Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Una taza de café en el Auditorio de Tenerife. (Relato)

15 de abril de 2016

Una taza de café en el Auditorio de Tenerife. (Relato)



Burbujas de auditorios en el Auditorio de Teneife


Si lo que le ocurrió a Lucía le hubiese sucedido a otra persona, esta no le hubiera dado tanta importancia, a los diez minutos lo habría olvidado, justo después de montarse en el coche del marido, o de la mujer, o de quién sea que la sacara de la ciudad. Lucía, en cambio, no. Tardó una semana en dejar de pensar en ello y en ponerse colorada cuando lo recordaba, y varios meses en los que, por lo menos, no se le presentaba en la mente alguna vez a lo largo del día. Y ya verán ustedes por qué bobada. Si bien en una persona normal la anécdota serviría de provecho para hacer reír a los amigos, en ella fue causa de la mayor afrenta. Por eso intentó sepultarla en lo más recóndito de su memoria, para creerse que no fue a sí misma a la que pasó el trance, sino a su amiga Isabel. Y puedo garantizar que al tiempo lo consiguió.
 Ella era, es en realidad, puesto que aún sigue viva y no ha cambiado nada, exageradamente tímida, más tímida que cualquiera, que yo, e incluso, me aventuro a formular sin conocerte, que tú. Por lo mínimo que le dijeras, las mejillas se le incendiaban y arrugaba el ceño como si fuera un papel viejo a punto de ser tirado a la basura. Apenas se defendía, si las palabras que pronunciabas tenían como objetivo tomarle el pelo, o reclamarle algo que te hubiera sentado mal. Cuando la conocías bien, lo  menos que se te venía a la cabeza era ponerla en apuros, avisarla de que no fuera tan impuntual, de que no doblara las páginas del libro que le acababas de prestar o de que, por una vez, se invitara a una ronda, que a ella le caían varias gratis. Mejor callar que verla  angustiada, por mucho que supieras que no estaba bien lo que hacía. Pero vamos despacio; no hay ninguna prisa y lo que voy a contar no es muy largo. 
La mañana que le sucedió aquello venía de la inspección médica, de presentar unos informes que le permitiesen renovar su comisión para que no la destinaran al quinto pino. Tan pronto como salió de allí, después de sortear con entereza las preguntas de los señores inspectores, y antes de coger el coche que había aparcado en la planicie contigua al Auditorio de Tenerife, se acercó hasta ese recinto polémico (como todos los de su ilustre arquitecto) para verlo bien de frente. A la construcción la habían rebautizado con el nombre de un político canario, quien murió hacía pocos años. Ella estaba en desacuerdo con que le pusieran nombres de políticos a edificios públicos, plazas, colegios o calles. Ninguno se lo merecía por cumplir con su trabajo, como debía ser,  pues ya lo cobraba bien; ni era cuestión de que fuera un nombrecito de quita y pon: en eso se convertiría si ascendiese al poder el partido contrario al del homenajeado. Lucía, aunque era más tímida que todo el mundo, estaba llena de opiniones, igual que todo el mundo. 
Allí se fijó en que el bar-restaurante estaba abierto y, en pleno arrebato romántico, le pareció ideal tomarse un café contemplando el océano. Se acercó hasta la barra, dio su aprobación a la marca que le dijo la camarera y se sentó en una de las mesitas de la terraza a esperar por él. Mientras miraba el mar pensaba, como pájaro de mal agüero, que la mañana no podría transcurrir perfecta. Algo pasaría que se la chafara; seguro que el café se lo traerían aguado, o rancio, con sabor a borras. O algún pesado la  importunaba, abordándola con estupideces. O al salir de la ciudad se perdería por alguna de las avenidas paralelas, quizá perpendiculares. Siempre ocurría, que nunca acababa sus excursiones con éxito, si iba sola. Era un imán para los líos.
Aquella mañana, y ella no sabía si todas las demás también, porque era la primera vez que andaba por allí, la cafetería, la terraza y los aledaños estaban llenos de turistas que no cesaban de sacar fotos. El día se prestaba a inmortalizar el momento;  se alternaban los colores del cielo entre una amplia gama de grises dramáticos y azul añil, que pedían ser fotografiados. Ella miraba ora hacia arriba, ora hacia al mar, encantada de la vida de encontrarse en aquel lugar: se atrevió a sentirse optimista. 
