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24 de octubre de 2015

El chico que temía a las sombras. (Relato)

Sombras de personas
Juanín nació con ímpetu, con fuerza, con garra. Sus llantos en la sala de maternidad aterrorizaban a las enfermeras: presentían que estaban en peligro los cimientos del hospital. Solo la teta de mamá calmaba al niño, por eso, cuando el bebé fue entregado a aquel portento de madre, a la única que tenía la grandiosa facultad de acallar al angelito, la sala respiró aliviada y las enfermeras pudieron beber, por fin, el té adelgazante que solía cargar una de ellas, siempre en un termo rojo, y olvidar que lo llevaban tomando frío desde hacía unos días. 


El chiquillo fue un disfrute para toda la familia, pues vino al mundo en el momento en el que los padres no lo esperaban y las ansias de pasear carritos de bebés por las plazas, en las largas tardes de domingo, habían sido cubiertas. Era el más pequeño de los tres hijos, con bastante diferencia respecto a la menor, Laura, por lo que de inmediato, sin esperar casi a que abriera bien los ojitos y se asentara en el hogar, se convirtió en un juguete para todos. Era un bebé precioso, de anuncio de Dodotis, rubio y gordezuelo; solía lucir una amplia sonrisa y llevar a todos sitios los ojos muy abiertos. Únicamente había una cosa que alteraba al pequeñín, y era pasar hambre; pero ya la mamá le había pillado el truco de lo que más lo tranquilizaba. El niño solía  aferrarse a la teta con tanto empeño, y mamaba con tal fruición, que los demás miembros de la casa censuraban a la madre si intentaba respetar el horario establecido. No lo entendían.

Como un niño normal fue desarrollándose, ante la mirada  de sus padres, Alfredo y Marta, y de sus dos hermanos: sonrió al mes, se sentó a los seis, gateó a los ocho y dio sus primeros pasos sobre los once meses; sus padres estaban encantados de sí mismos y del niño, sobre todo si la pediatra confirmaba el desarrollo progresivo del infante. Era pues, un bebé como los demás, hasta espabilado lo diagnosticaron en las revisiones prescriptivas. No obstante, un día, la sospecha de anormalidad, lean bien, de anormalidad,  que no de subnormalidad, abrió la puerta, se introdujo por los resquicios de los muros y se instaló en la mente de sus atribulados papás, poco a poco, arrastrándose como si fuera una serpiente sigilosa que abandonaba sus huevos allá por donde se desplazaba.


La primera inquietud surgió  cuando el chiquillo se acercaba a su primer año de edad.  Fue en ese momento  en el que los padres se dieron cuenta de que algo no marchaba del todo bien. Ocurrió precisamente la víspera de su fiesta de cumpleaños, un cuatro de febrero, y bien entrada la mañana. Ese día su madre lo había dejado  jugando en su habitación, y allí se quedó  él muy tranquilo, hasta contento, porque le habían adelantado del cumple un juguete nuevo, un trenecito que simulaba el ruido de los trenes de vapor. En la habitación no corría ningún peligro: el suelo estaba enmoquetado, las esquinas de los muebles forradas de foam y la puerta protegida con una barrera baja, de aluminio. Los padres sabían que Laura y Ángel  andaban por allí y les encomendaron que, de tanto en tanto, echaran una ojeada a Juanín. Ángel se quedó concentrado en sus cosas, costumbre en él, e  ignoró el mandato de la madre; pero Laura, quien vivía encantada con el hermano, iba a cada rato a ver cómo se encontraba. Para ella, que le llevaba más de diez años,  el niño había sido una estupenda novedad de la que todavía no se había cansado. Le agradaba estar con él y se divertía participando de sus juegos, por los menos, durante la primera media hora.

