frondoso escondido en el cauce de un barranco; revisó el apartamento en busca de señales sospechosas de limpieza equívoca (no encontró ninguna); convenció a su hijo Leonardo de que le convenía más la habitación del principio porque disponía de armarios más amplios y era mayor; y, la tarea más aburrida, junto a su marido colocó el equipaje en los armarios (camisetas por un lado, a la izquierda las de él, a la derecha las de ella, los pantalones y vestidos arriba y la ropa interior de Ángela desperdigada en el centro de las camisas, a modo de muro de Berlín, dividiendo la ropa entre uno y otra; en cambio,  la de él en su mesa de noche, que por eso era el más ordenado de los dos); por último, salieron al  supermercado en busca de víveres de supervivencia y de recreo: cervezas y cosillas de picar.
En expedición bajaron casi todos, excepto Leo, su adolescente, que se quedó en los brazos de la PspVita. Fueron ella, su marido, su hija mayor  y su novio –Sofía y Javier: “los científicos”- por aquella carretera que, como dice el chiste, tal parecía que habían soltado una culebra y por donde corrió la proyectaron. No importaba, era el primer día y conservaban el crédito del aguante vacacional completito. En veinte minutos alcanzaron Maspalomas, más exactamente, uno de sus centros comerciales.
 Dos carros, dos compras: la de ellos y la de Sofía y su pareja: viajaban juntos, pero no amasados en un solo pan. Llenaron los  carros de cervezas, aceitunas, pimientos asados, altramuces… Elegir los pimientos siempre era una odisea para la mujer, pues debía decantarse entre los de China, Perú o Tolosa; de 0,80 céntimos, de 1,60 o de 3,99 euros; de 450, 250 o 120 gramos de peso escurrido; ecológicos o “normales”; elaborados de manera industrial o pelados a mano de modo artesano por las señoras de Navarra; con aceite de oliva o vegetal misterioso; pimientos rojos al ajillo,  morrones, asados del Bierzo, picantes o de piquillo; troceados, en tiras o enteros; de marca  Carretilla, Dantza, Ibsa o  Campo Rico con sabor mejorado. Guau, qué difícil. Por eso ella siempre decía que las  decisiones más demoradas residían en las cosas pequeñas, inanes de la vida; que las otras, las importantes, venían tan de sopetón que no daba tiempo de escoger; así se dilataba tanto en elegir unas braguitas como unos pimientos, y tenía almacenado en su cerebro tesis completas sobre los mejores productos. Aquello le daba la falsa ilusión de consumidora libre.
En el carro de los más jóvenes convivían con las cervezas varias pistolas de agua, de plástico y coloreadas de  verde con chispitas naranja, tres exactamente, que compraron para jugar con Leo en la piscina de los apartamentos. En aquel momento no presentían qué poco las iban a usar ni que  en el borde de esa estúpida alberca se iban a acabar una hora más tarde sus recién comenzadas vacaciones. Sofía y Javier habían venido de Madrid, donde residían, a pasar el verano con ellos. Pobres, también se les fastidiaría el viaje. Pero esto sucedió más tarde.
Antes, y razonablemente satisfechos por sus compras, se bebieron un café en el centro comercial y confraternizaron con los lugareños, sobre todo Ángela, que la animaba la facultad de socializar con cualquiera si su cerebro se hallaba activado en modo contento; en caso contrario, era la más huraña del mundo. Pero en vacaciones, casi nunca. En este caso fue con el camarero que le sirvió los cafés en la barra, y el tema versó sobre las trampas que muchas compañías azucareras cometían con el azúcar moreno (era en realidad  refinado, aseguraba el barman, que teñían de oscuro algunos empresas, de escasos miramientos, para hacerla pasar por morena). Ella asentía asombrada, y alentaba con sus preguntas a aquel chico para que continuara proporcionándole información sobre el asunto. Luego, ya en la mesa, trasladó el tema a su familia y todos comentaron, muy preocupados, el caso de El fraude del azúcar teñido y los empresarios de pocos escrúpulos.
