Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: El yo natural. (Reflexión)

3 de febrero de 2016

El yo natural. (Reflexión)


La mañana del sábado pasado fue fructífera: aparte de para pasearme a la pata coja por el hipermercado, me cundió para dos pequeñas reflexiones. Una más abstracta (y más larga para explicarme mejor) y la otra más concreta, sobre esos tipos humanos que nos vamos encontrando por ahí, y que dan juego para pensar un ratito.

Ese día tuve  la ilusa sensación de que había encontrado parte del quid del vivir (aunque me faltó el kit de supervivencia: ese no lo pillé ni en el Leroy, a donde fui a comprar marcos de fotos). Me pasa unas pocas veces, en las que creo, ingenua, que he hallado parte de la pista de lo que consiste estar en el mundo. Ridículo; porque no hay una explicación, no hay una receta ni fórmula alguna. Además, pasadas unas semanas se me olvida ese quid.

De vez en cuando me preocupo por el concepto que tenemos del yo y de la conciencia de cada uno;  de cómo se integra y se relaciona con la materia (definida ésta al modo científico, como aquello que sufre  procesos físicos y químicos y ocupa algún lugar en el espacio). Es decir, qué parte de nosotros es personal, intransferible, "espiritual" y qué parte es solo una manera de mostrarse la naturaleza en un ser viviente más, como es el ser humano. Lo que sí sé con certeza es que esa materia que nombro, discurre a su aire, según su propio desarrollo, en la que nosotros somos solo motas de polvo empeñándonos en aprehender su esencia.

Cuando me iba del hipermercado, me fijé en que por la escalera de al lado subía un hombre de mi pueblo, al que no veía desde hacía años. Nunca he hablado con él y creo que padece alguna deficiencia. Lo aprecié muy deteriorado; caminaba con la cabeza inclinada hacia su izquierda, encorvado, el pelo canoso y  una expresión bobalicona. A través de la sonrisa que le mostraba a la hermana entreví sus dientes escasos y amarillentos. Yo iba, como casi siempre, embebida en algunas de mis obsesiones chorras, creyéndome que el mundo se había detenido conmigo, o que iba a mi compás.

 Y me quedé mirándolo.

Una vez más  me di cuenta de  que no, de que lo que llamamos vida se desarrolla sola, yo la rozo mínimamente, pero continúa sin mí. No soy nada atendiendo al conjunto, a lo global, sin embargo, creo que lo soy  todo si me centro en mi particularidad. Él hombre que subía envejece, se deteriora; yo envejezco, me deterioro; ambos morimos, y nuevos modelos de existencia surgen. Porque todo es materia, cada uno de nosotros también, constituye una parte del universo físico, que evoluciona, se daña con el tiempo y será sustituida por otras formas. 

"No has expresado ninguna idea nueva", pensará el lector. Es cierto. Pero tengo la impresión de que no se asumen todas las implicaciones que conlleva ese pensamiento. La escasa compenetración  que poseemos con la vida natural (y tener un mal concepto de lo que es cultura) es lo que  llevó  a invertir en la gilipollez de localizar  la tumba de Cervantes o, en un futuro, conducirá hacia la búsqueda del prepucio incorrupto de cualquier santo; es lo que eleva a las cumbres mitificadas a algunos seres humanos; nos hace despreciar los procesos físicos que se dan en la ancianidad o nos impulsa a vivir como si la juventud y la belleza fueran eternas. Si, por ejemplo, tuviéramos conciencia plena de ese deterioro, la preocupación principal de la población, y de las instituciones políticas, radicaría en lograr inversiones que garanticen una mejor vejez, a las que todos llegamos, y no buscar unos restos que nada nos aporta sobre la producción literaria del autor, excepto la incentivación turística, la cual, aparte de los beneficios económicos para algunos, contribuye al enaltecimiento absurdo de un individuo. Su obra es importante en la medida que aumenta nuestro acervo cultural, pero dónde está enterrado,  después de tantos siglos, es irrelevante. 

Ha de haber algún error en la educación que hemos recibido, en la cultura que arrastramos, que no nos inculca cuál es nuestra verdadera medida, nos engaña  con la convicción  pretenciosa de que somos únicos,  trascendentes, y de que nuestras formas de existencia son especiales. Así se origina tanto  la conciencia sobresaliente de uno mismo como  la creencia ilusa de que hay personas tan excepcionales, que se salen de las características humanas, cuyo endiosamiento está  justificado. 

