Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich. (Crítica)

31 de octubre de 2015

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich. (Crítica)

Y yo me pregunto, ¿a quién de nuestro mundo le importa Chernóbil y lo que ocurrió allí? Si fue hace tanto, y sucedió en otro  siglo, en otra cultura y en un país que ni siquiera existe ya. Espero no ser la única que tenga interés, aunque este libro no trata del accidente nuclear en sus aspectos técnicos, sino de otras cuestiones más universales como  el desamparo, el amor, la niñez, las familias rotas, el dolor, la resignación,  la muerte –sobre todo incide en la muerte, en la que no debió de haberse producido, porque no estaba de pasar, si la chapucería no gobernara allí y aquí, dejando a las víctimas siempre a su suerte-, el mal ejercicio del poder, el pensamiento y el control totalitario, el engaño a un pueblo, el fraude  del heroísmo. Comentar todas las vidas que se narran en este libro va  a ser imposible; sin embargo, a ver si logro entresacar algunas en las que se refleje algo de lo que he nombrado.




No entiendo la miopía de las editoriales españolas; han pasado por alto que esta autora,  , lleva desde hace años en las quinielas del Nobel y solo han traducido una de sus obras. Pero no me extraña esa indiferencia, si hasta hubo un crítico, las semanas pasadas, que se mostraba ofendido por la concesión del premio a esta señora, pues no consideraba que el periodismo fuera un género a la altura  de ese galardón. Ignoraba, se observa por su juicio, que la literatura de Svletana Aleixievich no es una obra periodística cualquiera. Refleja a los seres humanos en sus desgracias a través de testimonios directos, y  más que periodismo son relatos enlazados por  una línea común (o una novela mosaico, testimonial). Esta obra te da luces nuevas sobre el ser humano y la literatura, tanto o más que otros “Nobeles” convencionales, a no ser que las tengas ya todas encendidas: las luces, me refiero.


En 2006 la editorial siglo XXI la publicó en español en una versión de 336 páginas y Debolsillo en 2015. La traducción que me leí corrió a cargo de  Ricardo San Vicente. El libro ha recibido numerosos premios y ha sido traducido a veinte idiomas. Otras obras de la autora son  La guerra no tiene nombre de mujer  (1983), en la que también a partir de testimonios individuales, como parece ser habitual en su literatura, aborda el tema bélico pero desde una visión femenina y a partir del regreso de los hombres de la guerra. Este argumento me llama poderosamente la atención, y he de esperar a que la editorial Debate lo publique este otoño. La otra gran obra  trata de Afganistán, Zinky boys (1992) y en ella utiliza su misma manera polifónica de crear literatura mediante la que refleja, en primera persona, las vivencias de los  veteranos de guerra, de sus  madres y  de los mandos militares.


Svetlana Alexievich es periodista, escritora y ensayista bielorrusa nacida en 1948  en la Ucrania soviética, pero criada en la república de Bielorrusia (URSS). Se licenció en periodismo por la Universidad de Minsk y participaba en la revista local Neman, para la que escribía ensayos, cuentos y reportajes. Ha cultivado su propio género literario, al que denomina "novelas de voces", en el que el narrador es el hombre, la mujer, los niños corrientes que no son escuchados en ningún lado. Entre los premios recibidos destacan el Premio Ryszard-Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos por Voces de Chernóbil (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia por Tiempo de segunda mano (2013) y el Premio de la Paz de los libreros alemanes (2013).

Es necesario recordar los antecedentes históricos para ubicar mejor los dramas que se relatan en el libro.  En la noche del  26 de abril de 1986, varias explosiones destruyeron  parte de la Central Eléctrica Atómica  de Chernóbil, situada cerca de la frontera bielorrusa. Para Bielorrusia, con una población de 10 millones de habitantes, y dedicada especialmente a la agricultura, supuso una gran catástrofe, aunque la Central no estaba ubicada en su territorio. La radiactividad llegó hasta parte de Europa central y oriental. En Bielorrusia desaparecieron 485 aldeas y pueblos: 70 de ellos fueron enterrados bajo tierra y una de cada cinco personas ha vivido en un territorio contaminado (2,1 millones de individuos, de los que 700.000 son niños). Se produjo un descenso demográfico y la radiación fue el principal motivo; en algunas regiones la mortalidad superó a la natalidad en un 20%. Los materiales radiactivos y  tóxicos que se liberaron fueron superiores a los de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki juntas; inicialmente murieron 31 personas y el gobierno (el país era entonces la Unión Soviética) tuvo que evacuar a 116.000 habitantes. Se mandó al lugar de la catástrofe a 800.000 soldados de reemplazo y «liquidadores» (limpiadores de la zona) y  desde 1990 hasta 2003 perdieron la vida 8.553  de estos liquidadores. En el periodo de 1986 a 1998 el número de cánceres se disparó. Según Greenpeace, 270.000 casos fueron consecuencia directa  de la radiación de  Chernóbil, y de ellos  93.000  han sido mortales. También los problemas en diversos órganos o sistemas del  cuerpo causarán muchas pérdidas durante las décadas siguientes.


