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26 de abril de 2016

El hacedor de puzles. (Relato)




 En el barrio del Malvisco predominan los solitarios y los ancianos. Casi a partes iguales. Con razón muchos lo llaman gerentopolis, aunque no se sabe muy bien si ese apodo surgió debido a la edad media de las personas que viven allí, entre sesenta y setenta años; o si es por la residencia geriátrica que vertebra la calle principal. En cualquier caso, Isidro, el protagonista de nuestra historia, residente en este barrio, aún no roza la vejez ni tampoco pisa el asilo. Sin embargo, sabe que dentro de poco no tendrá más remedio, pues desde que se vino a vivir con su madre, hace unos meses,  nota como el deterioro de la anciana aumenta con cada día que pasa.

Los vecinos se extrañan de que Isidro no se haya casado: "Ya tiene edad y le sobra, vaya si le sobra,  para echarse una mujer". Incluso han murmurado sobre si el hombre sería de la acera de enfrente. Así lo dicen entre ellos, en voz baja. Hubo quien afirmó tajantemente que sí, que le llegaron noticias de que una vez estaba con otro metiéndose mano detrás de los setos de un parque; hubo quien dijo que también alguien le contó que  lo vieron en un bar en compañías dudosas.

¿Son ciertos estos rumores? Veremos…

Isidro, antes de irse a vivir allí, al Malvisco, residía solo en el centro de la cuidad. Trabajaba como químico en la refinería y el trabajo le quedaba cerca. Aparecía poco por el barrio, únicamente para visitar a la familia  o  recoger a la madre y llevarla de paseo a la orilla del mar. La señora, después de que enviudó, le pedía con frecuencia que se fuera a vivir con ella. Pero él creía que regresar a la casa materna era rendirse al  fracaso por no haber creado una familia propia. Por eso se alejó unos cuantos kilómetros, a un piso propio, donde pudiera aguardarla el tiempo necesario, aunque carecía de la menor idea de cómo sería la "esperada".

Los amigos del trabajo también se asombraban de que nunca tuviera novia. Pero a ellos sí les resultaba evidente que a Isidro le gustaban las mujeres. ¿Qué ocurría, entonces? Las muchachas, ya desde niño, fueron su asignatura pendiente. Menos en sus sueños, en los que él solía tener a una Laurita, un amor platónico de su adolescencia, enlazada por la cintura mientras caminaban despacio por el paseo marítimo. A ella le dedicaba casi todos los lunes, pero las otras noches se llenaron de Isabeles, de Martas, de Alicias,… Y desde que vive con su madre de Magdalena; sobre todo, del recuerdo de su mirada al despedirse.

Isidro, solo en su piso, se buscó un entretenimiento para acortar la espera, puesto que él confiaba en que algún día “ella” llegase; también esa afición era la más idónea para decorar las paredes de la vivienda. Empezó por encajar puzles de setecientas cincuenta piezas, pero fue aumentando el número hasta llegar a las cinco mil. Así llenó las habitaciones de idílicos paisajes austriacos, con lagos y montañas nevadas; crucificados de Dalí que parecían salirse del cuadro, según la opinión de su madre; niños harapientos y madonas de Murillo e incluso, familias enteras, y muy reales, de Goya, de Velázquez y de otros cuyos nombres desaparecieron al ponerles los marcos ajustados. Tantos hizo que, por último, los apilaba en el cuarto de estar arrimados a una esquina; en las paredes ya no había un centímetro libre. Aun así, seguía ensamblando piezas y enmarcándolas para que no se estropearan. Al final su objetivo fue buscar la última novedad que había llegado a sus oídos: el rompecabezas de siete mil piezas reversible con la imagen del Taj Mahal; en este empeño recorrió todas las jugueterías de la isla, hasta que Federico, un amigo del trabajo, se lo trajo de Barcelona cuando fue a hacer un cursillo para la empresa.

Justo en esto andaba ocupado, en encajar las piezas del inmaculado mausoleo indio, cuando algo rompió su monotonía. El puzle, a medida que iba ensamblándolo, más se le enredaba. Una tarde se dio cuenta de que cada vez ampliaba más las pausas y de que nunca había sentido esa falta de concentración, con las ideas corriendo sueltas a su antojo. Comenzó a acudir al bar de Eloy para tomarse un café, mientras observaba, sentado a una mesa del fondo, a las dependientas que salían de los almacenes tras finalizar la jornada. Allí se rebullía continuamente en la silla ante la mirada burlona del camarero, a quien le gustaba provocar y presumir de experto seductor.

