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27 de noviembre de 2016

Amor en conserva (relato)



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1

Hay una película de los hermanos Marx que se llama así. Pero este relato no guarda relación con collares de brillantes ni con compañías de actores aficionados. Es solo una sencilla narración de amor, la de Andrea. (Y de la memoria traviesa, a demanda). Si es una historia feliz o no, ya juzgarán ustedes. Creo que sí, aunque serán los lectores los que pronuncien la última palabra. 
Todo comenzó por una carta, en un mes de enero pasado por agua. Julián había muerto meses antes y era preciso ordenar los trastos que se amontonaban en el cuarto del garaje, después de años de convivencia. En él había de todo: leña para la chimenea (en su hogar anodino una preciosa, de piedra rústica, presidía el salón-comedor), libros de textos de los hijos, loza olvidada, adornos de Navidad, piscinas de plástico de distintos tamaños; así como la cuna, un parque y juguetes del hijo menor. Y más cosas, tantas que estaba convencida de que pisar aquel sitio sería el peor modo de entretener el tiempo; tampoco es que ella se hubiese quedado nostálgica tras la muerte del marido (ni aliviada, eh). Pero no le quedaba otra opción. Iba a mudarse a un piso y a poner la casa en venta. Los hijos estaban de acuerdo en que resultaba demasiado grande para una mujer sola. Ella, por su parte, se mostraba encantada de introducir alguna variación en su vida.
Se decidió a bajar al trastero una mañana en la que los truenos y la lluvia anunciaban que el mejor lugar para soportar el día era el más alejado de las ventanas. Los relámpagos la imponían y la declaración de alerta amarilla le causaba sobresalto.
El olor del cuarto le llegó de golpe a la nariz. Consistía en una mezcla de humedad, azufre y troncos de monte. Aún quedaba leña (aunque ella ya no prendía chimeneas), apilada debajo del hueco que formaba el bajante de la escalera. El cuarto, muy grande, se levantó después de haber construido la casa en un espacio robado al garaje y a los coches que podrían usar; pues, ¿cuántos iba a poseer la familia? Conque cupiesen dos bastaba, pensaron cuando se edificó. No recordaba que hubiera colocado un sofá. Cubierto por un plástico, al levantarlo, comprobó que no estaba en mal estado, sin embargo, fue uno del que se deshizo hace unos cuantos años, para comprar el de piel burdeos. Creía que lo había regalado, o tirado a la basura. 
¿Por dónde empezar?, se preguntó mirando en torno. Le esperaba un trabajo de días y con el cielo tronando resultaba impensable tirar los trastos a los contenedores de basura. Sí podría apilar en una esquina todo lo desechable. Allí iba a acabar la loza y los discos. Se sentó en el sofá, cogió estos últimos para verlos bien: eran singles, de Karina, Marisol, Juan Pardo,… Algunos de regalo de la marca de refrescos Mirinda. Sonrió; no tenía dónde oírlos, pero quizá los salvase.
Acercó hacia el sofá una de las cajas grandes, arrimada a la pared y sellada con papel celo. En los laterales aparecía el rótulo: “Facturas, fotos y papeles”. Reconoció su letra, aunque no recordó en qué momento lo escribió. Se sintió complacida por haber sido tan ordenada. Le quitó el celo y miró en su interior. Uf, cuántas cosas. Había una torre principal en el centro con libros grandes, manuales escolares, carpetas y cajas más pequeñas; de canto, como introducido con calzadores, encontró unos blocs de dibujos y unas libretas descoloridas, con las puntas dobladas. Eran suyas. De joven, dibujaba; también solía llevar un diario, no al modo convencional, en pequeños libros con candados, sino en grandes libretas escolares, cuadriculadas.
Ingente tarea la de ordenar aquello, sobre todo, decidir qué guardar. Por lo pronto, su interés se centró en las libretas. No tenía ganas de leer aquella letra menuda ni, pese a que el día de relámpagos se prestaba a ello, dejarse dominar por la añoranza; sin embargo, comenzó a pasar las hojas de la primera libreta con curiosidad. 
