1 de diciembre de 2015

La dilución del querer (reflexiones)



Vivimos tiempos raros, aunque esta frase  no deja de ser una estupidez (pero siempre deseé empezar un texto con ella: suena poético, y el mundo rebosa poesía, por lo visto). Cualquier tiempo, para los sufridores de su época, serán raros. Y supongo que en todos, pues de esto trata esta reflexión “con/sin sentido”, habrá palabras especiales que antes tenían un significado propio y luego, con el devenir de los acontecimientos o con el cambio social, su significado original se estira, se diluye, se altera e, incluso, puede que sea inverso al que tenía primero; seguro que alguna habrá por ahí.

En este caso, presiento que vivimos en la época de la dilución del querer –como sentimiento evanescente-, simultánea a la de la exaltación del lenguaje de ese mismo querer (la paradoja es que cuánto más se difumina la primera, más se intensifica la segunda). En química una dilución es la reducción de la concentración de una sustancia en la disolución. Si aplicamos el concepto a los afectos que se dan en estas décadas, vemos que se produce lo mismo. Es como si metiéramos en una cubeta  la simpatía, el apego,  la diversión, el entretenimiento, las apariencias, la compañía, la colaboración, la complicidad del trabajo, las actividades en común, y muchas más que no enumero para no cansar, pero que vendrían a ser todas las modalidades y gradaciones de “quereres” que se dan en la actualidad en nuestras ocupaciones  y centros de ocio.

Pienso que estos ingredientes se repartirían en ínfimas proporciones, porque en el recipiente, aunque sea grande, introducimos tal cantidad de lazos afectivos —que son todos los que compartimos con innumerables personas—, que al final cada uno de ellos solo cabría en proporción disminuida, inversamente proporcional a la cantidad de gente que nos despierta agrado. La dilución del cariño es el mismo proceso que el que se efectúa en los medicamentos homeopáticos, en los que el principio activo está tan diluido en el agua que es casi inexistente, pero como la fe mueve montañas, ¡funciona!

Creo que nunca el ser humano ha disfrutado de una vida social tan variada, incidiendo en tantas esferas, como en la actualidad. Antes la gente se casaba joven, tenía numerosos hijos, convivía en la modalidad de familia extendida y se peleaba por malentendidos entre sus miembros, o por asuntos de herencias. Los hombres, hablo de mi realidad canaria, acudían por las tardes, después del trabajo, a las bodegas, se echaban "unas perras de vino" con sus compadres y a casa a cenar y a dormir. Las mujeres se reunían, si podían y si se lo permitían las tareas domésticas, para rezar el rosario, calar, o compartir actividades con un grupo fijo y quizá corto de amigas o largo de conocidas. Y estaban educadas para la reserva de los afectos; no se prodigaban estos como ahora y ni siquiera conocían, y menos utilizaban, el lenguaje amoroso. Creo que se preocupaban más de la subsistencia diaria que de la felicidad o la riqueza emocional. Tal vez por ello el sentimentalismo en la lengua flaqueara en su expresión. Esta era la realidad social de los años sesenta o incluso setenta; la que me contó mi familia, y la poca de esos años que pude ver con mis ojos.

No soy una socióloga avezada, ni siquiera lo soy en pañales, pues no es mi especialidad (y la que tengo traiciono con frecuencia), pero si me doy cuenta de que a partir de los años ochenta, el mundo social y los hábitos de ocio cambiaron de manera radical, principalmente, por la influencia de las telecomunicaciones. Poco a poco, pero de modo imparable, se produce  más movilidad social y los ámbitos en los que nos implicamos  o metemos nuestras narices se amplían. No solo cambiamos de trabajo y de residencia con más frecuencia, sino creamos más contactos sociales, en nuestro pueblo, en nuestra empresa, a dónde viajamos, y con quien nos comunicamos. Cambiamos más de parejas  y amigos. Creamos y deshacemos afectos con igual facilidad y con poco coste psicológico. Para la mujer, sobre todo, ha supuesto un gran revulsivo el mundo del trabajo en la configuración de nuevas amistades.