 —¿Monas, eh? Guapas muchachas. ¿No te gustaría tener a una de esas a tu lado? Imagínate cogiéndole la manita por debajo de la mesa, mientras baja sus ojos avergonzada por tus palabras picantes, ¿eh, zorro? Imagínatela, con su olor dulzón, la piel delicada, el mimo  coqueto... —susurraba cuando le servía el café.

 —Qué cosas dices… ¿No habrá pasado ya mi hora de enamorar? —preguntaba Isidro tranquilo, incluso risueño, con disimulo—.  No sé, no me veo yo en esos jaleos. Para mí que se vive mejor solo, sin líos de ninguna clase.

 —Bah, boberías. Nunca es tarde para buscar lo bueno... Si supieras lo que es un cuerpo caliente a tu lado por las noches, compartiendo tu misma manta. Ah, compadre, eso no tiene precio. Cuando te agarran por detrás, con los muslitos tersos apretados contra los tuyos. ¿Tú has tocado la parte interna de los muslos de una mujer? Lo que te has perdido: no hay piel igual, de lo suave y cálida que es. —El corpachón moreno del hombre, con el timbre de su voz enronquecido, se inclinaba hasta rozar el de Isidro y le echaba una bocanada de aliento denso, mezclado de café y anís. Al rato se recuperaba, volvía a su gigantesca estatura  y a su tono habitual—: A ti te  lo que te ha pasado es  que como eres un buenazo nadie te toma en serio. Con ellas debes ser un "echao p'alante", simular que las comprendes, decirles lindos piropos... Así la tienes en el bote. —Los consejos acababan con una palmada de compadreo en la espalda de  Isidro y una invitación a un nuevo café.

Las palabras de Eloy solo servían para incrementar sus obsesiones. Por la calle sus ojos no daban abasto a todo lo que observaban: un hombro moreno por aquí; un cuello grácil más allá; una camiseta sinuosa que se acerca por la esquina; unas caderas que se alejan deprisa; esos brazos, aquella cintura, las piernas morenas de la que viene de frente, con la boca tan amplia que trae, de labios rojísimos. Pasaba las noches desvelado, entre sueños intermitentes llenos de mujeres y olores.

Lo más cerca que había contemplado en vivo un cuerpo femenino fue en las playas. También en las  revistas —que ocultaba con vergüenza para que la asistenta no las pillara— o en las películas de vídeo. No se sentía orgulloso de ello, pero no podía evitar calmar su ansia mientras las miraba. Él intentaba compensarlo diciéndose que nunca osaría tratar a una dama, así eran todas, como veía en esos vídeos, ni tampoco usaría un lenguaje soez con ellas. Para él no existían palabras como follar, culo, teta o coño. Sin embargo, sí le parecían de exquisita sensualidad  vocablos como nalgas, senos, muslos, vulva —qué palabra tan hermosa ésta, se repetía, con la boca líquida— o hacer el amor. Amaba por las noches a las dependientas que lo atendían en sus compras, y que tan amablemente lo trataban; a todas sus compañeras de trabajo; a sus amores platónicos de la infancia, de la adolescencia, de su madurez. En su imaginación las desnudaba poco a poco; primero, les bajaba un tirante del sujetador; a continuación, el otro; les liberaba los senos hermosos, pletóricos; luego despacio, muy despacio, un extremo de la braguita; después el siguiente: por fin aparecería la vulva rosada y carnosa. Les susurraba palabras en sus oídos, porque había leído que les encantaba que les hablaran muy bajito mientras eran acariciadas. Como él quería amarlas por encima de todas las cosas, nunca fue a putas, “señoritas de compañía”, se decía en su propio lenguaje.

 En estas fantasías se hallaba hasta que una tarde abúlica, semanas después de las últimas recomendaciones del camarero, éste se acercó sigiloso a la mesa de Isidro, se sentó a su lado y, con aire misterioso, desplegó un enorme periódico delante de sus narices:

 —Je, je, ya he encontrado tu solución. Mira, aquí está, en este diario —alzaba la voz ufano señalando un anuncio remarcado con un  rotulador negro—. Ves, lo subrayé yo mismo.