—Es un euro, señora —la sacó de su ensimismamiento el camarero poniéndole el café delante de sus ojos.
A Lucía le molestó que la avisara de lo que costaba sin esperar a que se lo bebiese. Siempre la gente abusaba de ella. Hasta los inspectores le habían hablado antes con un tonillo de superioridad, incluso llegaron a repetirle las preguntas como si fuera una zoqueta. Ni que llevase pintado en la frente que era una tímida asustada; o una tonta. Se envalentonó. No podía permitir que por su aspecto dulce y apocado los demás se aprovecharan. Sin hacer caso del chico cogió la taza y bebió el líquido con calma. Ella nunca se quejaba del café que le servían, aunque se lo prepararan mal. Y aquel lugar se merecía el  mejor.
 —Está frío. Y sabe a quemado. —Guau, qué valiente. Se ruborizó; se había atrevido a protestar, aparentando seguridad en sí misma, como había visto en las películas americanas, e imitando el tono firme de las detectives mientras explicaban cómo habían deducido quién era el asesino. No se lo podía creer, y su marido tampoco, al contárselo más tarde.
El camarero no respondió de inmediato. Solo elevó un poco las cejas y con gesto displicente, como si le importara un grandísimo carajo la calidad del café y la tía maniática que tenía delante, expresó al final: 
—Pues lo siento mucho. Usted es la primera que se queja. Señora, tengo que atender a otros clientes y debo cobrarle ya. Es un euro. La próxima vez diré que se lo hagan a su gusto.
—Ahora mismo lo pago. Pero le digo que para ser este sitio el que es, debería  mejorar su calidad. —Cogió el bolso que descansaba en la silla de al lado para sacar la cartera. Miró dentro, rebuscó bien, lo removió todo, y se puso lívida, como si le hubiera lavado la cara, de pronto, con un potente blanqueador. El camarero, ahora con aspecto impasible, allí de pie, delante de ella, observaba como el hijo de un extranjero intentaba encajarse unos enormes patines. Seguramente estaría pensando lo mismo que todos los que contemplaban la escena, que qué valor viajar con esos trastos, y, qué consentidores sus papás. 
—Voy a la barra y se lo abono allí. Quiero ver los dulces que tienen –logró articular.
El camarero la miró desangelado y se encogió de hombros. Se alejó unos metros para atender a otros clientes.
Lucía no sabía qué hacer. La lividez se le había trocado en el rojo más vivaz y sudaba copiosamente. No había traído la cartera. Era consciente de que no estaba perdida, pues la noche anterior su marido le dijo que la cogiese de la mesa pequeña, que la metiera en su bolso si no se la iba a olvidar. Pero no le hizo caso.
¿Y ahora qué? ¿Creería aquel hombre que se la había dejado en casa? ¿Sería mejor decirle que se la habían robado?, ¿qué la había extraviado? ¿La observaría de arriba abajo con desprecio, como si fuera una indigente? Era una fresca que, encima, se quejaba para no pagar nada. ¿No sería mejor irse sin más, aprovechando un descuido? Total, solo era un mísero café. Tampoco era para tanto. 
Eso fue lo que hizo. Buscó con los ojos dónde se encontraba el hombre. Estaba de espaldas, a tres mesas de allí y a la izquierda, hablando con una pareja joven. Detrás de la barra vio que la otra camarera andaba entretenida, limpiando la alacena de los bocadillos. Así pues, agarró el bolso, bajó la vista (todavía conservaba la creencia, propia de la niñez, que si no veía a nadie, nadie la vería a ella), y se echó a andar con premura, sin mirar a los lados. Descendió por los escalones como si el hijo se le estuviera achicharrando en el microondas.
—¡Señora! ¡¡Señora!! ¡¡¡¡Señora!!!! ¡¡El café!! Pues no se va la tía sin pagar ¡¡Habrase visto qué gorrona!! Claro, así se quejaba de que estaba malo. Si lo quería gratis.
