23 de noviembre de 2017

“Un ligero cuento f…” (Relato)



I

La mesa, abarrotada de telas, hilos, alfileres y patrones, congrega a su alrededor a cuatro mujeres y a un hombre sentados. De pie hay otra mujer, quien, inclinada sobre una de pelo rubio, le muestra algo, quizá algún fallo en los pespuntes de la tela. Varias lámparas de techo y algunos flexos iluminan la escena de la costura. En las esquinas de la habitación, máquinas de coser. Un ventanal abierto da a la calle, ya oscurecida. Se oye el claxon de los coches y conversaciones a lo lejos. Debe de ser una vía muy concurrida.
—Qué patoso es Carlos, por Dios, qué hombre. Le encargué ayer que fuera al supermercado a comprar víveres, mientras yo le llevaba unas mantas a su madre, y lo confundió todo. En vez de peras, manzanas; y por berros, me trajo perejil y cilantro, porque dudaba entre uno y otro, dijo. Que haberle dado una nota, se defendió luego. —Quien se queja es una rubia de cabello corto y esponjoso, a juego con su cuerpo. Las demás se echan a reír, cómplices, menos una que esboza una mueca; el varón sonríe tímido, culpable ante ellas de pertenecer al género cuestionado.
—Bueno, si les contara yo del mío. En vez de un taller de corte y confección lo tendría de escritura, para narrar sus hazañas en el hogar —dice con voz dulce la que está de pie. Parece la profesora de aquel grupo reducido.
—Uf, los hombres, qué se puede esperar de ellos. Es que son muy torpes para la casa, les falta el tino que nos sobra a nosotras. Ya lo afirma el dicho, si quieres hacer las cosas bien, hazlas tú misma. Mariela, ¿estás casada? No te hemos oído hablar nunca del marido. —La voz sale de una morena que cubre con su cuerpo parte de la ventana. —Imagino que sí, porque a nuestra edad, o somos casadas desengañadas o separadas renacidas. Aunque tú eres joven, aún.
—Sí, llevo quince años de matrimonio. Me casé pronto. Precisamente pensaba, mientras las oía, que no puedo llegar tarde a casa. Mi marido me recordó esta mañana que hoy será nuestra noche. ¡Es mi cumple y me había olvidado! Qué desastre soy. Si no fuera por él… —Habla otra rubia de pelo liso y cara amable, como un poco ida. Puede que entrada en carnes; depende de los gustos; para unos delgada, para los más, les sobraría unos kilos. —Seguro que me llevará a cenar a un sitio elegante.
—Desde luego, qué despistada. Mira que no recordar tu cumpleaños —se asombra la primera rubia, la del cabello corto con cuerpo de matrona amable.
—Qué detallista tu marido. Quien tuviera uno así, no como mi José, que parece que no sabe ni con quién vive —apostilla la morena, la que le da la espalda al ventanal. Se la adivina enorme a lo alto; incluso sentada, su torso grande llama la atención.
—Esta mañana me despertó con un envío de la floristería y un sobre en cuyo interior había una postal y un billete a Lanzarote.
—Sí que te sacaste la lotería con ese señor —La que está de pie pronuncia “señor” en tono meloso. —Aprende, Luis Miguel. Así es cómo se deben tratar a las señoras.
El hombre levanta la cabeza del pantalón al que le está colocando una cremallera y la mira azorado. Primero a ella, después a las demás.
—Claro, claro, hay que ser detallista con la esposa. Yo también lo sería con la mía, si la tuviera. —Su mirada se detiene más segundos de los imprescindibles en la cumpleañera. —Lo mínimo que se merece Mariela es que la inviten a cenar. Seguro que su marido le regalará el mejor presente del mundo —Dos féminas arrugan el ceño ante la palabra “presente”.
—Bueno, bueno… Además de aficionado a la costura, todo un caballero —se admira la que todavía no ha pronunciado ni una palabra, una de pelo cano, delgada y de gesto nervioso.
—¿Aficionado a la costura? No me atrevería a decir tanto. Más bien es la necesidad la que me impulsa a aprender. Un hombre soltero como yo, sin nadie cerca que se apiade de sus cuitas domésticas, debe conocer los rudimentos básicos de supervivencia. Por la minucia de coserme una cremallera, una habilidad tan útil como colocar una bombilla, ni me molesto en buscar a alguien que me solucione el problema. 