Más tarde, a subir otra vez por la culebra transmutada en carretera, ora curva a  la derecha, ora curva a la izquierda. En uno de sus recovecos casi chocan, justo cuando aquella giró bruscamente  hacia el lado más imprevisible, con un pimpollo de todoterreno cuya  ocupante, histérica, dominada por la sinrazón más desatinada, se puso a gesticular como una loca. ¡Si fue esa perturbada la que les echó su trasto encima! Pero no, no fue aquí donde se lanzaron a volar las dunas de Maspalomas. Este suceso solo sirvió para corroborar lo bien que conducía el marido de Ángela, y qué fantástico que ellos formaran parte del grupo de  los correctos usuarios de las malas carreteras; los demás siempre manejaban de espanto.
Ya en la casa, Abel y su mujer se apropiaron de la terraza privada, muy espaciosa,  a la que daba el apartamento. Se tumbaron en las colchonetas y contemplaron durante largo rato la vista llena de palmeras  que se extendía bajo sus pies. Era como una foto a tres colores, verde brillante en un primer plano, un grisáceo verdoso y empañado en el fondo y encima un cielo azul violeta desvaído. Estampa quieta, sin que se atreviera a moverse una hoja, ni siquiera osaban volar los mosquitos; todo detenido, a la espera. Por eso no fue extraño oír cómo en esa noche calurosa  la piscina les llamaba, deseable.
-¿Hasta cuándo estará permitido el baño? Sería bueno que se pudiera incluso en la oscuridad, ¿no crees? ¡Con el calor que hace! –exclamó ella mirando a los lejos. Desde allí no se divisaba el patio en el que estaba ubicada la poza, pero les alcanzaba su efluvio.
-Vamos a pagarle la estancia  y le preguntamos hasta qué hora se permite. Sí, dar un par de brazadas  estaría muy bien.
Qué bueno ser sordos en ocasiones y no andar escuchando tonterías.  Pero oyeron la llamada del agua, en estéreo, y por eso se pusieron en marcha. Él llevaba unas zapatillas de deporte, pero ella se había quitado las suyas y se las había cambiado por unas esclavas abiertas; qué boba esa mujer, si no sabía caminar con eso; con tacones era experta, pero con zapatillas bajas, sin ataduras, una torpona. Sin embargo, se levantó de la hamaca y se echó a andar con ellas. Bajaron las escaleras, se acercaron a la piscina, y entonces… ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Qué dolor! Plaf, crash. Ángela se quedó tendida en el suelo, boca abajo, en el patio que rodeaba la zona de baños, con la pierna doblada hacia un lado. Caminaba junto a Abel, y este, que siempre iba por la vida protegiéndola de cuantos obstáculos se encontraba, esta vez no la advirtió. No sean mal pensados, no la avisó porque deseara su caída,  sino porque creyó que también había visto la pequeña rampa y para no ser tildado de pesado, como siempre. Se quedó tendida en el suelo, con la pierna torcida y un intenso dolor recorriéndola de arriba abajo, más allá del tobillo y de la extremidad izquierda, más allá de ella misma, porque la envolvió toda. Pero no fue un malestar localizado, agudo, punzante, de los de pegar chillidos; era de los que se nota que algo se desmigaja, se expande, se evapora rodeándola desde la cabeza a la punta de los dedos, de los que irradian hacia afuera y parece que alcanzan, incluso, a los acompañantes. Unidas al dolor denso bajadas de presión largas e intermitentes. Sudores fríos continuos le iban y le venían; ganas de quitarse la ropa y fundirse con el suelo de tierra. Abel se arrodilló y le acarició la cara, pero ella se sentía agobiada, acostada en el cemento, sudorosa, deseando que pasara el tiempo para que se esfumara la nube espesa en la que estaba metida. Otras veces había sufrido de diversas lesiones en los pies: esguinces, fascia plantar, tendinitis… Hasta un clavo, de pequeña, le había atravesado el empeine del pie. Todavía recuerda los emplastos de vinagre que le colocaron sus tías y el asco que le daba. Pero esta vez, intuía que era distinto, aquella sensación de que la pierna se le desgajaba dolorosamente del cuerpo era nueva, igual que aquella rotura por tres lados, tan novedosa, tan operable. Y la presintió cuando hubo percibido que  no había movimiento voluntario allí abajo.