Ella lo oía mientras se escapaba, sin girar el cuello hacia atrás, con la vista fija en el suelo y apretando el paso con celeridad. Sentía los gritos del camarero a sus espaldas y percibía las miradas censuradoras de los extranjeros que transitaban a su lado, los  cuales  no sabrían qué había sucedido, pero la estafa tiene un potente hedor, y hasta a ellos les alcanzaba; eso pensaba Lucía. Entretanto, la cara se le quemaba por la vergüenza al alejarse de allí. 
Notaba como todo el mundo, todo el grandísimo mundo (toda la población mundial de los cinco continentes se había concentrado aquella mañana allí), comprobaba que esa mujer, con esa pinta de tan buena chica, era una tramposa. Ay, pobre  Luci. 
Y sus contratiempos  no cesaban.
—¿Señora, qué ocurre? —Dos guardias municipales estaban plantados delante de ella, interceptándole el paso. La gente se detuvo también, a su alrededor —¿No oye que la llama el chico de la cafetería?
Lucía levantó la vista del suelo y los miró. Su cara era un poema trágico y sus ojos dos cuencas aguadas, a punto de desbordarse. Ellos la observaban severos. Uno alto y corpulento, el otro delgado y bajo. 
—Dios mío, si solo fue un euro. —Murmuró a punto de romper en llanto. Toda una mujer, como un castillo, solía decir su abuela, y comportándose como una guanaja. Si aún viviese y la observara en esa situación, no la salvaría de una estrepitosa nalgada, por simplona. 
—¿Qué dice? No la oigo —elevó la voz y endureció el acento el municipal alto.
—Que he perdido la cartera, o me la robaron, ¡o me la dejé en casa! Pedí un café en el bar, y cuando fui a pagar vi que no la llevaba encima. Es solo un euro. 
—Y se mandó a mudar sin avisar  al camarero. ¿Le parece bonito su comportamiento?
—No, claro que no. Si estoy muy avergonzada. —Odiaba el tono en el que hablaba, a punto de derrumbarse en lágrimas. Y detestaba como la regañaba el guardia, si hasta era más joven que ella.
—¿De dónde es usted? Porque si  vive cerca pudo decirle que se lo traería a la tarde. O mañana.
—Vivo en La Orotava —respondió espontáneamente, sin meditar la respuesta y sus posibles consecuencias.
—Vaya, ¿y cómo ha venido hasta aquí? En la guagua no pudo haber sido, sin dinero para pagar el billete. —El guardia alto (el poli malo), le echó una ojeada de complicidad al acompañante, encantado de su deducción y a la espera de que este batiera las palmas.  Pero el flaquito solo sonrió a medias. 
Lucía enmudeció. Volvió a bajar la cabeza, luego la levantó de nuevo, la giró a la derecha, a la izquierda. ¿Si se echaba a correr qué pasaría? ¿Dónde la detendrían, a los cinco metros, o a los diez? Volvió a mirar el suelo, exactamente a la sombra de los municipales que se estiraba detrás de ellos, y se mezclaba con la suya propia.  
—Acompáñenos. Ya sabe que no puede conducir indocumentada. No podemos permitirle que coja el coche. —La sorprendió la voz del guardia bajito, ¿no era el poli bueno?, pues no, porque tenía un acento demasiado aflautado para ser bondadoso.
—¿Y a mi hijo quién lo recogerá del cole? ¿Y quién hará la compra y la comida hoy? Mi hijo... No tengo a nadie que vaya a buscarlo. Y debo  ir a visitar a mi madre esta tarde al hospital, que está muy enferma, y tengo que... Por favor... Por favor...
A la comisaría se fue la desdichada Luci, rezongando, flanqueada por los aguerridos municipales, quienes, comprensivos pese a todo, intentaron animarla por el camino. Allí descansaría un rato, hasta que vinieran a buscarla, que tampoco era tan mal sitio. Ella, por supuesto, ni los oía ni veía nada a su alrededor, ni recordaría nunca cómo se introdujo dentro del coche de los guardias, si le pusieron la mano en la cabeza para que no se golpeara en la coronilla, o pasaron de protegerla, sin otorgarle así el estatus de detenida. Lo único cierto era que la había tocado en suerte los oficiales del año, los que se merecían la medalla a trabajadores más eficientes, los eficaces cumplidores del orden. ¡Vaya! 
Todo por la cartera que se dejó olvidada en su casa. ¿O fue por irse a hurtadillas? O por protestar por un mal café, de marca mediocre, Bonka, fíjate tú, si todavía fuera Lavazza o Illy, puede que  el bochorno lo sobrellevara mejor. Injusto mundo. ‘Merde’, que suena mejor en francés, más distinguida es la palabra, pues si hasta la realeza la pronuncia será porque es  muy  ‘chic’.