La obra Voces de Chernóbil se distribuye en cuarenta monólogos en los que da protagonismo a esposas cuyos maridos cayeron controlando el incendio del reactor que explotó, a niños que contrajeron enfermedades, a ancianas que se resistían a abandonar sus aldeas, a funcionarios y soldados obligados a limpiar la Central y todo el espacio circundante (algunos fueron voluntarios) sin condiciones de  seguridad y con la argucia del heroísmo; a ingenieros, químicos o físicos que no compartían el modo en cómo se llevaban a cabo las tareas de limpieza, cómo se construyó en su momento esa gran obra  o de qué manera se transmitía la información a la gente después de la catástrofe.  Y todo narrado desde la tragedia personal. Es difícil seleccionar las historias. La primera es de las más completas y emotivas:

Un bombero, tras tranquilizar a su joven esposa asegurándole que regresará pronto, se va sin protección ninguna  a sofocar las llamas del reactor, a caminar sobre el  alquitrán ardiente del techo de la Central. Por  la  mañana tuvo que ir la esposa al hospital a verlo: estaba quemado. Los días sucesivos iba a cuidarlo, le llevaba leche, lo abrazaba (estaba embarazada y no debía hacerlo). Le mintió a la médica para que la dejara entrar, que tenía dos hijos, que no esperaba a ninguno más. Pudo más su amor hacia él que cualquier otra consideración. La hermana le cedió médula, ella se quedó inválida y él no se curó: “Hacía entre veinticinco y treinta deposiciones al día. Con sangre y mucosidad. La piel se le empezó a resquebrajar por las manos, por los pies. Todo su cuerpo se cubrió de forúnculos. Cuando movía la cabeza sobre la almohada, se le quedaban mechones de pelo. Y todo eso lo sentía tan mío. Tan querido… “, nos cuenta su mujer.  Cuando murió lo introdujeron en una bolsa de plástico, luego en un ataúd envuelto en otra bolsa de  celofán y finalmente en un féretro de zinc y enterrado bajo unas planchas de hormigón. Era una bomba radiactiva. Y así fueron muriendo  los bomberos que acudieron a sofocar el incendio. A sus familias no les entregaban los cadáveres: se habían convertidos en “héroes”: ya eran del  Estado, les dijeron. La joven esposa tuvo una hija que nació con cirrosis y una lesión congénita en el corazón. A las cuatro horas murió: tampoco le entregaron su cuerpo. Más adelante tuvo otro hijo, quien sirvió de consuelo a la madre, ambos enfermos y asustados.




En otro monólogo una anciana nos muestra su tristeza y  soledad: “Las mujeres se arrastraban de rodillas ante sus casas. Rezaban. Los soldados las agarraban de un brazo, del otro y al camión. Yo, en cambio, les amenacé con que, si me tocaban un pelo, si me rozaban siquiera, si empleaban conmigo la fuerza, les daría con la azada. Y maldije. ¡Cómo maldije! Pero no lloré. Aquel día no dejé caer ni una lágrima”.  Después de la explosión evacuaron la zona, pero esta “abuela” se negó a irse, incluso a vivir con sus hijos, pues no quería ser una carga para ellos. Se quedó sola con su gato en la zona prohibida y su deseo era que fuera  alguien a verla o que otra mujer de la aldea vecina, también sola, se mudara a vivir a su casa, aunque no la ayudara en las tareas; solo deseaba  tener a alguien a quien llamar.


Hay más historias:

Un hombre que se veía a sí mismo como un hombre normal, de pronto, extrañado, ve como se ha convertido  en un hombre de Chernóbil, en un bicho raro y, cómo bicho raro que se siente, cuando le obligan a abandonar la casa arrastra consigo la puerta de la entrada, en donde había velado a su padre y donde velará a su hija cuando muera al cabo de un año, a los siete. Tanto a la niña como a la madre “Se les había cubierto todo el cuerpo de manchas negras. Las manchas salían, desaparecían y volvían a salir. Del tamaño de una moneda. Sin ningún dolor.” Cuándo le solicita  a los médicos un veredicto  le responden que no es cosa suya, « ¿De quién, entonces?», se pregunta él.

