7 de febrero de 2018

Sobre Ernesto Sabato, a propósito de El túnel

Dostoievski, de Ernesto Sabato
Estos días he releído El túnel, de Ernesto Sabato (parece que no se tilda el apellido). Releer es un riesgo si guardas buen recuerdo del libro. De hecho, de vez en cuando regreso a novelas que me gustaron hace tiempo, pero por desgracia, no todas superan las pruebas del presente. Ni siquiera las famosas. No sé si se podría decir en ese caso: “No eres tú, soy yo”. De cualquier manera, siempre es un yo el que valora de acuerdo a sus experiencias y expectativas y ambas van renovándose. En este caso no me defraudó, aunque percibí algún defecto. 

Ernesto Sabato, como intelectual, fue bastante completo en el sentido de que no se alimentó solo de las letras. Poseía un doctorado en Ciencias Físicas y Matemáticas por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) e incluso le concedieron una beca para investigar sobre radiaciones atómicas en París (1938). Pero allí, tras contactar con el movimiento surrealista, sufrió fuertes dudas sobre su trabajo en las ciencias, a las cuales abandonaría de manera definitiva en 1943. A partir de ahí se dedicó a la literatura y a la pintura. En Internet pueden verse sus obras; sus cuadros tienen un aire a Edvard Munch. Me gusta el retrato que le hace a Dostoievski. 

En su larga vida -nació en junio de 1911 y murió en abril de 2011-, publicó diversos ensayos y solo tres novelas: El túnel, Sobre héroes y tumbas, y Abbadón el exterminador. Al jurado del Premio Cervantes le parecería suficiente y meritoria esta escasa obra literaria y por eso le concedería el galardón en 1984.
Políticamente adoptó posturas muy fluctuantes, quizá por ese motivo no despierte mis simpatías más incondicionales. Nadie que no conozca en persona me despierta una total incondicionalidad, pero con los muertos artistas y escritores suelo ser más benévola. Un error; hay que admirar la obra, pero dejar al individuo en revisión perpetua.

Si bien en la juventud mostró adhesión hacia las ideas comunistas, incluso fue elegido en 1933 Secretario General de la Federación Juvenil Comunista, en su madurez no se mostró tan crítico como debió con el brutal régimen de Videla. Vale que esas adhesiones al comunismo sean pecadillos de juventud, pero es excesivo que dijera del dictador (tras una comida que mantuvieron, en la que también participó Borges, dos semanas después de que el régimen hubiera secuestrado al escritor Haroldo Conti) que “Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la modestia del presidente”. Es curioso que como intelectual público no adivinara que sus palabras serían recordadas y analizadas con detalle. Se dice que él no preguntó por Haroldo Conti y que la comida fue un gesto político para ofrecer una buena imagen del régimen. 

Esta declaración elogiosa no fue un hecho aislado en su biografía. Justo una década anterior, también le pareció el golpista Juan Carlos Onganía, quien derrocó al presidente Arturo Illia, encomiable: "Ojalá la serenidad, la discreción, la fuerza sin alarde, la firmeza sin prepotencia que ha manifestado Onganía en sus primeros actos sea lo que prevalezca, y que podamos, al fin, levantar una gran nación" .Tan entusiasmado se muestra con el gobierno militar que llega a indicar lo siguiente: "Debemos tener el coraje para comprender (y decir) que han acabado, que habían acabado instituciones en las que nadie creía seriamente. ¿Vos creés en la Cámara de Diputados? (...) Qué, queremos seguir siendo una especie de burocracia cansada y decadente, en nombre de no sé qué palabras que no son nada más que eso, palabras. No se hace una gran nación con palabras, y mucho menos con palabras apócrifas y altisonantes". Hubo quien se preguntó si esa palabra a la que le mostró tanto desprecio era "democracia". 

Otra década anterior, en 1955, también expresó sus simpatías por otro dictador, Pedro Aramburu, quien, en correspondencia, lo colocó al frente de la revista Mundo Argentino y del que dijo que era “un hombre honesto”, precisamente después de que Sabato denunciara torturas en los sótanos del Congreso. Resulta asombroso la credulidad y confianza del escritor en los regímenes militares golpistas. Cae varias veces en sus brazos, aunque, con retrocesos en esas fidelidades, sobre todo en las últimas décadas de su vida. Por eso no extraña que la misma persona sea la autora de estos dos párrafos tan distintos, que se llevan entre sí seis años de diferencia: a) "La democracia tiene que aprender su lección de la historia y debe saber que, con los viejos métodos liberales heredados de tiempos menos problemáticos, no se pueden dominar los delirios del presente"; b) "El pueblo ha experimentado por primera vez la atroz vivencia de una dictadura mortal, putrefacta, corrupta... No hay ninguna persona con dos dedos de frente, con sensibilidad en la Argentina que vaya a mover un día un solo dedo en favor de los militares". 

Parecen indudables las incoherencias políticas y sociales de Sabato. Una última que destaco es su actitud contradictoria en la celebración de los Mundiales de 1978; si bien primero se condujo como su adalid más entusiasta luego, tres años más tarde, se quejó del despilfarro y del nacionalismo barato que estimulaba. 

