27 de septiembre de 2017

Polvo enamorado. (Relato).

Segunda parte o veinte años después


Cristóbal remueve el yogur para darle una textura cremosa. El postre será lo mejor del almuerzo. Carmen no se había lucido en la preparación de la comida: la tortilla, cruda por dentro; el potaje de lentejas, quemado; aunque ella lo cambiaría de caldero, conservaba el regusto amargo de cuando se pega en el fondo. A él también le había ocurrido en ocasiones anteriores. Una mínima distracción, unos minutos para acabar de ver un programa, buscar unas anotaciones urgentes o contestar una llamada, y potaje a la basura.
Vino cansado del trabajo, muerto de hambre, tras conducir durante dos horas, y aquellas bazofias no le causaron una alegría especial, pero a ella no le reprocharía la mala comida. Ni se le ocurre. También llegaría agotada, a las tantas de la noche, y se iba a conformar con cualquier cena que él preparase. Con lo poco que se ven, no es asunto de montar una pelea por nimiedades, piensa, además, lo bueno de los turnos dispares (él trabaja por la mañana en una sucursal bancaria, donde el diablo recuperó su honra, y ella de tarde en un centro de salud cercano), es que apenas se discute, ni siquiera los fines de semanas.
Cristóbal lava la loza, se sirve el café y lo lleva a sala. La cafeína nunca le ha impedido la siesta; sin embargo, esta tarde se nota inquieto. Desde hace días algo le ronda como un pájaro de mal agüero; la testa llena de presentimientos igual al de las brujas que intuyen el negro futuro.
Conecta el ordenador y abre sesión en Facebook. Sin entretenerse en nadie, busca el perfil de ella, Mara Castro. En un círculo pequeño, a la izquierda, se encuentra el rostro en penumbra. Y en grande, apaisada, la foto de una terraza que da a un palmeral; al fondo, el mar: ambos desenfocados. En un primer plano, una mesa, y sobre ella una jaula cuya puerta permanece abierta en dirección al extremo contrario, a la derecha. Le gusta la imagen, aunque sea un poco tópica. En la del perfil malamente entrevé el rostro ovalado; los ojos, ya no tan grandes, un poco más separados de lo normal; la nariz recta y la cabeza cubierta con un pañuelo. 
Nunca le ha pedido amistad. ¿Para qué, si todos los contenidos aparecen en abierto? Alguna vez estuvo tentado de advertirle: “Muchacha, ¿qué necesidad hay de que la gente se entere de tu vida, de tus intereses, de tus ideas; de tu enfermedad? Pero dado que intervenir de ese modo supondría ponerse en evidencia, darse a reconocer, se quedó callado, vigilándola a la zorruna, por lo menos una vez cada semana. 
Ella, quizá, le hubiera respondido que no era por exhibicionismo que lo mostraba todo, sino que estaba tan poco puesta en tecnología, o se fijaba tan poco, que no se manejaba bien entre tanta pestaña. O que le daba igual puesto que no habría de qué avergonzarse.
En la red no aparece con el nombre por el que la llamaba todo el mundo, por lo menos en aquel entonces de hace veinte años, cuando él la conoció. Como no le gustaba el real, Margarita Hernández Castro, desde niña forzaba el Margara. Para él, sin embargo, siempre fue Mara. Se confundió de nombre al conocerla, lo oiría mal, y de ese modo la llamó durante un mes. Ella no lo desmintió; no supo en realidad cuál era el nombre verdadero hasta que un compañero afirmó, sorprendido, que allí no trabajaba ninguna Mara. Pero ya no dio marcha atrás; así se quedó para los dos.
Comprueba ahora que lleva días sin conectarse, o, si lo hace, no ha publicado nada. La última entrada se remonta a dos semanas antes: “Queridos amigos, muchas gracias por el aprecio que me muestran. La última quimio, mañana: ¡Saldré de esta, como ya ocurrió hace seis años, sin duda! “.  Debajo de estas letras, un amanecer en las montañas cántabras, su tierra, y, en los comentarios, innumerables muestras de apoyo. 