En una de estas ocasiones en las que se acercaba a contemplarlo, no se conformó con mirar desde fuera como el niño imitaba con su voz el ruido del tren, sino quiso compartir su mismo entretenimiento. Pero,  cuando todavía no se hubo sentado a su lado, percibió que a este se le había cambiado la cara por completo: el llanto más aguerrido era la risa de hacía unos minutos. Primero, al divisar a su hermana preferida en la puerta, levantó la cabecita del juguete y le dedicó la sonrisa más esplendorosa e inocente que pudiera esbozar una boquita de niño. Laura, encantada ante el recibimiento, saltó  con agilidad la barandilla e intentó acercarse a él. Grave error, aunque involuntario: se colocó delante de la  pantalla que iluminaba el cuarto, la que tenía forma de globo terráqueo y adornaba también la estantería, justo la que habían clavado en la pared la tarde anterior. Al chiquillo, pobrecito, primero se le dibujó una mueca de espanto en el rostro, luego rompió a gritar y después  a llorar como si lo estuvieran despedazando. Laura  se sorprendió, no sabía qué movimiento realizar, si detenerse, si seguir caminando hasta salvar la pequeña distancia que le separaba de Juanín o salir en desbandada de la habitación. El niño no la miraba, con un dedito apuntaba detrás de ella, mientras lloraba desconsolado. Pero la niña, de la impresión que se cogió al verlo así,  no reparó en nada y siguió acercándose despacio hasta donde se encontraba su hermano; se sentó a su lado, a cámara lenta, mientras le preguntaba con voz extrañada que qué le pasaba. 

El griterío del infante alertó al padre, que trasteaba por las habitaciones vecinas.

-¡Laura! ¿Qué le hiciste a Juanín?

-Nada, yo nada, papá. Entré a jugar con él y cuándo intenté arrimarme se echó a llorar como si le hubiera picado una araña.

El pequeño se iba calmando poco a poco y, ahora, entre hipidos,   señalaba la pared con su menudo índice, tembloroso, y todavía con el reflejo del susto en la cara. El padre miró hacia allí pero no vio nada.

-Bueno Laura, ten cuidado con él.

La niña tuvo cuidado, claro que sí; sin embargo,  Juanín ya no era el mismo: ya veía diferente, ya sentía distinto, ya había creado un susto. Aparentemente recuperó la calma, se olvidó de lo que tanto le había angustiado y se dejó conducir el resto del día entre alegrías, enfados, peticiones, juegos, comidas, algún que otro llanto, y aderezado todo con instantes de risas.

Pero  la escena volvió a repetirse por la noche en la cama del matrimonio, a la hora en la que la madre intentaba ponerle el pijama. Ya había sido toda una aventura ajustarle el pañal, pues no paraba de moverse, y hasta él mismo intentaba pegar los cierres.  Ahora correteaba por la cama, saltando sin cesar, y a ella le costaba atraparlo para colocarle bien las mangas. Si hasta incluso dentro de una se le habían quedado atrapados algunos deditos; pero no había manera de pillarlo y él ni se daba cuenta. Estaba feliz,  satisfecho y juguetón, hasta que de  pronto se paró en seco, dirigió la vista hacia la pared, detuvo su cuerpecillo, y al instante tuvo casi una convulsión. Comenzó a llorar a grito pelado, señalando asustado hacia el frente, apuntándolo con el índice. “Qué curioso lo que le aterroriza”, se sorprendió Marta, mientras lo abrazaba.

-Cariño mío, si no es nada; es tu sombra, bobete. No tengas miedo. ¡Alfredo, ven, corre, ven para que veas a Juanín ! -a la madre le causaba gracia esta reacción del niño-. Pobrecillo, te asustas de ti mismo, si no es nada; qué simpático, esto no  lo había visto nunca, a tus hermanos no les pasó. Ven aquí, ven aquí, mi bebé precioso. Anda…