Entre comprensivas, sonrientes y sorprendidas se muestran las caras de las oyentes. Dos, sorprendidas: parece que “cuitas”, “rudimentos” y “minucias” las han descolocado de las sillas; comprensiva, aunque ansiosa y un punto ensimismada, es la expresión de Mariela; sonriente, la de la profesora. Indiferente, la de la canosa vivaz.
—En eso te damos la razón, ¿verdad, chicas? —Busca complicidad la profesora, al tiempo que se sienta—. Mira que en un principio nos extrañó. A mí, en particular; solo he tenido un varón como alumno desde que comencé a dar clases y ya hace sus buenos años que monté este taller. Y ese alumno, que era de la acera de enfrente, no quiero decir nada con eso, válgame Dios, que no discrimino a nadie, deseaba aprender costura porque estaba interesado en la confección de los disfraces de la reina del carnaval. Muy saleroso él.
—Yo sigo mi acera, con todo el respeto hacia las inclinaciones de todo el mundo, lo único que la suerte no me acompaña: quien no es demasiado joven, se pasa de años, o está casada —ay, esa mirada que de nuevo se le escapa (a este hombre de rostro normal, talla media y cuerpo ni grueso ni flaco, ni viejo ni joven, es decir, sobre los treinta o cuarenta) y en la que nadie repara, ni la destinataria. Esta parece despertar de su ensimismamiento:
—La verdad es que no me puedo quejar. No hay ocasión importante en la que no se deje caer con un regalo: una joya, un fular, flores, unos billetes de avión como hoy, … —Su expresión es soñadora al relatar estos regalos.
—Eso es que se siente culpable por algo —comenta la de gestos inquietos, incluso se le cae la labor al suelo, de manera involuntaria, aunque sirve para que los observadores constaten más su carácter nervioso. —En la piscina municipal yo coincidía con una que a cada rato me detallaba los regalos fantásticos que le traía su Antonio, todavía me acuerdo del nombre de él; que si en el aeropuerto, porque viajaba mucho, le compraba un perfume en cada oportunidad y los viernes, fijo una caja de bombones. Total, que se la pegaba con otra. La última tarde que la vi en la piscina le pregunté qué tal le iba y se me echó a llorar como una Magdalena. No vino más.
—Oye, ¿por qué le dices eso a Mariela? No seas mala —intercede la morena enorme—. Todos los hombres no son iguales, pese a que mi José es el mayor trasto que pude echarme a la cara, o al cuerpo, ja, ja, ja.
—No, si yo he pensado si oculta algo; hasta lo vigilé durante un tiempo. Pero un día me dije que tampoco debía estropearlo con recelos, si es que él siempre fue así. Julián siempre me ha llamado “mi princesa”—Baja la vista un momento sobre la labor, al parecer, ruborizada—, y nada más conocerme empezó con sus agasajos. —Luis Miguel, con expresión cariacontecida, la escucha siguiendo con la mirada los pespuntes que ella cose en la tela—. Además, ¿y cuándo andaría otra? Si tanto las tardes, como los sábados y domingos, está conmigo. Limpiamos la casa entre los dos; hacemos la compra y preparamos la comida juntos; vamos a pasear cada fin de semana. Nada, chicas, y chico — detiene un instante sus ojos en Luis Miguel; ahora es ella quien emplea en esa mirada más segundos de los que marca el decoro, sin embargo, este no se da cuenta, ni nadie—, me voy ya, me queda camino hasta llegar a casa. Siento ser brusca pero no deseo que se canse de esperar. De todos modos, no sé por qué causa extrañeza un hombre así. También lo cuido y le hago regalos cuando el motivo lo requiere, pese a nuestras diferencias. Es lo normal.
—¿Normal? Qué risa, a ver si un día nos presentas a esa joya; ardo en deseos de saber qué apariencia posee la felicidad —vuelve a tomar la palabra la nerviosa, ante las miradas censuradoras de las otras.
—Vaya, con la charla no nos hemos acordado de felicitarte ¡Que tengas el mejor cumpleaños, mi niña! ¿Se puede saber cuántos? —Se levantan todos para abrazarla, tras las palabras de la profesora.