 —¿La solución a qué, hombre? —preguntaba Isidro, medio en broma, medio asustado de las nuevas ocurrencias de  aquel majadero.

 —Mira, toma, lee aquí: "Señora entrada en años, de buena presencia, elegantes maneras y educación inmejorable entraría en relación con señor culto y solvente, entre cincuenta  y cincuenta y cinco años, para fines matrimoniales. Imprescindible foto. Prometo contestar a todas las cartas recibidas. Mi dirección de correo es..."

—¿...? —La cara ya colorada de Isidro se incendió aún más. Dudaba si mandar a tomar viento al camarero o reírle la broma— ¡Pretendes que le escriba a alguien que en mi vida he visto!

—¿No te parece buena la idea? Maravillosa. Tú le garrapateas unas cuantas  líneas, poquitas, ¿eh?; no debes pasarte escribiéndole no sea que la asustes por intenso; te presentas, le dices en qué trabajas, dónde vives, le mientes un poco exagerando lo mejor, y seguro que te la metes en el bote. Le envías una foto resultona; así, de medio lado, en pose interesante,  je, je, je...

—Tú estás loco. Y si luego dice que quiere verme, ¿qué?

—Bueno, pues si te ve qué va a pasar. Claro que te debe ver, si no para qué montamos esto. Bah, seguramente tampoco ella es de tan buena presencia como dice ahí, ni de tan elegantes maneras; eso está por averiguar, que hay tipas a las que les gusta fardar un rato largo. Nada, llévate el recorte, le mandas los garabatos y ya me dirás. No te vas a arrepentir —aseguraba en el momento en el que desalojaba su abultado cuerpo de la silla.

 Isidro subió a su casa con el periódico bajo el brazo. No pensaba escribirle a cualquiera y menos a aquella dama educada y distinguida. "Seguro que algún defecto debe de tener, si no por qué solicita novio a través de un anuncio", pensaba mientras abría la puerta del piso. En éste el desorden de los últimos días continuaba intacto: restos de comida en los platos, ropa tirada por los rincones y el dichoso  mausoleo a medio montar. Con lo ordenado que había sido él hasta ahora. Se miró en el espejo que estaba encima del aparador y se vio gris, no solo por las canas, sino por el gesto contrariado del rostro, los ojos muy juntos y los labios en una raya delgada y apretada. ¿En qué momento de su vida  le desapareció la expresión franca que había animado su semblante? La verdad es que lo de "buena presencia, elegantes maneras y educación inmejorable" le produjo entre gracia y desazón. Por un lado, pensaba que no se andaba con chiquitas la señora; por otro lado, le sobrevino inquietud por si no estaba a su altura. Bien, tampoco perdería nada por escribir unas líneas, no le llevaría más de diez minutos; como aconsejó Eloy, unos cuantos párrafos de presentación y fuera. Si  respondía, estupendo, se verían en algún lugar agradable, hablarían de sí mismos y tal vez hiciese una nueva amistad y quizá, quizá, por fin, sabría cómo huele “aquello” —se atrevió a pensar—, cuál es su tacto, a qué sabe, si es dulce, agrio o salado cómo dicen. Puede que su soledad acabara ya.

 En realidad, empleó  más de diez minutos en la escritura de la carta; estuvo una semana buscando el tono y el lenguaje preciso que reflejase su personalidad. El contenido le ocupó diez folios por delante y por detrás: no quería equívocos. Luego permaneció otra semana dudando de si valdría la pena o no enviar aquellas hojas, si la desconocida valoraría su sinceridad, o si, simplemente, se reiría de él. Al final, después de muchas dilaciones, la mandó por correo urgente el día que recogió el paquete certificado que le enviaba todas los meses la juguetería  con una nueva provisión de puzles.