Una mujer  busca a otra jorobada, ya mayor y  muda desde niña, que no sabía leer ni escribir y vivía de la caridad. A las personas solas y enfermas las ingresaban en asilos; a escondidas y sin que nadie supiera las direcciones.

Los soldados fueron reclutados para limpiar la zona, con escasas medidas de seguridad, pero lo hacían orgullosos; se sentían heroicos en su tarea y anestesiados por los 100 o 200 gramos de vodka que consumían: “Servir a la Patria era un deber sagrado”, lo llevaban grabado en lo más profundo de sus cerebros (con la  mixtificación del heroísmo se conquista fácilmente al hombre: así ha sido desde el principio de los tiempos). Lo mismo limpiaban, que enterraban bajo tierra las casas o las aldeas, como mataban a los animales o impedían a sus moradores el paso a los pueblos desalojados y siempre expuestos a la radiación y a la incomprensión de los demás.  La gente no entendía que no debían entrar a sus hogares o  que no podían llevarse un jarro, una sierra o labrar sus huertas. La mayoría eran agricultores que vivían en aldeas y no asimilaban que su tierra estuviera envenenada o por qué debían abandonar a sus perros, gatos, vacas. Uno de ellos cuando acabó su tarea y se fue a su casa, tiró a la basura toda la ropa que llevaba, excepto una gorra que le regaló a su hijo  pequeño, quien no se la quitaba de encima: a los dos  años, le diagnosticaron un tumor cerebral.


Hasta los chistes empezaron a ser habituales. El humor del ser humano es universal para sobrellevar la desgracia: “El marido regresa a casa. Vuelve del reactor. La mujer le pregunta al médico:

— ¿Qué debo hacer con mi marido?

—Lavarlo, abrazarlo y desactivarlo”.


Una maestra nos cuenta que los niños se dormían en medio de la clase, y estaban tristes, malhumorados; desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche permanecían en la escuela y tenían prohibido jugar en la calle y correr. A muchos  enviaron al extranjero; el primer año después del incendio a 5.000 niños; el segundo a 10.000, y el tercero, 15.000. Niños separados de la familia, tristes y asustados fueron acogidos en Europa.  En sus aldeas se  habían acostumbrado a la idea de que no se podían sentar en la hierba, coger flores o subirse a los árboles; en el extranjero, acostumbrados a esa contención, se bañaban en los ríos con inseguridad. Otros se quedaron y una pediatra nos dice que no tenían noción  de que el cáncer significaba muerte, porque no se les ocurría esa posibilidad. Sabían mejor que sus madres el tratamiento al que estaban sometidos pero no eran conscientes del todo: “Corren por las salas del hospital uno tras otro y gritan: « ¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación!». Cuando mueren, ponen unas caras de tanto asombro. Parecen tan perplejos. Yacen en sus camas con caras de tanta sorpresa”.


Había quien se lamentaba de que no hubiera una crónica de Chernóbil; de que no se dejaba filmar la evacuación de la gente o de cómo se sacó el ganado. A muchas personas se las mantuvo en la ignorancia de lo que realmente había sucedido para no crear una situación de alarma (se las dejaban que comieran alimentos contaminados); incluso los mismos soldados ignoraban las repercusiones de aquello. Estaba prohibido grabar la tragedia, solo se permitían los actos de heroísmo.  Como se intentaba guardar en secreto lo peor de la desdicha, si alguien filmaba algo  considerado inadecuado se le sustraía y se le devolvía la cinta borrada. Parece común a muchos pueblos, que al poder le interese conservar en la memoria colectiva las gestas de sus gentes; no su dolor. Este no es heroico, sino humano: intrascendente, pues.





Al desastre de Chernóbil se le uniría pocos años después el desmantelamiento del Estado Soviético y el desarraigo dentro del propio país: “Antes teníamos una patria, ahora ya no la tenemos. ¿Quién soy yo? Mi madre era ucraniana; mi padre, ruso. Nací y me crié en Kirguistán, me he casado con un tártaro. Entonces, mis hijos, ¿qué son? ¿Qué nacionalidad tienen? (…). En el pasaporte tengo a los hijos inscritos como rusos; pero nosotros no somos rusos. ¡Somos soviéticos! Aunque el país en el que yo nací ya no existe. No existe ni el lugar que nosotros llamábamos nuestra patria. Ahora somos como los murciélagos”.