Y encontró una carta entre las páginas. Vaya, ni idea de que todavía la conservase. Una carta de más de cuarenta años, dentro de un sobre con sello incluso, luego debió de habérsela enviado por correo. Sacó las hojas rígidas, amarillentas, y la desdobló con cuidado. En medio de las páginas un bicho minúsculo se había petrificado en el tiempo y con el polvo.
Comenzó a releerla. Era una carta de amor, además de renuncia y resignación, ¿quizá un poco humillante? Al final de algunos párrafos, el tono de pérdida se convertía en enfado. Una carta (si es justa en el juicio la narradora omnisciente) plagada de los tópicos de la ruptura:“Te querré siempre”;“…llevo semanas sin dormir, por tu culpa, y no te me vas de la cabeza” “…cuando ese tipo por el que me dejaste se harte de ti, no sé si estaré disponible”; “Nunca imaginé que fueses tan egoísta, tan vacía, para cambiarme por el primero que te miró”; “… aposté por ti, pero ya he comprobado que eres igual a las otras “.
Se llamaba, o se llama, porque no le constaba su muerte, Agustín. Un antiguo novio de tiempos muy muy pasados. No recordaba que escribiese tan bien, ni que fuera así de ardiente y cariñoso: “Jamás existirá un hombre que te ame como yo”; ni que hubiese sido ella la que lo dejó y, menos, que él se quedara resentido. Al contrario, en su memoria permanecía impresa una separación amistosa, carente de pasión y dolor. Como luego no volvió a verlo, hasta pensó que fue un alejamiento fruto de que él se fuera a estudiar, a vivir o trabajar a otra ciudad. No supo nada más del chico ni de su familia. Tampoco lo buscó ni conservó mayor interés por él.
Ahora se le abrió en su mente unos días pretéritos (quizá llegaron a ser semanas) de relaciones simultáneas; de verse a escondidas con Julián; de estar con uno en la playa por el día y con el otro en la verbena por la tarde-noche; de algún portazo en el Opel nuevo del que sería su marido (les duró este auto más de veinte años) y de algunos más fuertes en el seiscientos de Agustín (del coche se acordaba, uno amarillo con la maleta abarrotada siempre de trastos de carpintería); de gritos, enfados e incluso llantos. Uno la presionaba para que se decidiera de una vez, y el otro se cabreaba por los rumores que le llegaban y que ella dudaba de sí desmentir o no. 
Ahora ni recordaba por qué se decidió por el amor más reciente, por qué supuso en aquel momento que fue la mejor idea, ni qué la inclinó por él. El aspecto físico de ambos parecían similares: la misma estatura media e igual pelo moreno; los rostros de rasgos normales, tirando a bien parecidos los dos. Sí conservaba la certeza de que durante muchos años archivó en su cerebro a un Agustín insípido, aburrido y frío; luego se le desdibujó por completo y nunca más volvió a acordarse de él. Y, qué curioso, la carta no le devolvía esa imagen de tío plasta, como ella siempre había pensado. 
Se acostumbró al olor del azufre y de la humedad del garaje. El sofá sí mantenía el hedor dentro del tapizado de tela. A ese no se habituaba, y las manchas grises habían acentuado la sensación de moho. Ignoraba si la lluvia y los truenos cesaron. En donde se hallaba no se oía ningún ruido. 
Allí, sentada en el sofá, releía los folios una y otra vez. La reacción de ella se repetía en cada párrafo de modo idéntico, como si actuase para una película muda: ora abría los ojos como platos, ora fruncía el entrecejo mientras revisaba las frases: “Dicen que me engañabas con otro, que andas con él desde hace tiempo; ¿es ese con el que te vi el domingo pasado salir del cine? Imposible. Tú eres bella, buena, dulce, honesta; no puedo creer que estuvieras conmigo y a la vez con él”. ¿Ella fue así: buena, honesta? Hubo alguien que una vez la consideró dulce y muy guapa. Vaya; qué sorpresa se esconden entre los recuerdos. 