II


—Fabiolo, querido mío, enseguida te preparo tu carne. Deja que me ponga cómoda —el perro, un Jack Russel Terrier, se alza sobre las patas de atrás mientras la araña con las delanteras. Sin mala intención, solo devorado por la alegría de verla. La prueba, cómo mueve el rabo de feliz. Se encuentra en un amplio balcón, donde se halla su caseta, y después de ella abrir la puerta de la terraza ha comenzado a seguirla por la casa.
La mujer va hasta la habitación, se sienta en la cama y comienza a quitarse los zapatos, los pantalones, la blusa; por último, el sujetador y las bragas. Desnuda, se levanta a buscar la bata que cuelga detrás de la puerta del dormitorio y deja la ropa botada sobre la colcha, que cubre una cama un poco mayor que las individuales corrientes. Hay una mesilla de noche con un reloj, una lámpara, un jarrón delgado con una caléndula y dos libros: “Nada”, de Carmen Laforet y “La mujer comestible”, de la Atwood. Un armario pequeño, de dos plazas, una silla y una mesa amplia de escritorio, con un ordenador, completan el mobiliario.
En la cocina, saca de la nevera un plato con carne en trocitos acompañada de dados de verduras. El perrito, que huele que es para él, da vueltas a su alrededor sin cesar de mover la cola. Nada más ponérsela en un cuenco, en el rincón habitual, suena el teléfono. Suspira la mujer y, sin prisas, como adivinando quién es, se dirige al salón. A la vez que se desploma en el sofá, levanta el auricular.
— Hola, mamá, muchas gracias por recordar mi cumple. Dile a papi que las flores son preciosas. Las recibí a primera hora; me encantó la tarjeta y el billete para Lanzarote me arrebató.
—…
—Sí, ya sé que él nunca olvida ningún cumpleaños. Yo también me acordaré de San Julián, que es el lunes. No podría decir lo mismo de ti, pero mira, hoy te acordaste. Con los años, mejora tu memoria. 
—…
—Llegué tarde porque me entretuve en la costura; luego, cuarenta minutos de trayecto a casa. Es una lata que el taller esté tan lejos, pero no encontré ninguno cerca en el que se impartieran clases. —Alarga la mano para colocar bien la cajita de porcelana que se halla en la mesita, cuya tapa anda desplazada.
—…
—Pues no sé por qué no te pegan para mí esas enseñanzas. Resulta creativo hacerme la ropa a mi antojo. No estaré pendiente de modas ni de centros comerciales.
—…
—Vale, mañana temprano me acerco por ahí y los llevo a comprar la nevera, iremos a comer y celebramos el cumpleaños. Adiós, mami. Yo también te quiero, dile a papá que lo adoro y que descanse ya; si abrillanta tanto los calderos se quedarán transparentes y habrá que tirarlos, ja, ja, ja.
Al levantarse del sofá, se anuda bien la bata y se dirige hacia el cuarto de baño. El perrito, detrás de Mariela, entra con ella. La mujer pone el tapón en el desagüe de la bañera y abre el grifo. Mientras, se sienta en la tapa del váter y, con la cara en las palmas de las manos y los codos sobre las rodillas, mira al perro con desaliento. Este, enfrente de ella, se apoya en las patas traseras, dispuesto a simular que la escucha. Diríase que con mucha atención:
—Ay, Fabiolo, cuánto me gusta ese hombre. Esta tarde dijo que yo merecía el mejor regalo del mundo y, por supuesto, ser invitada a la cena más exquisita. Aunque seguro que lo dijo por cumplir, por amabilidad. Porque aquellas lo forzaron con sus comentarios.
El perro echa las orejas hacia adelante y ladea la cabeza.
—Hubo un instante en el que me pareció que me miraba de manera especial, ¿me engañaré? Ya me ocurrió la última vez, me forjé ilusiones y luego, plaf, tortazo contra la pared. ¿Recuerdas a Lorenzo? Lo traje a casa unas cuantas veces, cenábamos a la luz del candelabro, bebíamos vino y cava, bailábamos amorosos… Y, ay, en la cama terminábamos de maravilla. Por mi parte, por lo menos, de fábula. ¿Y él? —El perrito, a estas alturas, quizá azorado por el cariz de las confidencias, ha dejado de prestarle atención. Ahora olisquea la ropa interior que se halla en el bidet, sin agua. —Pues él, nada. ¿No va el muy burro y me suelta que procurarme placer le supone un gran esfuerzo? Que él no imaginaba que las mujeres debieran sentir tanto gusto, que pensaba que se conformarían con hacer feliz al hombre, con estar mojaditas, y fingir placer; que, además, yo era muy fantasiosa y él buscaba una señora de arriba