18 de mayo de 2016

¿Una buena coartada? (Relato)


Ya lo sé. Sé que debí inventarme otra excusa, o averiguar bien el funcionamiento del Facebook y los blogs antes de meterme en berenjenales y echar mano de estúpidas justificaciones. Si me las hubiera currado un poco más y controlado los detalles quizá ahora no estaría en la cárcel.
El día en que me  apresaron, acusado de ir a la casa de un colega a asestarle una ración de merecidas puñaladas, los guardias no se creían que estuviera dónde dije que me encontraba ni haciendo lo que declaré que hacía. Expuse mi pretexto con firmeza, pero debió de faltarme convicción. Necesito más experiencia, eso es indudable, pues se nota que la vez anterior no supuso suficiente rodaje. Como recomiendan en las escuelas, hay que practicar más y mejor.
A los polis que aporrearon mi puerta les endilgué una coartada que me pareció brillantísima: no los convencí. Y terminé con mi largo esqueleto, acusado de asesinato, durmiendo esa noche en un calabozo maloliente. Todo por culpa de una bloguera, cuyo apodo es Querubines Herejes.
Esa misma  mañana la policía entró en mi vivienda, sin saludar, casi con las esposas en la mano, y con cara de perros furibundos, como si no me hubiese cargado solo al pelmazo de Felipín sino a todos los niños del colegio del enfrente; ni que fuese para tanto. 
Los guardias no quieren reconocer que hay desapariciones merecidísimas. No lo expresan de cara al público, pero entre ellos no se engañan. Por muchas razones que me amparen, no se atreverían a decir en voz alta, si las supieran, que yo acumulaba las suficientes para perpetrar no una sino infinitas acciones contra Felipín (o Fipe, con ese diminutivo deseaba que lo nombraran, porque era más resolutivo, aseguraba el muy subnormal). El hecho de que me tuviera hasta los mismísimos, y anduviese clamando a Dios, a la virgen, y sobre todo a mí, que lo desapareciera materialmente del mundo les sería irrelevante. Claro, cómo no, si no eran ellos quienes se sufrían al pajarraco, ni soportaban sus bromas de mal gusto delante de los demás. Aún recuerdo la jarra de agüita amarilla que me ofreció en la casa de Ana: “Aquí tienes tu cerveza, machote” y todavía me resuenan en los oídos las risotadas cuando me eché el primer sorbo. Tampoco comprenderían el coraje acumulado, que  hervía y reflotaba al verle la jeta, por las chicas que me levantaba al final de la noche, el muy mamón; y qué podrían decir del trabajo que me birló hace un año, adelantándose a la entrevista. Sin embargo, la culpa era mía, porque le soplé la oferta que me habían propuesto, es decir, por gilipollas; si es que ya me lo aconsejaba la yaya de niño: “Espabílate, hijo, si no te tomarán el pelo al derecho, al revés, y a tu sombra completa,  y eso que es larga”.
En realidad, no había matado a nadie, solo limpiado el mundo de un ser molesto, como si de una cucaracha se tratara. Se debe matizar el lenguaje, eh, no se puede incluir bajo la misma etiqueta a sucesos de distinta índole. Eso es simplista y tal error es propio de individuos con mente limitada, de escasas luces. Es sabido, y perdonen que active mi vena reflexiva e intelectual, que no todas las vidas valen lo mismo, por mucho que la propaganda blandengue o los anuncios de Navidad así lo publiciten. Así, de inmediato, la mía vale más que la de nadie, luego van descendiendo en orden de proximidad afectiva y local; primero, las de los allegados familiares, si se portan bien, no planean putadas o prestan dinero cuando uno está en apuros; luego, las de los amigos enrollados o, incluso, hasta las de los contactos casuales y placenteros; por último, las de las personas en razón de cercanía geográfica. ¿Se pueden tasar igual las vidas de los vecinos o de los compañeros de trabajo que las de un barrio de Katmandú? Qué va, ni  para mí, ni para nadie y menos para aquellos guardias. No obstante, todo hay que decirlo, a algunos de los vecinos y compañeros también les haría yo un repasito.