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2

Había perdido la costumbre de guisar para tanta gente. En vida de Julián ambos se alimentaban de un potaje de primero; de una ensalada de segundo acompañada de un filete de pechuga de pollo o de pavo un día, de pescado al siguiente, de huevo al tercero. Y vuelta a comenzar. Los fines de semana salían con los hijos y las comidas multitudinarias quedaban restringidas a la Navidad.
Marisa le pidió el favor: iría a la casa después del trabajo a revisar qué recuerdos iba a escoger y no tendría tiempo para cocinar. Si hacía potaje, que le añadiese más agua y, de este modo, se llevaría un caldero para cenar con Saúl y los chicos. No le importaba incluir más verduras; claro que no, lo que temía Andrea era el juicio. Todos sabían que la cocina no constituía su especialidad.
Mientras removía con una espátula las legumbres que se le pegaban en el fondo del caldero, oyó a su hija que se acercaba a la cocina. Transportaría algo pesado porque el ruido de las pisadas no era ágil. Giró la cabeza y la vio franquear el umbral con el reloj de bronce que moría en el garaje desde hacía años. Encima de una columna de metro y medio, un pedestal de caoba, se alzaba la esfera de bronce llena de números romanos. Resoplando, se dejó caer en la silla.
— ¡Muchacha, cómo subiste eso sola! —exclamó la madre—.No pediste ayuda. ¿Te lo vas a llevar?
—Siempre me gustó este reloj. ¿No te importa, verdad? —Andrea se encogió de hombros—. Me recuerda mucho a papá. Cuánto presumía con él delante de las visitas. ¿Recuerdas con qué orgullo lo trajo el día que se lo regalaron? Y tú, molesta. Más trastos para la casa, decías.
Andrea se sentó en una silla enfrente de la hija. Alargó las manos sobre la mesa y mientras recogía las miguitas de pan esparcidas por ella, ensayó un tono neutro:
—Él eligió el reloj en vez del viaje que le ofrecía la empresa. No obstante, sabía bien qué prefería yo. Nos regalaban una estancia de una semana en Lanzarote con los gastos pagados. Nunca he estado en esa isla y relojes hay varios por la casa.
—Pero, mamá, a él no le agradaba viajar. Y sabes cómo le halagaba que lo agasajaran, le demostraran afecto, contaran con su opinión. ¿No recuerdas con qué orgullo presumía de la enorme cantidad de amigos que aún lo llamaban para pedirle favores? Derrochaba generosidad. Y cómo cada Navidad, en los últimos años, les mandaba un mensaje de felicitación a todos los amigos y compañeros de trabajo. Creo que aprendió a utilizar el móvil solo para eso.
—Sin embargo, a su familia no se entregaba tanto. Le gustaba que le demostraran afecto, aunque él no era muy cariñoso de puertas para dentro—. Había hecho dos montoncitos con las migas y se entretenía en pasar algunas de un montículo a otro bajo la atenta mirada de la hija.
— ¡Mamá! Yo no tengo quejas, ni mis hermanos. Eso me lo has dicho otras veces, que fue, ¿cómo lo llamabas? Sí, un “restrictivo”.
—Se contenía en todo, Andrea. Se pegó la vida reprimiéndose y reprimiéndome. No recuerdo que me dijese ningún elogio después de casarnos. Pronto pasé a ser el familiar con quien se comparte la casa. Llegaba del trabajo, comía, se echaba la siesta, volvía de nuevo, se quedaba luego con los amigos, y, entrada la noche, regresaba a cenar y dormir. Lo de viajar… No sé, cuando lo conocí alardeaba de ser un aventurero; por eso me conquistó.
—Madre, creo que hoy lo ves todo negro. No recuerdo esas ausencias. Sí me acuerdo, en cambio, del mes que estuviste ingresada en el hospital cómo aprendió a cocinar para llevarte buena comida porque detestabas la de allí; recuerdo que adelantó las vacaciones para poder dártela a mediodía. Y se quedaba por la tarde.
—Hija mía, es que siempre cumplió con su deber. Y estaba enganchado a la 2, a Saber y ganar y a los programas que echaban a continuación. Se sentaba delante de la tele, capaz de permanecer durante horas sin moverse con los ojos fijos en la pantalla.


