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19 de noviembre de 2015

Las fotos del ayer. (Relato)



Collage de fotos
—¿Qué haces? ¿Qué escribes? —Andrea se acercó con sigilo, intrigada tanto por lo que  Lidia anotaba en un papel, por las fotografías esparcidas a lo largo de la mesa como por la caja profusamente adornada que estaba abierta, al lado de las fotos. Se sentó a su lado, mientras leía la frase que su hermana acababa de apuntar: "La vejez se lamenta y se asienta en la contemplación de retratos pasados”.

 Estaban en el comedor de la casa materna. Tras la muerte de la madre, solían acercarse por allí cada cierto tiempo para airearla y limpiar un poco.  En los últimos  años era Lidia quien iba a desempolvar los muebles pero, desde hacía unos meses, Andrea, ya respuesta de su depresión, se había añadido  a la tarea.  Ambas se mostraban de acuerdo en que ya era hora de  ponerla en venta; pero se resistían. No solo por los recuerdos que encerraban esas paredes sino porque el mercado inmobiliario estaba de capa caída, y no andaban tan desesperadas como para malvenderla.

 —Siempre que veo fotos mías, o tuyas, de hace tiempo, de nuestros familiares o de los amigos, de papá y mamá, estas me devuelven caras inocentes, expresiones dulces y suavizadas, unos contornos definidos y unos cuerpos lozanos. —Lidia revolvía, sin mirar a su hermana, tanto los retratos de excursiones entre colegas como las viejas fotos de la familia, la mayoría en color, y de las que sobresalían unas pocas en blanco y negro;  representaban viajes, comidas navideñas, barbacoas, estancias en hoteles y en piscinas; había de sus hijos pequeños, recién nacidos y de cuando fueron adolescentes, también de los  padres y los tíos, ya muertos—.  Contemplo en esas fotos a seres queridos que no existen, con los que nunca más me reiré, con los que no habrá más enfados y a los que dejé de abrazar hace años. Personas a las que ya no podré hablar; se han apartado de la vida, sin embargo, yo todavía continúo aquí, sin ellas.
   
Andrea no dijo nada. Oyó el tono monocorde en el que Lidia hablaba y se limitó a coger las fotos y a mirarlas de una en una. Las observaba  en silencio y, con mucho cuidado, comenzó a apilarlas en un montón aparte, ordenándolas. Dejó que Lidia siguiera hablando, sin interrumpirla, aunque no tenía claro si el desenlace de sus reflexiones iba a gustarle. 

 —Soy consciente ahora de que malgasté oportunidades; de que siempre se pierden de modo ineludible, puesto que éstas son infinitas, e  ideales; por eso, cuando las añoramos más tarde, ya no se nos ofrecen, porque esas ocasiones de dar más,  de vivir más, de amar más, solo fueron alternativas en un mundo ideal, simultáneo a la realidad en la que vivíamos, en el que no las necesitábamos, o no se nos ocurrían. Sin embargo,  esas opciones se han quedado en nosotros formando parte de la imagen de un pasado añorado, de una oportunidad perdida. La conciencia es puñetera, nos hace llorar por  imágenes idílicas que no se produjeron. 

Andrea no deseaba implicarse en esa conversación. Temía la continuación; a la vez, era consciente de que no siempre podría eludirla, había asuntos pendientes qué tratar. Y parece que ese era el día. Levantó la vista de las fotos y miró a Lidia, interrogándola con franqueza:

—¿A qué te refieres?, ¿a los lamentos que se exclaman por lo que debió  hacerse y no se cumplió?, ¿a los besos y abrazos que se nos escaparon sin devolver?, ¿a las llamadas, visitas, cuidados, con los que no correspondimos porque estábamos muy ocupadas o teníamos otras mil cosas en la cabeza? —Lidia la escuchaba con atención, analizando el tono de voz de la hermana, aunque no alzaba la mirada de las imágenes. Se había atrevido a iniciar aquella charla, pero el miedo a moverse por tierras pantanosas estaba presente—.  Ahora no cabe el arrepentimiento, pues como tú dices,  y con toda la razón, no vamos a dolernos por posibilidades inexistentes. Los remordimientos únicamente deberían de valernos para no cometer los mismos errores, si se repitieran las mismas circunstancias. Pero nunca se darán idénticas, y, si volvieran a producirse, tampoco generarían la misma culpabilidad.

