23 de noviembre de 2017

“Un ligero cuento f…” (Relato)



I

La mesa, abarrotada de telas, hilos, alfileres y patrones, congrega a su alrededor a cuatro mujeres y a un hombre sentados. De pie hay otra mujer, quien, inclinada sobre una de pelo rubio, le muestra algo, quizá algún fallo en los pespuntes de la tela. Varias lámparas de techo y algunos flexos iluminan la escena de la costura. En las esquinas de la habitación, máquinas de coser. Un ventanal abierto da a la calle, ya oscurecida. Se oye el claxon de los coches y conversaciones a lo lejos. Debe de ser una vía muy concurrida.
—Qué patoso es Carlos, por Dios, qué hombre. Le encargué ayer que fuera al supermercado a comprar víveres, mientras yo le llevaba unas mantas a su madre, y lo confundió todo. En vez de peras, manzanas; y por berros, me trajo perejil y cilantro, porque dudaba entre uno y otro, dijo. Que haberle dado una nota, se defendió luego. —Quien se queja es una rubia de cabello corto y esponjoso, a juego con su cuerpo. Las demás se echan a reír, cómplices, menos una que esboza una mueca; el varón sonríe tímido, culpable ante ellas de pertenecer al género cuestionado.
—Bueno, si les contara yo del mío. En vez de un taller de corte y confección lo tendría de escritura, para narrar sus hazañas en el hogar —dice con voz dulce la que está de pie. Parece la profesora de aquel grupo reducido.
—Uf, los hombres, qué se puede esperar de ellos. Es que son muy torpes para la casa, les falta el tino que nos sobra a nosotras. Ya lo afirma el dicho, si quieres hacer las cosas bien, hazlas tú misma. Mariela, ¿estás casada? No te hemos oído hablar nunca del marido. —La voz sale de una morena que cubre con su cuerpo parte de la ventana. —Imagino que sí, porque a nuestra edad, o somos casadas desengañadas o separadas renacidas. Aunque tú eres joven, aún.
—Sí, llevo quince años de matrimonio. Me casé pronto. Precisamente pensaba, mientras las oía, que no puedo llegar tarde a casa. Mi marido me recordó esta mañana que hoy será nuestra noche. ¡Es mi cumple y me había olvidado! Qué desastre soy. Si no fuera por él… —Habla otra rubia de pelo liso y cara amable, como un poco ida. Puede que entrada en carnes; depende de los gustos; para unos delgada, para los más, les sobraría unos kilos. —Seguro que me llevará a cenar a un sitio elegante.
—Desde luego, qué despistada. Mira que no recordar tu cumpleaños —se asombra la primera rubia, la del cabello corto con cuerpo de matrona amable.
—Qué detallista tu marido. Quien tuviera uno así, no como mi José, que parece que no sabe ni con quién vive —apostilla la morena, la que le da la espalda al ventanal. Se la adivina enorme a lo alto; incluso sentada, su torso grande llama la atención.
—Esta mañana me despertó con un envío de la floristería y un sobre en cuyo interior había una postal y un billete a Lanzarote.
—Sí que te sacaste la lotería con ese señor —La que está de pie pronuncia “señor” en tono meloso. —Aprende, Luis Miguel. Así es cómo se deben tratar a las señoras.
El hombre levanta la cabeza del pantalón al que le está colocando una cremallera y la mira azorado. Primero a ella, después a las demás.
—Claro, claro, hay que ser detallista con la esposa. Yo también lo sería con la mía, si la tuviera. —Su mirada se detiene más segundos de los imprescindibles en la cumpleañera. —Lo mínimo que se merece Mariela es que la inviten a cenar. Seguro que su marido le regalará el mejor presente del mundo —Dos féminas arrugan el ceño ante la palabra “presente”.
—Bueno, bueno… Además de aficionado a la costura, todo un caballero —se admira la que todavía no ha pronunciado ni una palabra, una de pelo cano, delgada y de gesto nervioso.
—¿Aficionado a la costura? No me atrevería a decir tanto. Más bien es la necesidad la que me impulsa a aprender. Un hombre soltero como yo, sin nadie cerca que se apiade de sus cuitas domésticas, debe conocer los rudimentos básicos de supervivencia. Por la minucia de coserme una cremallera, una habilidad tan útil como colocar una bombilla, ni me molesto en buscar a alguien que me solucione el problema. 