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3

—Cuánto me alegro de que no se permita fumar en los restaurantes y en las cafeterías. No soporto el humo, se queda la ropa apestando y detesto que me lo lancen encima —Carmela esbozó un gesto de asco mientras gesticulaba su repugnancia—. Ahora se puede estar a gusto aquí dentro.
— ¿A ti no te costó mucho dejar de fumar, verdad, Andrea?—preguntó Luisa—Y eso que parecías un carretero.
Verdad. Hubo una época en la que fumaba con ahínco, pero, además de que no le quedó más remedio, abandonó el hábito casi a la vez de que se prohibiera el uso del tabaco en los recintos públicos. En un principio la molestó y lo vio como una intromisión de la política en su vida privada. No obstante, en aquel instante solo reconocía ventajas en la medida. La atmósfera de los bares se había higienizado y las amigas maniáticas dejaron de serlo en aquel aspecto; podían permitirse el lujo de merendar dentro de la cafetería y dejar pasar la tarde, a resguardo del frío. Ella había perdido la costumbre durante los últimos meses, en los que estuvo alejada atendiendo al marido. Hacía poco que reanudó las salidas.
—Si me costó no tuve otra elección. Cuando le diagnosticaron el enfisema a Julián decidimos renunciar al hábito. Y desde que se le agravó, ya sin solución ninguna, llevábamos dos años sin probar un cigarro. A él le resultó más difícil que a mí.
Tenía las mismas amigas desde hacía décadas. En ocasiones se dispersaban; luego, las circunstancias (muerte del marido, alguna desgracia familiar o un zarandeo de la fortuna) volvían a reencontrarlas. Cada quince días quedaban en el mismo lugar.
—Pobrecito. Pobres, los dos —rectificó Paula su expresión de pena—. Bueno, nos contaste el calvario por el que pasaron ambos. Pero, mira, hoy te veo con otra cara. ¿No la ven distinta, chicas?
La observaron con detenimiento. Es verdad que la blusa y el pantalón que llevaba no presentaban el aspecto fúnebre de la vez anterior. Sin embargo, la diferencia residía en otro matiz. Carmela le apartó el pelo y la miró con fijeza antes de fruncir el entrecejo. No dijo nada. Las tres la miraban, a la espera.
Andrea dudó. Removió el chocolate con la cuchara, cogió la magdalena, la mordisqueó y fijó la vista de nuevo en las amigas.
—Hace una semana, haciendo limpieza en el garaje, me encontré una carta de alguien muy especial. Quizá de la persona más especial que he conocido nunca—detuvo las palabras para ver cómo se acentuaba el gesto de intriga en las caras que la miraban—. ¿Lo que les voy a contar no saldrá de aquí, verdad?
Las tres oyentes elevaron las cejas mientras la observaban con asombro. No decían nada pero meneaban la cabeza de un lado a otro.
—Hace mucho tiempo que la recibí. Décadas. Estaba oculta entre un montón de viejos objetos. Aunque nunca me he olvidado de ella y estos días me atreví a buscarla. No la releía, adrede, desde mi juventud y creo que me negaba por no hacerme daño, para no sentir la sensación de que había perdido mi vida; de que había tomado la peor decisión al elegir al equivocado.
—¿De qué hablas, vida mía?—la interrumpió Paula— ¿Quién es el equivocado?
Andrea la miró unos segundos y continuó el relato.
—Antes de conocer a Julián tuve un novio distinto. Estuvimos varios años juntos y nos quisimos mucho. Y nunca llegué a olvidarlo del todo.
— ¿Que ocurrió con él? —Preguntó Carmela— ¿Por qué no prosperó la relación?
—No lo sé bien; quizá dificultades de la época; Julián se interpuso; él, Agustín se llamaba, se fue del pueblo a estudiar lejos; yo era muy tonta y loca. Fueron momentos confusos y me sentí presionada a escoger entre uno de los dos.
— ¿Y piensas que no tomaste la mejor elección?—volvió a intervenir Paula.
—Quise mucho a Julián, lo cuidé incansable cuando enfermó, ustedes lo saben, compartimos la vida, además de la casa y los hijos, durante cuarenta años. Nos llevábamos bien, con nuestras diferencias normales, como todos los matrimonios; pero sí, mi gran amor fue Agustín. Este hombre me quiso más que nadie. Me llamaba siempre su “chica dulce y bella”.
Las amigas se miraron entre sí. Luisa dijo, muy despacio:
—Bueno, alguna vez hemos tenido a alguien en nuestro pasado que nos consideró bella y dulce. No obstante, la vida siguió; parece que siempre sigue, es algo habitual en ella; incluso, contra nuestra voluntad y recuerdos.
Andrea se giró hacia ella y también emitió una respuesta lenta:
—No seas irónica, amiga. Esto es distinto. Sé que si indagamos en el pasado encontramos a alguien que nos apreció mucho. Sin embargo, chicas —se dirigió a todas —a este hombre no me lo he podido quitar nunca de la cabeza. Ha permanecido en mi mente estas décadas. Nunca he engañado a Julián con hechos, pero, lo siento mucho, mis pensamientos han estado llenos del otro. Y, resulta curioso, saber que alguien te amó y que, tal vez, aún te echa de menos en un sitio remoto, da fuerzas. Por eso, encontrar esa carta ha renovado mis energías. He recuperado a ese gran amor. Por lo menos, en mis recuerdos.
Paula le cogió la mano, y le preguntó:
— ¿Y qué vas a hacer, querida, lo vas a buscar?
—Nooo, no sabría por dónde comenzar. Además, ¿para qué? ¿Ustedes se acuerdan de que antes se me daba escribir?—ante el gesto de asentimiento de las amigas, continuó—: Voy a relatar mis memorias. Para los amigos y la familia. No soy famosa, aunque tengo qué contar. Y no veo mejor modo de pasar la jubilación que poniendo en orden los recuerdos.
—Claro que sí, todas tenemos cosas dignas de ser contadas; tú, además, sabes cómo hacerlo. Aquí ya se encuentran tus primeras lectoras. Nos detallarás todos los aspectos de ese gran amor, eh.
—Por supuesto, a él le voy a dedicar mi autobiografía y será la figura principal de ella. Se lo merece por haberme acompañado a lo largo de la vida. Será el reconocimiento a la importancia que ha ocupado en mí. A ver si expreso esos recuerdos con exactitud. Es fundamental: ante todo, franqueza y sinceridad con la memoria. Me lo debo.


