Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Aclarado sin centrifugado en Lozoya (relato)

11 de diciembre de 2015

Aclarado sin centrifugado en Lozoya (relato)


Un relato viajero con apuntes sobre el amor familiar o maternal.


Dibujo del jardín El encanto de Lozoya
Cruzaste el gran Atlántico en un vuelo de Air Europa que, como siempre, sale con retraso en los puentes señalados; pero te entretuviste viendo en el aeropuerto cómo tu marido se avergonzaba ante el grandísimo bocadillo de tortilla española que le habías preparado: “Parezco un carpanta”, comentó mientras se lo comía, y mirando a todos lados  para comprobar cuántas personas se estaban riendo de él. Todas, sin embargo, molestas por el retraso, estaban con las miradas ausentes sin reparar en que con cada mordisco se le caían tres trozos de cebolla sobre el papel de aluminio. Pensaste que para completar la escena debiste de haber traído una fiambrera de mimbre, un mantel a cuadros rojos y blancos y un vaso de duralex para llenárselo de vino peleón.

Finalmente llegaste a tu destino con total éxito —ningún tiburón te devoró a mitad del océano—, tal y como demostraron los aplausos de los agradecidos tinerfeños, al aterrizar el avión en Madrid. Te costó bajar la escalera, porque tocaba el día cutre del desembarco y no había lanzaderas que comunicaran directamente con las salas del aeropuerto. Pero intentaste descender con estilo, idéntico al mismo que  procuras imprimirle a muchas cosas.

En la sala de llegadas, saludaste a tu guapa hija, Sofía, y a su novio, Javier, con dos fuertes abrazos y unos reconocimientos mutuos después de cuatro meses sin estar juntos; luego, hiciste un amago por el pasillo, camino de su coche, de retenerla para “aclarar”. Ya tú sabes que eres una apresurada y quieres solucionar los asuntos cuando antes; pero no pudo ser, se acercó su novio e interrumpió la jugada trascendental. 

Esa primera noche no se alargó demasiado. A las 00:30 horas, después de inspeccionar el hotel y de desfilar por fuera de todos  los  bares del centro comercial, a la búsqueda del recóndito restaurante-joya que debía de estar  esperándolos, abierto para ustedes nada más, cenaron una serie de porquerías variadas en un ecológico de pega. Más tarde se enteraron, una vez sentados y pedidos los manjares grasientos, de que lo más ecológico, por aquello de que era de papel, sacado del árbol (etc, etc) era el aviso de la entrada que anunciaba una hamburguesa mini. Eso sí, disponían de refresco Tang a gogó. Se convirtieron en los conejillos de indias, y sin bocadillo de propina, dispuestos a demostrar que los reclamos publicitarios son eficaces: siempre habrá incautos vagando por los centros comerciales en busca de qué comer a hora desproporcionadas. 

A la mañana siguiente alquilaron un auto en Avis; ustedes nunca iban a esa agencia ni para pedir la hora, les parecía que sus coches eran para pijos de lo caro que resultaban; acudieron allí por los avíos de Iberia que, tras su canjeo, debía  salirles gratis el alquiler, pero no fue así, tuvieron que apoquinar 100 euros, y aún no se sabe muy bien por qué (te enteraste de ese pago, al igual que tu marido,  cuando acabó el viaje, ya en Tenerife). Debido a tus lesiones en el tobillo te habías dado dispensa para revisar si los trámites discurrían del modo adecuado. Relajada, apoyada en tu muleta, pasabas de todo. Y menos mal, porque volviste a enterarte días después de que el mundo marchaba regularmente  bien, gracias al concurso de tu querido consorte, y sin que tú apagaras ningún fuego: Avis les devolvía cuarenta euros. ¡Viva! A seguir apoyada en tu muleta, pasando de todo.

Esa mañana, junto a su mediodía posterior, perdieron el tiempo, cómo debe ser, esperándose los unos a los otros en un pueblo soleado de las afueras, repleto de descampados pero con un Mercadona en su entrada, a dónde pararon para protegerse del sol y aguardar la llegada de tu hija y su novio, los cuales se habían acercado a su casa a recoger su equipaje y grande hubo de ser. En vacaciones el tiempo no se sabe si transcurre despacio o lento, pero entras en un stand bye sosegado que te permite la paz interna (y externa).