Sí, en un principio le divertía, le enternecía aquella aprensión de su hijo hacia las sombras. Tanto ella como Alfredo y los chicos  se quedaron maravillados ante este pánico. Pero ese día fue solo el punto de arranque. A la mañana siguiente, ya olvidados los padres de las tinieblas y de los terrores que originaban en el ánimo del crío, volvió a repetirse la misma escena, sin embargo, esta vez costó más calmarlo; por la tarde, de nuevo, y por la noche igual, lo que provocó que Juanín se fuera a dormir tarde y entre hipidos, con “mal cuerpo”. A partir de ahí, cada día. Y a los papás dejó de causarles gracia esta originalidad del nene. A medida que iba creciendo se le iba agudizando y llegó un momento en que en la casa había que disponer las luces del modo más estratégico para que no se asustara de las mismas,  de sus  propias sombras o de la de los demás. Si eso ocurría  se lanzaba a llorar y no había quién lo tranquilizara.

Ni siquiera cuando creció unos añitos e intentaron exponerle de manera racional ese fenómeno que le atormentaba, a él y a la familia, se calmó. No hubo manera. Armados de  paciencia  le explicaron que lo que veía en la pared o en el suelo era debido a que la luz que iluminaba un objeto, como no podía alumbrarlo por completo, creaba una oscuridad detrás; era como si topara con un impedimento, un obstáculo, y se defendiera formando sombras, terminaba el papá quizá echándole algo de literatura inoportuna al tema.

-¿Qué es un obstáculo?

-Es como un freno, algo que interrumpe el paso de algo; como cuando tu hermano te impide la entrada a su habitación; pues eso, tu hermano es el obstáculo. Aquí la bombilla ilumina a mamá, ¿ves?, pues eso refleja una sombra porque la luz no puede atravesarla.  Mamá es el freno. Como la  luz la enfoca a ella pero también a la pared, y no puede traspasarla, surge entre tu mami querida y la pared una sombra. Si se produce es porque tu madre está.

El niño fruncía el ceño, miraba a su padre reconcentrado, luego a su mamá, más tarde a la pared; parecía que reflexionaba y hasta lo iba entendiendo.

-¡Pero mami no es ningún freno! ¡¡Yo quiero que mi mami siempre esté!! ¡No quiero que ninguna sombra se la lleve!–. Acababa Juanín enfadado, con el llanto contenido, y cruzando los brazos como había visto que hacían los adultos, aunque él más que cruzar uno sobre otro los pegaba: el tamaño de sus bracitos se lo impedían.

 Alfredo se alejaba con desaliento, mientras  le lanzaba a Marta una ojeada inquieta. Algo habría qué hacer. El chico comenzaría después del verano en el colegio, en primaria y no podría andar alborotándolos a todos con sus sustos. La educación infantil la estaba cursando en un centro pequeño, mitad guardería, mitad escuela; había habido pequeños problemas con la fobia de Juanín, y las maestras ajustaban las luces para que el niño sufriera lo menos posible, sin embargo, cada día pillaba un contratiempo, sobre todo cuando se acercaba la hora de irse; en esos momentos parecía ser más sensible a los efectos y acostumbraba a salir de la escuela malhumorado o con restos de lágrimas en sus ojos y el semblante enfurecido.

Los padres cada vez vivían más angustiados. Cierto es que el chaval les había ya pillado un poco tarde, con los otros criados, como se dice habitualmente. Entre esto y que, como era el menor, en él se centraban todas las atenciones, se reconocían impotentes, y se sentían como si hubieran regresado a su primera época de padres inexpertos. Hasta que un amigo les  sugirió que aquello, tal y como se lo estaban pintando, era de especialistas. No quería decir que el niño estuviera mal de la cabeza, pobrecillo, sino que ese trastorno -“Puesto que ya lo es, ¿verdad? Porque supone un problema en el chico, ¿cierto?”, dejó caer el amigo, quizá un puntito insidioso- debería consultarse a los expertos, a gente que se dedicara a eso y pudiera darles una opinión seria.  


