Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: El gramófono. (Relato)

4 de abril de 2016

El gramófono. (Relato)

Divisaba desde el tren como corrían los pueblos. Hacía tiempo que no contemplaba aquellos, los de mi infancia, pero los llevaba dentro y recordaba tanto el campo verde de algunas zonas, frondoso, como el amarillento seco de otras, las del terreno devastado en pleno junio, tras la recogida de las cosechas o por la ausencia de las lluvias.
Regresaba al pueblo después de treinta años, sin haberlo pisado siquiera para visitar a los familiares que allí se quedaron. Ni para asistir a sus funerales. Ya iban mis padres y excusaban mi juventud. A modo de disculpa podría alegar, también,que me acostumbré a que fueran ellos, los abuelos, tíos, primos,... los que cogiesen el avión y se presentaran en nuestra ciudad. Les servía de pretexto para hacer turismo y abandonar por unas semanas el terruño de toda la vida.
Yo volvía para cumplir con el trámite de la promesa que me arrancó mi madre en el momento más idóneo para pedirla. Cogí el tren esa mañana de principios de verano con  la intención no solo de hacerla realidad, sino, además, para devolver un gramófono con sorpresa, igual a la de un huevo kínder. Retornaba, como la canción de Gardel, pero sin la frente marchita ni tampoco con la esperanza aferrada a mi ser: nada dejé en el pueblo por el que ansiara pisarlo de nuevo.
Hubo un primer amor, como nombra el argentino, pero él también había muerto. Macarena, una de las pocas tías que me quedaban allí, y otro de los motivos de este viaje, se dio prisa en comunicármelo hacía ya cinco inviernos. En realidad, fue un proyecto de gran amor, cuyo final irremediable, la tarde en que me enteré de  que nunca más volvería a verlo, me hundió en la cama con el verso de otro cantante, Sabina, impreso en el pecho: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió.”
En aquel momento viajaba con una caja llena de cenizas y un gramófono. Pese a que mi madre había dejado de caminar a diario por las calles empedradas de su adolescencia, en los últimos años era presa de la añoranza y de la certeza de que su eternidad debía de estar al lado de sus padres y abuelos. La eternidad, me comentaba con frecuencia, no sería tan desesperadamente eterna si la acompañaba la familia, aunque no su marido, quien continuaba todavía vivo, pero le importaba un pimiento las cuestiones sobre las postreras residencias de las almas. Así las cosas, mi madre ansiaba descansar junto a sus antepasados. Intuía, con bastante acierto, que sería más reconfortada por ellos que por mi padre.
¿Y a qué se debía que yo fuera cargada con un gramófono? En apariencia, por simple oportunidad, por aquello de “si vas a venir, pobrecita mi hermana, que en paz descanse, tan buena como era, ¿podrías devolverme el gramófono familiar, el de mi padre, el que se llevó tu madre hace tanto? Es para que permanezca en la casa grande, en la de todos. Sé que no vale nada, pero le tenía mucho apego de pequeña”.
Ya, ya, cómo si no supiera yo el misterio que encerraba el aparato. Durante las charlas telefónicas que manteníamos desde hacía años con Macarena y la abuela, estas se mostraban insistentes en sus reclamaciones, y aquel había sido objeto de reiteradas disputas, amén de preguntas subrepticias que ellas dejaban caer, aparentando casualidad. Nosotras también nos formulábamos, en consecuencia, algunas propias. Aun así, a mi madre, tan pronto como se le abría la sospecha, se le cerraba,  y nada hizo por saber en qué residía aquel interés. Fue la oportunidad que se le plantó delante la que se lo descubrió.