Vista al fondo de Lozoya de Buitrago

Llegaron al destino previsto, Gargantilla de Lozoya, sobre las cinco de la tarde, veintiséis horas después de salir de tu isla tinerfeña.  Y ninguno de tus hijos, ni tu marido ni Javier, andaban con ánimos de hacer turismo, puesto que el  hambre anulaba cualquier  espíritu viajero. 

Por recomendación de la recepcionista de los apartamentos fueron todos a comer a un buen restaurante, Groucho se llama,  propiedad de los mismos dueños. Les encantó, no se sabe exactamente si por la comida, el vino, o los chupitos de regalo. Y tanto fue así que repitieron en él tres días seguidos o, dicho de otro modo, clavaron la bandera allí y no se les vio por ningún otro bar. ¿Y dónde prepararían  mejor el cordero, el cabrito y el  conejo que comiste allí? No tuviste ocasión de comprobarlo, porque empleaste el tiempo en degustar lentamente cada asado. Además, sabías que no beberías Balbás a tan buen precio como en ese lugar, con aquellos camareros igual de pelotas (perdón, amables, cómo deben ser por imperativos de su trabajo), y en un sitio tan acogedor. Hasta a chupitos de orujo les invitaban luego. Como tú decías (contenta y con las mejillas coloradas, al igual que la carita de tu hija, con quien ibas a “aclararlo todo”), era un lugar muy  recomendable porque además, por alojarte en sus casas rurales, El encanto de Lozoya, les hacían un descuento en la comida del 10%.

Así, de esta manera, cómo podrías “turistear” si los asados ya suponían una experiencia tan absorbente que cada jornada no daba para más; sobre todo, si le sumabas tu tobillo convaleciente, al que no se le podían exigir grandes hazañas, pues, a la media hora de estar de pie un coro celestial te tocaba un arpegio; las botellitas de vino y los juegos de mesa vespertinos, en los que se peleaban a muerte por ganar, dado que para ustedes nunca fue lo más importante participar, tal y como dice la publicidad ñoña; la piscina climatizada en la que se entretuvieron como sirenas y tritones, según como quiera nombrarlo el lector, en acrobacias  casi  submarinas, por aquello de que, en rigor, no estaban en el mar, pero se hundían como si estuvieran; y, por supuesto, tus deseos prioritarios de “aclarar” con tu hija, lo que te llevaba a demorar la charla en busca del instante en el que estuvieran a solas, que para eso habías ido tan lejos (a verla, a darle un abrazo —le diste varios—,  y a “hablar”).

Ah, sí, hubo un día que les entró el espíritu aventurero y se fueron a Buitrago de Lozoya. Vieron por fuera la muralla; parece que cobraban una entrada por recorrerla, pero, ¿cómo es eso?, si España anda llena de fortalezas gratuitas, algunas largas, otras cortas, engullidas por las casas, o rodeadas de jardín y césped, pero haber, había las suficientes como para no necesitar pagar por ellas. Por eso se acercaron todos en plan rácano a la orilla del río oloroso, después de cruzar el castillo, prescindiendo del paseo por sus murallas. El nivel del charco, era más eso que otra cosa, debido a la escasez de lluvias  se hallaba en su mínimo caudal. Aun así te agradó: estabas de viaje con buen sabor de boca.  

Lo mismo ocurrió con el otro embalse, al que fuiste al día siguiente, y ultimo de tus excursiones, pero del que ahora no recuerdas su nombre y no tienes ganas de buscar, aunque sí sabes que se encontraba pasando Pinilla de Buitrago, a donde ibas a almorzar esas comidas opíparas bañadas de vino simpaticón. Estaba también con el nivel del agua en sus mínimos y se veía la cuenca vacía por partes, llena de arena fina, como la de la playa. Te gustó ese sitio, tenía encanto el paisaje amarillento y una pizca desolado. Allí se entretuvieron lanzándole piedras al gran charco, y tú fotografiabas las ondas que se formaban cuando tu hijo tiraba los cantos que pillaba por allí. Era atrayente ver cómo se rompía el agua tranquila y empozada.   