Me acuerdo de lo que afirmaba el empirista David Hume, para quien el yo no era sino un conjunto de percepciones (sensaciones, impresiones) que se suceden, se influyen, se modifican entre sí, y debido a la memoria, la cual ejerce de pegamento de todas esas sensaciones, nos engañamos creyendo que existe una sustancia: un yo único y especial. Esta idea la comparto (en los enfermos de Alzheimer la ausencia de recuerdos borra hasta la noción de identidad propia); pero mi interés  se acerca más a cómo este yo (o ese conjunto perceptivo) se funde con la totalidad de la naturaleza. 

Por ello, tal vez otra educación basada en una concepción materialista,  física, que nos ayude a interpretar de otro modo el conjunto de lo que hay, evitaría errores en la construcción que hacemos de nuestro mundo y puede que nos diera más herramientas para comprender y asumir el devenir de cada uno dentro de un marco físico.  Si, por ejemplo, no hubiéramos caído en el error androcéntrico (en los tiempos pretéritos en los que nuestra ignorancia necesitaba de un ser superior) de fabricarnos un dios a imagen de un hombre sublimado y, por el contrario, se le hubiera otorgado la máxima importancia al poder de la naturaleza (como en la religión más primitiva), pero sin endiosarla, seguro que la relación con las  especies animales,  el entorno  y nuestro propio yo,  sería diferente. Por cierto, es tan escasa la consideración que se le ha dado que en el diccionario apenas hay sinónimos para designar a ese conjunto de procesos físicos, químicos, biológicos  de los que formamos parte.

No estoy abrazando el panteísmo con estas ideas. Considero que aquella tiene la máxima importancia pero no es un ser, no es una  sustancia, no tiene voluntad, solo es una palabra –una etiqueta para englobar o simplificar-, que incluye multitud de fenómenos, desde el cantar de los pájaros hasta el río que se desborda y anega los pueblos, pasando por el nacimiento y muerte de los seres humanos. Así que nunca diría que la naturaleza es sabia, como he oído. Ni es ignorante tampoco. La sabiduría o ignorancia son conceptos que nos hemos dado, como muchos otros, y que, otra vez, en virtud de nuestro androcentrismo se lo aplicamos a las cosas del mundo. Será por el afán que tenemos de poner todo bajo nuestro yugo.    

Nos faltan los valores que nos ubiquen en el lugar justo de la Tierra y dentro de su cronología. No nos percibimos como un continuo con las demás especies, ni asumimos que es necesaria nuestra desaparición para que se renueve el ciclo (sí, sí, como se trasmitía en  El rey león). Por ejemplo, si nos hubieran enseñado a encuadrar la muerte en ese ciclo vital que menciono, la enfermedad y el fin consiguiente se sobrellevarían mejor.

Vivimos en una cultura que ha querido convencernos de nuestra permanencia eterna a través de la construcción del alma inmortal, y de camino, nos ha enseñado a autocalificarnos mejores que el  resto de los seres vivos. Pero dudo de si en realidad se cree en esa trascendencia del alma a la vista de la connotación fúnebre que encierra el concepto de muerte (el lenguaje que la acompaña está imbuido de tristeza) y las negras ceremonias que la rodean. Si tuviéramos plenamente asumida la pervivencia eterna que pretende inculcar la religión cristiana la muerte sería un experiencia gozosa, liberadora, y no abandonaríamos este mundo con tantos aspavientos y entre tanta manifestación de dolor por parte de los familiares. No obstante, parece que  por muchos juicios cristianos de trascendencia que nos impongan, la emoción de pérdida irreparable del ser querido que siente nuestro cerebro (materia que produce sentimientos a través de neurotransmisores y hormonas) se impone. Resulta contradictorio, pues, la intención con el resultado. 

Por tanto, nuestros valores presentes no resultan efectivos para afrontar nuestro deterioro y muerte final. Quizá otros que nos eduquen en los procesos necesarios de renovación para que la vida continúe tendrían más éxito y serían de mayor consuelo si, además, nos proporcionan más luces sobre cómo se origina el dolor de la pérdida en nuestra química cerebral. En vez de perder el tiempo en tonterías se pondría mayor esfuerzo en estudiar la materia en general y nuestro cerebro en especial. Llegaríamos a la plena conciencia de que nuestro yo es menos que una minúscula mota de polvo en la naturaleza. Que debemos darnos importancia en tanto ésta sirva  para mejorar las condiciones de nuestra única existencia, pero que formamos parte de una globalidad mayor para la que cada uno no supone nada y en la  que es necesaria nuestra muerte para que surja más vida.




Personas esponjas

El día no dio solo para lo anterior.  Antes había saludado a un conocido, con el que he hablado en numerosas ocasiones, incluso hemos compartido festejos comunes y siempre me ha hecho recordar, por sus palabras y actitudes, a las personas esponjas. 