Extranjeros en el Auditorio de Tenerife



Las imágenes son mías  como todas las del  blog (eso creo, y si no he de revisar, por si acaso se me haya escapado alguna). Y el texto también, por supuesto.

28 comentarios:

  1. Lo que puede suponer un euro y una decisión errónea. Me siento muy identificada con tu personaje porque creo que si no más, al menos soy tan tímida como ella. Me podría pasar a mi lo mismo perfectamente... bueno a mí no porque jamás se me ocurriría protestar por el café. Así sería menos vergonzante decir que había olvidado la cartera.
    Me ha encantado tu relato.
    Un beso.

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    1. En ese tipo de enredos, y menos mal que son leves, nos vemos metidos a cada rato. Parte de la acnédota me pasó a mí. Pero tuve la prudencia de comprobar si tenía dinero, y como vi que no llevaba la cartera,anulé el pedido inmediatamente. Me salvé. Tampoco soy tan tímida. Muchísimas gracias por comentarne. Un abrazo.

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  2. Muy bueno. Y si, cosas así pasan. Un saludo.

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    1. Muchas gracias a ti comentar (y no abandonarme tras haber desactivado el perfil de Facebook). Está claro que la página no tiene tanto éxito como el perfil, pero es un modo de medir la sinceridad. Un abrazo.

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    2. No acabo de entender porqué la has desactivado. Si no le querías dedicar tiempo, nada te obligaba a hacerlo. pero es decisión tuya y la respeto. Y claro que seguiré leyendo tus relatos. Si antes me gustaban mucho, ahora también. Seguimos.

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    3. Soy de arrebatos, y mido poco las consecuencias. Después, cuando reflexiono en frío, pienso que pude hacer las cosas de otro modo. Supongo que dudaba de la sinceridad del Facebook, y estaba agobiada por sentirme absorbida en tener que corresponder a los me gusta. Compromisos que asumo. Supongo que algún volveré, pero más a mi aire. Un abrazo, Manuel, y muchas gracias por continuar. Un beso.

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  3. Muy bueno,me encantó,me preguntaba cuando lo estaba leyendo si te había pasado a ti,ya me sacastes de duda pues lo confirmas en tu respuesta a un comentario.Mientras lo leía sentía desazón y angustia por lo que le iba padando a la protagonista,para mi eso es importante,me da la talla del relato. Enhorabuena,besos

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    1. Me alegro de haber conseguido esa desazón. Me pasó parte, incluí mi obsesión y eché mano del futuro paralelo (o del presente, no sé). Muchas gracias por tu comentario, aquí, y donde sea. Un abrazo, preciosa.

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  4. Falta de asertividad,pobre Luci.Con lo fácil que era decir:"Mire, lo siento mucho pero me dejé la cartera.Ya se lo pago en otra ocasión". Y dejarle en prenda cualquier objeto que llevara en el bolso. Y marchándose muy digna: "Y que conste que el café es muy mejorable",eso era la guinda imprescindible de seguridad en sí misma.

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    1. Cuánta razón, tienes, Ana, pero qué fecundos para la imaginación son los personajes tímidos, y de poca asertividad. Son un filón para meterlos en líos, y para que les ocurra mil cosas, por eso es por lo que abundan tanto en la literatura. Muchísimas gracias por comentar y te envío un abrazo. Besos.

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    1. Muchas gracias, Ana, si ya me gusta y me conmueve que mis amigos de siempre no me abandonen, tener a alguien nuevo que se pase por mi blog, me satisface muchísimo. Un abrazo.

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  6. Se me ha hecho corto, me hubiese gustado que se le enredaran más las cosas, aunque para ser un breve relato me parece que está muy bien y es entretenido. Como te comentaron, produce cierta desazón y entra curiosidad por ver qué disparate hace Luci para escaparse.

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    1. Lo primero, muchísimas gracias por comentarme. Me alegro de verte por aquí y ojalá que no sea la última vez. Es bueno que se te haga corto; lo contrario indicaría que es una pesadez. Se le podrían enredar las cosas más, pero quizá se alargaría entonces demasiado. Un beso.

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  7. Pues a mí también me ha pasado, querida Ángeles. Sino igual, muy parecido. Y también me fui sin pagar, pero nadie me pilló... Son cosas que pasan, pero cuando se cuentan tan bien como lo haces tú, parecen únicas. Un beso.

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    1. Creo que puede suceder, que a lo bobo se vayan complicando las cosas, y si la personalidad del individuo Se presta a ello, más riesgos tiene. Muchas gracias, Carlos, me alegro de verte por aquí. Beso.