En realidad, no le choca que comparta la enfermedad. Una vez Mara le aseguró, nada más conocerla, y cuando las únicas redes sociales se generaban por los cortados en el bar o los chismorreos en la trastienda, que todo lo de ella era contable; no se lamentaba de nada, y si se llegase a ocurrir algo que la avergonzara, debería ponerle remedio de inmediato.
Qué curioso que en aquel momento le vengan esas frases a la memoria. No había reflexionado sobre ellas en estos años. Sí se ha acordado, en cambio, de escenas en las que oía su charla sobre los clientes o las cuentas de las que se encargaba; escenas, las más añoradas, en las que aún olía y saboreaba la piel blanda y húmeda, con un regusto alimonado, sabrosa; en las que veía el cuerpo pletórico de pecas, pequeño, trabado al de él; en las que lo acariciaba como si fuera el último (y el único) cuerpo que pudiera paladear. Como si no existiese Carmen. Estas escenas, de tan repetidas, las recordaba al margen de un contexto propio; puede que se hubieran producido en Lanzarote, o en los asientos traseros del coche, o en plazoletas, o en rincones escondidos de alguna playa, o en el baño de la oficina. 
Con el cursor retrocede a las primeras publicaciones de la mujer. Tarda un rato: en veinticuatro meses se acumula mucho. En el retroceso se pierde de vez en cuando; se queda embobado con las fotos del viaje que ella realizó a Nueva Zelanda mientras lee los comentarios de alabanza de los amigos. Son fotos turísticas, hechas con el móvil, especificaba. A todos les respondía con amabilidad, sin embargo, ella, en la vida real, por lo menos en la real de aquellos años, a veces era impaciente y brusca. En estas respuestas no se nota o ha perdido esa impulsividad por el camino. 
Hace dos años no le resultó fácil reencontrarla en Internet. Primero, porque permaneció más de una década sin acordarse de ella como alguien real, actual, vivo. De hecho, solo se le presentó su imagen de nuevo cuando en la tele anunciaron que habría diferentes actos de conmemoración por el aniversario del nacimiento de Quevedo.  Segundo, porque detestaba las redes sociales; hasta del wasap echaba pestes. Tercero, porque una vez despertada la intriga por saber qué sería en la actualidad de aquella mujer, la buscaba con el nombre equivocado, es decir, el auténtico. Un día, después del rastreo en Twitter, Instagram, Facebook (a ellas se apuntó en su papel de sabueso una tarde ociosa), se le ilumino la mente e ideó otras combinaciones posibles. ¡Mara Castro! El nombre de los dos y el apellido del que ella se lamentaba no poseer en primer lugar. 
Había unas cuantas y revisó uno a uno los perfiles; en algunos destacaban jovencitas en mil y una poses; en otros, el nombre y una imagen en blanco. Una tarde encontró una espalda huesuda sobre la que caía una cabellera pelirroja, ensortijada. Supo que era ella. Se abalanzó sobre la foto como un niño sobre un pastel de gominolas, hasta que se aprendió de memoria la colocación de aquellos huesos en la imagen. 
Más tarde hubo otros cambios de perfiles; en ninguno mostraba el rostro bien iluminado. En la información, solo “contable impaciente”. Cuando la encontró, el pelo lo llevaba alborotado, de rizos menudos; más tarde, corto, encima de la nuca; hace pocos meses, un pequeño sombrero cubría la cabeza; por último, un pañuelo. 