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Epílogo: ¿Qué es más importante: lo que sucedió en realidad, lo que persiste en los recuerdos o la reconstrucción que estos hacen,  incluso se inventan, para sobrevivir?  

[Cuánto nos mentimos y modificamos nuestro pasado a conveniencia. Creo que no hay nada más falso en literatura que una autobiografía, por ser una mentira que arranca con la ventaja de la credulidad inocente del lector. Así ocurre en la vida cotidiana a cada rato.]


Imágenes y texto de Ángeles Impíos

34 comentarios:

  1. Ana linares luis27/11/16 13:25

    Hola,buena reflexión, la verdad es que no sabría que contestar,yo creo que todas,cada una forma parte de nuestras vidas,no lo sé.Seguro que tendrás respuestas y reflexiones sesudas.Lo que si te digo es que logras que esa sea la reflexión de este relato,bien narrado,claro y entretenido,con tintes de tristeza y de nostalgia,eso me despierta a mi.Me gusta por lo que me hace sentir. Un beso,y escribe más a menudo.

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    1. Muchas gracias, Ani. Me alegro de haber conseguido trasmitir las trampas de la memoria, pues esa era la intención: la falsa memoria que produce felicidad y consuelo y que yo no me atrevería a juzgar como negativa. Al final, en esta historia, lo que importa es el futuro feliz de esa mujer. Si es real o no, quizá importe poco. Respecto a lo de escribir más, se intenta.

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  2. Me gustó el desenlace del relato y para mi es más importante la reconstrucción de esa memoria ya que al fin y al cabo son percepciones de momentos vividos por X... lo bueno es que registremos y clasifiquemos de manera que sepamos discernir ese efluvio de sentimientos apalancados y seamos capaces de reconocerlo para crecer en nuestro presentes, sin apegos a lo que no fue, pues las cosas en la distancia se suelen desdibujar al antojo

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    1. En este caso, se desdibujan porque para la protagonista lo de menos es que sus recuerdos se ajusten a la verdad objetiva de lo que realmente sucedió. Lo que importa es que la ayuden a vivir un presente mejor. Y creo que así vamos todos; cuando recordamos el pasado o cuando contamos algo que nos pasó hace tiempo solemos mentir, y no es adrede, sino que ponemos el foco en un aspecto, descuidando otros. Creo que estamos reinventando nuestro pasado a cada rato. Involuntariamente. Muchísimas gracias por comentarme, Vicky. Es un agradecimiento doble por ser la primera vez.

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  3. Magnífico!!!! Gracias por tu lucidez

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    1. Muchas gracias, Candelaria. Me alegro de que te haya gustado.

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  4. Las fotos acompañan al relato en cuanto al paso del tiempo. Muy bien estructurado el relato. Me ha encantado cómo has enfocado el tema de la memoria que nos engaña sin querer!!!

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    1. Muchas gracias, Candi. Ese es el tema y me alegra que te parezca bien cómo lo hice.

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  5. Muy bien narrado Ángeles, tiene un ritmo ágil y se lee muy fácil, me ha gustado como lo has contado y esa reflexión que dejas para el final, ¿lo que sucedió en realidad? seguramente para cada uno de los protagonistas sería distinto porque acostumbramos a mirar de forma distinta y el recuerdo de lo qué pasó cambia continuamente, se escribe cada vez que lo recordamos y también para cada uno de nosotros.

    Es cierto que tendemos a "maquillar" con los colores que más nos gustan nuestros recuerdos, de forma consciente o inconsciente, nos engañamos o nos lo contamos como más nos gusta pero si nos ayuda a estar bien pues tampoco importa tanto.

    Un saludo

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    1. De acuerdo contigo, Conxita, si nos ayuda a estar bien y no se hace daño a nadie, estupendo.
      A estas alturas de mi vida he de ser tolerante con la felicidad que cada uno se procura aunque el medio no sea muy transparente o no siga la línea recta. Vivir no es fácil siempre. Muchas gracias por comentarme.
      Un saludo cariñoso.