Me maravillan esos individuos. Tienen una tremenda capacidad absorbente para chupar del entorno, de los demás, de ideas sueltas que hay diseminadas por ahí, para crearse a partir de ideas dispersas y parecer especiales, sabios, intelectuales, genios. No suelen ir a las fuentes originales, apenas se forman, no oyen la música completa, no  desmenuzan el artículo ni el libro entero; solo  leen los titulares, o la portada y contraportada, escuchan media estrofa, un cuarto de estribillo, ven u oyen una noticia aquí y allí; sin embargo, se impregnan inmediatamente de todo esto exportándolo como propio. Son personas síntesis o personas almazuela; actúan  como esos imitadores que copian el gesto preciso del personaje a imitar y lo reproducen mejor que el propio individuo parodiado. Y en este país de ciegos mitómanos entronizamos al tuerto con sumo arrobo. No obstante, no pienso que chupen con maldad, puede que ni siquiera se den cuenta del patchwork que confeccionan de continuo.

Cuánto darían a los demás si fueran más rigurosas; cuánta inteligencia ofrecerían al mundo si se formaran; cuánto talento inicial, y mal enfocado (pues se les descubre la trampa a poco que se descuiden o a poco que sepamos más que ellas), disipan. Yo a veces quisiera parecer sin molestarme en ser. Por eso me maravillan esas personas. 



16 comentarios:

  1. Angeles, yo soy de pocas palabras, pero estoy muy de acuerdo contigo en lo que dices. A veces créeme no llego a entender todo, y lo vuelvo a leer. Ayer murió un primo mio, y como tú dices, si de verdad pensáramos que aquí no se termina todo. Por qué llorar?
    Un fuerte abrazo corazón, y sigue así.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mary, me encanta tu comentario, por tu sencillez y sinceridad. Ahora, créeme tú, me conmueve que me leas y no me hayas mandado a la porra por pesada. Espero que lo próximo que publique sea un relato, que atrape más y de otro modo. No te conozco, pero creo que eres un sol. Un cálido abrazo.

      Eliminar
  2. Creo que no has podido expresar de forma más elocuente y conmovedora la fugacidad, y en cierto modo, el sinsentido de la vida. Que se nos escapan, el sentido, y la vida, es seguro; quizá lo menos malo sea vivirla como viene sin esperar grandes cosas, sino una estancia lo menos dolorosa posible en ella y un final tranquilo y sereno a la hora de dejarla. Un beso. Y gracias por tus reflexiones.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es verdad lo que dices, se nos escapa el sentido de la vida, y ésta también. Estoy de acuerdo en que se debe vivir sin esperar grandes cosas, pero no puedo evitar hacerme alguna reflexión y pensar en si hubiera algún modo de mejorar nuestra existencia y aceptar mejor lo que nos espera. Modestamente, porque no soy ninguna filósofa (solo profesora), pero pretendo contribuir, aunque sea mínimamente, a que todos en común pesemos un poco más. Gracias, Carlos, por tu valiosa aportación. Un abrazo.

      Eliminar
  3. Reflexiones en voz alta!!! Conversaciones que hemos tenido alguna vez sobre la vida y la muerte. Nos preocupa no encontrar respuestas al sin sentido que es la vida, por lo tanto no hay que tomarse en serio nada!!! Curiosas imágenes!!! Personas esponjas las encontramos con frecuencia en nuestro entorno; el parecer frente al ser!!! Me gusta leerte!!! No dejes de hacerlo amiga!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si, hemos tenido esas reflexiones alguna vez, como también en algún momento del pasado quizá hayamos hablado de esas personas esponjas que brillan en muchas reuniones. Es verdad, nos preocupa la vida y la muerte; sobre todo, cómo alcanzar una buena vida y llegar a la muerte comprendiendo su necesidad. Muchísimas gracias, tesoro. Ojalá nunca me falte tu lectura puntual y tus ánimos. Mi más cálido abrazo hacia ti, que haces el esfuerzo de comentarme porque sabes que me agrada.

      Eliminar
  4. Ana Linares Luis5/2/16 13:36

    Como tú bien sabes me encantan los animales. Estos y las personas forman parte de la naturaleza.Es por ello por lo que estoy de acuerdo con tu reflexión. El artículo está bastante claro y comparto todo lo que dices, incluso lo de las personas esponjas. Un beso

    ResponderEliminar
  5. Es verdad que te gustan mucho. Das pruebas de ello con tus fotos preciosas. Ya me imaginaba que podías compartir lo que escribí, y valoro mucho que te acerques a mi blog para comentarme. Y soy consciente de que a veces no se sabe qué comentar. Un abrazo, mi querida amiga.