Andrea respiró hondo,  volvió a coger las fotos y a removerlas al tuntún, parecía que se había olvidado de que estaba ordenándolas; hasta que levantó los ojos  de nuevo, los fijó en las pupilas de Lidia  y continuó con su pronunciación  grave y serena —quién lo diría a la vista de la depresión que padeció—,  tan característica y tan envidiada por ella desde jovencita.

—La culpa es la huella profunda que dejaron las expectativas que creíste, escúchame bien porque ese es el matiz principal, que los demás habían depositado sobre ti, y que tú ahora percibes como frustradas; imaginas que no estuviste a la altura de las demandas, reales o ficticias, claras o latentes, que otros te exigían;  el detalle, mi querida hermanita, es que eso es lo que tú piensas, pues, tal vez, nadie te pidió ni esperaba ninguna cosa;  hasta, incluso, puede que esas exigencias fueran irrealizables. No importa, cariño, sé que te duele igual; porque en la culpa insistes en su rastro, día tras día, horadándolo más, hasta que solo eres un puro surco gigante, o un enorme almacén de expectativas ajenas y fracasadas. Es un sentimiento inútil que ni siquiera vale para prevenir futuras situaciones parecidas.  
   
Lidia sabía de qué estaba hablando su hermana. Ella conocía de remordimientos más que nadie. Durante años se hundió en un pozo del que apenas había logrado salir hacía unos meses. Al mismo fango arrastró consigo, como si de un virulento tsunami se tratara, a su matrimonio, o lo que quedaba de él, y a todos los amigos comunes. Ni estos ni aquel superaron la prueba de la culpabilidad a la que Andrea se sometió a sí misma y a todo el que se acercaba a ella. Desde que ocurrió la desgracia de la muerte de la madre enmudeció,  malamente se relacionaba con los demás, y menos con su marido, pese a que él no fue un responsable directo; pero, comenzó a verlos a todos a través de la mirada velada por el  desliz que cometió.

  —Entiendo lo que me dices. Imagino que los remordimientos se originan  por la sensación de haber fracasado con alguien reiteradas veces. En ocasiones, siento que me he fallado a mí misma y a los demás; me arrepiento de no haber vivido con ahínco o de no haber cumplido con mamá y papá, o conmigo misma,  todo lo que debí, porque implicaba  esfuerzo y yo era una perezosa o una cobarde. También sé que no demostré mi amor las veces suficientes. Y mirando las fotos, en días como hoy, me doy cuenta de cómo la vejez se arrastra hasta rodearnos poco a poco: a mí, a ti, a toda la familia, a todas las personas de nuestra generación.

Lidia sabía que esa conversación podría remover heridas en Andrea, pero no quiso evitarlo. Intuía que aquel momento era el más idóneo para mantener la charla pendiente, y tantas veces demorada. Continuó, pues:

 —Es como si una nube espesa fuera cercándonos hasta petrificar la imagen dentro del marco y, poco a poco, se desconchara el lienzo, se rasgara la tela o se borrara la pintura. Si al principio se me aparecían los contornos nítidos, luego percibo como si esa neblina los desdibujara; los rostros se tornaran desvaídos y las formas difuminadas. Y entonces vivo durante semanas en completa desazón; me entra el miedo a la vejez, a los achaques, a la soledad, a la indefensión. La impresión de que todo es fugaz rebasa mi presente en la certeza de que cualquier mejor época ya pasó.
  
 Andrea no la dejó continuar. Se removió en la silla inquieta, soltó el fajo de fotografías que sostenía en la mano sobre la caja decorada que, supuso, era el contenedor de todos aquellos recuerdos y la colocó encima  de la de ella, blanca, sin ninguna peca y con uñas rojas muy cuidadas. Si Lidia admiraba la voz de Andrea, esta codiciaba aquellas manos delicadas, de dedos finos y largos.

—Óyeme, si algo aprendí de mi psiquiatra, tras estos años de tratamiento, es que no puedes arreglar el ayer, ni puedes detener el paso del tiempo ni sus consecuencias. Solo puedes, y esa es una gran tarea, mejorar o conservar lo que posees ahora. Piensa que por mucho que te duela ese pasado, el cual, encima, ni formó parte de tu existencia, el presente sí es tuyo, es a lo que te debes, y  si lo saboreas a conciencia, más intenso será. Mima tu oxitocina, no te sonrías que sabes a lo que me refiero, concédele el lugar más importante, que el apego saciado nos hace sentir bien. Y vamos al sol, para darle alas a sus hermanas, las endorfinas.