Se lleva el café, ya frío, a los labios. Apura la taza y luego la apoya en la mesa al lado del portátil. Si sigue en esa postura, con la espada inclinada, no habrá quién la aguante luego, se dice. Acomoda los cojines, se echa en el sofá y estira las piernas con el ordenador encima. La tele permanece encendida sin que nadie le preste atención. Sigue retrocediendo por las publicaciones hasta que tropieza con unas recetas de comida tailandesa, acompañadas de fotos que muestran unos platos apetitosos. Le viene a la memoria el interés de Mara por la comida exótica. Solía llevar consigo un librito que mandó a encuadernar ella misma, en cuyas páginas apuntaba con una letra pulcra e inclinada cuantas recetas caían en sus manos. Era su entretenimiento preferido. Se admira de cómo se le pudo haber escapado esa entrada y de que la mujer no hubiera perdido la afición. La fecha se remonta a muchos meses antes; sería cuando se fue de vacaciones con Carmen y dejó de entrar a Facebook con tanta asiduidad. Por regla general, vigila lo que sube a la red; porque son señales que ella le envía, supone. Si no, ¿a cuenta de qué adoptó el nombre de Mara? Seguro que fue una llamada para que, si la añora y busca, sepa que ella también lo echa de menos, está convencido.
No obstante, si bien esas señales sirvieron de cierto enganche, Cristóbal se ha asombrado de comprobar que la etapa obsesiva en la que buscaba el rostro y el olor de la piel de la mujer en cada rincón, y en cada persona, terminó definitivamente. En realidad, la nostalgia y el hambre de ella, tras la ruptura hacía más de dos décadas, le duró menos de lo que creyó en un principio. Está seguro de que el dolor fue más leve gracias a la marcha de la mujer de Canarias; y, lo más decisivo, al nacimiento del nuevo hijo, quien lo absorbió por completo, al igual que los problemas que contrajo Carmen después del parto. Ambos requerían de su plena atención. Él se la concedió muy a gusto, muy culpable, también.
En esta etapa más bien le produce curiosidad, incluso vanidad, saber que ella aún lo tiene en mente. 
Sigue más atrás con el cursor. ¡Aquí está! En la quinta entrada, el poema que ambos declararon que representaba el amor de ellos, como dos amantes cursis, se dijeron entre risas esa vez. Mara lo buscó durante días en enciclopedias y, el fin de semana que acudieron a un congreso en Lanzarote, se lo mostró jubilosa. Él se quedó el papel; y, escondido, entre las páginas de algún libro debe estar aún. Qué ridículos son los amantes enamorados, piensa mientras relee los versos en la pantalla. Ni la edad los inmuniza contra la estupidez. Sin embargo, el poema de Quevedo no es cursi; a él, que nada le interesa la poesía, es de los pocos que le gustan; y se vio en la habitación del hotel, ambos casi con lágrimas en los ojos, tras haber ingerido una botella de vino y follado como nunca, leyéndolo una y otra vez. Lo que le parece ridículo, pasado el tiempo, fue la pretensión de que un poema simbolizara el amor eterno. Qué gilipollez. Encima del poema, a modo de presentación, esta frase de Mara: "Para ti, para nosotros, para la eternidad"

….


El presentimiento con el que inició la tarde, de que no habría de Mara ninguna publicación más, se le convirtió en certeza andando las semanas.
Sin embargo, no la lloró. Ese día el dolor en ciernes se le distrajo cuando Carmen lo avisó de la consulta que fuera a buscarla con urgencia. Se cayó por las escaleras con una bandeja de medicamentos y el tobillo hinchado le impedía caminar. La trajo a casa, la colocó en el sofá, lo cubrió de cojines para que mantuviera el pie en alto y se dedicó a mimarla con esmero. Carmen se reía al ver que no se apartaba de su lado excepto para alcanzarle el mínimo capricho que solicitaba.  Era el único que podía cuidarla, le respondía él; los hijos, universitarios ya, habían levantado el vuelo hacia la península unos cuantos años antes.
A Mara no la lloró ese día ni más tarde, ni siquiera cuando se dio cuenta de que nunca más habría nada nuevo de la mujer. Al igual que le ocurrió la otra vez, comprobó con estupor a los meses (esta vez le duró menos la nostalgia), y al final de un sábado, que en toda la jornada no se había acordado de ella. Con el tiempo se le convirtió en un vago recuerdo que añoraba de tarde en tarde, sobre todo si oía en televisión alguna mención a Quevedo. Aquellos versos, y el evocador cementerio de Facebook, le servían de oportunidad para recordar de vez en cuando, en tardes desocupadas, un polvo enamorado, si bien en un sentido diferente al que le dio el poeta.

