14 de enero de 2016

Imágenes en la noria. (Relato)



Texto A (principal)

Unas pobres imágenes fueron una tarde expulsadas,  aunque con amabilidad,  del estudio en el que las diseñaron. Hasta ese momento habían ocupado un lugar privilegiado en la sala central, donde pasaban los días  orgullosas,  salpicadas por los elogios de los escritores y publicistas que acudían a solicitar los servicios de los dibujantes: "Qué colores", "qué profundidad", "qué líneas más depuradas y originales", pronunciaban con embeleso.

Fascinados por esa belleza fresca aspiraban a llevárselas consigo, pero no podían. El diseñador principal, además de retenerlas para el Mejor Escritor, quien una vez manifestó su deseo de que adornaran sus textos, también las deseaba para su propia contemplación.



Aquellos narradores y poetas de menor rango, aunque las requirieran para sí mismos, debían conformarse con la negativa afable del dibujante y admirarlas desde lejos.  A veces, incluso,  se acercaban únicamente al estudio con el afán de contemplarlas: la codicia les rompía la mirada. Ellas se dejaban apetecer, inmutables, conscientes de su belleza y encerradas en los álbumes  a la espera de ser elegidas. 


Pero pasó el tiempo y esto no sucedió.  

Una mañana, el  diseñador les anunció que ya no había espacio en aquel local para ellas y que, con todo el dolor del alma, no tendrían más remedio que  buscar alojamiento en otro sitio. El desconcierto que produjo estas palabras las empalidecieron hasta borrar algunos de sus contornos. Malamente lograron enterarse de que el Mejor Escritor se estaba encaprichando de otras, menos conocidas, en el taller de al lado. En consecuencia, se anularon los pedidos y el destino de las imágenes privilegiadas, ya un poco más antiguas, se posó en  el limbo.  


Los escritores y editores menores ahora tampoco las querían. Muy vistas estaban. De tanto deseo, las miradas se habían saciado hasta hastiarse.  En estos momentos buscaban novedades, imágenes recientes. Y estas esperaban,  las más actuales, imperiosas por sentarse en el puesto de las primeras. En un principio no atosigaron, pero con las semanas, a medida que aumentaba el valor de su juventud y encanto, se volvieron insidiosas en las protestas. Al despertarse el día, con mucho ruido de colores, comenzaban a oírse las quejas de las más jóvenes. El diseñador se tapaba las orejas pero los gimoteos penetraron  hasta lo más hondo de sus tímpanos. Él sabía que la vida es como una noria, en la que a veces estás arriba, otras abajo, y por último afuera, si nos echan o nos vamos, porque se ha agotado nuestro tiempo de disfrute y hay nuevos deseando montarse.

Las desdichadas hubieron de abandonar aquel recinto una tarde gris y seca de enero; una tarde en la que ya era de absoluta necesidad que lloviese para limpiar el aire y brillaran  más lozanas las
superficies de las cosas. Pero no caía ni una gota y  aumentaron sus tristezas; con la lluvia no solo se vivificaba la atmósfera sino la creación literaria era mayor.  Las gentes salían menos a las calles y las terrazas; les daban por inventarse la vida y narrarla. También  la lectura se intensificaba por el recogimiento hogareño; de este modo, habría más demanda de ilustraciones y ellas podrían ser, entonces,  adosadas a las obras y encontrar un acomodo permanente.


En ese mes en el que se deslizaban las tardes en completa atonía  y sequedad, se vieron en la calle, no debajo de un puente, en su ciudad no los había, pero sí en los aparcamientos de los hipermercados, esperando a que algún alma caritativa se apiadara, las recogiese y fueran encajadas  en una narración. 

Pasaban muchas personas por allí, las contemplaban con escepticismo pero nadie se ofreció a hospedarlas; argumentaban que sus escritos no requerían de ningún dibujo en el que ya se apreciaba la decrepitud. Ante estas palabras y otra semejantes ellas se ensombrecían un poco,  no obstante, luchaban para que no se les notara colocándose bajo luces favorecedoras. 