abajo. Me quedé planchada. No sé disimular un orgasmo, ni se me ocurre un motivo por el que habría de fingirlo. Además, vete a saber qué es una señora de arriba abajo. ¿Si no lo soy yo, quién, entonces?: Acabé mi carrera con notas excelentes; he trabajado desde muy joven; tengo piso y coche en propiedad; sé clavar tornillos, colgar cuadros y levantar la tapa del motor del coche para decidir que el mecánico es quien lo puede arreglar con más eficacia. Vamos, igual que cualquier hombre. —Hace una pausa, mueve la cabeza como si apartara de ella alguna idea molesta y suspira—. Luego, al mes regresó como un cordero; me echaba de menos y deseaba ser alguien importante en mi vida. Buff, ya no me interesaba. Perdió la guagua por no reciclarse a tiempo.
 El chucho se ha desentendido por completo de la dueña. De la ropa del bidet se fue a jugar con las zapatillas que estaban detrás de la puerta. Entretenido, intenta soltar el lazo que tienen en el empeine.
—Con eso de “señora de arriba abajo” me recordó a Juanfra, el compañero de trabajo, aquel que luchaba conmigo para convertirse en jefe de gestión de cuentas. Cuando me ascendieron a mí (supongo que por mi licenciatura y máster), ofendido, me dijo que “una señora de arriba abajo” no estaría compitiendo como un marimacho por un puesto de mando y sí aprendiendo a planchar. ¡Capullo! Ahora es el más servicial de mis subordinados y no recuerda lo que dijo hace tiempo.
Mariela introduce los dedos en el agua de la bañera para comprobar la temperatura. Se levanta, deja caer la bata y se sumerge en el líquido. El perro se acerca y se recuesta en la alfombra. Oirá a la dueña, pero no lo parece puesto que se echa a dormitar. Entretanto ella se acomoda en la bañera, se unta el cuerpo de gel y el cabello de champú.
—Luis Miguel parece distinto. Posee un aire a papá, será por eso por lo me agrada. Pero, ¿cómo decirle que todo lo que pronuncié sobre mi perfecto marido era mentira? Me tomará por loca, mentirosa, farsante. —Con el agua jabonosa cubriéndola, se pasa con mimo la esponja una y otra vez por la piel.
—Y, vale, he mentido. Me inventé un marido; cuando oí hablar a la compañera de la costura me enervó que trataran a los hombres de inútiles para el hogar. ¡Esa idea es una trampa! Por eso retraté el matrimonio de papá y mamá, para que vieran que hay otro modo de vivir y no es inusual. Papá no es ningún trasto. Sin embargo, si hubiera hablado de él como mi padre no hubiera sido creíble, dirían que no es un testimonio de primera mano. Me repatea el elogio a la ama de casa. Es la cadena más taimada que se ha urdido; halaga para esclavizar: “Mariela, querida, no hay nadie como tú para llevar un hogar cálido y organizado. Eres la reina de la casa, poseedora de las mejores manos para alimentar y reconfortar. ¿Para qué vas a salir a trabajar, si este es tu lugar? El alma de la familia, con esa paciencia infinita para cuidar de los tuyos”. ¡Puaf! Falso. — El perrito se ha acercado de nuevo a la bañera; ha recobrado el interés, gracias al tono aflautado que imita la mujer. Apoyada sus patas delanteras en el borde de la tina, vuelve a mirarla con fijeza.
Mariela enmudece. Se hunde hasta que el agua la cubre por completo. Tarda en aparecer y luego se sienta bien derecha. Alarga el brazo hasta la pequeña estantería, empotrada en la pared, mete la mano en el neceser y saca unas tijeritas con las que comienza a cortarse las uñas de los pies. El chucho se aleja, sale del cuarto del baño y al rato vuelve masticando un trozo de carne. Ella lo mira, eleva la voz animada y le dice:
—¿Y si no le molestó mi mentira? Quizá esté de acuerdo en el daño que causa el estereotipo de la infinita y diligente bondad materna, y que las mujeres, las madres, son muy culpables de propagarlos; a fin de cuentas, aún la educación está en sus manos. ¿Sabes qué, perrito lindo? Su número de teléfono está en el grupo de wasap de costura; lo llamo y lo invito a cenar. Le diré la verdad y que decida. ¿Si me da una excusa o contesta que no? Pues nada, tampoco moriré de soledad o tristeza. Mi buena vida seguirá igual. No obstante, un pálpito me dice que no solo no me rechazará, sino que no le pareció mal mi mentira. Que la causa la merecía. ¿A que sí, perrito mío? Estoy loca, hablando con un perro. He de poner remedio a un par de cosas, que si no…