Es verdad que como objeto antiguo quizá tuviera algún valor, pero no sé hasta qué punto mi tía entendía de antigüedades.
–Claro, claro que sí, ¿para qué lo querría yo? Si lleva arrimado en un rincón desde hace un tiempo. Me parece perfecto que vuelva a tus manos. Creo que eso fue lo que se acordó en su momento.
–Ay, muy bien, querida sobrina. Es más que nada por el valor sentimental que encierra –volvió a repetirme, no sea que me quedasen dudas–, porque imagino que en sí no servirá de mucho. Es herencia del abuelo y un día padre, en paz descanse, debido al enojo que sentía hacia mí, por haberle regalado la vaca al suegro en vez de llevarla al matadero, le dio el gramófono a tu madre, ya tú sabes, ¿no? –No, yo no sabía nada, qué  iba a saber de jaleos de vacas, y como si hubiera oído mis pensamientos –: Ah, bueno, eso sucedió en el año de la pera, ni siquiera tu madre se había casado. Como cosa rara, padre se puso muy enfermo (figúrate que pensamos que no saldría adelante), estuvo internado durante meses en el hospital y me encargó que hiciera las gestiones para llevar una de las reses, la más grande, al matadero; oye, pues mira que me dio pena la dichosa vaca. No sé qué ojitos me pondría el animal que me apiadé, y como mi suegro, encima, se encaprichó con ella, pues ¡hala!, voy y se la regalo con mi mejor voluntad. Él me la pidió por la leche, no la iba a matar, aseguró muy firme, y yo le debía unos cuantos favores. Además, pensé que padre, después de salir del hospital, ni se acordaría. Pero lo primero que preguntó, nada más entrar en la casa, fue que dónde había puesto el dinero que me entregaron por el animal. Por eso, enfadado, le regaló el gramófono a Carmelina, en la víspera de su boda. Sin embargo, madre nunca estuvo de acuerdo; quiso que yo también lo tuviera –esa fue la perorata que me soltó en una de las llamadas que nos hicimos tras el funeral de mamá, al que no asistió.
–Sí, sí, tía. Me parece bien, ya te dije. Te lo llevaré cuando vaya a depositar las cenizas en el panteón.   
Objeto deseado ese, como ningún otro en la familia. Lo heredó abuelo de su padre y este lo añadió a la dote de mamá como un obsequio especial. A la abuela le pareció una decisión desproporcionada e injusta para con los otros hijos. Y mi madre concedió que a su muerte volviera de nuevo al hogar familiar. Por eso abuelo, un excelente ebanista,  le dijo el día antes de casarse lo que ella olvidó durante tanto tiempo  y que abuela seguramente sabría:
–Cuídalo bien, cuídalo con mucho celo, y si algún día te ves necesitada, o se te pasa por la cabeza entregárselo a tus hermanos, llévalo antes a  un carpintero. Mira en su doble fondo. Eso es para ti y para tus hijos, herencia de mi familia. Los demás ya tienen con lo que les regalaré en el momento oportuno. 