En contra de lo previsto, las semanas siguientes transcurrieron tranquilas, no lo venció la incertidumbre, incluso llegó a olvidarse de que alguna vez hubiese escrito a alguien; o, por lo menos, así pareció cuando le afirmó tajante a Eloy que no tenía ninguna intención de corresponder al anuncio del periódico, y que no creía que aquél fuera el modo correcto de aproximarse a una señora. Tan seguro pareció que el camarero, tras mirarlo extrañado, se alejó a servir a otros consumidores, convencido de que había metido la pata con su cliente. Esta creencia se vio corroborada por la ausencia  de Isidro del bar, a quien los rompecabezas volvieron a atraerle con renovado ímpetu. Se encerró en su piso sumergido entre piezas diminutas, blanquecinas e idénticas las unas a las otras, obsesionado por terminar, ahora ya por fin, el preciado Taj Mahal. Y algo olvidado, sorprendentemente, de sus amores nocturnos hacia el género femenino.

El día que sonó el teléfono no esperaba la llamada de la desconocida, pese a que en la carta escribió varias veces su número  para que ella  contactara con él. Después de darse cuenta de quién podría ser, se quedó confuso con el auricular en la mano. Por suerte, la mujer parecía acostumbrada a  situaciones similares. Con serenidad, pronunció su nombre, Magdalena, y que la había asombrado la extensión de su carta, nadie se había comunicado así con ella; supuso por su escritura que Isidro debía de ser una persona agradable y expresó sus deseos de conocerlo para comentar lo que él había vertido de sí mismo en aquellas páginas: en tales términos se expresó, “¿vertido?”, demostrando así su inmejorable educación. Al final de la charla lo citó para el siguiente viernes, siete de mayo, a las seis de la tarde en el parque Las Palomas, en las proximidades del bar. Iría vestida con un traje de chaqueta en tonos claros, con una blusa blanca y un pañuelo beis atado al cuello.

¿Y cómo pasó nuestro hombre esa semana? Imaginémoslo. No dio pie con bola. En el trabajo, como un zombi iba a todos lados; se ofrecía a ayudar a los compañeros, igual que otras veces, pero no  estaba dónde debía, o se había ido ya, o se olvidaba de los papeles y los recados o los dejaba a medias; de su madre también se olvidó durante días hasta que ésta, sorprendida, lo llamó por teléfono y tuvo que colgarle porque no había manera de entenderse con él. Su hijo estaba más atontado que nunca. Se olvidó hasta de los puzles y de por qué carajo tenía tantos regados por todos lados, con lo que le molestaban para caminar por el estrecho piso. Así estuvo absorto en sus ensoñaciones durante la semana. Solo de vez en cuando se le cruzaba por la cabeza, haciéndole fruncir el ceño, la cita médica que tendría esa misma tarde, justo a las cuatro. Sabía que no debería sentirse muy preocupado, porque aunque las molestias se le habían recrudecido en los últimos tiempos, tenía la seguridad de que la exploración era una simple rutina, como otras veces. Pero como ahora esta inquietud se le añadía a la preocupación mayor que lo mantenía en vilo, la semana se le hizo insoportable.

Así pues, el día señalado Isidro se despertó nervioso; había dormido entre sobresaltos y el sueño recurrente desde hacía varios noches lo asediaba cada vez que se daba la vuelta en la cama. En él, abría un portalón que daba a un gran patio descubierto, lleno de macetas  con flores, enredaderas y una palmera en el centro rebosante de dátiles; al fondo, una silueta femenina se alejaba con rapidez. Intentaba llamarla, gritarle, correr para  darle alcance; pero, ni podía emitir sonido alguno, ni las piernas le obedecían. Al final, ella cerraba una pequeña puerta tras de sí, y el patio se oscurecía  convirtiéndose ahora en una plaza llena de paneles donde él, a la vez que ensamblaba multitud de piezas que se hallaban en el suelo tiradas, exponía sus puzles ante el asombro y las carcajadas de los transeúntes que pasaban por allí.

Ese día no fue a trabajar. Usó la consulta clínica de excusa para ausentarse. Ya por la mañana, después de desayunar, se asomó a la ventana y observó el cielo plomizo, los patios  de los vecinos mojados, la ropa tendida que chorreaba goterones y el alféizar de su ventanuco enchumbado. "Quizá Magdalena decida en el último instante no salir debido al  mal tiempo", conjeturaba arrepentido de no haberle pedido su número de teléfono para confirmar la cita. Con esta incertidumbre Isidro permaneció la mañana en la ventana, espiando las inclemencias del cielo y rogando para que las nubes descargasen de una vez el agua que las teñía de gris. A mediodía escampó, pero a las dos se reanudó una lluvia  menuda y persistente que no cesó en toda la tarde.