Primera parte 

—Seguro que me olvidarás. En la nueva sucursal te sentirás encandilada por cualquier cantamañanas y, con el tiempo, no recordarás cómo se llamaba aquel con quien compartiste una aventura en el pasado.
—Bien, has sido una aventura. ¿Qué te crees, que voy de trabajo en trabajo, viviendo amoríos?
—He sido un amorío.
—Dejémoslo, anda. No hay quien pueda hablar hoy contigo.
Guardaron silencio durante un rato. Ella contemplaba la avenida tras los cristales; poco había que ver: el vaivén de las hojas de las palmeras y los escasos paseantes que a aquellas horas la recorrían de un lado a otro. Ni siquiera el mar resultaba atractivo; la marea se había retirado hasta su límite más bajo y no destacaba por el color limpio ni por las piedras que había dejado en la retaguardia; no obstante, simulaba concentración, como si lo que ocurriera en el exterior de la cafetería fuese de gran interés. Adivinaba que él la miraba con fijeza, pero no quiso darse por aludida tan pronto. 
Sin embargo, no podía prescindir de los ojos atentos que, enfrente, seguían sus movimientos. Le causaban nerviosismo esos ojos; incluso en esas circunstancias, nada halagüeñas, la coquetería no la abandonó. Dulcificó los rasgos para aquellas miradas finales que él le echaría esa tarde. Porque iban a ser las últimas; nunca más, después de esta ocasión, volverían a verse. Poseía la certeza de que luego, andando los años solo contarían los recuerdos. Esperaba, por lo menos, convertirse en imágenes que se añoren con nostalgia. 
—¿Entonces te vas dentro de tres días? —Lo oyó preguntar— ¿No podemos vernos la mañana o la tarde antes, para despedirnos bien, para darte un beso por última vez?
Vaya, cómo si no supiera sus deseos, pensó, y un beso es lo menos que le interesa. Desvió la cara hacia él y lo enfrentó en tono ácido:
—No, estaré preparando la maleta. Por la noche sí puedo, ¿nos vemos a las diez en mi casa?
Fue él ahora quien bajó la vista. Cogió la cucharilla y volvió a remover el cortado, mientras le decía:
—Sabes que por la noche no puedo, no dispongo de excusas para salir a esa hora. Por la mañana o por la tarde sí podría escaparme. Has dicho lo de la noche, adrede. Quieres forzar la situación. ¿Y tu madre, qué? ¿No está?
Ella se pasó la mano por el pelo, como si con ello pudiera controlar el aspecto enmarañado que tendría. No hubo dinamismo en el gesto, sí cansancio.
—No quiero forzar nada. Comprendo todo, pero a veces me harto. Cuánto deseo poner tierra, en este caso mar y unos miles de kilómetros, entre los dos. Hemos prolongado la situación demasiado y me encuentro agotada.
—Has sido tú la que has tomado todas las decisiones. Ya sabes que yo te seguiría. Si me lo pides lo dejo todo, a mi mujer, mi casa, lo que sea, con tal de estar contigo. A mi hijo mayor no lo perderé, y no es la primera vez que una mujer embarazada se separa. Eso sí, no podríamos irnos a tu tierra ya. Debo acompañarla en el parto, esperar unos meses, arreglar los papeles. Hay que hacer las cosas bien. Tampoco quiero comportarme como un cerdo.