Mamá me contó que no le prestó atención por el lío en el que andaba metida con los preparativos de la boda; más bien le entró un gran desconsuelo al ver aquel trasto y estuvo lamentándose por su culpa, durante meses, sin saber dónde colocarlo. Yo recuerdo que de pequeña lo veía sobre el aparador y me encantaba girar la manivela: hacía un ruido extraño, como si estuvieran trillando hojas secas. Y me sentía importante, porque los amigos de la calle siempre me pedían entrar para jugar con él. Mientras uno le daba al manubrio, otros simulábamos bailar un vals. Aún recuerdo a mi madre espantándonos a grito pelado, "¡Con aquello no se jugaba!", un día en el que saqué la bocina y me la puse de sombrero para presumir delante de ellos. Luego, cuando nos fuimos del pueblo mamá se lo tuvo que llevar, no le quedaba más remedio, pero lo cambiaba de sitio a cada rato en la nueva casa y, finalmente, terminó en el desván.  Ahí pasó varias décadas. Hasta que yo me casé y me fui de allí, a mi propio piso.
Un  día, en una de las ocasiones en que fui a ver  a mis padres, me lo encontré en el lugar más privilegiado del comedor, haciendo pareja con la tele, y donde permaneció un tiempo hasta que en otra visita ya no lo divisé por ningún lado, pero si observé la sala completamente renovada. Me sorprendí bastante, porque desde que se jubiló papá vivían sin ostentaciones, de una pensión ajustada y no cesaban de quejarse de que a duras penas les alcanzaba para algún desahogo.
–¿Qué te parece? ¿No crees que el sofá está precioso? Dios, llevábamos toda la vida con el mismo y el pobre, hecho jirones, intentando aguantar para cumplir su servicio, sin fondo casi y lleno de grapas por todos lados.
Mi cara de extrañeza alentó sus explicaciones.
–No nos ha costado un duro, cariño. Bueno, sí pagamos por él, pero no lo sacamos de la pensión. De la base del gramófono. –Su tono de misterio se acentuó y bajó la voz, como si alguien pudiera oírla–: Padre había metido dentro, envuelto con mucho cuidado, un reloj antiguo de oro macizo, unas alianzas, un broche y alguna cosilla más. Se acompañaba de un pequeño papel, escrito en su letra picuda, ¡tan bella!, que decía: “Para ti, querida Carmelina, estas prendas como regalo de boda de tu abuelo. Utilízalas como quieras, que así me lo encomendó". Cuando leí ese mensaje recordé, de pronto, que esto me lo justo antes de casarme. ¡Y yo me había olvidado! Hace unas semanas, limpiándolo, se me cayó el gramófono al suelo, y se astilló por una esquina. Tu padre intentó arreglarla pero la rompió más. Y qué sorpresa cuando encontró lo que había dentro. Claro, así nos quejábamos de que pesaba tanto. ¡No iba a pesar! Luego hemos tenido que llevarlo a un carpintero para que lo restaurase. No te conté nada; quería darte una alegría. Ya verás tú el regalito que te voy a hacer a ti y a los niños en Reyes.
Vaya con lo que deseaba Macarena (la abuela ya no estaba para codiciar nada); por eso había solicitado en tantas ocasiones el gramófono, por el valor sentimental que se encontraba en las entrañas del aparato.
Así fue pasando el tiempo; a los nuevos sillones de la sala le siguieron un viaje merecido que se dieron mis padres a la playa más cercana y un par de cenas en sus restaurantes favoritos. Hasta que mamá enfermó.
“Qué satisfacción embargará a la tía; por fin podrá colocar el objeto en el mejor lugar de su salón y oír las frases admirativas de las vecinas”, pensaba yo, mientras las luces temblorosas de la estación me indicaban que ya quedaba cerca mi parada. “Eso es lo que tienen las herencias familiares con gran valor emotivo, que producen una dicha incansable; así pues, qué feliz se sentirá de tenerlo finalmente en su poder”, fue lo último que se me pasó por la cabeza al verla allí, de pie, con su aspecto habitual, rollizo, colorido y sin que se le notara apenas la vejez, antes de que levantara la mano para saludarme muy contenta. 





