No tuvieron que pasar muchas jornadas hasta que el ilustrador de los carteles del híper se apiadó de ellas. Era mayor y estimaba lo viejo. Reconoció que se estaban  volviendo borrosas, les faltaba lustre y, lo peor, ya no parecían únicas: abundaban por esa época portadas de revistas con similares diseños. Aun así conservaban cierta originalidad que las convertían en especiales. Por eso quiso recogerlas del suelo en donde andaban tiradas.  Sabía que si les daba un poco de color, un rojo más intenso por aquí, en esta esquina, o subía la tonalidad del azul en aquella otra, quizá pudiera colgarlas en  las oficinas principales del jefe.  




Nuestras amigas intentaron recuperar la prestancia al notar que, por fin, alguien las valoraba pese a que no estaban de rabiosa actualidad. Quizá esa fuera la oportunidad para encontrar  un alojamiento duradero.

Pero tampoco pudo ser. Si  hubiesen mirado el cielo y reparado en las nubes negras, casi azabaches, que formaban una gran sonrisa burlona, y hubieran podido comunicarse con los humanos,  le habrían  suplicado al dibujante que se diera prisa en recogerlas. 




Sin embargo, las imágenes no hablan, ustedes ya lo saben, ni que estuviéramos locos, como estarán enterados igualmente de que suelen ir vestidas de papel y que éste, cuando se moja, se deshace en jirones. Si la lluvia es virulenta como la de ese día, en pocos segundos y sin posibilidad de salvación, se convierten en restos empapados, inservibles, en láminas llorando agua de lluvia tintada que se  arrastra hacia los sumideros, vencidas y expulsadas de la noria sin remisión. 

Pero ya vendrían más a ocupar su sitio. Sin duda.




Texto B (alternativa): " Imágenes en busca de texto"

No voy a escribir un relato como excusa para publicar estas imágenes que he hecho. No tienen nada que ilustrar, por ahora, pues falta la narrativa que debe acompañarlas, pero me han gustado las composiciones  que realicé. He combinado una nube aislada, un libro abierto o una bandada de pájaros con otros dibujos (por ejemplo, una taza de café o un paraguas del WhatsApp); les he modificado la forma y el color, los amplié o los reduje; apliqué máscaras o superpuse capas y siempre motivada por un concepto. Es trabajo de ordenador o tableta exclusivamente. No tiene mucho valor, pero no sé por qué me agrada. Será porque es mío y una no es muy objetiva  con sus cosas. Si bien de mis relatos  la primera idea que se me viene a la cabeza cuando los acabo es que son una porquería, me temo que de estas imágenes, cómo nunca pensé que pudiera hacer nada similar,  me siento hasta orgullosa. Y tengo que aprovechar este orgullo para que me impulse el subidón, pues mañana o pasado ya las bajaré del pedestal y diré: "Otra porquería más, engreída, ¿qué te crees?".


Me encantaría saber dibujar mejor. De pequeña lo hacía continuamente y, como no disponía de muchos medios, jugaba a inventarme muñecas en una libreta mientras recreaba una historia. De ese modo, las horas huían solas, sin que me diera cuenta de que me habían dejado en una silla cualquiera, a mi bola, al igual que cuando me pongo ahora  a realizar estas ilustraciones que buscan su texto. Pero lo dejé por otros intereses y lo que no se practica se queda solo en potencialidad. No vale.



Pensaba acoplar algunas de estos dibujos a reseñas o relatos. Pero creo que no. Se van a quedar así. Y serán únicamente para mí, pues las visitas a este relato escasearán a medida que pasen los días, aunque yo siga corrigiéndolo. Hasta veinte  revisiones hago de un relato. Por eso nunca podría escribir una novela, porque a mi sepelio, o lo que sea que me haga el que me sobreviva, no podré llevarme el ordenador ni el móvil.