Otro suspiro de cansancio. A veces pensaba si eso sería cierto, si Cristóbal se atrevería a dejar a su mujer, embarazada hasta los topes y sin oficio en el que refugiarse. Aunque no habría ningún trabajo que sirviera de consuelo si te abandonan porque “me he enamorado de otra; lo siento mucho, siempre te querré, te ayudaré en lo que pueda, pero amo a una compañera, sucedió sin proponérmelo” En este caso, todavía la esposa preparaba oposiciones; sin ocupación remunerada, con un hijo de tres años y otro en camino. Bonitas eran las palabras de él, que si dejaría a su mujer por ella, que si era su auténtico amor, etc.; no eran nuevas, no obstante, pese a que le sonaban a música celestial, en el fondo le chirriaban.
 Ni Mara se creía, cuando reflexionada con sosiego sobre el asunto y después de venir de andar junto a él, saciada y rebosante de generosidad por ser la primera en sus afectos, que el enamoramiento fuera motivo suficiente para romper un matrimonio. El hecho hipotético de que él pudiera dejar a su mujer por ella le generaba emociones contradictorias. Por un lado, el honor y el orgullo de, al ser puesta en la balanza, ver como esta se inclinaba a su favor; además, una íntima alegría debido a que el amor de él fuera capaz de salvar el mayor de los obstáculos; pero en tercero, cuarto, quinto, y siguientes lugares, desconfianza, inseguridad, miedo, prevención, escepticismo,…
—No te vas a comportar como ningún cerdo. Ya me lo has propuesto alguna vez, y siempre te he contestado igual. 
Había una idea que se le cruzaba insidiosa, y era la peor que llevaba: a ella podría hacerle lo mismo en el futuro. Y deseaba considerarlo un hombre honesto, incapaz de abandonar a una mujer a su suerte bajo ninguna circunstancia. Esa imagen de hombre de una sola pieza, para las duras y las maduras, como sentencia el dicho, le daba tranquilidad y la reenamoraba en cada reflexión.
Él pareció adivinar su pensamiento: 
—Parece mentira que aún no te creas mi amor por ti. Nunca nadie me ha dado tan fuerte, y dudo que esto se me vaya algún día. Deberías saber que soy capaz de abandonarlo todo por seguir contigo. ¿O temes que llegue a ocurrir lo mismo? ¿Que te deje también? 
—Me has dicho que has estado diez años con tu mujer en total, desde la adolescencia, y que nunca te habías fijado en otra. No creo que seas un picaflor.
  Que se hubiera enamorado de ella no lo veía Mara como una traición cualquiera de Cristóbal a su mujer ni desconfiaba de él por eso. Pensaba que aquel amor no fue buscado adrede, como un solaz en un tedioso matrimonio. Cierto que este pasaría por horas bajas y que el embarazo de Carmen, de alto riesgo por problemas de diabetes sobrevenida, la llevó a obsesionarse demasiado con la gestación. Pero ni siquiera sospechaba que esa obsesión fuera el desencadenante de la relación que ambos mantenían. Mara pensaba que el amor de él surgió por ella de modo inevitable, como una fatalidad que los cogió desprevenidos y por ninguna circunstancia exterior. Creer lo contrario la hubiera colocado en un papel de suplente, de refugio, que desechaba.  De otra no se hubiera enamorado, imaginaba, sino solo de Mara Castro por ser esta cómo era. Curiosamente esta idea de amor absoluto de él hacia ella convivía sin complejos con la de transitoriedad de ese mismo amor: 
—Creo que me quieres de verdad. Ahora. —Continuó mirándolo—. ¿Sabes una cosa? Los amores infieles son como las burbujas de champán. Saben bien en Navidad, fin de año, aunque si tuviéramos que tomarlas cada día se harían incómodas. Dan gases y hartan si se abusan. Son amores del presente, ligados a la pasión que generan; esta es la chispa, su burbuja, maravillosa en las fiestas, pero cansina y desagradable un día cualquiera. Esos amores, tan fatuos ellos, se olvidan de que esa chispa solo se mantiene si hay inconvenientes; y son amores que, aunque tarden en convertirse en cotidianos, rutinarios, también les llegará la hora, como a todos. ¿Estás conmigo? 