Entre comprensivas, sonrientes y sorprendidas se muestran las caras de las oyentes. Dos, sorprendidas: parece que “cuitas”, “rudimentos” y “minucias” las han descolocado de las sillas; comprensiva, aunque ansiosa y un punto ensimismada, es la expresión de Mariela; sonriente, la de la profesora. Indiferente, la de la canosa vivaz.
—En eso te damos la razón, ¿verdad, chicas? —Busca complicidad la profesora, al tiempo que se sienta—. Mira que en un principio nos extrañó. A mí, en particular; solo he tenido un varón como alumno desde que comencé a dar clases y ya hace sus buenos años que monté este taller. Y ese alumno, que era de la acera de enfrente, no quiero decir nada con eso, válgame Dios, que no discrimino a nadie, deseaba aprender costura porque estaba interesado en la confección de los disfraces de la reina del carnaval. Muy saleroso él.
—Yo sigo mi acera, con todo el respeto hacia las inclinaciones de todo el mundo, lo único que la suerte no me acompaña: quien no es demasiado joven, se pasa de años, o está casada —ay, esa mirada que de nuevo se le escapa (a este hombre de rostro normal, talla media y cuerpo ni grueso ni flaco, ni viejo ni joven, es decir, sobre los treinta o cuarenta) y en la que nadie repara, ni la destinataria. Esta parece despertar de su ensimismamiento:
—La verdad es que no me puedo quejar. No hay ocasión importante en la que no se deje caer con un regalo: una joya, un fular, flores, unos billetes de avión como hoy, … —Su expresión es soñadora al relatar estos regalos.
—Eso es que se siente culpable por algo —comenta la de gestos inquietos, incluso se le cae la labor al suelo, de manera involuntaria, aunque sirve para que los observadores constaten más su carácter nervioso. —En la piscina municipal yo coincidía con una que a cada rato me detallaba los regalos fantásticos que le traía su Antonio, todavía me acuerdo del nombre de él; que si en el aeropuerto, porque viajaba mucho, le compraba un perfume en cada oportunidad y los viernes, fijo una caja de bombones. Total, que se la pegaba con otra. La última tarde que la vi en la piscina le pregunté qué tal le iba y se me echó a llorar como una Magdalena. No vino más.
—Oye, ¿por qué le dices eso a Mariela? No seas mala —intercede la morena enorme—. Todos los hombres no son iguales, pese a que mi José es el mayor trasto que pude echarme a la cara, o al cuerpo, ja, ja, ja.
—No, si yo he pensado si oculta algo; hasta lo vigilé durante un tiempo. Pero un día me dije que tampoco debía estropearlo con recelos, si es que él siempre fue así. Julián siempre me ha llamado “mi princesa”—Baja la vista un momento sobre la labor, al parecer, ruborizada—, y nada más conocerme empezó con sus agasajos. —Luis Miguel, con expresión cariacontecida, la escucha siguiendo con la mirada los pespuntes que ella cose en la tela—. Además, ¿y cuándo andaría otra? Si tanto las tardes, como los sábados y domingos, está conmigo. Limpiamos la casa entre los dos; hacemos la compra y preparamos la comida juntos; vamos a pasear cada fin de semana. Nada, chicas, y chico — detiene un instante sus ojos en Luis Miguel; ahora es ella quien emplea en esa mirada más segundos de los que marca el decoro, sin embargo, este no se da cuenta, ni nadie—, me voy ya, me queda camino hasta llegar a casa. Siento ser brusca pero no deseo que se canse de esperar. De todos modos, no sé por qué causa extrañeza un hombre así. También lo cuido y le hago regalos cuando el motivo lo requiere, pese a nuestras diferencias. Es lo normal.
—¿Normal? Qué risa, a ver si un día nos presentas a esa joya; ardo en deseos de saber qué apariencia posee la felicidad —vuelve a tomar la palabra la nerviosa, ante las miradas censuradoras de las otras.
—Vaya, con la charla no nos hemos acordado de felicitarte ¡Que tengas el mejor cumpleaños, mi niña! ¿Se puede saber cuántos? —Se levantan todos para abrazarla, tras las palabras de la profesora.




II


—Fabiolo, querido mío, enseguida te preparo tu carne. Deja que me ponga cómoda —el perro, un Jack Russel Terrier, se alza sobre las patas de atrás mientras la araña con las delanteras. Sin mala intención, solo devorado por la alegría de verla. La prueba, cómo mueve el rabo de feliz. Se encuentra en un amplio balcón, donde se halla su caseta, y después de ella abrir la puerta de la terraza ha comenzado a seguirla por la casa.