El caso es que sobraban motivos para querer depurar el aire que respiraba y, como no podía más, pensé que había llegado el momento idóneo para hacerle una visita amistosa. El hecho que lo desencadenó fue la llamada telefónica del tipejo en cuestión, nada más despertarme, con el anuncio de que se había tirado la noche anterior a Raquel, a la nena por la que babeaba, he de confesarlo con humildad, y llevaba trabajándomela sin descanso, desde hacía meses. El muy hijo de su madre, si será cerdo. 
Pero, qué chapuza. ¿Por qué no fundan una escuela de limpieza civil de seres superfluos? No el ejército, que es un fastidio, con la parafernalia que se montan para justificarse, sino algo más simple y eficaz para erradicar de la Tierra aquellos seres prescindibles, los cuales no causan sino molestias incómodas. Así no habría dejado mis huellas en el vaso de agua por el que bebí, pese a que me empeñé en higienizarlo todo con Don Limpio; y me hubiera acordado de borrar el registro de llamadas en el teléfono fijo del inmundo. “Las prisas y la inexperiencia  llevan  a cometer estragos”, también me decía la yaya. 
Por ese motivo la policía no tardó en localizarme. Los vecinos diligentes son de gran ayuda para la benemérita y los de Felipín constituyen joyas inestimables, además de ser unos chivatos. Sus oídos no soportaron el ruido en el piso de al lado y telefonearon de inmediato al 112. A los noventa minutos justos de acaecido el ¿evento?, ¿la limpieza?, no, dejémoslo en su nombre oficial, por mucho que me resista a usarlo, el asesinato, ya me estaban tomando declaración. Ellos no me vieron salir de la vivienda, pero dejé dudas sobre  mi presencia por allí.
Ay, qué torpe fui, si hubiera sabido… Como excusa, se me ocurrió alegar que a esa hora, justo en aquellos segundos en los que se produjo el homicidio del querido amigo, el desgraciado Felipín, me encontraba enfrascado en un relato, “El ensamblador de piezas” se titulaba, que colgó en su página una aspirante a escritora, un poco pelma la mujer: que si se va del Facebook y elabora una tremenda declaración, despidiéndose de todos; que si regresa al Facebook  y escribe otra más grande.  Debe de estar necesitada de afecto o desea llamar la atención, la pobre; por ese motivo yo la leía y le comentaba a veces, porque me daba penilla. Así les conté a los estupefactos guardias que me miraban con los ojos bizcos. Para mis adentros, sin embargo, me decía que los relatos de esa ama de casa simulaban losas de mármol, de tan pesados; al principio de conocer el blog leí los renglones impares de uno, y solía mirar las fotos, aunque a mí no me pillarían más perdiendo el tiempo en  ningún otro. Tan bobo no era. 
Muy orgulloso de mi ocurrencia en apariencia infalible, les enseñé el comentario que había escrito en la red, justo en los instantes de la muerte del amiguete Fipe: “Tu cuento me encanta, es maravilloso, como todos los que sueles escribir. Me alegra ser amigo de una escritora tan creativa y original. Sabes plasmar como nadie los sentimientos y los sucesos de unos protagonistas arrojados al mundo y a sus inclemencias. Tus relatos son entrañables, y a la vez poseen un ritmo trepidante que no me despega de las letras hasta que llego a la última. Entonces, con tristeza, cierro el ordenador o apago mi móvil; abrumado, ya no quiero ver nada más, de tanta belleza que he disfrutado hasta momentos antes. Eres mi ídolo como escritora y es un gusto, un honor más bien, encontrarme entre tus amigos para disfrutar de tu genialidad. Ya sabes, no dejes de escribir nunca. Soy tu seguidor fiel, bla, bla, bla ”. ¡Buah!, si me quedó lucidísimo; mejor, imposible, pensé de nuevo, mientras se lo releía a los polis.  "¿Esto no  prueba que mientras liquidaban  al amigo del alma, así ha sido Fipe para mí, acababa de zamparme un cuento? No se va a estar matando y deleitándose a la vez uno en relatitos; eso es incompatible", les seguí argumentando de este modo, y que si no me creían, continué, cronometraran el tiempo que se pierde con la lectura y redacción de aquella grandiosa opinión (no les conté que la había preparado inmediatamente después de que la candidata a escritora publicó su post, antes de salir de casa, y que solo fue asunto de copiar y pegar). Si les aseguré, en cambio, muy serio, que las huellas en el vaso eran lógicas, dado que iba con frecuencia a visitarlo, como por ejemplo, la noche anterior. Y las llamadas que nos cruzamos en la mañana, en las que lo  avisé de que iba a verlo no significaban nada. ¿Acaso era culpable de entretenerme en casa, devorando otros cuentos, largos e inefables, del mismo blog y de tener que posponer la visita al final? Esas fueron más o menos mis palabras. 