Una vez acabada la lectura, nada mejor que oír estas canciones. Este relato nació de ellas, aunque se me fue por otro lado: "rebeldiño" (pronúnciese con acento gallego, aunque esto ni es gallego ni es na) que me salió. 

Con la frente marchita

Sentados en corro merendábamos besos y porros
Y las horas pasaban deprisa entre el humo y la risa.
Te morías por volver con la frente marchita cantaba Gardel
Y entre citas de Borges, Evita bailaba con Freud.
Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy.

Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Carricoches de miga de pan, soldaditos de lata.
Con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte,
Pero tú no querías más amor que el del río de La Plata.

Duró la tormenta hasta entrados los años ochenta.
Luego, el sol fue secando la ropa de la vieja Europa.
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió.

mándame una postal de San Telmo, adiós, ¡cuídate!-
Y sonó entre tú y yo el silbato del tren...

Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Monigotes de miga de pan, caballitos de lata
Con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte,
Pero tú no querías otro amor que el del río de La Plata.

Aquellas banderas de la patria de la primavera,
A decirme que existe el olvido, esta noche han venido.
Te sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del che.
Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear,
Y al llegar a la Plaza de Mayo me dio por llorar
Y me puse a gritar: ¿dónde estás?

Y no volví más a tu puesto del rastro a comprarte
Corazones de miga de pan, sombreritos de lata.
Y ya nadie me escribe diciendo:
no consigo olvidarte, ojalá que estuvieras conmigo en el río de La Plata.

Joaquín Sabina



Volver

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.

Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.

Y aunque no quise el regreso
siempre se vuelve
al primer amor.

La vieja calle
donde me cobijo
tuya es su vida
tuyo es su querer.

Bajo el burlón
mirar de las estrellas
que con indiferencia
hoy me ven volver.

Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.

Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.

Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.

Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.

Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.

Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

 Carlos Gardel

La canción en la voz de Estrella Morente)






24 comentarios:

  1. Crítica sincera: me ha encantado! !! En tu línea descriptiva amena y fluída. Y ese final con los temas musicales buenísimo.

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  2. Sabes muy bien poner en situación un relato. Describir una situación es un arte que no todo el mundo sabe hacer. Para el lector es importante que le describan y hacerse una idea del contexto. Y eso tu lo consigues perfectamente. Felicidades! !!

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  3. Muchas gracias, queridísima amiga. Por mucho que una escriba, siempre parece la primera vez, pues la inseguridad está muy presente en cada relato o artículo. Por eso los comentarios son tan necesarios para subir esta autoestima tan quebradiza. Lo que temo es que te canses de comentarme, pues sé que te parece que te repites. No temas hacer esa obra caritativa por tu amiga, que yo lo leo siempre como si fuera el primer amor, el primer beso, el primer roce. Con una tremenda novedad. Espero que un día alcance algún tipo de santidad que me eleve por las alturas y no necesite de comentarios. El caso es que estos, por muy positivos que sean, no termino de creérmelos, ya tú sabes. Bueno, querida, no me enrollo. A ver si un día se me cura también la "verbosidad".

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    1. Me faltó decir: ¡qué suerte tengo de tener amigas fieles!, contra viento, mareas y tempestades, aguantando a esta pesada con poquita o ninguna queja. Se merecen un homenaje y miles de regalos . Millones de besos, y me voy con mi sentimentalismo a otro lado.

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  4. Me gustó mucho,me recuerda a algo añejo y entrañable,las cosas de familia.Y lo veo,veo lo que escribes.Me parece cercano y amable.Lectura sencilla y amena.Las imágenes preciosas.Buen gusto con las canciones,me encantan.Un besote.

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    1. Las canciones son las que puse en Facebook, y en un principio el relato iba a unirlas, pero se me fue por otro lado, que me pareció más oportuno. Tiempo habrá de hacer historias de amores perdidos. Muchas gracias, mi guapa amiga. Me alegro de que veas lo que escribo, y de que te parezca ameno y sencillo. (Ya sabes que lo anterior, lo que le puse a Candi, también iba por ti). Un fuerte abrazo.

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  5. Hermosa historia. Muy bien contada... Besos desde la isla de enfrente.

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    1. Muchas gracias, Carlos. Siempre satisface, y nunca bastante, saber que la historia está bien contada. Un beso.

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  6. Una bella narración, un magnífico relato corto basado en lugares comunes y hechos cotidianos. Cada día me gustan más tus relatos, amiga mía. Sigamos.