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34 comentarios:

  1. Interesante relato, Ángeles. Las fantasías siempre han sido un buen recurso para salir airoso de las relaciones sociales. Como el marido perfecto e imaginario de la protagonista. Saludos

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    1. Muchas gracias, David, me alegra que te parezca interesante. Encantada de que me comentes. Un beso.

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  2. Siempre consigues que me identifique con algún personaje de tus relatos, y en esta ocasión con más de uno. Recuerdo un viaje de tres semanas con un grupo de gente en el que me inventé una novia que no me había podido acompañar por motivos de trabajo, dado que me avergonzaba explicar que llevaba varios años sin salir con nadie. Treinta años tenía yo entonces y, naturalmente, puestos a inventar, me inventé a la mujer perfecta, sumando todas las cualidades de mis anteriores relaciones (o lo que para mi eran cualidades) y ninguno de sus defectos. La verdad es que podría escribir un cuento con mis aventuras en aquel viaje pero, por desgracia, carezco de tu maravillosa capacidad para narrar lo cotidiano y hacerlo interesante.

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    1. Estoy segura de que te saldría muy buen relato.Alguna vez te he leído algún texto y me ha parecido de mucha calidad. Me alegro de que te identifiques con los personajes; como redactora del cuento es el mejor halago que puedo recibir. Muchísimas gracias, Manuel. Un abrazo.

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  3. Ana Linares Luis25/11/17 0:36

    Hola,"chapo", me encantó este relato por lo bien que lo narras, por lo bien definido que están los personajes y por la historia tan bien contada. Un relato ameno e interesante por el tema, siempre dando en el punto exacto. Muy bien, de verdad. Un beso.

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    1. Muchas gracias, Ani, me alegra que te guste y te parezca todo tan bien perfilado. Muy agradecida, querida amiga.
      Un abrazo.

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  4. Qué reñato tan bonito, tan sencillo y tan tierno. Ese taller de costura con las mujeres hablando de hombres y el pobre hombre, que no se parece nada al estereotipo que describen, y la mujer que quiere defender la imagen masculina basándose en su padre; todo ello me ha resultado acogedor y muy entrañable. Además es una historia amena que te mantiene atrapada porque está muy bien escrita.
    Enhorabuena, guapa.
    Un beso.

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    1. Muchas gracias, Rosa. Intentaba, desde una envoltura sencilla y ligera, cuestionar los estereotipos de género, por eso el hombre (y el padre de la chica, en quien se basa la mentira de ella) se alejan de los papeles que les adjudica la sociedad (no así otros hombres que se mencionan en la segunda parte). Crítico esos estereotipos y de ahí la palabra que está incompleta del título: Un ligero cuento f... (Feminista: igualdad). Es un relato que defiende el feminismo en el sentido de que busca cuestionar los prejuicios femeninos y masculinos. Por eso censuro a ambos, pues los dos son culpables.
      Un beso, preciosa.

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  5. Hola Ángeles, de ligero cuento nada. Me ha parecido un cuento fantástico que juega con los estereotipos, esos que tenemos tanto hombres como mujeres.

    Me ha gustado esa conversación en la que aparecen muchas y sutiles emociones, se cargan las tintas contra los hombres y también contra las propias mujeres y esos papeles que se deben asumir.