    ResponderEliminar
  6. Me ha gustado mucho!!!
    Soy amante de la naturaleza,me encantan los animales y creo que efectivamente "nuestro yo es menos que una minúscula mota de polvo en la naturaleza".
    En ocasiones descuidamos y despreciamos a esa naturaleza, al resto de seres vivos, sin darnos cuenta de que, aunque sólo sea por egoísmo, los necesitamos para completar el ciclo de vida.
    Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ana, encantadísima de que me comentes por aquí. Primero, agradecerte que tengas el detalle de hacerlo. A veces cuesta y más si es un texto de este tipo. Coincidimos entonces en que cada uno es una mínima partícula en la naturaleza, que nos creemos que lo somos todo y por eso nos permitimos el lujo de descuidarla. Es verdad que necesitamos de los otros seres vivos para completar el ciclo, como bien tú resumes. Muchas gracias por acércate hasta este blog. Los comentaros animan y de las personas nuevas un poco más. Un abrazo.

      Eliminar
    2. Encantada yo de poder leerte y aprender cosas nuevas.
      Te seguiré por face y en el blog.
      Me alegro de que enviaras solicitud de amistad. Es gratificante conocer gente nueva, que aporta reflexiones tan bonitas e interesantes.
      Un abrazo!

      Eliminar
    3. Estoy contigo, Ana, es gratificante conocer gente que suma, que nos aporta algo. A mí me pasa lo mismo que a ti. Un beso.

      Eliminar
  7. Ángeles, no voy a decir que me sorprende tu reflexión porque por lo que te conozco sé que hilas fino, y que no te quedas en la superficie de las cosas. Gracias a eso algunas aprendemos de ti.
    Por supuesto que comparto tu opinión en cuanto a que nuestra cultura, de influencia marcadamente cristiana, nos lastra y limita tal y como tú explicas. Me acordé al leerte de un libro "El amante lesbiano" de José Luis Sampedro, que me gustó mucho en su momento por motivos que no vienen al caso, pero en el que el autor utiliza una preciosa comparación. Dice algo así como que el hombre en la inmensidad del universo es tan insignificante, que pensar en la idea de un hombre pecador sería tan ridículo como la de imaginar a un lagarto dentro de una botella intentando rayar el cristal. En fin, que sí, que nos falta mucho para integrar en nuestro comportamiento y ética la naturaleza propia y para sentirnos parte íntegra, no principal, de la naturaleza total.
    Muy interesante la reflexión sobre ambos yoes. ¿Por qué no habré estudiado yo filosofía? Me encanta.
    En cuanto a las personas esponjas, me parece una muy acertada observación, aunque tiendo, en cierto sentido egoístamente, a perdonarlo por temor a serlo o haberlo sido yo misma en alguna ocasión, y porque seguramente es humano, aunque siempre hay tiempo para cambiar y aprender. Es nuestro deber.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola,Babi: lo que dices sobre el libro de José Luis Sampedro me despertó la curiosidad y voy a intentar buscarlo. Muchas gracias por tu aportación. Y tu deseo de estudiar filosofía lo comparto. Ojalá yo la hubiera estudiado más. Como me dijo una alumna una vez: "Me encanta la filosofía, porque cuando la estudio me siento más inteligente". Pues eso, en un mundo mejor quizá nos interpretaríamos con más éxito si lo hacemos en términos más naturales, filosóficos y de modo más racional. Un fuerte abrazo, amiga y gracias por tu comentario.

      Eliminar
  8. Releeo tu entrada, Ángeles, y me ha encantado todavía más que la primera vez que lo hice. Nada que añadir, salvo el deseo y el placer de releerte a diario. Me corroe una cierta envidia por no saber estar a la altura de tus reflexiones. Me conforme con pensarlas y admirarlas. Se nota que eres de Letras.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias de nuevo, Carlos. Me alegra que el texto siga sugiriéndote y que desees leer más cosas. Yo sí que tengo envidia de que mantengas un blog a entrada diaria, con esa curiosidad tan grande por la cultura y contribuyendo de ese modo tan fructífero. Seguro que estás a la altura de mis reflexiones y hasta las podrías superar. Y no creas, nunca me consideré de letras; hice el bachillerato por ciencias con la idea de hacer física; pero en el último momento me decidí por la filosofía. Y siempre me han gustado las ciencias; bueno, las dos cosas. Para mì van unidas. Un abrazo.

      Eliminar