Dibujo infantil





2

El gabinete “Psicólogos para tu bienestar” se encontraba en el centro de la ciudad, justo en la calle principal y en lo más elevado de un edificio de vieja construcción,  pero muy alto,  en contraste con lo que era habitual por allí. Al lado de la puerta de la entrada colgaba  una pequeña placa que se codeaba con otras que indicaban salas de dentistas, abogados y hasta un registrador de la propiedad.

 Llevaron a Juanín una apacible tarde de mayo, precisamente con las calles semicubiertas de sombras (pero al niño los claroscuros de la naturaleza no le inquietaban; sí, en cambio,  los rastros que iban dejando  por ahí las personas); planearon ir primero al especialista y después al parque; le prometieron que si se portaba bien y respondía a todas las preguntas que un señor muy simpático le iba a formular, aparte de chuches, la visita a los columpios quedaría garantizada.

Fue con una amable señorita con la que hubo de lidiar. A los mayores les procuraba un trato seguro y competente, en cambio al niño se dirigía en un tono de voz  cariñoso. Al principio Juanín se mostraba conforme con lo que ella le preguntaba y se esforzaba en responder (aunque poco tenía que contestar, que no le gustaban las sombras y ya está: de ahí no lo movían), pero al rato, ya distraído, y más pendiente de los dibujos  que adornaban la consulta –dándole un eficaz toque de humanidad-, dejó de prestarle atención. Con sigilo, absorto, atraído por uno que estaba pegado a la pared, había bordeado el asiento de la psicóloga para acercarse al trozo de cartulina que de modo tan llamativo lo reclamaba. Se quedó  con la mirada fija en una pintura cuya imagen reflejaba una casa con gallos y  gallinas en el tejado, y de donde salía también un árbol que se enroscaba delante de unas montañas; un elefante flanqueaba la puerta de la entrada, y al lado una niña lo conducía  con un cuerda como si fuera una vaca, pues hasta le colgaba un cencerro. Tampoco la niña era muy normal, en su pelo, primero a modo de diadema, llevaba una culebrilla de vivos colores cuya cabeza se elevaba hacia un lado y del otro le caía el cuerpo, como si fuera una bufanda: tenía doble función, por lo visto. Curioso dibujo. No solo Juanín lo contemplaba, los dos pares de ojos de los padres no se despegaban de él.   

-La fobia del niño a la sombras tiene un nombre; está diagnosticado y se puede tratar. Se llama esquiofobia –la profesional recondujo de nuevo la conversación-. No es grave si con el tiempo desaparece, que es lo más probable.

-¿Y a qué se debe eso? –preguntó con ansiedad Marta–. El nombre es feo.

-Casi todas las fobias tienen nombres peculiares, desconocidos por la gente; no obstante, son más comunes de lo que se cree.  Por aquí han venido personas que padecían desde rupofobia o automisofobia, que son los miedos a la suciedad en general o, en particular, a ir sucios  –estos individuos, por ejemplo, se lavan las manos continuamente; como ven, no es tan raro-, pasando por kakorrharfiofobia que, pese al nombre que se le adjudicó, todavía es más habitual que la anterior, y es el miedo al fracaso: bloquea a quien lo padece y le impide acabar cualquier proyecto que haya iniciado; hasta ritifobia,  que es la manía a las arrugas y la obsesión  por conservar la juventud a toda costa que, se habrán imaginado, anda muy de moda en la actualidad.

- Dios mío, pues sí que hay trastornos en el mundo.

La psicóloga sonrió enigmática y comprensiva a la vez.