A las tres comenzó a vestirse. Se puso un pantalón oscuro de finas rayas, una  camisa marrón claro y una chaqueta a juego con el pantalón. Dudaba de si llevar suéter  encima de la camisa o solo la corbata. Al final eligió un jersey de lana, de esta manera iría correcto, sin demasiada solemnidad. Cogió el paraguas del mango de  madera, el más serio que tenía, y con media hora de antelación estaba sentado en la sala de espera del urólogo, quien muy pronto lo hizo pasar. Allí dentro transcurrieron los sesenta minutos más largos de su vida; se dio cuenta de cómo cada segundo se hacía vivo y muy real porque la Tierra se deslizaba lenta en su trayectoria alrededor del Sol. A los diez minutos de consulta había dejado de oír al médico; sus palabras  le retumbaban y no daba crédito a las frases que le decía aquel. Salió zumbado de la consulta.

El parque Las Palomas estaba situado en su misma ciudad, pero a bastante distancia  de su casa e Isidro no lo pisaba desde hacía varios  años, desde que había intentado dedicarse a correr para bajar de peso. Ahora se acordó con una sonrisa triste de que la ruta desde su piso le parecía entonces tan agotadora que cuando por fin llegaba, solo le quedaban ánimos para darles millo a las palomas que revoloteaban cerca. Observó el parque cambiado desde su última visita. Aparte de la fuente que ya existía, habían construido dos más, todas decoradas con motivos mitológicos, aunque le siguió gustando la más antigua, en la que se veía la  imagen de Plutón huyendo con Proserpina; en cambio, en estas nuevas, ni la representación de Venus sosteniendo su manto ni la de Neptuno amenazante con el tridente le satisfizo. Desde luego, él, en su penúltimo puzle, había logrado  una imagen de estos dioses más acorde a sus leyendas.

Aunque había ido hasta el parque, ya tenía la certeza de que no era oportuno acudir a la cita. Cómo había sido tan ingenuo que no había dudado ni tantito de los resultados de las pruebas ni de las analíticas que debía recoger esa tarde. Cómo él, siendo químico, había confiado de aquella manera en un médico que, aunque le había asegurado hacía meses que todo estaba bajo control y que no tendría de qué alarmarse, ahora sabía que la vida, o la amenaza de su ausencia,  sigue su curso propio, al margen de previsiones optimistas.

No obstante, a las seis menos diez se dirigió hacia el bar donde Magdalena lo había citado. Se encaminó hacia allí sorteando los  charcos de agua que cubrían el camino. Pero en el quiosco no había ninguna persona; solo unas sillas colocadas sobre las mesas y un caballito de  balancín protegido por un plástico. Se fijó bien y vio, detrás de la barra, a un camarero, cuya mirada aburrida oscilaba alternativamente entre los vasos que secaba y el televisor. La  presencia de Isidro no lo avivó; se quejó de su artritis y de la maldita humedad  que se le calaba hasta los huesos desanimándolo. Le sirvió un té y continuó su tarea con la misma parsimonia; pero, por una vez Isidro no tenía ganas de despegar los labios: una pelota densa en la boca del estómago le apretaba a la vez  el esófago y la tráquea.

Y no cesaba de llover, la atmósfera empañada de gris oscuro, los bancos solitarios y los parterres como un lodazal. Isidro miraba taciturno el camino por donde ella aparecería. Vio correr a un chico con la cabeza cubierta por una bolsa blanca; a un señor mayor caminando despacio, con sombrero y un paraguas aún más elegante que el suyo, indiferente al agua; a una pareja de jóvenes cruzar unos setos y ocultarse debajo de un árbol. A las  seis y media, una mujer de estatura mediana, de media melena, facciones regulares, y embutida en un abrigo marrón oscuro se acercaba al quiosco. Isidro se preguntó si sería Magdalena, pero enseguida desechó este pensamiento. "Imposible, no puede ser, no va vestida como aseguró que vendría,” pensó desviando sus ojos hacia otro lado, no sea que lo creyera un impertinente.

—Perdone, ¿es usted Isidro? —lo abordó la desconocida cuando llegó a su lado.