Cristóbal la escuchaba con atención. Cuando ella acabó se hizo el silencio. Al rato, le cogió las manos sin importarle quién pudiera verlos. El bar se hallaba vacío en el interior y los dos camareros hablaban entre sí cerca de la máquina del café.
—No quiero perderte —articuló Cristóbal con esfuerzo, en tono más grave de lo habitual. Ni siquiera se molestó en disimular la humedad de los ojos. Tras una pausa leve, siguió —: supongo que habrá mucha verdad en lo que dices. Aunque no creo que lo nuestro llegue a ser rutinario; no me imagino llevando contigo la misma vida aburrida que llevo ahora. Sé que nunca me he sentido tan bien, tan a gusto como contigo. A veces solo necesito expresar una idea a medias, que tú la completas, porque me adivinas, me entiendes; es como si mirásemos ambos en la misma dirección. Contigo será diferente, eso es indudable; si pensara lo contrario no estaría dispuesto a irme donde tú quieras, en tu compañía. Solos tú y yo.
Mara sonrió. Miró hacia fuera y vio que en la terraza solo había una mesa ocupada por dos señoras mayores, quienes, entretenidas, se mostraban fotos en un móvil. Incluso en la vejez arrasa la tecnología, pensó antes de responderle al amante: 
—Será diferente al principio. Luego, como los demás. Este amor nuestro viene lastrado desde su nacimiento por todo lo que devastaría a su paso; más claro, imposible: tu mujer embarazada, tus hijos, el que ya tienes y el que vendrá, tu familia, una vida estable. Créeme, no compensa tanto sacrificio; seguro que conviviría contigo con la sensación de que te debo algo. Si la vida con tu mujer fuera un infierno, que no es el caso, aún se justificaría. Nos pasará lo que le ocurrió a mi madre. Ya te lo he contado y no dejo de pensar en su historia y compararla con la nuestra. Ella se atrevió a dejar a mi padre por otro y no aguantaron juntos ni seis meses. La magia les duró lo que tardaron en buscar una vivienda para comprarla entre los dos. He meditado este paso hasta la saciedad; un día opino de un modo y al siguiente del otro. No creas que para mí ha sido fácil; a una hora, estoy muy convencida y a la otra me tiro de los pelos. Pero ya está, los acontecimientos han decidido por mí. En un arrebato, hace un mes, tras la peor pelea que hemos tenido en estos meses (¿te acuerdas de cómo perdimos los estribos ambos?) pedí traslado: me vi agobiada y pensé que lo nuestro no valía un céntimo; con todo,  dudaba de que me lo concedieran. La primera sorprendida de que aceptasen tan pronto fui yo; y no hay vuelta atrás. A llorar a Cantabria me voy.
—Entonces, la decisión es firme. Me quedaré partido en trozos —la humedad de los ojos era ya bien visible.
—Mi madre se marchó el martes. Se llevó lo que pudo y se fue a adecentar la casa de allí. Además, mi padre está enfermo, muy grave. Le debo algunos cuidados y es hora de que arrime el hombro.
—¿Estás sola, por tanto? 
—Sí, liada empaquetando para enviar por correo las cosas imprescindibles. Se acumula mucho con los años.
—Voy a verte mañana. Me escapo con cualquier excusa y nos despediremos bien, como debemos. Me da igual arriesgarme. ¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Nunca te olvidaré, ya pasarán mil años que te llevaré dentro toda mi vida. Quizá algún día me presente donde vivas y ya verás como no te me escapas más. Te daré una sorpresa. 
Mara volvió a sonreír y luego se dejó abrazar, antes de emprender el camino hacia la salida.
Él, como otras veces, se quedó allí unos minutos. Para que nadie los viera salir juntos, y para recuperar la mirada sin lágrimas. 
Al día siguiente también le repetiría incontables veces que nunca nunca la olvidaría, que aquellos siete meses habían sido suficientes para considerarla el gran amor de su vida y que ninguna circunstancia haría que dejara de añorarla cada hora del resto de sus días, incluso en la última y eterna morada, como expresaba Quevedo en aquel poema.





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