-Bueno, gracias a los tiempos que vivimos  ya hay profesionales que pueden ayudar en estos casos. Como ustedes deben saber una fobia es un miedo irracional; en el caso del niño, y miren qué entretenido se quedó ahora con el dibujo –se dio la vuelta para contemplarlo mejor-, ni nos hace caso, él no puede controlarlo y por eso reacciona asustándose. Con el tiempo se le irá, o puede que la sustituya por otra manía. Quizá sea  resultado de la gran imaginación que le bulle en la cabeza y que le lleva a inventarse un mundo mágico y terrible. Unos lo llenan de monstruos y él, en cambio, de sombras. Pero no se preocupen; se curará  –sonrió otra vez y hojeó las páginas de su agenda-. Podríamos fijar, en principio, un horario de dos sesiones a la semana. Y así vemos como responde; sí necesita más o menos ya lo ajustaremos. Se trabajará  poco a poco, con juegos que a él le agraden; se le irá exponiendo lentamente a  las sombras, para que las asocie a estímulos agradables y se acostumbre a ellas, a que estas no significan nada malo, a ver si así va eliminando el miedo. 

Salieron de la consulta tranquilos. La terapeuta parecía ser muy responsable, muy conocedora de lo suyo y eso les infundió confianza. Los honorarios no les convencieron tanto pero era un pequeño sacrificio que debían conceder si, a cambio,  todo salía bien.

Si todo salía bien... Pero nada salió bien; pasaron las semanas y algunos meses, el niño jugaba, la psicóloga jugaba, ambos jugaban, y a Marta y a Luis los honorarios le estaban jugando una mala pasada; se les escapaba el dinero de los bolsillos igual que la arenilla entre los dedos, pero el problema seguía  intacto, sin resolver. No es que la profesional fuera mala, es que el niño era pertinaz hasta vencer cualquier resistencia. Ella lo trató con cariño, aplicó diferentes terapias y ensayó diversos trucos. Al final reconoció que no avanzaba todo lo que se había propuesto y que, lamentándolo mucho, era de honestidad rendirse. En esto ya se le había echado encima a Juanín el momento en el que debía, a sus seis añitos, acudir al colegio, con su fobia sin resolver y sus padres desesperados.

 3

Era un Centro pequeño, público y de pocas unidades; se hallaba  ubicado en uno de los mejores barrios de la ciudad  y tenía fama de ser un buen colegio y de disponer de excelentes instalaciones, en comparación con lo que solía ser habitual. Dentro de poco se iba a celebrar un pequeño homenaje con motivo de la jubilación de una de las maestras más antiguas del equipo docente, y por eso los pasillos estaban adornados con guirnaldas, plantas y algunos globos. Se despedía la señorita Mariluz, a quien del nombre le quedaba poco: ni mucha luz captaban sus ojos –recientemente la habían operado de cataratas- y la condición de señorita la había dejado atrás hacía años, incluso, había sido maestra de su propio nieto.

Ella era encargada del grupo de 2º A, el de Juanín. El chico la apreciaba sinceramente porque lo dejaba a su aire, nunca lo forzaba demasiado a vencer los miedos ni le echaba sermones a cuenta de sus manías. Hasta jugaba con las luces para procurar  que en el aula se produjeran la menor cantidad de sombras posibles. Ahora estaba un poco asustado porque la seño Mariluz acababa de avisar a toda la clase que ya se despedía; no trabajaría más porque, como era muy mayor, dejaba la enseñanza y, dentro de unos minutos, les presentaría a la señorita sustituta. Acabó rogándoles, por favor, que se portaran con la nueva como acostumbraban con ella, igual de bien o mejor, pues sabía que todos eran unos chicos magníficos.

Juanín, un soñador, y de fácil talante para elevarse por las alturas,  traspasar la ventanas del aula y posar su alma viajera en la copa de los árboles, se había quedado ensimismado ante estas palabras, hasta que Javi tuvo que propinarle un codazo tan fuerte que por poco no lo saca del pupitre que ambos compartían.

-¡Mira! ¡La nueva! – le gritó al oído mientras se sentaba muy derecho en la silla.

“Ay, mi madre, ¿es esa la que está entrando? Pero qué guapa es. ¡Si es como un hada! Tan rubia, con el pelo largo, los labios rosados, y los ojos grandes, grandotes” -allí estaba delante de ellos, con otra  maestra que venía muchas veces a cuidarlos y  con la seño Mariluz -  “Qué sonrisa más bonita”.