La mujer va hasta la habitación, se sienta en la cama y comienza a quitarse los zapatos, los pantalones, la blusa; por último, el sujetador y las bragas. Desnuda, se levanta a buscar la bata que cuelga detrás de la puerta del dormitorio y deja la ropa botada sobre la colcha, que cubre una cama un poco mayor que las individuales corrientes. Hay una mesilla de noche con un reloj, una lámpara, un jarrón delgado con una caléndula y dos libros: “Nada”, de Carmen Laforet y “La mujer comestible”, de la Atwood. Un armario pequeño, de dos plazas, una silla y una mesa amplia de escritorio, con un ordenador, completan el mobiliario.
En la cocina, saca de la nevera un plato con carne en trocitos acompañada de dados de verduras. El perrito, que huele que es para él, da vueltas a su alrededor sin cesar de mover la cola. Nada más ponérsela en un cuenco, en el rincón habitual, suena el teléfono. Suspira la mujer y, sin prisas, como adivinando quién es, se dirige al salón. A la vez que se desploma en el sofá, levanta el auricular.
— Hola, mamá, muchas gracias por recordar mi cumple. Dile a papi que las flores son preciosas. Las recibí a primera hora; me encantó la tarjeta y el billete para Lanzarote me arrebató.
—…
—Sí, ya sé que él nunca olvida ningún cumpleaños. Yo también me acordaré de San Julián, que es el lunes. No podría decir lo mismo de ti, pero mira, hoy te acordaste. Con los años, mejora tu memoria. 
—…
—Llegué tarde porque me entretuve en la costura; luego, cuarenta minutos de trayecto a casa. Es una lata que el taller esté tan lejos, pero no encontré ninguno cerca en el que se impartieran clases. —Alarga la mano para colocar bien la cajita de porcelana que se halla en la mesita, cuya tapa anda desplazada.
—…
—Pues no sé por qué no te pegan para mí esas enseñanzas. Resulta creativo hacerme la ropa a mi antojo. No estaré pendiente de modas ni de centros comerciales.
—…
—Vale, mañana temprano me acerco por ahí y los llevo a comprar la nevera, iremos a comer y celebramos el cumpleaños. Adiós, mami. Yo también te quiero, dile a papá que lo adoro y que descanse ya; si abrillanta tanto los calderos se quedarán transparentes y habrá que tirarlos, ja, ja, ja.
Al levantarse del sofá, se anuda bien la bata y se dirige hacia el cuarto de baño. El perrito, detrás de Mariela, entra con ella. La mujer pone el tapón en el desagüe de la bañera y abre el grifo. Mientras, se sienta en la tapa del váter y, con la cara en las palmas de las manos y los codos sobre las rodillas, mira al perro con desaliento. Este, enfrente de ella, se apoya en las patas traseras, dispuesto a simular que la escucha. Diríase que con mucha atención:
—Ay, Fabiolo, cuánto me gusta ese hombre. Esta tarde dijo que yo merecía el mejor regalo del mundo y, por supuesto, ser invitada a la cena más exquisita. Aunque seguro que lo dijo por cumplir, por amabilidad. Porque aquellas lo forzaron con sus comentarios.
El perro echa las orejas hacia adelante y ladea la cabeza.
—Hubo un instante en el que me pareció que me miraba de manera especial, ¿me engañaré? Ya me ocurrió la última vez, me forjé ilusiones y luego, plaf, tortazo contra la pared. ¿Recuerdas a Lorenzo? Lo traje a casa unas cuantas veces, cenábamos a la luz del candelabro, bebíamos vino y cava, bailábamos amorosos… Y, ay, en la cama terminábamos de maravilla. Por mi parte, por lo menos, de fábula. ¿Y él? —El perrito, a estas alturas, quizá azorado por el cariz de las confidencias, ha dejado de prestarle atención. Ahora olisquea la ropa interior que se halla en el bidet, sin agua. —Pues él, nada. ¿No va el muy burro y me suelta que procurarme placer le supone un gran esfuerzo? Que él no imaginaba que las mujeres debieran sentir tanto gusto, que pensaba que se conformarían con hacer feliz al hombre, con estar mojaditas, y fingir placer; que, además, yo era muy fantasiosa y él buscaba una señora de arriba abajo. Me quedé planchada. No sé disimular un orgasmo, ni se me ocurre un motivo por el que habría de fingirlo. Además, vete a saber qué es una señora de arriba abajo. ¿Si no lo soy yo, quién, entonces?: Acabé mi carrera con notas excelentes; he trabajado desde muy joven; tengo piso y coche en propiedad; sé clavar tornillos, colgar cuadros y levantar la tapa del motor del coche para decidir que el mecánico es quien lo puede arreglar con más eficacia. Vamos, igual que cualquier hombre. —Hace una pausa, mueve la cabeza como si apartara de ella alguna idea molesta y suspira—. Luego, al mes regresó como un cordero; me echaba de menos y deseaba ser alguien importante en mi vida. Buff, ya no me interesaba. Perdió la guagua por no reciclarse a tiempo.