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  8. Hola Ángeles, me ha encantado el relato, me estaba angustiando sólo de imaginar a la pobre mujer.
    Nos puede pasar a cualquiera, pero yo lo habría vivido como una aventura, viaje gratis en un coche de policía.
    Un fuerte abrazo.
    Seguiré leyéndote aquí, en face o donde haga falta.

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    1. Me alegro de que te guste, Ana. La verdad es que por un mínimo detalle se nos pueden torcer las cosas y un hecho normal convertirse en otro extraordinario. Ya sabes que me agrada que me comenten y que continúes estando ahí. De los casi cuarenta que me escribieron que me seguirían leyendo, es bueno saber que cinco o seis permanecen. Un fuerte abrazo.

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  9. Miguel Zoraquiain17/4/16 20:55

    Me ha gustado mucho. Pura auto ficción.
    Aunque a veces no comentemos tus entradas, creo que seguimos visitando tu blog ( este es mi caso ).
    Por cierto, muy interesante todos los temas que tocas. Es un gusto seguirte.
    Como siempre, un saludo cordial.

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Miguel, y de que sigas visitando mi blog. Sé que hay gente que de la que tenía en el Facebook que me sigue, pero menos que antes. Saber que entras a leerme, aunque sea a través de un pequeño comentario es muy satisfactorio, recompensa algo esta labor y anima a continuar. Muchas gracias, pues. Un abrazo.

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  10. Hola, Ángeles. Con este relato le has sacado el jugo merecido a tus imágenes, aunque sea amargo al final, tanto por el final de la prota como por el elixir, no por el gusto que dejas a tus lectores. Es curioso cómo la timidez puede hacernos caer en un bucle de torpezas del que cada vez sea más difícil escapar. Buen tema y el texto, además, grato por su fluidez.

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    1. Estoy de acuerdo contigo, la timidez da mucho juego para inventar historias en torno a ella. Me alegra que te parezca grato el texto por su fluidez. Muchas gracias por comentarme. Siempre lo agradezco. Un abrazo.

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  11. Qué pasada!!! Según iba leyendo la angustia me aumentaba!!! Y digo yo, a esos polis les faltaba humanidad porque por un euro llevarse a la pobre!!! Muy bien escrito, atrapa hasta el final. Preciosas imágenes, los tonos pasteles que utilizas me encantan. Felicidades amiga.

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    1. Bueno, se la llevaron, pero no detenida, sino para que no cogiera el coche indocumentada y a la espera de que alguien la recogiera. Muchísimas gracias, mi querida amiga. Un besazo.

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  12. Nunca me he visto en una situación similar, ¡¡pero qué apuro debe dar!!. Te leía y me imaginaba prefectamente la tribulación de la probre Lucía. La de "jetas" que se van sin pagar a diario de todas las cafeterías del mundo y la mala suerte que tuvo la pobre...

    Un relato estupendo, Ángeles. Ameno, entretenido, muy cercano. ¡Me ha gustado mucho! :))

    Un abrazo y feliz noche de martes!!

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    1. Yo me vi en la primera parte. Me olvidé de la cartera y ya había pedido el café, allí mismo. Menos mal que algo me conozco y como no me fio mucho de mí, comprobé si llevaba dinero y vi que no tenía la carrera. Me dio tiempo de anularlo, pero me pude haber visto en un apuro. Muchas gracias por comentarme, Julia. Un beso y feliz martes también para ti.

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  13. Me ha encantado el relato y me ha gustado mucho cómo has descrito tan bien ese personaje tan tímido, la protagonista, cómo su timidez la conduce a empeorar una situación que si no fuera por esa timidez se habría resuelto de manera menos traumática.
    Me has hecho recordar un pasaje de una novela de Ángeles Caso en la que, al describir a las protagonistas, se habla de la timidez: "Quien no es tímido tal vez no logre entender el sufrimiento de las personas que padecen ese mal, una tara profunda que bloquea y aleja y estigmatiza. El tímido teme ser visto y ser escuchado, y su propia ansiedad le lleva a mostrarse aún más torpe, a parecer más antipático y engreído"
    Estupendo relato, enhorabuena.
    Un beso

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    1. Tienes mucha razón. Tengo una amiga muy querida, que es muy tímida también, y sé que si viera en la misma situación su sufrimiento sería indecible. Las palabras de Ángeles Caso son muy oportunas, pues. Muchas gracias por comentarme y activar el seguimiento de mi blog. Entre blogueras esto es más enriquecedor. Un abrazo, Kirke.

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