Juanín casi entra en trance. Desde sus ojos infantiles nunca había visto a ninguna mujer mayor tan perfecta como aquella; normalmente la mayoría eran unas gruñonas, a las que las puntas de los labios se le afilaban hacia abajo, arrugaban los ojos tanto que se le quedan finitos como una raya y los agujeros de la nariz se le ponían muy abiertos, igual que dos alas; pero esta seño tenía pinta de que no se enfadaría  así.

Ella los saludó y permaneció un rato entre ellos, hablándoles con afabilidad. Pero el niño ya se había quedado encandilado, y apenas escuchó nada. Su alma, su espíritu, o lo que tuviera aquel tenaz niño de las sombras, ya estaba flotando por el aire, tropezando a veces con el techo, y otras con los rieles de las cortinas.

En ese estado de embeleso persistió durante los días y las semanas siguientes. Iba al colegio como si llevara el ánimo dentro de una nube formada por una mezcla de excitación, miedo, vergüenza y alegría. Sus padres no  notaron ninguna diferencia en su comportamiento, salvo que por las mañanas era el primero en levantarse de la cama –él, quien siempre había sido un remolón, y solo pisaba el suelo al décimo aviso-, se vestía más pronto, curiosamente, sin ninguna prenda al revés, y desayunaba en un periquete, si antes era el hijo más distraído del reino.

¿Qué le ocurría a Juanín? Nada, aparentemente nada, solo que los días se le volvieron más luminosos, el cielo más azul al igual que el mar, las hojas de las flores de un verdoso brillante, el sol más amarillo y las personas más graciosas. Hasta la ropa que él llevaba tenía otros colores, como más radiantes.

Pero había una pega. Y es que Juanín era muy tímido y no se atrevía a mirar a su hada de frente. Él se sentaba en un extremo de la clase, casi pegado a la pared y a la mitad del aula. Si ella se hallaba lejos la enfocaba descarado, más bien embobado, pero si se encontraba por los alrededores  revisando los trabajos de los otros compañeros o se acercaba a él, entonces bajaba la cara para que no viera que se le andaban quemando las mejillas, o para que no notara lo mucho que le latía el corazón o le dolía la barriga. Y por favor, que ella no le hablara, porque por aquellos días, a él las palabras se le perdieron de la boca, se echaron a volar todas y  no le quedó ninguna ni siquiera en la punta de la lengua.  El niño no podía verla cuando se situaba cerca, solo aspiraba su  olor  a perfume de vainilla, igual al de las tartas de su tía Lidia; uf, pero se estaba perdiendo la cara de la seño de cerca, y eso le ponía de malhumor, aunque el chico no sabía por qué.


Sombra de Marge Simpson

Hasta que llegó la mañana -ella estaba un poco inclinada sobre él  delineándole en su cuaderno la M, la N y la Ñ mayúsculas para que las distinguiera y no se equivocara más en su trazado- en la que Juanín pudo desviar la vista a un lado, un poco, solo un poquito,  y vio la sombra de ella  dibujada en la pared y el moño  gracioso que se elevaba hacia arriba, como llevaba la madre de los Simpson, Marge. Retiró los ojos de la pared asustado por su atrevimiento, bajó la mirada al cuaderno, pero al minuto volvió otra vez, despacio, muy despacio, percibió la sombra de ella reflejada a su izquierda y, de nuevo, ese moño largo, muy alto, hacia arriba. Volvió  a quitar la vista unos segundos, y sonriendo, casi a punto de romper a carcajadas, la fijó de nuevo, esta vez más abiertamente, en ese moño que cada vez era más alto, más estirado y  puntiagudo.

-Juanín, ¿tú me  escuchas? ¿Te das cuenta de los diferentes trazos que tienen las letras? ¿Distingues las mayúsculas de las minúsculas?