 El chucho se ha desentendido por completo de la dueña. De la ropa del bidet se fue a jugar con las zapatillas que estaban detrás de la puerta. Entretenido, intenta soltar el lazo que tienen en el empeine.
—Con eso de “señora de arriba abajo” me recordó a Juanfra, el compañero de trabajo, aquel que luchaba conmigo para convertirse en jefe de gestión de cuentas. Cuando me ascendieron a mí (supongo que por mi licenciatura y máster), ofendido, me dijo que “una señora de arriba abajo” no estaría compitiendo como un marimacho por un puesto de mando y sí aprendiendo a planchar. ¡Capullo! Ahora es el más servicial de mis subordinados y no recuerda lo que dijo hace tiempo.
Mariela introduce los dedos en el agua de la bañera para comprobar la temperatura. Se levanta, deja caer la bata y se sumerge en el líquido. El perro se acerca y se recuesta en la alfombra. Oirá a la dueña, pero no lo parece puesto que se echa a dormitar. Entretanto ella se acomoda en la bañera, se unta el cuerpo de gel y el cabello de champú.
—Luis Miguel parece distinto. Posee un aire a papá, será por eso por lo me agrada. Pero, ¿cómo decirle que todo lo que pronuncié sobre mi perfecto marido era mentira? Me tomará por loca, mentirosa, farsante. —Con el agua jabonosa cubriéndola, se pasa con mimo la esponja una y otra vez por la piel.
—Y, vale, he mentido. Me inventé un marido; cuando oí hablar a la compañera de la costura me enervó que trataran a los hombres de inútiles para el hogar. ¡Esa idea es una trampa! Por eso retraté el matrimonio de papá y mamá, para que vieran que hay otro modo de vivir y no es inusual. Papá no es ningún trasto. Sin embargo, si hubiera hablado de él como mi padre no hubiera sido creíble, dirían que no es un testimonio de primera mano. Me repatea el elogio a la ama de casa. Es la cadena más taimada que se ha urdido; halaga para esclavizar: “Mariela, querida, no hay nadie como tú para llevar un hogar cálido y organizado. Eres la reina de la casa, poseedora de las mejores manos para alimentar y reconfortar. ¿Para qué vas a salir a trabajar, si este es tu lugar? El alma de la familia, con esa paciencia infinita para cuidar de los tuyos”. ¡Puaf! Falso. — El perrito se ha acercado de nuevo a la bañera; ha recobrado el interés, gracias al tono aflautado que imita la mujer. Apoyada sus patas delanteras en el borde de la tina, vuelve a mirarla con fijeza.
Mariela enmudece. Se hunde hasta que el agua la cubre por completo. Tarda en aparecer y luego se sienta bien derecha. Alarga el brazo hasta la pequeña estantería, empotrada en la pared, mete la mano en el neceser y saca unas tijeritas con las que comienza a cortarse las uñas de los pies. El chucho se aleja, sale del cuarto del baño y al rato vuelve masticando un trozo de carne. Ella lo mira, eleva la voz animada y le dice:
—¿Y si no le molestó mi mentira? Quizá esté de acuerdo en el daño que causa el estereotipo de la infinita y diligente bondad materna, y que las mujeres, las madres, son muy culpables de propagarlos; a fin de cuentas, aún la educación está en sus manos. ¿Sabes qué, perrito lindo? Su número de teléfono está en el grupo de wasap de costura; lo llamo y lo invito a cenar. Le diré la verdad y que decida. ¿Si me da una excusa o contesta que no? Pues nada, tampoco moriré de soledad o tristeza. Mi buena vida seguirá igual. No obstante, un pálpito me dice que no solo no me rechazará, sino que no le pareció mal mi mentira. Que la causa la merecía. ¿A que sí, perrito mío? Estoy loca, hablando con un perro. He de poner remedio a un par de cosas, que si no…


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