    La perfecta casada me ha dado pena y he imaginado esa presión que delante de algunas situaciones a veces uno cree que necesita mentir, parece más fácil que defender la verdad.

    Espero que tu protagonista se decida y hable claro con ese hombre tierno y considerado que está en el taller.

    Besos y feliz fin de semana

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    1. Seguro que sí, Conxita, que hablará con él y las cosas discurrirán por el camino correcto. Muchas gracias por tu comentario. Feliz domingo.

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  6. Un relato muy interesante. Por lo que veo tiene muchas lecturas. La mia la sacó precisamente de dos lecturas. Las de los dos libros que nuestra protagonista nos dice que tiene en su mesilla. Para ser exacto,la lectura de Nada , incluyendo la vida de su escritora, y una de la reseñas que tiene Ls mujer comestible. Hay hay un buen resumen de todos los problemas que nos afectan sin distinción de género. Inquietudes existencialistas,compaginar el dedo con la realidad,intentar entender el rol que ha cada uno nos toca...En fin, estar dudando toda la vida.
    No me quiero despedir sin agradecerte ese ligero toque de humor que has puesto en este tema tan serio. ¡ Mira que poner de nombre al perro ,Fabiolo,! Jejejje.
    Un fuerte abrazo ,Ángeles.

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  7. Ángeles. He querido decir, deseo y ha salido dedo. Ya ves lo que tiene el corrector.

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    1. Dices que tiene muchas lecturas, qué curioso, pues yo pensé que estaba claro lo que quería decir. Por eso dejé tantas claves para guiar al lector, desde los libros que leía la protagonista hasta el último párrafo final, pero se ve que lo tengo yo en mi cabeza no siempre es fácil de comunicar ni coincide con la subjetividad del lector. Me está pasando mucho con los relatos. Muchísimas gracias, Miguel, como siempre me encanta verte por aquí.

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  8. Como siempre que leo tus relatos me gusta el tempo que empleas, ese fluir despacio de la acción que hace muy agradable la lectura.

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    1. Muchas gracias, me alegra que te sea de fácil de leer. Un saludo cariñoso.

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  9. Buen relato,entretenido, solo una pega: un perro llamado Fabiolo saldria aullando jejejeje. Pero eso es lo de menos, obviamente. Me gusto sobre todo lo natural que resulta el relato, cotidiano por no repetirme. Saludos

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    1. Lo del perro Fabiolo es que de niña yo tuve una perrita y mi tía, con quien yo vivía, quiso llamarla Fabiola. Al final me salí con la mía y ese nombre se descartó y le puse uno más vulgar. Pero en este relato quise darle toda la voluntad a esa tía mía, muy querida por mí.
      Me alegro de que te parezca entretenido. Un beso, Jorge.

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  10. Qué buen relato!!! Contado con tanta naturalidad que resulta muy agradable de leer y además con esa reflexión de roles hombre-mujer que afortunadamente poco a poco se van superando (aunque sé que queda mucho camino por recorrer!!!). Te felicito por lo bien que sabes trasmitir!!! Un beso fuerte��

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    1. Muchísimas gracias, preciosa. Me alegro de que te guste pues ya pensaba que no. Un beso grande.

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  11. Hola. Pensaba que habías dejado la literatura por la fotografía. Igual es que se me escaparon las otras publicaciones. Una pregunta (no es obligatorio responder): ¿Tienen tus raíces conexión con Sudamérica?
    Un saludo.

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    1. No creo que pueda abandonar la literatura. Lo hice una vez y me he arrepentido bastante. Publico un relato en meses alternos. Me imagino que esa pregunta no es inocente (quizá lo preguntes por el uso de alguna expresión), pero no me importa contestar: no tengo raíces sudamericanas. Un saludo, Pedro.

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    2. Jajaja. La pregunta es inocente, pero sí, es porque usas "quien" en lugar de "que". "De pie hay otra mujer, quien, inclinada...". Lo repites varias veces.
      Un saludo.