—Qué científica te me pones...

—Ja,ja, es que creo que muchos de nuestros problemas no son sino un mal entrenamiento del cerebro, un descuido que cometemos con nuestra química. Hala, que tenemos que viajar más, caminar al sol,  visitar lugares nuevos,... Tesoro, escúchame: ¡duplícate!, sí, si, en serio, has de estirar el tiempo. Eso es lo que más podemos hacer por la vida. ¿Y tú crees que no sé lo que digo? Ya sabes lo hundida que estuve,  creyendo que no me recuperaría nunca, segura de que la vida era un sinsentido. He desperdiciado cinco preciosos  años en un caos de pesadumbre, y, lo peor, inútil.

Sin embargo, sus hermanos no la responsabilizaron de nada. Lidia y Carmen nunca le echaron en cara que no acudiera de inmediato a ayudar a la madre. Y Enrique, el viajero, quien se encontraba lejos como de costumbre,  no  supo  bien  qué ocurrió,  pero ni se atrevió a abrir la boca en contra de Andrea o de cómo había asistido a su madre. Todos estaban enterados —y lo consentían tranquilamente— de que ésta, viuda desde hacía varios años, acostumbraba a telefonearla a ella cuando se hallaba indispuesta: su vivienda cercana, que fuera con la que mantenía más confianza, que no tuviera hijos y trabajase a tiempo parcial, la llevaba a pensar que siempre estaba disponible. También lo creían los demás. 

 Pero aquella noche no. Cuando recibió la primera llamada, en la que la madre le decía que le costaba respirar, le dolía el pecho, el hombro, la cabeza,... se hallaba en su casa, celebrando el cumpleaños de Juan, acompañados de unos cuantos amigos. Andrea creyó que era un simple resfriado; su madre era una alarmista y siempre se colocaba al borde de lo peor. Recibió hasta dos llamadas más, pero qué hacer con los amigos y con la cena a la mitad. Le prometió que cuando se fueran iría a verla. Juan también le confirmó que, con seguridad, sería una falsa alarma, al igual que en las ocasiones anteriores, en las que acudían a toda prisa, la llevaban a Urgencias y se iban avergonzados por la expresión de censura de los médicos y celadores. No obstante, aquella vez fue distinto. Cuando los amigos se despidieron, ella marcó el número de la casa materna. Como nadie contestó, se acercó a verla con Juan; sin embargo, era ya muy tarde. El infarto fue irremediable y a las pocas horas murió. 

 —Pero, ¿qué es eso de vivir a conciencia? —preguntó Lidia, entre escéptica y abatida—. Es otra receta más que no sirve.  ¿Duplicarme? Yo existo como puedo, como sé, y  eso no quita el miedo a la vejez ni a la indefensión. No elimina el terror a que muera Joaquín y me quede sola o de que mis hijos se vayan y mis Navidades se conviertan en la celebración de esa soledad. La actitud del “disfruta el momento” no es la mía;  me parece inconsciente y egoísta. Y resulta curioso que seas tú la me propongas esas renovaciones.

  —Es que intento renacer, querida,  pues sé que todavía me queda mucho por vivir. La terapia, y el amor nuevo de Julián, mi otro mejor psicólogo, aunque sea sin título, me han enseñado a enfocar las cosas de otro modo. Y te digo lo siguiente: esos pánicos no van a evitar tu ancianidad, ni tu aislamiento futuro, más bien contribuyen a su anticipación. A veces  pienso que cada edad nos da unas herramientas propias para afrontar  lo que se nos sobreviene encima en cada época. Quizá, llegado el momento, asumas tu vejez con serenidad, entiendas que has tenido una buena vida y  le has sacado partido a la oportunidad de existir en este tiempo y lugar. Ahora bien, también puedes angustiarte de antemano por ese futuro en  el que estarás vieja, sola y enferma; pero dime, ¿te servirá de mucho amargarte de lo que te dolerá mañana? Si no te vas  a preparar psicológicamente, por mucha cara de avinagrada que lleves a partir de ahora. 