Los policías que me tomaban declaración titubearon mientras fruncían el ceño; luego se alejaron a comentar algunos detalles en privado, al fondo de la sala, y donde yo no los oía. A continuación uno me pidió que me acercara y preguntó por los datos de la página de Facebook y el nombre del blog. Muy seguro de mí mismo, le contesté que se llamaba “Qué sapiencia más feíta”. “Fuerte nombre”·, comentaron  ante esa respuesta, “y quien lo lleva responde por el seudónimo de Querubines Herejes”, seguí informándole sin ninguna duda, complacido de cooperar con ellos.  “Vaya”, exclamaron entonces. Y se hizo el silencio, a la vez que se alejaban de nuevo.  
Al cabo de treinta minutos, tras realizar los señores guardias unas llamadas telefónicas e intercambiar algunos mensajes por correo electrónico y WhatsApps  se acercan con las esposas en ristre; ante mi estupor, me las colocan sin miramientos. Yo había visto que no paraban de teclear en el móvil y hasta me ofrecí a colaborar por si querían más datos, pero me mandaron a callar con gesto brusco. No, si es que la ayuda no se agradece y cómo se extravían los modos en algunas circunstancias. Es increíble. Estos casos sirven para medir las maneras que nunca deben  perderse. Ay, la yaya también me lo recomendaba: “Ante todo, excelentes modales, que son los que te abrirán las puertas y los corazones de la gente". ¡Qué bonito, yaya!
Perplejo, y mientras bajaba por las escaleras, logré enterarme de que la susodicha, Querubines Herejes, había declarado, después de revisar los datos de su blog y los de Facebook, que, en efecto, aunque el hipotético asesino sí le hizo un comentario muy halagüeño en la página de la red, no había pinchado en el enlace ni visitado (ni leído, por tanto) el relato en el blog, ni ningún otro en ese momento. Las estadísticas de blogger le informaban que no hubo ninguna fuente de tráfico desde la red social y que ese cuento, recién colgado en ambas plataformas, no fue visto por nadie a la hora precisa en la que se escribió el comentario. ¡Sopla! Después sí hubo visitas, a cuentagotas, que se produjeron a continuación de la opinión sumamente elogiosa del supuesto homicida, o sea, yo. A modo de prueba, les envió Querubines Herejes una captura de pantalla de las estadísticas del blog y de la página de Facebook a través del correo electrónico y por mensajería instantánea. Para que no se perdiera en los ignotos servidores de Internet, aclaró la señora. Encima la mujer se ensaña conmigo, estaría rencorosa porque yo no la leía. Si es que hay quien no se conforma ni con una buena opinión, quiere además ser leído; qué pretensiones y qué afán por llamar la atención.
Nada, que se me debió de abrir la boca, y ponérseme cara de tonto y así se me quedó un rato largo. Ya camino de la comisaría me acordé de la madre de la bloguera y presunta escritora, la cual, si estuviese viva, la madre, dejémoslo muy claro, seguro que lamentaría con gran dolor que su hija fuese limpiada de la faz de la tierra por torpe, entrometida y por tener unas estúpidas estadísticas. Pero, como exclamaba el otro, “Ah, se siente…”. 
Entretanto, mi cabeza trabaja y trabaja porque de esta tengo que salir bien parado como la vez anterior (pero esa ahora no viene a cuento).


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Imagénes y textos: mine, mine