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    1. Me alegro de que así te lo parezca, Manuel. Ahora que hay más confianza te confieso una cosa, y es que al principio, cuando empezaste a comentarme, no sabía a qué te referías con lugares comunes. Creí que pensabas que eran tópicos manidos, porque a esa expresión también se le da ese significado. Luego me di cuenta de que te referías a que eran cosas sencillas cercanas, próximas a tus experiencias. Pues sigamos, y sin dar el pasito atrás para coger impulso. Un beso.

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    2. Precisamente, Ángeles, es lo que más me gusta de tus relatos, la facilidad con que muchas veces me identifico con personajes, hechos, sensaciones o atmósferas que me resaultan increiblemente familiares pese a los varios miles de kilómetros (físicos) que nos separan.

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    3. Eso es lo que deseo, tratar temas con los que muchos nos identifiquemos, pues hay cosas que nos pasan aquí, en Canarias, y ahí, donde tu debes de vivir, que afectan al ser humano de un modo parecido. Muchas gracias, de nuevo.

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  7. Lo primero que he visto cuando encendí el ordenador, fue tu relato y me agradó encontrarme contigo. La sencillez con que describes el tan traído y llevado gramófono, y los interese ocultos de la familia, ante la herencia, haces que sea un relato sencillo, y te lleve al final con ganas de mas. La fotografía preciosa y luego las canciones una maravilla. Feliz día Ángeles, un fuerte abrazo!!!

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    1. Como te dije en Facebook, me encantó este comentario. Será por lo que tú dices, por la sencillez con que tú también te expresas. Para mí es una prioridad y no esta reñida con la calidad, todo lo contrario. Aspiro a que cuánto más sepa escribir y crear historias, más sencillo escriba, para que estas tengan una vida más propia que enganche al lector. Y agradezco que tu comentario se quede en mi blog para siempre. Un fortísimo abrazo.

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  8. Vaya con el gramófono, me ha recordado algo relacionado bcon el valor sentimental y las tias. Muy bonito

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  9. Me ha gustado mucho tu relato,tienes un punto de sarcasmo delirante... FELICIDADES

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    1. Quería un punto de ironía, porque hay gente que se disputa los objetos familiares con el cuento de que son recuerdos sentimentales. Muchas gracias por comentar. Eres bienvenida. en El gramófono. (Relato)

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  10. Creo que el relato y trama tiene un mayor recorrido, .una novela?

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    1. Bueno, si lo amplío puede que sí. Pero ya como novela estoy pensando otra cosa. Muchas gracias por comentar y por la sugerencia.

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  11. Un relato estupendo, Ángeles. Resulta interesante, ameno y en cierto sentido cómico por los toques de fina ironía. Las herencias familiares casi siempre se aparejan a historias pintorescas para quien tiene la paciencia de escucharlas :))

    Me ha gustado mucho, un saludo!!

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    1. Cierto, Julia, las herencias familiares dan para historias pintorescas por toda la picaresca que hay en ellas (valga la cacofonía). Verte por mi blog me recuerda que tengo ir por el tuyo, y no solo por simple correspondencia, sino porque me gusta mucho como escribes, por eso tu comentario tiene doble valor para mí. Iré sin falta, y recomiendo a todos mis lectores que pinchen encima de tu nombre porque vale la pena. Un abrazo.

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  12. Hola otra vez, Ángeles. Se me había pasado este bonito relato y hoy lo vi. Me ha gustado mucho, la historia me parece muy interesante, el precioso comienzo "divisaba desde el tren cómo corrían los pueblos" ya me atrapó desde el comienzo, y esta no es la única perla que podría señalarte. Empecé a leerlo antes de la cena y deseando acabar de cenar, para continuarlo. Enhorabuena. Un abrazo.

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    1. Muchísimas gracias, amiga. Reconozco que a mí el resultado final me satisfizo. Intenté condensar, y expresarlo cómo quién no quiere la cosa, los jaleos y disputas que se monta la gente en torno a las herencias. Verte por mi blog siempre es un placer, antes, durante,y ahora. Un fuerte abrazo.

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