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  6. Magnífico relato, Ángeles. Yo creo que lo que sucede, sucede y pasa, pero lo que imaginas se queda en tu vida y en tu memoria mientras tú lo deseas. La realidad es objetiva, fría, dueña de sí misma, pero de tu imaginación solo eres dueña tú y es subjetiva, cálida, misericorde.
    De acuerdo con Conxita al cien por cien: si lo inventado te ayuda a estar mejor, a ser más feliz, bienvenido sea. Lo único que nos llevamos de este mundo es lo felices que hayamos sido.
    Un beso.

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    1. También estoy de acuerdo contigo, Rosa, especialmente en tus últimas palabras. Me gusta la frase que dices de que la imaginación es subjetiva, cálida y misericorde. Y comparto de que lo único que nos llevamos de este mundo es lo felices que hemos sido. Un beso, guapa.

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  7. Cuando el presente no nos gusta es tentador buscar en el pasado y creer que en un cruce del camino tomamos la vía equivocada. Pero no hay manera de saber qué habría ocurrido si hubiéramos elegido otra senda. Creo que hacerse la recurrente pregunta "¿qué habría pasado si en lugar de...?" es un ejercicio estéril que no lleva a ningún lado.
    Por otra parte los recuerdos siempre son engañosos y el estado emocional interfiere mucho. Las autobiografías no son fiables en cuanto a los hechos, pero sí pueden ser una buena manera de conocer a quienes las escriben, pues lo que se cuenta es lo que se recuerda y ahí hay mucha información subjetiva, tan importante o más que la objetiva.
    No me enrollo más, Ángeles, me has dado que pensar.
    Por cierto esas fotos de flores ajadas me han puesto muy melancólica.
    Un besote.

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    1. Lo curioso, Kirke, es que a ella nunca se le ocurrió la otra vía. Había tenido tan poca importancia que quedó olvidada por completo.
      Respecto a las autobiografías, las leo, pero me parecen falsas, mitómanas, egocéntricas. Las leo como si fueran novelas pero no me las creo nada. Y con los años voy radicalizando mi aversión hacia la mitomanía. Da igual lo que haya hecho el ser humano más reverenciado que, despojado del acto causante del triunfo, será un ser humano normal y corriente: amable y dulce como colérico o resentido; generoso y avaro; fiel y traicionero; humilde y engreído o envidioso. No hay nadie que haya conocido en toda mi vida que, una vez lo conozca a fondo, no salga a relucir sus sombras, como humano que es y como yo tengo las mías. Por ello pienso que todos, o ninguno, somos dignos de ser autobiografiados. Sé que hay personas carismáticas, que comunican gran energía, y tienden a ser admiradas y ganar seguidores, pero esas características no va unidas a integridad de carácter.
      Perdona mi rollo. Se ve que estoy en domingo ocioso con ganas de pegar la hebra. Un gran beso, Kirke.

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  8. Estupendo relato, Ángeles. Es verdad que el pasado, a veces, se modifica en nuestra mente. Si es por necesidad, por fallos de la memoria o por pura conveniencia, supongo que dependerá del caso. A tu protagonista, por lo pronto, le ha servido para ser más feliz...

    Me ha encantado leerte de nuevo, hacía ya tiempo :)

    Un abrazo y gracias por la interesante reflexión.

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    1. Eso mismo, parece que le ha servido para ser feliz y continuar así, un beso, Julia. Muchas gracias por tu comentario. Buen lunes.

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  9. Al leer tu relato, anda que no me he parado veces para pensar lo que estaba leyendo.De hay viene el mérito que le veo.
    Ante la primera pregunta que nos haces,si es una historia feliz o no,te contesto,que me ha quedado una sensacion más bien agridulce.
    Si esta biografía, es ficción o autoficción, me da igual. Tal como la describes, a mi me parece muy real. Alterna, momentos muy entrañables,con otros de gran desazón.y es lo que la hace creible.Sino,como podía leer uno y no emocionarse ante el acto tan emotivo del reloj.
    En el mundo de las relaciones personales, me pregunto,si cambiaría el hecho de ser hombre o mujer,(por el relato que estoy leyendo )y también, si ese mismo hecho, ( la carta )se la hubiese podido enseñar en vida a su pareja.
    Sobre el epílogo, me quedo con la reconstrucción que esta hace, incluso se inventa, para sobrevivir. Y es que pensar,que lo que pudo ser y no fue...
    No puedo terminar este comentario, si destacar una de las frases, que me ha hecho más que sonreir " Y estaba enganchado a la 2, a Saber y ganar " intuyo, que la escritora hay ha tenido un poco de maldad... jeje.
    Te mando un abrazo, Ángeles.
    Miguel Zoraquiain