Todo esto, y muchas más historias, nos cuenta Svetlana Alexievich, de un modo  sencillo y conmovedor en este libro admirable. La autora tiene la grandeza, excepto en una entrevista que se concede a sí misma pero que no desmerece la obra, de desaparecer por completo de la narración, para darle  la voz a quien nunca se le suele conceder: a la gente anónima. Narrado en un estilo directo, coloquial y emotivo, te vas enterando de la vida de personas  que, pese a la lejanía, comparte con nosotros la esencia del ser humano: el  dolor, la enfermedad, la incomprensión, la entrega y el cuidado, el humor o la ironía en la desgracia como válvula de escape. Es un libro que merece ser leído, aunque la sobreabundancia de desgracias pueda saturar en algún momento nuestra sensibilidad, hay que seguir hasta el final, pues vale la pena. 


Nota: Agradezco a Pepe Arbelo que me haya prestado sus fotografías, "y todas las que quieras", me dijo de ese modo suyo tan generoso, y que me sirven para ilustrar (y embellecer) este texto. No son imágenes de Bielorrusia, pero esas fotos de una Central, y ese árido paisaje desolado, nos podría impactar en su belleza dramática -acorde al libro de Svetlana Alexievich-, como si lo hubiéramos visto y olido allí en vivo.




Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich (Reseña)
Derechos en CC by 4.0 -
©AngelesImpíos

12 comentarios:

  1. Muy interesante el artículo. Me llama especialmente la atención la reflexión sobre la catástrofe que ocurrió en una época y un lugar o país que ya no están. Y todo un honor que hayas pensado en mis imágenes para ilustrarlo.

    Pepe Arbelo

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    1. El honor es mío por tenerlas en mi blog. Gracias por prestarlas. Un abrazo.

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  2. Espero leer el libro,y aún mas después de leer tu reseña. Me despierta curiosidad esta escritora,gracias por las recomendaciones..Las fotos me gustan mucho,bien elegidas. Y la reseña me pareció buenísima, en tu línea, es un gusto leerte,y si consigues que la gente se interese por la lectura "chapó "

    Ani Linares

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  3. Yo diría que tu reseña literaria, Ángeles, es también literaria en sí, es hermosa, sin que ello le reste un ápice de seriedad y profundización a tu estudio. Traduces la emoción justa de esta autora y que todo ser sensible ante un sufrimiento humano de este calibre ha de compartir. Por tanto te felicito, amiga. Me lo leeré. Un abrazo.

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    1. Si esta reseña me salió literaria también es porque la autora me lo puso en bandeja. Es cierto que para sentir el sufrimiento solo basta un poco de sensibilidad y que a ninguna persona le debe faltar. Un abrazo, amiga.

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  4. Muy buena la reseña. Gracias a esa manera tuya tan clara y directa, con esas dosis de humanidad que trasmites, de explicar el libro, me ha despertado la curiosidad! !!

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    1. Sabes que tu agrado para mí tiene prioridad y que te despierte la curiosidad el libro, tras la lectura de la reseña, es una gran elogio. Muchas gracias, preciosa.

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  5. Estoy de acuerdo en que una reseña debería de hacerse de modo literario. Describir un libro que ha gustado es como intentar mirar por los ojos del escritor y procurar reflejar la sensibilidad que muestra ante el mundo que le rodea. En el caso de esta autora no es del todo posible, pero he intentado vivir con ella las historias que narra. Muchas gracias.

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  6. Hola.
    Sí, se ve que te ha gustado, ¡y mucho!
    Tengo ganas de leerla. La verdad que el tema me llama mucho la atención. ya he visto varios documentales sobre lo que pasó, la actividad de los liquidadores, la ciudad fantasma que quedó y los terribles efectos de la radioactividad, vamos, que no se trata de una energía rentable nada más que para unos pocos. Los efectos nocivos los pagan los de siempre.
    Por otro lado veo que se refleja a la sociedad rusa, que ha cambiado tan poco... desde que ya escribieran Dostoievski, Tolstoi o Chejov.

    Un abrazo.
    Rubén.

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    1. Hola, Rubén, qué bueno que me comentes. Sí es un libro que me gustó mucho, no tanto por sus cualidades estéticas o por otras propias de la literatura. Me gustó por lo que tenía de testimonial y por lo original que me pareció en su confección. A los rusos y a su trabajo,a sus centrales por ejemplo, se les pone como chapuzas; realizan las cosas en plan apresurado y de ahí salen consecuencias como las que se refleja en este libro. Muchas gracias por comentar. Un abrazo.

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  7. gracias por recordarme que tengo que leer a esta mujer, buena critica

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    1. Muchas gracias, Jorge. Me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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