Vamos a trabajar, incluso compartimos coche con los compañeros, nos tomamos un café con ellos, acudimos en su compañía a almorzar o cenar  cada cierto tiempo, celebramos festividades juntos; en los bautizos, bodas, entierros de familiares, estamos con ellos (mediante regalos o de modo físico), hasta celebramos el amigo invisible en las fiestas de empresa. Por las tardes, vamos al gimnasio, a clases de inglés, a las asociaciones de padres, asistimos y compartimos WhatsApp con las madres de los compañeros de clase de nuestros hijos, o con las familias completas de los amigos de baloncesto del niño, conocemos gentes y nos implicamos en relaciones a través de Facebook, twitter, y de cuanta red social se nos ponga a tiro. Uf, sobreabundan los contactos sociales y a todos los llegamos a “querer”, o, como mínimo, a simpatizar, ¿pero dónde está la separación entre la simpatía que desprende en nosotros una persona, si es continua y se repite en frecuencias, y el querer? ¿Cómo distinguir entre una y otro ante el maremágnum de relaciones que mantenemos? ¿Correríamos el riesgo de no saber reconocer, y de mimar pues, al segundo por dejarnos engañar por la primera? 

A diferencia del amor pasional, que pienso que en estas épocas está sobredimensionado y que jamás el ser humano se había  entregado tanto a él (de ahí la profusión de divorcios, una vez el amor pasional pasa a mejor vida), el cariño, en cambio, nunca se había diluido y repartido tanto entre toda la cantidad de amigos de los que disfrutamos. Su intensidad se atenúa en pro de la repartición. Entiendo que es algo de necesidad. Probablemente nunca se había pronunciado tanto la expresión “te quiero” como en estos tiempos, y nunca a tanta gente, desde compañeros de trabajos con los que compartimos las quejas hacia el jefe hasta las madres de las asociaciones de padres después de una “cena de chicas”.  La categoría de amigo es tan ancha que el amor que le tenemos se ha  estirado tanto, desconcentrando el concepto hasta cotas diluidas. Es normal en los tiempos que corren, en el que todo transcurre rápido y los apegos se suceden.

Pero no sé si la cuestión es de cariño real o de lenguaje. No sé si creamos sentimientos profundos o duraderos o si lo que estamos haciendo  es imbuyéndonos de un lenguaje exageradamente afectivo, y plagado de emociones tan intensas (y tan efímeras) que nos lleva a decirle a todo el mundo que nos cae medianamente bien frases como: “eres increíble”, “qué buena persona”, “eres tan estupenda”, “te quiero”, “qué fabulosa estás siempre”, “te admiro"; y, del mismo modo, nos conduce a decir lo siguiente cuando algo nos agrada “es una obra de arte”, “es maravilloso”, “me encanta”, “precioso”, "hermoso", .... Del mismo modo, estos arrebatos los tenemos a la inversa, cuando observamos hechos sociales injustos, nos hiere mortalmente la tragedia ajena, el mundo se convierte en un lugar espantoso para vivir o el ser humano es de lo peor, etc.  Y nos deshacemos en llantos, de los que a la hora estamos recuperados, sin duda.


No es posible que tantas cosas nos encante a cada rato, no es posible que tanta gente sea tan fabulosa. Creo que, en general, tendemos todos a la normalidad.  Excepto los psicópatas, cuya proporción es bastante más elevada de lo que se cree (1 % de la población, dicen, y no asesinan pero sí manipulan) somos personas más o menos buenas,  con tintes y rasgos de cabrones si da el momento y, si nos cogen en buen punto, con gestos de altruismo. En general, nadie es extraordinario (ni  para su madre) por sus cualidades intrínsecas  y, a la vez,  cada uno es único para sí mismo (y hasta para su madre) como ser humano cercano, con el que se ha compartido la experiencia de vivir.

Respecto a  las cosas, arte, libros, cine, fotografía, nos gustan, pero hay tanta profusión de objetos bellos a nuestro alrededor que dudo mucho de que cada encuentro con el objeto sea una experiencia inefable e irrepetible.  

Mi conclusión, insisto en ella, es que toda esta emoción es más un asunto de lenguaje, hasta de pose, me atrevería a decir, que de realidad profunda. Si hasta hace unas décadas éramos más parcos en la expresión de los afectos y los agrados, quizá nuestra educación era más contenida, importaba más (porque se carecía) el bienestar físico, ahora lo que prevalece es el bienestar emocional. Y nos hemos pertrechado de todo un lenguaje altamente afectivo  para enfrentarnos con éxito social al mundo de las relaciones. No importa tanto la autenticidad o el fondo que hay detrás de tanto sentimiento expansivo, sino la cantidad de veces que se reparten estos afectos por doquier. Y cuanto más los repartamos más experiencias sociales positivas tendremos y más nos creemos que hemos ahuyentado la soledad. Por tanto, exceptuando algunos pocos amores, puede que muchos sean quereres lingüísticos, producto de este tiempo raro nuestro en el que predomina la emotividad verbal.





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