De inmediato, Isidro enmudeció. Sus mejillas se tiñeron del color de la grana y las marcas de su viruela pretérita se acentuaron. Le pareció el rostro de la mujer grato a la vista, aunque por separado cada rasgo resultaba imperfecto. A él, y eso que era fácil de complacer, nunca le habían agradado las naricitas puntiagudas, ni las frentes pequeñas y las barbillas angulosas; en cambio, su boca de labios finos, en las comisuras se inclinaba ligeramente hacia arriba, y sus ojos negros, bien dibujados, le gustaron más. No obstante, esa señora era más de lo que él podía pedir, incluso en sus sueños más afortunados.

Mientras la miraba, desapareció la ansiedad de los días anteriores y todos los proyectos de vida en común con Magdalena se desmoronaron. La cabeza comenzó a martillearle con distintas preguntas: ¿A dónde iba a ir él con aquella mujer? ¿Qué podría darle, después de lo que le dijo el médico? Vio volar las imágenes de sus palabras favoritas: nalgas, muslos, vulva, amor, compañía, abrazos, besos, olor dulce, piel suave…

—No, no, se ha equivocado, lo siento; no soy el Isidro que busca. Mi nombre es otro, Manuel, eso es, me llamo Manuel —respondió tontamente.

—Ah, perdón. No sé por qué creía que era usted. Se me parece mucho a una foto que vi hace poco. Perdóneme de nuevo por molestarlo, pero, ¿ha visto por aquí a un señor que pareciese estar esperando a alguien?

—Ni idea, no estoy seguro, como no haya sido el que acaba de irse hace unos minutos. Tenía aspecto de estar impaciente y no cesaba de mirar el reloj y el camino por donde usted apareció.

—Oh, ¡cuánto lo lamento! Si apenas me retrasé unos minutos... ¿Me podría decir por dónde se fue?

—Juraría que salió del parque, hacia la parada de taxis; pero quizá me haya confundido...

—Vale, muchas gracias. Buenas tardes y perdone las molestias —se despidió desconcertada. Él se dio cuenta de que ella sí sabía quién era él; pero, para qué insistir si no te quieren conocer; algún motivo habría de tener para que le mintiera, probablemente se diría a sí misma.

<<Seguro que cree que no me gusta, que la vi fea, vieja o tosca. Puede que se vaya convencida de que ha fracasado y de que seguirá sola para los restos. Quizá espere que me arrepienta y la detenga antes de que  salga de la plaza>>, pensaba Isidro mientras la dejaba ir.

Al hombre se le quedaron grabados en la retina y en su ánimo la presencia sencilla de la mujer, los ojos aguados y el rictus serio que se le marcó en los labios al despedirse. ¿Se puede uno enamorar de una sola mirada o de unas breves palabras? Quién sabe; lo que sí intuía con absoluta certeza es que en pocos meses no tendría fuerzas ni para bajarle el tirante del sujetador ni para susurrarle palabras bellas al oído. ¿Se puede uno lamentar por unos recuerdos no creados? Puede ser...

Bien, ahora le quedaba cambiar el número de teléfono; o mejor, trasladarse a donde su madre. Así no oiría más sus ruegos constantes de que regrese al hogar. Es cierto que ya estaba mayor y ambos necesitaban cuidarse mutuamente. El tratamiento al que le iban a someter iba a ser duro, le avisó el médico, y solo no podría sobrellevarlo. Pensando en todo esto, la oscuridad lo cubrió, sentado en el mismo banco desde donde la vio marchar, con su abrigo marrón. Ya había dejado de llover y la noche se había vuelto negra y manchada de mínimas luces brillantes que se apelotonaban todas juntas. Las miró pero apartó sus ojos porque le parecieron que se estaban burlando de él.

Mientras salía del parque se acordó de que debía renovar la suscripción a la juguetería para que le enviasen la siguiente remesa de puzles a la nueva dirección.  Se salvó, pensó aliviado, porque la semana anterior, en un arranque de optimismo irresponsable, estuvo a punto de romperlos todos. Pero no sabría dónde ponerlos en casa de su madre; quizá en el garaje todavía quedara algún hueco. Recordaba que el cuarto del fondo estaba lleno de trastos inservibles que se podrían quitar...