No, no se estaba dando cuenta de eso,  ni tampoco la oía, ni distinguía ninguna mayúscula, ahora no, desde luego que no. Había empezado a reírse, primero en un tono bajo, intentando controlarse, pero luego, como vio que no podía, a carcajadas, con ganas y hasta le temblaba el cuerpo, de la risa tan grande que lo dominaba.  Solo señalaba con el dedo la  sombra de su hada en la pared; lo subía desde abajo hacia arriba y se quedaba detenido en el alto copete que la pared le devolvía del moño de la señorita. Todos los compañeros se fijaron en él y los más cercanos comenzaron a reírse por lo mismo. Las carcajadas se extendieron a toda la clase aunque nunca se enteraron los de atrás, ni los de delante, qué era lo que la había provocado. Para Juanín el día se convirtió en memorable y, como dicen los cronistas, fue el primero  del resto de su vida. 



El chico que temía a las sombras (Relato)
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© Ángeles Impíos

15 comentarios:

  1. Manuel Melguizo24/10/15 18:03

    Relato simpático que se lee con ligereza y que aún se hace más breve de lo que ya es. Para recomendar.

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    1. Gracias, Manuel, de vez en cuando, un relato ligero y simpático se agradece, como yo tus comentarios, siempre puntuales.

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  2. Muy bueno!!! Ameno y sencillo en las descripciones, con un desenlace perfecto y amable. Te felicito. Candi

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    1. Y yo recibo con mucho gusto esas felicitaciones y que te parezca ameno y con un desenlace perfecto. No sé si son tus ojos por el cariño que me tienes o porque el relato lo vale, de cualquier modo me agrada lo que me dices. Ayuda mucho.

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  3. La frescura y fluidez de tu relato, Ángeles, me ha hecho pasar un muy buen rato. Es un placer leerte, se me hizo corto y eso es bueno. Espero el próximo. Un estupendo final. Un abrazote tierno como tu cuento..

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    1. Los mejores relatos son los que se nos hacen cortos, aunque no lo sean tanto en páginas. Qué bueno que te parezca fresco y fluido. A por el siguiente voy, como dices. Un fuerte abrazo.

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  4. Muchas gracias a los tres; a través de un relato sencillo he querido expresar que el amor (aunque sea infantil) y la imaginación pueden tener más poder que cualquier terapia psicológica.

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  5. Lo he vuelto a leer y me reafirmo en mi opinión: es poesía hecha en prosa. Me ha gustado mucho.

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    1. Lo de poesía hecha en prosa llega al alma poética que todos tenemos. Muchas gracias, mi reina.

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  6. Ángeles me encantó el relato, y el final me chifló. Me pasa que cuando algo me está gustando me entra una ansiedad por devorarlo,por querer saber lo que ocurrirá y eso me ocurrió con tu relato. Me gusta porque se lee con fluidez y tiene picardía. Disfruté leyéndolo. Un beso.

    Ani

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    1. Ani, a mí me pasa lo mismo cuando algo me gusta. Deseo acabarlo y hasta que no lo hago no lo suelto. Todo un gran elogio el que me dices. Gracias, guapa.

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  7. Muy bueno, Ángeles, me ha mantenido intrigado todo el tiempo a ver en que paraba el caso de Juan, además me ha gustado el lenguaje y ese punto de humor negro, aún en medio de situaciones francamente paradójicas. Felicitaciones

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    1. Marcelo, qué satisfacción ver tu comentario en mi blog y que digas que te ha mantenido intrigado las aventuras del chiquillo Juanín. El humor negro que no falte. Muchas gracias.

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  8. Me ha encantado el relato.muy ameno y envolvente.mágico. deja una agradable sensación.yo también creo en los poderes de nuestro interior.un beso.Marina

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    1. Marina, muchas gracias por tu comentario. Me llega bastante que te parezca mágico y envolvnete. Ese es mi deseo. Un abrazo.

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