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    1. Muchas gracias por tu extenso comentario, Miguel (y porque nunca falta). Respecto a la biografía, sería la que escribiera la protagonista a partir del final de este relato. Me imagino que te refieres a si el relato es de ficción. Sí, todos los que escribo lo son. Cojo elementos reales, lo mezclo al antojo de acuerdo a alguna idea que quiera comunicar y, a veces, sale una historia.
      Sobre lo que dices de si cambian las relaciones personales siendo hombre o mujer, imagino que en nuestra cultura hay muchos elementos en común entre ambos sexos.
      Quizá se pueda escribir otra historia en la que ella le enseña la carta al marido. Me das ideas...
      Jaja, lo de Saber y ganar es que lo estoy viendo estos días y quería indicar que era la afición a la tele lo que hacía que se quedara el marido en el hospital tanto rato (un poco de maldad, sí, o una de cal y otra de arena).
      Un fuerte abrazo, Miguel.

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  10. "Los recuerdos son cada día más dulces. El olvido solo se llevó la mitad..." (Serrat).
    La profundidad de que haces gala muchas veces en relatos que a priori no lo parecen es maravillosa.
    Sigue, por favor.

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    1. "Vuela esta canción para ti Lucia
      la más bella historia de amor
      que tuve y tendré
      es una carta de amor
      (...)

      No hay nada más bello que lo que nunca he tenido
      nada más amado que lo que perdí
      perdóname sí hoy busco en la arena
      esa luna llena que arañaba el mar (...)"

      Un día me hice una recopilación de canciones de amor e incluí esa. La tengo puesta en el coche a cada rato. Me encanta. No escribí el relato pensando en ella, conscientemente, pero no sabe qué hay oculto por ahí y que se te va quedando dentro sin darte cuenta. Hay un puzle oculto en nuestras cabezas.
      Muchas gracias por hacérmela recordar y por comentarme, Manuel.

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  11. Juani Cejas28/11/16 16:00

    Me ha encantado,Angeles...A veces no sé si es autoengaño o que el tiempo se encarga de mitigar dolores y relativizarlo todo,porque cuántas veces me ha pasado que rememorando hechos pasados,sobre todo los negativos,ya no me parece que hubiesen sido tan malos,porque al superarlos quedaron atrás.Si tuviera que contarlos o describirlos,seguramente serían dos descripciones muy diferentes la del antes y la del ahora.No sé si me he explicado,jajajajaj...
    Besos,guapa y sigue escribiendo!

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    1. Como hemos comentado, Manuel Melguizo y yo, en la intervención anterior, qué bien supo expresar Serrat eso que que escribiste. La canción de Lucía nos habla de lo mismo, del poso dulce que va quedando de los recuerdos. Muchas gracias por comentarme, Juani. Me hace especial ilusión de que por hayas podido. Un beso grande.

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  12. Es un tema muy interesante, Ángeles. El recuerdo, reminiscencia del pasado o invención, eso es una cuestión que me parece casi insoluble. Hace poco leí un artículo de un neurólogo (Fabricio Ballarini) que decía que la memoria humana tiene menos capacidad que un pendrive de los pequeños y que para aumentar su eficiencia delega en otros, construyendo una especie de memoria colectiva, de tal modo que cuando perdemos a una persona, perdemos también parte de nuestros recuerdos. E incluso hablaba de que recordamos cosas que NUNCA sucedieron. Por eso para mí, el género autobiográfico tiene parte de ficción y su interés depende de la pericia del propio escritor. Ahora estoy con uno de Héctor Abad Faciolince, "El olvido que seremos" y es una lectura a ratos absorbente, muy emotiva.
    Tu relato plantea dilemas interesantes, aunque me gustaría que la protagonista hubiera profundizado algo más en la historia de ese amante perdido. Me llama la atención también que las amigas se hablen de usted, ¿en Canarias se hace así, como en Latinoamérica? Otra vez, a ratos, me ha vuelto a recordar a los relatos de Alice Munro.
    Saludos.