  2 de abril de 1996  (y revisado a cada momento durante el 2015 y el 2016). Lo revisaré en el 2017, 18,...

Imágenes mías a partir de un puzle que había en casa (la primera) y de un dibujo en blanco y negro de una maqueta del Taj Mahal.


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30 comentarios:

  1. Muy bueno. La vida no respeta planes ni aficiones. Cuando menos te lo espera te pone ante la necesidad de posponerlo todo o de centrarte sólo en lo más inmediato para dedicar todas tus energía a sobrevivir. Muy bien contado.
    Besos.

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    1. Cuánta razón tienes, Rosa, la vida sigue su curso, y probablemente al margen de nosotros que quizá seamos solo un accidente en el ciclo de la naturaleza. Muchísimas gracias por comentarme. Un abrazo.

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  2. Me gustó mucho tu relato,sencillo,directo y profundo en la descripción de los personajes.Me dejo cierta tristeza el devenir del personaje,la vida nos pone dificultades y cada uno opta por donde transitar.Enhorabuena,un beso

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    1. Muchas gracias, preciosa, por leértelo, aunque estés malita. Es triste el relato, hasta a mí me lo parece. Sabemos que para algunas personas la vida es así. Un besazo.

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  3. ¡Hermosísimo, y qué triste!... No deberíamos ser tan cobardes. Un beso, Ángeles.

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    1. No, no deberíamos ser tan corbardes, pues nunca sabemos qué nos deparará el futuro. Un abrazo, Carlos, y muchas gracias por comentarme.

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  4. Ainsss qué rabia, me hubiera gustado poder estar junto a Isidro y tratar de convencerle de lo equivocado, a mi juicio, de su razonamiento. Precisamente porque el mañana puede no existir o ser muy duro, mejor disfrutar del presente en lo que se pueda. Además, seguro que Magdalena también se fue con una idea equivocada de aquel parque...

    Has conseguido que me meta por completo en el relato, Ángeles. Resulta ameno, interesante y está maravillosamente bien escrito. Puedes revisarlo cuanto quieras, pero ya es muy bueno :))

    Un abrazo grande y feliz miércoles.

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    1. Es verdad que no se sabe nada del mañana. Quizá lo frenó un exceso de responsabilidad. Muchas gracias, Julia, por tu generosidad. Lo de corregir parece imparable y cada vez que lo releo me doy cuenta de algún fallo que se me ha escapado. Un abrazo agradecido, y feliz día para ti también.

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  5. Querida Ángeles, me ha gustado mucho tu relato, esas vidas aparentemente anodinas tú sueles recuperarlas y darles un espacio bello, como merecen, rescatándolas del olvido y haciéndolas interesantes. La historia en sí, triste, muy triste, pero real. ¡Enhorabuena! Un abrazote.

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    1. Me imagino que me suelen atraer, literariamente, esos personajes anodinos que mencionas. Me interesa retratar el fracaso, la soledad o ese mundo dentro que tienen y que no pueden sacar por timidez, responsabilidad o cobardía. Un abrazo y muchas gracias por leerme, guapa Balbi. Besos.

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  6. Un relato precioso y muy triste. A veces la vida nos da en una misma partida cartas muy buenas y muy malas. Quizás nos fijamos sólo en las malas y no sacamos todo el buen juego que nos ofrecen las buenas.
    Un abrazo.

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    1. A veces, como dices, las malas pesan más y nos dejamos llevar por ellas desechando las oportunidades que nos regala la vida. Hay gente que también tiene miedo de vivir. Muchas gracias, Kirke. Me alegro de verte por aquí. Un beso.

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  7. Muy real, y triste. Isidro no supo decir sí, por el miedo a fracasar. Y seguiría solo o con su madre acordándose de que tuvo la oportunidad y por miedo no supo aprovechar. En la vida hay muchos Isidros.
    Un fuerte abrazo Ángeles!!!

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    1. También creo, como tú, que en la vida hay muchos Isidros, lamentablemente. Muchas gracias, Mari, por comentarme. Un fuerte abrazo, preciosa.