Si destaco las contradicciones de Sabato no es por un ánimo destructor; ni justiciero, quién soy yo para ello. Me motiva el afán que siempre he tenido por desmontar los postureos, las apariencias, las mitificaciones y la bobaliconería de la gente que busca a otra gente para endiosar. Se pueden admirar facetas concretas de alguien (su creatividad o su esfuerzo, por ejemplo), pero el individuo completo, como si fuera una unidad sin fisuras, es otro cantar. Desde luego, Ernesto Sabato no me resultaría elogiable por pronunciar frases como esta, a propósito de la guerra de las Malvinas: "yo no soy pacifista, yo creo en las guerras. Hay guerras que defienden cosas sagradas, muy importantes, y creo que hay que hacerlas (…) "; o como estas otras: "Mucha gente ha muerto detrás de dos metros cuadrados de tela. Pero es un error creer que dos metros cuadrados de tela son nada más que eso. Transformados en banderas, son un símbolo de una ideología, de una nación, de una causa sagrada. De manera que yo estoy convencido de que en este caso sí vale la pena. Hubiera sido un acto indigno de la Argentina, (…) agachar la cabeza una vez más. Eso no lo hemos hecho, y si los chicos de 19 y 20 años están muriendo allí, están muriendo por ese motivo". Esto no lo dijo un jovenzuelo fanático, y sí todo un señor intelectual de 71 años. Uno más que creyó en el cuento de las patrias abstractas. ¿Ingenuo? Será…

Más tarde rectificó: “Eran chicos poco preparados, conscriptos, enfrentados con un ejército profesional que contaba con un armamento de primerísimo rango (...). ¿Qué iban a hacer esos reclutas? En ninguna parte del mundo, salvo en momentos inevitables, se manda a la guerra a chicos recién reclutados". Sabato diría más tarde que quienes recordaban esas ideas poco democráticas eran los pertenecientes a la extrema izquierda, empeñados en calumniarlo. A su favor se ha de mencionar que, después de la dictadura, presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, CONADEP, una comisión encargada de investigar en Argentina las violaciones a los derechos humanos  por parte de la dictadura entre 1976 y 1983. Imagino que ha de tener más a su favor. 

Decía al principio que el libro no me defraudó. Está considerada como una novela que presenta características existencialistas. Quizá por su personaje principal, el pintor Juan Pablo Castel, misántropo, huraño, de carácter celoso y amargado, para quien a veces “nada tiene sentido” y se pregunta si “Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes”; puede que también se la considere dentro del existencialismo por la misteriosa María Iribarne, objeto de amor frustrado del pintor, quien desde la primera línea de la novela confiesa que mató. Digo que es una mujer misteriosa pues apenas en la novela se definen sus motivaciones. Su voz y decisiones quedan ocultan, solo se vislumbra un gesto amargado e inevitable.

Sea como fuere, me sorprende que se considere a las novelas pesimistas, en las que los protagonistas siguen caminos de incertidumbres y se dejan llevar por las circunstancias -en ese vivir sin sentido que menciona el protagonista-, propias del existencialismo. Las intenciones de Sartre de separar esta filosofía de la negrura existencial no han dado frutos. Para él el existencialismo era un pensamiento que defendía la acción optimista en el mundo porque convertía al individuo en sujeto de su vida, el cual, mediante sus decisiones, podía transformar su existencia en algo digno de ser vivido. Contrario a lo que sucede en esta novela (El túnel), para Sartre “El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que por consecuencia es una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión”.  En esta novela, sin embargo, el protagonista actúa movido por su pasión y por unos celos que le llevan a consecuencias irreparables. 

Virginia, de Ernesto Sabato
El argumento es muy breve: Juan Pablo Castel se siente intrigado en una exposición suya por una joven que se concentra en una pequeña ventana que aparece en un cuadro (y que todo el mundo, incluso la crítica, ignoraba). La persigue, la enamora, entran en relaciones, pero esta mujer ya carga una vida a sus espaldas que al pintor obsesiona y mata de celos. Sin embargo, quien en realidad resulta asesinada es ella. No arruino el final con esto, pues ya se dice desde el principio.

Me hubiera gustado un final más cerrado, en el que se perfilaran las conductas de manera más clara. Por ejemplo, no entendí el papel del marido de la protagonista y por qué llamó “insensato” a Juan Pablo Castel, tras el crimen que éste cometió y después de avisarle que María le era infiel con otros, además de con él mismo. Se le podría llamar de muchas cosas, pero la palabra “insensato” me descolocó. Tampoco entendí por qué consideraba al primo de María de frívolo y superficial (sus palabras no lo demuestran) ni la solución final (no la destripo) del marido.  En una novela quiero que el autor se curre el trabajo que le corresponde como tal, que yo entienda las motivaciones de los personajes y que el final me parezca a la altura del desarrollo. No defiendo que me lo den masticado (no soy el “lector hembra” que con poca fortuna acuñó Cortázar), simplemente, que me lo den sin flecos que me abran sospechas de ineficacia. Luego, la interpretación subjetiva sí la pongo yo, pero sus letras no puedo.

En la redacción encontré la pega del uso abusivo del adverbio acabado en mente. Le he cogido manía y me canta enseguida cuando lo veo en un párrafo cada dos o tres líneas. Si se prueba a quitarlo se verá que no afecta en exceso a la intensidad de la frase.

De resto, bien. Me gustó el ritmo, la intensidad y supe captar y comprender el tormento del protagonista. Una novela muy recomendable, aunque no es perfecta. Y como otras veces digo, nada lo es (ni tiene por qué serlo).


Algunas referencias se pueden consultar en estas páginas: 



Sus dos cuadros aparecen aquí: 



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