El segundo día del viaje, el de la muralla, intentaste de nuevo “aclarar”, pero, ¡vaya, `por Dios!, otra vez se acercó Javier y tampoco pudo ser. ¿Ella lo habría contratado como escudero o era la purita casualidad?  Total, que se te escapó el puente en descansar, comer bien, jugar al Party y al Trivial de niños (para que pudieran ganar todos, y eso que el más pequeño de ustedes tenía quince años), descansar en el porche florido, saltar en la piscina, intentar estar a gusto con tu hija, su novio, tu hijo pequeño y tu marido y a la tercera jornada del viaje ya estabas olvidada de cuál era el asunto que intentabas aclarar con tu Sofía.

Antes de coger el avión de regreso, te percataste, no obstante, de que con los seres queridos muchas veces los problemas se diluyen por sí mismos (o se enquistan formando una dureza dentro de la  piel,  en la que reparas si te la tocas, de vez en cuando),  y de que no hay que apretar mucho los tornillos, pues tampoco consigues gran cosa con ello. Por fin, parece que te das cuentas de que el amor a los hijos se parece a las capas de la cebolla, que, cuando quitas la primera de arriba, vieja y reseca, te crees que la de debajo será fresca y brillante (si lo es o no, ya es otro cantar y para un siguiente relato); eso sí, si la acompañas de una buena copa de vino y un rico asado la capa relucirá más, aunque sea momentáneamente.


Embalse a las afueras de  Lozoya de Buitrago




Aclarado sin centrifugado en Lozoya (relato)-
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© AngelesImpíos

8 comentarios:

  1. Cuanta razón en la conclusión final. Leído y disfrutado. Una vez más.

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    1. Me alegro de que lo disfrutes, una vez más, jeje. Como tú, pienso que la conclusión es la que debe ser. A veces nos empeñamos en darle vuelta a cosas innecesarias y por encima están los afectos. Un beso.

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  2. Es un precioso relato, pues fiel a tu estilo 'cotidianista' (x tus historias cotidianas , no sé si tiene esto un nombre, así que me lo invento) con tus toques habituales de humor, sin embargo el párrafo final es muy tierno y hermoso. Bellas y apropiadas también las imágenes de la cebolla y algunas otras. Como dice, Manuel Melquizo, leído, disfrutado y esperando al próximo porque me encantó. Un abrazo de cebolla.
    Balbi Mar.

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    1. Mi estilo "cotidianista"... Me gusta la sencillez de la vida cotidiana. Como dijo una de mis escritoras más leídas, y aplicado a su manera de escribir, también me inclino como ella por un realismo psicológico: me interesa cómo actúan unos personajes en un marco real. Pero yo todavía ni tengo tendencia, ni género ni tengo "na". Un abrazo

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  3. Bonito relato de viaje. Con ese toque vivaz transmites las sensaciones de todo lo experimentado y es como si una lo estuviera viviendo (valga la redundancia). Precioso y emotivo final nada alejado de la realidad. Me encantó.

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    1. Siempre me gusta que te encante. Te tengo como principal referencia. Porque aunque seas mi querida amiga, sé que un día me dijiste que si no te gustaba me lo dirías.Eso me tranquiliza, pues, mientras no me digas lo contrario y me escribas que te gusta, supongo que será verdad. Un abrazo.

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  4. Ana Linares Luis12/12/15 21:43

    Me gustó muchísimo de principio a fin. Ya el título prometía, entretenido, divertido, esa ironía siempre presente, ágil, y lo más hermoso, aunque resulte algo pedante esa palabra, es el desenlace de la historia, bien hecho. Resumiendo "chapó "; por cierto las fotos fantásticas, me gusta el resultado. Enhorabuena.

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  5. Muchas gracias, mi querida amiga. Sé que te parece "hermoso" una palabra pedante o exagerada por su uso excesivo. El desenlace, me imagino, es el que tendría que ser por la lógica de los hechos y de las relaciones, si no quieres desquiciarte demasiado; me alegro de haber acertado con él pues es lo que separa al relato de una simple crónica de viajes. Muchos besos.

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