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    1. Me resulta interesante lo que dices de ese neurólogo, confirma lo que ya he leído en otras ocasiones y es útil para colocar en su justo lugar las leyendas que nos cuentan los demás.
      Canarias y Sudamérica han mantenido mucho contacto, por ello nuestro modo de hablar se parece en muchos aspectos. Sí, en Tenerife usamos el usted, se usa de manera generalizada. Aunque es una pena que alguna gente, que se las da de culta, intente erradicarlo y lo cambie por el vosotros.
      La protagonista no profundiza en el novio perdido, porque quizá no tiene ninguna importancia en su objetivo final: lograr el consuelo para ser feliz a través de una fabulacion del pasado. Si se profundizase en ese novio el tema del relato sería otro, ajeno al propósito de la narración presente. La idea es reflejar una relación que transcurre sin pena ni gloria, de la que sólo se conserva una carta, pero la memoria sublima como escape del presente o mecanismo de defensa: una historia de amor irreal basada en una fantasía y en una mentira (la que cuenta a las amigas). Sin nostalgia real.
      Un saludo, Gerardo, y muy agradecida por tu comentario.

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  13. Genial relato, Ángeles, me ha enganchado de principio a fin en sus tres partes: esa búsqueda o poner orden a las cosas de Andrea (que es un deseo, también, de poner "orden a los recuerdos" tras la muerte de Julián), esa conversación con la hija (que vivió los hechos en primera persona y no parece coincidir mucho con su madre) y esa tertulia con las amigas (que no dejan de ser unas terceras en escena).
    En cada plano se ven las cosas de una manera, pero a propósito del puramente personal de la protagonista yo me atrevo a decir, ya que la mente es una fábrica de ilusiones, que es una distorsión suya de la realidad a la que agarrarse igual que se aferra un naúfrago a un salvavidas, después de un periodo de pasarlo mal y de soledad.
    Ya no le resulta tan idílico lo vivido con su marido, que ya no está, sino lo que podía haber sido con el autor de tan bellas palabras y que, a saber dónde anda.

    Me ha gustado mucho, todas las escenas las has descrito de forma tan visual que parece que haya estado allí cotilleando ;-)

    ¡Un beso!

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    1. Has hecho un magnífico análisis, Chelo, y muy certero. No sabría qué añadir más para completar porque es imposible. Me alegra que te haya gustado, pues al final lo importante es que llegue y guste al lector.
      Muchísimas gracias por comentarme. Un abrazo, Chelo.

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  14. Concuerdo con el paseje final. La protagonista declaraba ante las amigas todo lo contrario a lo que pasó por su cabeza al encontrar la carta. Luego comenzó a menospreciar las actitudes del difunto, convencida de que todo ese pasado fue maravilloso, cuando solo fueron interpretaciones que ella sacó de los "tonos" que leyó en la misiva.
    Es tan fácil hacerse sentir bien uno mismo con mentiras.
    Opiniones personales aparte, tu relato es estupendo y tiene un final feliz, sí.
    Saludos.

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    1. Me imaginaba, Raúl, que quizá el tema no se adecúe a tus gustos, por eso valoro que, aun así, te parezca estupendo y que me lo hagas saber. Por cierto, tengo ganas de leer un relato ya tuyo. Hace tiempo que no te leo nada. Sé que has hecho videos, pero soy más de lecturas. Estaré pendiente. Un saludo afectuoso.

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  15. magnifico relato, que nos lleva a develar sentimientos ocultos y dolorosos. y las trampas pensadas o no. magnificas y espectaculares fotos acompañando. saludosbuhos.

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    1. Muchas gracias, Buho, por pasarte por aquí. Un abrazo.

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  16. Bueno, querida Ángeles, he disfrutado mucho leyendo tu intrigante y bien escrita historia. ¿Quién de una u otra forma no se siente identificado con alguna de sus partes cuando se llega a cierta edad? La respuesta que solicitas no es fácil. Yo creo que puede haber tantas respuestas como experiencias. Por otro lado, ¿qué es la realidad? ¿La que vivió ella?, ¿la que vivió él?, ¿la que observaron los demás?, ¿La que permaneció en el recuerdo? Como siempre, pienso que esta es un prisma con múltiples caras, incluso las imaginadas. Y, como dice el monólogo de Calderón, "...la vida... es una ilusión, una sombra, una ficción,...y toda la vida es sueño y los sueños...Besitos y encantada de leerte.

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    1. Comparto todo lo que dices... "La vida es sueño", y, como decía Nietzsche también, verdad es lo que te hace vivir mejor y te da fuerzas. Me alegra tu regreso y espero que sea para quedarte. Un abrazo.

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  17. Me encanta esa frase de Nietzsche y me la apunto y aprovecho para decirte que me gustan mucho las fotografías de las rosas ajadas.

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    1. Muchas gracias por lo de las fotos. Están teniendo tanta importancia como los relatos. Hasta estoy pensando concederle más peso en este blog, porque me roban las horas.

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