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  8. Me ha gustado mucho el relato.Muy real. Esta historia da para mucho que pensar....Que mala suerte tienen algunas personas¡¡¡ Y las tendremos tan cerca de nosotros,y sin enterarnos de nada.
    Como todos tus relatos que te estoy leyendo, pueden tene muchos finales.Un merito que tienes tu.
    Yo, si me dieran la oportunida de otra final - con tu permiso - y aunque vaya contra corriente. Isidro no iria a la cita. Y eso, que el final de la historia es para una nota muy alta.

    Angeles, un placer hacer un comentario de tu relato
    un abrazo

    Miguel Zoraquiain Mazo

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  9. Me alegro de que interactúes con el relato y se te ofrezca a la imaginación otro final. Como dices, en muchos doy posibilidades para que así sea. En este caso, la curiosidad por conocerla, e incluso puede que fuera decidido a todo, es lo que lo condujo hasta el parque. Luego se arrepintió al verla. Quizá pensó que la mujer no se merecía ninguna condena. Como ya sabes, estoy encantada de que me leas y me comentes. Y si encima te gustó el relato, pues mejor, más alegría me causas. Un abrazo, Miguel.

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  10. Es un buen relato sobre las oportunidades que se pierden por no querer arriesgar!!! Cómo la incertidumbre y el miedo nos puede paralizar!!! Me trasmite soledad. Impecable.

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    1. Me satisface que el relato haya transmitido soledad; espero que sea así sin haber abusado del sentimentalismo ni del melodrama fácil. Como siempre, te agradezco muchísimo tu comentario. Un abrazo, querida amiga.

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  11. Me ha gustado mucho la historia ,puesto que defines tan bien al personaje que me he identificado con él.

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    1. Es bueno que te hayas identificado con él; eso es todo un elogio para mí. Gracias por comentar y un beso.

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  12. Precioso relato sobre la soledad, me ha gustado mucho y espero seguir leyéndote.

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    1. Espero seguir escribiendo y que te sigan gustando. Tus palabras animan a continuar. Muchas gracias por comentar. Mi blog sin comentarios no tiene vida, por eso me gusta que me los pongan. Un abrazo.

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  13. El relato me llenó de sensaciones, pero el mayor sentimiento fue el de tristeza. Está muy bien escrito y, a pesar de la extensión, la lectura se hace ágil y amena.
    Me gusta haber encontrado tu blog Àngeles.
    Saludos.

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    1. Y a mi vanidad también le gusta que me hayas encontrado. Ahora más en serio, tus elogios me indican de que quizá vaya por el camino adecuado y son una buena recompensa para este trabajo. Un saludo afectuoso.

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  14. Terriblemente anonadado me dejas con un final que yo no dudaría en calificar de trágico. Dices que el relato te ha dado mucho trabajo. Ha valido la pena.

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    1. Bueno, espero que la tragedia haya sido comedida y que no haya recargado las tintas en el melodrama. Creo que la solución más honesta es por la que optó el protagonista. Pudo haberse callado, no haber dicho nada y a vivir que son dos días, y nunca mejor dicho en este caso, pero, ¿nos hubiera gustado que nos lo hicieran? Un beso, Manuel, y toda una alegría verte por aquí.

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    2. Pequeñas o grandes tragedias vivimos todos cada día. Tú le has dado a ésta un tono más que acertado. Y si, con esta decisión, el personaje, una persona anodina, se convierte a mis ojos en un héroe grandioso.Es el segundo relato que leo hoy y ambos me han encantado.

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    3. Pues qué suerte, a veces no encontramos ni uno que nos guste. Yo le tengo aprecio a este personaje, a éste, y a la de los primeros cuentos, será porque me acompañaron en mi indecisión sobre mi valía como escritora durante mucho tiempo. Para mí este hombre también es un héroe, por su honestidad. Pudo haber engañado para tener una cuidadora, pero optó por lo contrario. Muchas gracias, de nuevo. Me gustan estos diálogos interactivos.

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  15. Es precioso, pero muy triste, seré muy romántica pero se merece otro final

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    1. Te entiendo, Rosabel, pero si le oculta lo que tiene, o acepta irse con ella, no sé si sería muy honesto. Realmente, es un dilema moral. Unos se callarían y seguirían adelante, otros se lo contarían (no lo digo claramente para no desvelar el final), y unos últimos no contarían nada, pero tampoco comprometerían a nadie. Un saludo cariñoso, mi niña.

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