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    3. Me agota el uso abusivo del "que" como relativo, por eso utilizo el "donde", si el antecedente es un lugar, "cuyo" si hay una posesión, "que" si el antecedente es una cosa, "el cual o la cual" si el antecedente está más lejos y no quiero caer en anfibología y "quien" si el antecedente es una persona y cumple los requisitos (si está entre comas, etc.) según la RAE.
      Un saludo.
      Un saludo.

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  12. Me ha gustado muchísimo! No solo el tema que tratas, también cómo está narrado, parece una obra de teatro.
    Creo que la manera de educar a los hijos desde pequeños influye en el trato al sexo opuesto de mayores. Me ha gustado cuando la protagonista dice: si hubiera dicho que era mi padre, no me habrían creído. La idea de que el hombre es torpe en la casa no es más que una excusa. En mi casa, mis padres siempre han compartido las tareas, y ahora que él está jubilado y mi madre aún trabaja es él quien se encarga de casi todo. También, cuando mis primos, mi hermano y yo éramos pequeños nos hacían poner la mesa a los cuatro por igual. Creo que es una buena manera de difundir la igualdad.
    Resumiendo, me ha encantado el relato, la fragmentación de las partes y la protagonista.
    Un besito guapa!

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    1. Muchas gracias por tus generosas palabras, María. Me alegra que te guste. Un abrazo.

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  13. Relato "sencillo" que demuestra lo bien que escribes. Una vez más, sabes reflejar estupendamente escenas cotidianas y "sencillas".
    Entrecomillo el adjetivo sencillo porque su significado puede dar lugar a confusión: no es nada fácil escenificar situaciones cotidianas, pero tú lo haces muy bien.
    Además, te detienes en los detalles lo justo para hacernos una composición de lugar, pero sin pasarse (a mí me agobia un poco una profusión excesiva de detalles).
    Por otro lado, me cayó muy bien Mariela (eso de que ella también sabe hacer las mismas cosas de los hombres, como abrir el capó del coche para decidir que lo tiene que ver un mecánico me ha parecido fantástico, qué bueno).
    Un besote, Ángeles.
    P.D. Te mando un mensaje privado para comentarte una cosa del texto.

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    1. Se me olvidó añadir que me parece un estupendo alegato sobre las convenciones y los estereotipos.

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    2. Muchas gracias, Kirke, supongo que busco la sencillez y creo que a través de ella se puede expresar todo lo que queramos. Un beso grande.

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  14. Me han gustado muchas cosas del relato, Ángeles: cómo has narrado la primera parte, como una atenta espectadora a la que no se le pasa ni una y así me he sentido yo también gracias a tus estupendas descripciones. También la figura masculina en un mundillo, digamos, más de mujeres.
    En la segunda parte, esa "comunicación" con su perrito lindo (ella con palabras y él con sus múltiples movimientos), así como los recuerdos de ese otro amor.
    En conjunto (y conste que no justifico su mentira) creo que está acertada Mairela, y ella misma se ha dado cuenta de que la distancia más corta entre dos puntos (-personas-) es la línea recta, y esa potencial cena puede que dé los resultados pretendidos.

    Genial relato en mi opinión.

    Un beso

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    1. Muchas gracias, Chelo. Encantada con que te haya gustado. Me alegra que te caiga bien Mariela; creo que yo comprendo su mentira. Un beso grande.

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  15. hola! maravilloso relato y muy bien narrado, nos pareció estar tras de una cortina curioseando y escuchando, estaría mal eso? porque somos buhas y nos encanta llegar a tu ventanas y conocer tus mundos imaginarios tan coloridos y llenos de vida, nos encanta Mariela por su chispa y entereza, asi se hace! gracias y felicitaciones, abrazosbuhos.

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    1. Muchas gracias, Buhos, muy amables ambas. Celebro que les haya gustado. Un beso.

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  16. No sé que es peor, esa jaula llena de cotorras, la mentira de la muchacha para ser parte del clan o que hable sola hasta por los codos...
    Al menos se lleva un tipo que sabe costura, ja.
    Saludos.

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    1. Jaja, pues lo peor, desde mi punto de vista,es el estereotipo de la infinita y diligente bondad materna o femenina. O que se piense que la mujer es más eficaz en las tareas caseras. O que los hombres, en general, menosprecien lo que se consideran son solo simples habilidades femeninas ("la costura"), luego no tienen ningún valor.
      Un abrazo.

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