Flamboyanes

Lidia levantó la vista de las fotos, vio a través de la ventana los flamboyanes, que se repartían en fila al margen de la calzada, y cuyo follaje, entre anaranjado, verde y rojizo, se mezclaba con la quieta luz del sol de mediodía; los árboles  emborronaban la calle de claroscuros y creaban  una  sombra perfecta sobre uno de los bancos de la acera, en el que unos seis ancianos conversaban animados. Luego miró a Andrea, le sonrió, bajó la vista hacia las fotos y comenzó a recogerlas todas en silencio. Puede ser que algo de verdad encerraran aquellas palabras.

—Voy a concederle  otra tregua a mis obsesiones —aseguró al rato—. Y aunque sé que mi momento  aventurero  ya pasó, tienes razón en gran parte de lo que dices. Es verdad que nunca he gozado de  mejor carácter ni de tanta seguridad y nunca he comprendido tanto las debilidades ajenas. En mi juventud no fui así, tú sabes cómo era, asustada de todo, luego, ¿de qué me lamento si mi carácter fue otro, si yo no era la misma?  No me hubiera comportado del  mismo modo que en la actualidad. Tienes razón; cómo se nota que eres mi hermana mayor, la de la voz sensata. Supongo que el pesimismo es más inteligente de entrada porque interpreta con más exactitud todo lo que nos rodea, pero es más estúpido a la larga: si se te mete en las venas, como trayectoria de vida, te la amarga hasta el final.

—Pues, eso, amada hermanita. Vámonos que aquí ya no pintamos nada; fuera nos esperan unas cervezas frías y un brillante día de sol. Alimentemos a las endorfinas y guardemos los recuerdos para otra ocasión.





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11 comentarios:

  1. Muy bueno. Me ha encantado esta hermosa reflexión sobre toda una vida, en realidad, y con esa fluidez y ternura. Los remordimientos, qué inutilidad más grande, pero que bien explicada dejas esa inutilidad. Muy logrado. Enhorabuena, amiga.

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    1. Coincido contigo en que los remordimientos no tienen sentido, pero qué difícil deshacerse de ellos. No sé si habrá auténtico y efectivo aprendizaje para ello, sin que se anula la conciencia. Muchas gracias, Balbi.

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  2. Manuel Melguizo19/11/15 16:12

    De nuevo en un relato tuyo reconozco temores, sentimientos y palabras que muy bien podrían ser mías. ¿Cómo lo haces?

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    1. Ojalá conecte siempre, eso significa que ando por el buen camino para describir la vida y lo que a todos nos amarga, emociona y preocupa. Manuel, muchas gracias por comentar.

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  3. De nuevo mi amiga Ángeles me vuelve a sorprender con este maravilloso relato!!! Con toda una actitud vital y optimista ante el paso del tiempo. Qué razón llevas al decir que no vale la pena vivir con remordimientos ni culpas. Sigamos pues gacha adelante con nuestras "na ra vi llosa visas". Un beso grande y no tardes rato en deleitarnos con tu presencia virtual!!!

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  4. Al escribir rápido no usé el corrector y algunas palabras quedaron fatal! !! Espero que se entienda! !!

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    1. Claro que se te entiende. Lo más importante, es que te he sorprendido con esa visión vital y optimista que nombras. deseo seguir haciéndolo siempre o, como mínimo, que te guste y desees seguir leyéndome. Un abrazo, y gracias por estar ahí.

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  5. Ana Linares Luis20/11/15 10:38

    Una historia hermosa, escrita con fluidez. Un poco triste, aunque es cierto que el final es optimista. Aun así, espero que el siguiente sea más alegre.

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    1. Qué bueno que te pareciera hermosa. Sé que es triste, un poco, aunque el final sea esperanzado, por lo menos ante la vista de los flamboyanes. Una abrazo, querida amiga.

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  6. Marina Trujillo22/11/15 19:21

    Hola.
    Tu último relato me resultó muy actual y bien definido.
    El bucle de las culpas y las deudas que creemos falsamente tener nos hará muy infelices. Describes una muy sana y positiva actitud ante la vida
    Un beso.

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    1. Marina, me agrada que me digas que es una actitud sana y positiva. Intento tenerla, aunque también me he visto metida en ese bucle de culpas igual al de la protagonista. No por los mismos motivos, pero para sentir remordimientos no se necesita grandes causas; solo ser educada para tenerlos. Muchas gracias por comentar. Un abrazo.

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