¿Y por qué había sido? Un tobillo despistado, enfundado en una esclava que no sabía caminar en una noche de poca luz, se encontró con una rampita mal señalizada -de esas que se construyen únicamente para cumplir con el expediente: sin pasamanos, de altura inapropiada, al lado de un  brusco escalón-, y se fundieron en un abrupto  y nebuloso abrazo. Un verano perdido porque alguien no quiso cumplir correctamente con la normativa, limitándose a construir lo justo para aparentar que la respetaba. Y  ella se  convertiría en víctima y cómplice, puesto que ya sabía que no iba a denunciarlo. Pese a todo, se sentía tranquila, y afortunada, de que ninguna escalera mecánica la engullera a ella como vio que había sucedido en China hacía unas semanas. La idea de que aquella ineptitud no fuera tan grave como para que no pudiera llegar a convertirla en su cómplice la calmaba: hasta de poder narrar los sucesos surge la alegría, pues.





15 comentarios:

  1. Una vez más, querida Ángeles, nos sorprendes con esa mirada tuya nada sensiblera, distanciada y, sin embargo, auténtica ante los hechos que relatas. Siempre das pequeñas lecciones aún sin pretenderlo, creo. Un abrazo, amiga bloguera y no dejes de cuidarnos a tus lectores con tus lúcidas y positivas perspectivas.

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    1. Balbi, sé que lo dices por el lado de que no me lo tomé mal ni hice un drama. Ahora que ha pasado el tiempo y tengo la perspectiva de varios meses sé que como ya no se pueden cambiar los hechos, pues mejor asumirlos intentando sacar algo bueno de ellos. Un beso

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  2. Fantástico relato! Transporta a la niñez del personaje, a los paisajes isleños , y con una prosa tan delicada y a la vez fluída nos enseña mucho de lo que nos aguarda tras las sombras de la realidad,ahí,agazapado. Eres una magnífica escritora!! Felicidades

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    1. Qué bien suena a los oídos lo de prosa fluida y delicada (más bien a los ojos). Gracias por lo de magnifica escritora y, viniendo de una licenciada en filología hispánica, le atribuyo mucho valor Un abrazo, mi guapa.

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  3. Anónimo3/9/15 22:10

    Me quedé con ganas de seguir leyendo más :-(. Me gustaría conocer más a todos los personajes y en particular al novio de Sofía. Yo particularmente me lo imagino esbelto, agradable y buenmozo :-). Me imagino que más adelante comentarás más el carácter de todos :-P.

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    1. Sí, sí, el novio de Sofía, personaje importante en el futuro de esta historia. ¿Quizá tuvo que cargarla en los días que no se cuentan? Un beso

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  4. Me ha gustado mucho, me parecio muy entretenido y se me hizo corto, además me hizo reir varias veces.

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    1. ¿Y Te sentiste reconocida? Me alegro de que te haya hecho reír. Un beso

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  5. Anónimo4/9/15 12:24

    Tu relato me gusto muchísimo; sin querer ser mala, te dejo el dicho "no hay mal que por bien no venga"; creo que es así, nunca lo sabremos. Es un gusto leerte, un beso.
    Ana Linares.

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    1. No eres mala, tienes razón: de muchas cosas malas se puede sacar algo bueno. El gusto de que me lean, y quieran seguir haciéndolo, es mío.

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  6. Anónimo4/9/15 12:29

    No me canso de leer todo lo que publicas! !! Muy bueno! tanto en la forma (continente) como el contenido!!!
    Candi.

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    1. Ojalá no te canses y ahora que sé que me dijiste -y me agrada y tranquiliza eso-, que si un día no te gustaba lo que yo había escrito, me lo dirías, agradezco doblemente que te parezca bueno. Un fuerte abrazo.

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  7. Anónimo4/9/15 19:37

    Perspicaz mirada la tuya a la hora de narrar las pequeñas (o grandes, romperse una pierna al principio de unas vacaciones no es moco de pavo) tragedias de la vida cotidiana. Me ha llegado especialmente cuando la protagonista tiene recuerdos asociativos de su juventud con el lugar de veraneo. Persevera, amiga mía, que leer tus escritos es todo un placer para mi.
    Manuel Melguizo

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    1. Sí, Manuel, para narrar las tragedias de la vida cotidiana hay que tomárselas con humor, si no la tragedia te traga y no haces sino llorar. Espero perseverar, aunque sea por aquellos que me lo piden. Un saludo.

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  8. Muchas gracias a todos los que se han acercado por aquí a leer mi relato y, sobre todo, se han molestado en comentarlo. Un beso a cada uno.

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